38. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
P or un momento, he creído que tendría que anular mis planes con Camille porque suponía que estaría ocupado en casa de Aubrey.
Pero una conversación muy escueta con Deacon ha cambiado las cosas.
Tras enterarme de lo ocurrido hoy allí, me queda claro que Frank era un infiltrado, porque, en cuanto se ha apoderado del lápiz de memoria, ha desaparecido.
Tengo mis sospechas sobre la persona para quien trabaja.
Camille no ha respondido a ninguna de mis llamadas, lo que también es preocupante. Llego un par de horas antes de lo que ella esperaba, pero mi instinto me dice que pasa algo extraño.
Una vez en la propiedad de sus padres, aparco entre la casa y un gran edificio metálico.
Al bajarme del coche, veo que la puerta de ese almacén está completamente abierta y que el viento la golpea contra la pared.
Decido ir a cerrarla antes de dirigirme a la casa.
Nada más llegar al umbral, veo a Camille tirada en el suelo y echo a correr hacia ella.
La sangre se va extendiendo por debajo de su cabeza, y todo resulta tan parecido a lo que le ocurrió a Ben que me aterroriza pensar que Camille haya sufrido el mismo destino.
Arrodillándome a su lado, lo primero que hago es buscarle el pulso.
Siento un tremendo alivio al notar una palpitación regular, pero la cantidad de sangre que mana de la herida de la cabeza me asusta muchísimo.
Me da miedo moverla por la posibilidad de que pueda causarle más daño, pero, por otra parte, soy consciente de que necesita una atención inmediata y de que estamos a muchos kilómetros del hospital más cercano.
Después de comprobar que no hay otras heridas visibles, la cojo en brazos y corro hacia la salida. Silas y otro hombre están entrando justo cuando llego a la puerta.
—¿Qué demonios ha pasado? —grita Silas.
—La he encontrado así. Está inconsciente y sangra mucho.
Sin hacer más preguntas, él corre a mi camioneta, ya que es el vehículo más cercano, mientras que el otro tipo vuelve a entrar en el almacén. Silas abre la puerta trasera y me ayuda a meterla dentro.
—Quédate a su lado. Yo conduzco.
Se sienta al volante y arranca el motor. El otro tipo reaparece con un montón de toallas.
—Estas son nuevas, no están usadas. —Me las pasa y se sube al asiento del copiloto. En unos segundos estamos bajando a toda velocidad por el sendero hacia la carretera.
Aplico una toalla a la herida y presiono con fuerza. Camille no se mueve lo más mínimo.
Silas le pasa al otro su móvil.
—Llama al médico y dile que vamos de camino.
Ese otro tipo me resulta familiar, pero no acabo de situarlo.
—Ya sé que quizá tardaremos un poco más en llegar —digo—, pero hemos de llevarla a Baton Rouge.
Silas asiente.
—Sí, es lo que vamos a hacer. Solo quiero asegurarme de que mi contacto está allí.
Eso suena bastante turbio, pero no quiero discutir. Lo único importante ahora es que atiendan a Camille.
Finalmente, recuerdo de dónde conozco al tipo que está en el asiento del copiloto.
Del informe que Scott elaboró sobre todos los compañeros de Aubrey.
Aparte de Deacon y de los dos tipos que restauraron el Mustang, la única otra persona que vive allí es Tammy Simpson, también conocida como Serenity Woods.
Da clases de yoga y asegura que no solo puede ver tus vidas pasadas, sino también tu futuro.
Ha sido detenida múltiples veces por pasar cheques falsos, así como por falsificación y fraude.
Casada y divorciada cuatro veces, su último matrimonio se disolvió antes de que se mudara a esa casa hace dos años.
Pero una de las fotografías que Scott sacó de las redes sociales la mostraba con su nuevo novio. El tipo que está sentado ahí delante.
—Tú eres Frank. El novio de Tammy.
Él me lanza una mirada.
—Ella prefiere que la llamen Serenity.
Miro a Silas.
—Tú lo mandaste allí para vigilar a Aubrey.
Él no me responde, pero no importa porque no era una pregunta.
Antes de que pueda preguntar nada más, Silas me dice:
—Hablaremos de esto luego, Hank. Cuando nos hayamos asegurado de que Camille está bien.
Silas está sentado en una dura silla de plástico mientras que yo deambulo frente a él. Nuestra llegada al hospital ha sido como una escena sacada de un serial médico de la tele. La persona a la que ha llamado Frank para decirle que íbamos de camino estaba totalmente preparada para recibirnos.
En cuestión de segundos, han cogido a Camille de mis brazos, la han puesto en una camilla y han desaparecido tras unas puertas correderas de cristal. Había al menos ocho personas atendiéndola.
Ahora, mientras nosotros aguardamos, la están examinando en una habitación. Frank ha desaparecido. Silas no ha dicho una palabra; permanece con los brazos cruzados, mirando la pared de enfrente.
Yo no puedo permanecer sentada. Tampoco quedarme inmóvil. Lo único que puedo hacer es andar de aquí para allá.
Al cabo de una media hora, la puerta se abre y yo me detengo en seco. Silas se levanta de la silla y se acerca al médico que sale a hablar con nosotros. Cuando se dan la mano, me queda claro que ese es su «contacto».
—¿Cómo está? —pregunta.
El médico me dirige una mirada y luego se concentra en Silas.
—Se recuperará. Ha recibido un golpe muy fuerte en la cabeza.
Ha habido que ponerle unos puntos, así que hemos llamado a un cirujano plástico para asegurarnos de que la cicatriz no se vaya a notar demasiado cuando se cure la herida.
Camille ha sufrido una conmoción. Estaba bastante confusa cuando ha vuelto en sí, pero le hemos hecho algunas pruebas y no creo que vaya a quedar ninguna secuela.
Vamos a mantenerla en observación al menos veinticuatro horas; luego podremos darle el alta, siempre que haya alguien disponible para vigilarla de cerca durante los próximos días.
Tendrá que seguir un protocolo de conmoción cerebral.
Por mi época de jugador de fútbol americano, estoy al corriente de lo que sucede tras una conmoción.
Se requiere mucho reposo, sobre todo mental, lo cual significa limitar el tiempo de pantalla.
Y después de nuestra conversación de esta mañana, me consta que Camille no quiere estar en casa de sus padres.
—Yo puedo encargarme de vigilarla.
Silas y el médico se vuelven hacia mí.
No pretendía soltarlo así, tan bruscamente, lo que no quiere decir que no lo diga en serio.
Silas se vuelve de nuevo hacia el médico.
—¿Cuándo podremos verla?
—Puedo dejarte pasar ahora. Pero recuerda que necesita reposo y la menor cantidad posible de estrés.
Sin apenas dejarlo terminar, Silas pasa por su lado y entra en la habitación. Yo le sigo de cerca.
Camille parece más pequeña en la cama hospitalaria. Un vendaje le cubre la herida de la frente. Tiene los ojos cerrados, pero debe oírnos entrar porque dice con voz débil:
—¿Estoy muerta?
Silas, aliviado, se echa a reír.
—No, pero debería matarte por darme semejante susto. —Él se sitúa en un lado de la cama y yo en el otro. Camille abre los ojos y parece sorprendida al vernos aquí a los dos juntos.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto.
—Como si alguien me hubiera dado un golpe en la cabeza.
Silas se inclina sobre ella, ahora ya sin ganas de bromear.
—¿Quién ha sido?
Ella se pasa la lengua por los labios y tiene que carraspear antes de responder.
—Margaret.
Yo me quedo anonadado. A Silas, en cambio, no parece sorprenderle que su esposa haya atacado a su hermana.
Sí da la impresión de estar debatiéndose entre el deseo de permanecer con Camille y el de salir a buscar a su esposa.
—Yo puedo quedarme aquí con ella, si tienes algo que hacer.
Él se me queda mirando; sin duda sopesa sus opciones. Luego mira a su hermana.
—No tardaré. —Le da un apretón en la mano y sale de la habitación.
Camille se remueve en la cama para girarse un poco hacia mí. La maniobra le arranca una mueca de dolor.
—¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Calmantes? —Las cortinas están corridas y las luces del techo, apagadas. La única luz procede de los distintos monitores que hay junto a la cama.
—No. Quiero que me expliques lo que ha pasado. ¿Cómo he llegado aquí?
Le hago un rápido resumen de cómo la he encontrado y de lo que ha ocurrido a continuación. Ella lo escucha todo con los ojos húmedos.
Acerco una silla a la cama y me siento para que no tenga que alzar la mirada.
—Camille, ya es hora de que confíes en mí y me expliques lo que está pasando.
—Ay, Hank. Es algo terrible. —Una vez que empieza, las palabras fluyen a borbotones.
Me cuenta todo lo que ocurrió hasta el sábado pasado, cuando Aubrey Price se pasó el día suplantándola (el mismo día en que Ben murió), y luego lo sucedido esta semana, incluida la intervención de Frank, la mano derecha de Silas, y lo del lápiz USB con el que se ha presentado esta tarde.
Yo me echo hacia atrás en la silla y me paso las manos por el pelo, mientras intento asimilar lo que me está contando.
La mitad de esta historia es nueva, pero la otra mitad ya la conocía.
Y ambas chocan entre sí de un modo alucinante.
Cuando empiezo a entender lo que acaba de contarme, le aclaro las lagunas que ella tiene por su parte, explicándole mi visita a la casa de Aubrey y al bar donde trabaja, así como mi conversación de hoy con Paul.
—Pero ¿por qué te ha atacado Margaret de este modo?
—Silas ha creído durante todos estos años que era él quien conducía la camioneta de Paul y acaba de descubrir esta tarde que fue Margaret.
—¿Hay un vídeo en el que se ve eso?
—Sí. Yo lo he visto esta tarde con Silas.
Espero a que añada algo más, pero no dice nada.
—¿Y? ¿Qué piensa hacer? Porque no me lo imagino yendo a la policía.
—Ya te dije que mi familia no es como las demás. Ellos suelen ocuparse de sus propios problemas.
Estos sillones del hospital se despliegan y se convierten en una cama, aunque eso es una descripción muy generosa de la superficie sobre la que estoy tendido ahora mismo. Las enfermeras han pasado a ver a Camille hace media hora y, por fin, ella se ha quedado dormida.
La puerta se abre y, con la mano, me protejo los ojos de la franja de luz que entra desde el pasillo. Tardo unos instantes en ver que es Silas.
Él cierra la puerta y se acerca al pie de la cama de Camille.
—¿Cómo está? —susurra.
—Parece un poco mejor. Tenía un terrible dolor de cabeza hace un rato, pero las medicinas parecen haberla calmado. No sé si quiero saber lo que has estado haciendo…
Ha tardado horas en volver.
—He estado buscando a mi esposa, pero parece ser que ha desaparecido.
—No me digas más. —Porque, la verdad, cuanto menos me vea metido en esto, mejor.
—¿Camille te lo ha contado todo?
Asiento.
—Sí.
Silas se la queda mirando.
Tiro de la palanca que convierte de nuevo la cama en un sillón.
—No quiere volver a Corbeau. Yo tengo espacio de sobra en mi casa y puedo trabajar desde allí durante los próximos días para asegurarme de que sigue el protocolo de conmoción.
Silas no dice nada, se limita a asentir.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, observando en silencio a Camille en la oscuridad. Finalmente, él se vuelve hacia mí.
—Puedo quedarme si necesitas ir a casa. Tu camioneta está afuera.
Me lanza el mando y yo lo cazo al vuelo.
—Gracias, estoy bien. Espero poder llevármela conmigo por la mañana.
Silas se va hacia la puerta.
—Me pasaré mañana por tu casa para ver cómo está. Le llevaré sus cosas de casa de mis padres, así tendrá un poco de ropa. Y luego deberíamos tener una conversación.
Asiento.
—Sí. Hay un par de cosas que quiero comentar contigo.
Scott acaba de enviarme por email una lista de las personas que estaban en la casa de Paul aquella noche, y una de ellas me ha llamado especialmente la atención.