Anatomía de una coartada 37. Camille. Después de la coartada #2
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37. Camille. Después de la coartada #2

Observamos cómo Margaret parece entender poco a poco lo que ha ocurrido. Luego vuelve al lado del conductor y se inclina hacia el interior de la camioneta. Le cuesta unos cuantos minutos, pero al fin arrastra a alguien fuera. Es Silas.

Él, en cuanto está más fuera que dentro, cae al suelo.

A ella le cuesta más o menos otro minuto conseguir que se despierte.

Le seca la sangre de la cara con su propia camisa.

Una vez que lo ha puesto de pie, Silas se mueve tambaleante.

Parece borracho y es probable que sufra una conmoción.

Al fin, parece recobrarse y se vuelve hacia el otro vehículo.

Da un par de pasos hacia allí, pero Margaret lo coge de la mano y lo arrastra en la otra dirección.

Ambos desaparecen por la esquina inferior del encuadre.

Al menos mi hermano trató de ver cómo estaban los ocupantes del coche, pero ella no vaciló en salir corriendo sin echar ni un vistazo para comprobar si alguien estaba herido.

No hay ningún movimiento en el coche de los padres de Aubrey. Silas me dijo que el padre, que era quien conducía, no murió a causa del impacto. Murió desangrado. Y él ha vivido con el remordimiento de no haberse encargado de que lo atendieran de inmediato.

Veo que ahora tiene los labios apretados con dureza.

—Lo primero que recuerdo es que entré medio cayendo a través de la ventana de la casa de Ben.

Margaret estaba aterrorizada. Ben no entendía nada.

Ella empezó a hablar del accidente. Me imaginé que era yo quien conducía.

Dije algo así como: «No deberías haberme dejado conducir».

Y Margaret no me corrigió. Nunca. Durante todos estos putos años me ha dejado creer que yo era el conductor, que yo maté a esas dos personas.

El vídeo termina en seco. Silas pulsa unas teclas y abre el documento de Word. Es una carta de Kevin Foster.

A quien pueda interesar en relación con el caso de Paul Granger:

Fui al Sip and Save de Maple Road, en Corbeau, Luisiana, a primera hora de la mañana, después del accidente que causó la muerte de Henry y Vanessa Price, para llevarme cualquier vídeo de vigilancia en que pudiera haber quedado grabado el accidente.

El supermercado estaba abriendo y el joven empleado me dio las cintas sin ningún problema.

No miré lo que contenían hasta que llegué a casa.

En ese momento, Paul Granger ya había sido detenido.

Randall Everett fue inducido a creer que era su hijo quien conducía la camioneta y yo dejé que pensara que me había encargado de encubrirlo a él, a pesar de que el conductor era en realidad Margaret Wilson.

Sabía que Randall Everett pagaría por mi silencio para proteger a su hijo, pero no para proteger a la novia de su hijo.

Asumo toda la responsabilidad por el hecho de que Paul Granger fuera encarcelado, a pesar de que era inocente de ese crimen.

Ahora me enfrento a la muerte y tendré que responder ante Dios por mi cobardía y mi codicia.

Espero que, si dejo aclaradas las cosas, Dios verá lo mucho que me arrepiento y tendrá la gracia de perdonarme y dejarme entrar en el cielo.

1, Juan, 1.9: «Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia».

Silas se echa hacia atrás en la silla con los ojos cerrados. Inspira hondo, retiene el aire y luego lo suelta poco a poco. Parece a punto de explotar.

—Ahora se entiende por qué Margaret fue a ver a Ben. No estaba preocupada por mí, sino porque él iba a descubrir que era ella quien iba al volante.

—Sé cómo te sientes y entiendo por qué —digo—. Pero me inquieta lo que vayas a hacer.

Él menea la cabeza.

—No te preocupes por mí.

Aguardo a que diga algo más, pero no lo hace.

—Me voy de esta casa y no creo que vuelva nunca más.

Silas asiente, pero no abre los ojos.

—No te culpo.

—Voy a contarle a Hank lo del sábado pasado. Lo de Saint Francisville y Aubrey.

Otro gesto de asentimiento.

—¿A dónde irás si no te quedas aquí? —Él sabe que no volveré a la casa que compartía con Ben.

Me encojo de hombros.

—No estoy segura, pero ya lo pensaré. Hank va a venir a recogerme dentro de poco.

Silas suelta un profundo suspiro.

—Encontramos el rastreador que había en tu coche y lo quitamos. Ya no hay motivo para que no lo quieras conducir.

No hago caso de sus palabras. Él cree que estoy actuando tontamente, pero yo no sé cómo explicarle por qué todo me parece contaminado… Mi casa, mi coche…, todo. Cambio de tema.

—¿Vas a explicarle a todo el mundo que fue Margaret?

Silas se incorpora bruscamente, desconecta el lápiz de memoria y se lo mete en el bolsillo. Luego se pone de pie.

—No. Yo me encargaré de ella.

Cuando abre la puerta, veo que Frank está esperando fuera. Antes de salir de la oficina, Silas se gira hacia mí.

—Vuelve adentro y espera con mamá y papá hasta que llegue Hank.

Él se va a su casa para enfrentarse con Margaret y se lleva a Frank con él. No quiero estar cerca de la escena que se va a armar, pero tampoco quiero estar con mi padre ahora mismo. Ambos se marchan y yo me desplomo en la silla de su escritorio; trato de asimilar lo que acabo de ver.

Al cabo de unos minutos, decido llamar a Hank y pedirle que venga a recogerme ahora. Ya no quiero seguir aquí más tiempo. Salgo de la oficina y atravieso el almacén para dirigirme a la cocina, donde he dejado mi móvil.

—Él lo ha visto, ¿no?

La voz de Margaret me sobresalta y me giro en redondo para ver de dónde procede. Me llevo la mano al pecho, con el corazón acelerado.

Ella sale de detrás de unas estanterías metálicas que contienen fertilizante y otros productos químicos que se utilizan en la granja.

—¿Qué haces ahí escondida? —Me basta mirarla para que me hierva la sangre.

Si Margaret no hubiera dejado que mi hermano creyera que él era el culpable de lo que ella hizo hace todos estos años, ¿hasta qué punto habrían sido distintas las vidas de cada uno de nosotros?

Ben nunca habría caído en las garras de papá.

Yo no habría sido el premio que le habrían ofrecido en pago por su lealtad.

Silas tampoco se habría quedado atrapado con Margaret.

—He visto a Frank cuando salía de comer y lo he seguido hasta aquí. Solo hay un motivo por el que puede haber venido. Silas me contó que tú le dijiste que había un vídeo, así que deduzco que lo habéis encontrado.

Habla de ello con todo descaro, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Te refieres al vídeo que muestra que eras tú, y no Silas, la que conducía la camioneta aquella noche? ¿A ese vídeo que demuestra que tú mataste a aquellas dos personas, pero has dejado creer a mi hermano durante todos estos años que él era un asesino?

Ella se me acerca enfurecida.

—Tú no puedes presentarte aquí otra vez después de tanto tiempo y actuar como si Silas te importara lo más mínimo. ¡No tienes ni idea de lo que él hubo de hacer para asegurarse de que tu marido tuviera éxito y tú disfrutaras de todo lo que quisieras!

Margaret gira sobre sus talones para salir del almacén, pero yo le doy alcance enseguida.

—Ah, no, qué demonios. No sé a dónde crees que vas, pero esto no ha terminado. —La agarro de la parte posterior de la blusa, dándole un tirón.

Ella resbala y pierde el equilibrio, arrastrándome con ella.

—¡Suéltame!

Margaret me aparta de un empujón, zafándose de mí, y se vuelve a poner de pie mientras yo aún sigo en el suelo.

—¿También mataste a Ben, asesina? ¡Sé que estuviste en mi casa aquel día!

Ella se detiene en seco. Se gira y baja la mirada hacia mí.

—No. ¿Me preocupaba lo que haría Ben si descubría que me había encubierto a mí y no a Silas? Sí, claro. Por eso quería hablar con él. Para ver si lo sabía. Pero yo no lo maté.

Entorno los ojos, mirándola con rabia.

—¿Por qué iba a creer a una mentirosa como tú?

Margaret suelta un grito y se abalanza sobre mí. Yo apenas tengo un instante para taparme la cabeza antes de que se me eche encima.

—¡Siempre te he odiado! ¡Tú le has dado la espalda a tu familia y, aun así, ellos te siguen adorando!

Intenta apartarme las manos, pero me mantengo firme.

Me retuerzo, intentando rodar para quitármela de encima, pero me tiene atrapada.

Me aparto una mano de la cara para empujarla.

Ahora tiene una mirada enloquecida y su fachada de rubita boba ha desaparecido.

Me pregunto hasta dónde está dispuesta a llegar.

Entonces coge algo del estante que tenemos al lado y lo levanta por encima de su cabeza.

Y luego se vuelve todo negro.