37. Camille. Después de la coartada
Camille
DESPUÉS DE LA COARTADA
E stoy mirando el reloj y cuento los minutos que faltan para que Hank venga a recogerme. Tengo todas las maletas preparadas, porque, cuando me vaya de aquí, no pienso volver. Ya bastante dura ha sido la semana de por sí, pero estar de nuevo en casa de mis padres me está matando.
Es como si la distancia que había logrado establecer durante los últimos diez años se hubiera evaporado por completo. Papá se ha empeñado en que fuéramos todos a la iglesia y nos sentáramos en el banco que ha sido nuestro desde que yo era un bebé. Luego hemos almorzado aquí en familia.
Mamá ha llevado la conversación en la mesa todo el rato, charlando de naderías.
—Seguramente comeremos las sobras para cenar —dice—. No soporto desperdiciar toda esta comida.
Todo el mundo marea su plato con desgana porque nadie salvo mis padres desea estar aquí. Papá disfruta teniéndonos a todos juntos en casa, como si el asesinato de mi marido no fuera el motivo que me ha traído aquí. El periodo de luto ya ha pasado para ellos.
—Yo tengo otros planes para la cena —digo.
Papá se yergue en su silla.
—No sé si es buena idea que te vean cenando por ahí una semana después de que hayan matado a tu marido.
Sus palabras me sientan como una bofetada. Es la primera vez que menciona la muerte de Ben y, naturalmente, la utiliza como un arma.
Yo sujeto con fuerza el tenedor.
—Hank va a pasar a recogerme. Tenemos un montón de cosas por revisar y no quiero aplazarlo más.
Silas me mira inquisitivamente, pero no hago caso. Margaret no para de dar sorbos a su copa de vino, sin prestar atención a las miradas de reprobación que le lanza mamá. Beber durante el almuerzo del domingo es del todo censurable a su modo de ver.
—Podéis hablar de todo lo que haga falta aquí mismo —me dice papá, con una mirada penetrante.
Antes habría cedido y seguido obediente sus indicaciones, pero me niego a amoldarme a mi antiguo papel más de lo que ya lo he hecho.
—No. Ya hemos hecho planes y no voy a cambiarlos.
Se hace un denso silencio en la mesa. Finalmente, mamá interviene para aliviar la tensión.
—Todo el mundo ha tenido la amabilidad de traer comida esta semana. La nevera está a reventar. Te daré unas cuantas cosas para que se las des a Hank. Nosotros no podemos comérnoslo todo. —Luego mira a Margaret—. Tú también puedes llevarte algo a vuestra casa.
Ella asiente, pero no levanta la vista del plato.
El resto del almuerzo transcurre en silencio, y Margaret se marcha en cuanto han retirado los platos de la mesa.
Yo estoy deseando salir de aquí, aunque soy consciente de que no puedo volver a la casa que compartía con Ben.
Es algo que quedó demostrado ayer. Silas no deja de decirme que eso es solo porque el dolor es muy reciente y aún tengo demasiado fresco el recuerdo de habérmelo encontrado de aquel modo, pero está equivocado.
Nunca pasará el tiempo suficiente para que yo sienta aquella casa como mi hogar.
Silas me propuso que me quedara con ellos, pero eso viene a ser como quedarse aquí, puesto que su casa se halla en la propiedad familiar, a una distancia que podrías cubrir con un carrito de golf.
Además, no soporto mirar siquiera a Margaret ahora mismo.
No sé si mi hermano le ha contado que lo sé todo, pero me tiene sin cuidado.
Una vez que me haya instalado en un hotel, les diré a mis padres que no pienso volver, porque, si lo hago antes de irme, papá pondrá todos los obstáculos posibles para retenerme.
He decidido sincerarme con Hank y explicárselo todo.
Él está obligado por el secreto profesional a guardarse todo lo que le cuente, pero creo que lo haría igualmente porque es un amigo.
Aunque yo pondría mi vida en manos de Silas sin vacilar, él está involucrado en todo esto de un modo que condiciona sus actos.
Lo cual no es mi caso. Necesito hablar con alguien que no esté implicado de ningún modo.
Silas nota que ando tramando algo, pero no ha dicho nada.
He hablado con él antes de ir a la iglesia sobre la llamada de Hank y el registro de la casa de Aubrey.
Su modo de reaccionar, o más bien de no reaccionar, me dice que ya lo sabía.
El resto del día se lo ha pasado extrañamente callado, pero pegado a su teléfono.
No sé lo que se trae entre manos, y prefiero no saberlo.
Al principio me puse furiosa al saber que Ben, Silas y papá me habían ocultado tantas cosas, pero ahora agradecería aquella feliz ignorancia de antes.
Estoy guardando las últimas sobras del almuerzo cuando Silas aparece a mi lado con expresión tensa.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—Necesito un favor.
Me seco las manos con un trapo y lo tiro en el fregadero.
—De acuerdo.
Él me indica que lo siga. Mamá ha desaparecido en otra parte de la casa y papá está medio adormilado mirando el partido de los Saints en la tele.
No nos decimos una palabra mientras cruzamos el jardín hasta el almacén que hay al otro lado del sendero.
Es un gran edificio metálico donde se guardan la mayor parte de los equipos, pero también alberga una pequeña oficina en la que papá y Silas se ocupan de los asuntos de la granja.
En el interior del almacén solo penetra la luz de las pocas ventanas que hay en el lado izquierdo. Antes de entrar en la oficina, Silas se detiene.
—Mi hombre ha encontrado el vídeo. Lo ha tenido Aubrey durante todo este tiempo. Ahora me lo acaba de traer y…, bueno, la idea de mirarlo me resulta inquietante, pero necesito ver lo que contiene. He pensado que si estabas tú…
Está muerto de miedo. Le espanta ver lo que hizo hace ya tantos años. Y aunque esté luchando con ese sentimiento, para mí es un alivio verlo así. Quiere decir que es humano. Que papá no lo ha corrompido del todo.
—Claro, lo miraré contigo.
Él asiente con brusquedad, pero, mientras abre la puerta de la oficina y me hace pasar, noto en sus ojos que se siente aliviado. No esperaba que hubiera nadie, así que me sobresalto al ver a un hombre sentado en el sofá.
—Perdona, me has dado un susto —digo, llevándome la mano al pecho.
Él ladea la cabeza, pero no dice nada. Silas cierra la puerta.
—Este es Frank. Trabaja para mí.
—¿Eras tú el que vigilaba a Aubrey?
Frank mira a Silas, que se ha sentado detrás del escritorio y me indica que me acomode en la silla del otro lado.
—Frank encontró el modo de acercarse a ella —dice Silas en tono críptico.
Me vuelvo para mirarle.
—Así es como supiste que la policía había registrado la casa, ¿no?
Él asiente.
—Sí, Frank me mantenía informado.
Me dejo caer en la silla frente al escritorio.
—¿Papá sabe que tienes el vídeo?
Silas niega con la cabeza.
—No. Aún no. Tengo que pensar cuánto le voy a contar de todo esto. Su forma de arreglar los problemas tiende a ser un poco más brutal de lo que a mí me gusta. —Hace una pausa y se gira hacia Frank—. Vale, dámelo.
Me recorren una serie de emociones que no sabría describir mientras Frank se saca del bolsillo un lápiz USB y se lo pasa a Silas.
—No lo habría encontrado si no hubiera estado allí cuando Aubrey ha recibido una llamada de Hank Landry.
Me enderezo en la silla al oír su nombre.
—¿Qué quieres decir?
—Al parecer, él ha ido hoy al rodeo de Angola y ha mantenido una charla con Paul. —Frank nos cuenta lo que han dicho Hank y Aubrey durante esa conversación telefónica.
No sé cómo tomarme que Hank la haya llamado para hablarle de esto.
Silas inserta el lápiz en el puerto del lado de su portátil mientras Frank se va hacia la puerta.
—Esperaré fuera —dice antes de salir.
Me levanto de la silla y me sitúo detrás de Silas para ver la pantalla sin obstáculos.
Él mantiene el ratón sobre el icono del dispositivo, pero no lo clica todavía.
Le pongo una mano en el hombro y le doy un ligero apretón.
Finalmente, Silas lo abre y ambos vemos una lista de carpetas.
Todas etiquetadas con fechas que se remontan a más de veinticinco años atrás.
—Dios mío. Tenías razón.
Mi hermano no dice nada; tan solo selecciona la carpeta con la fecha que corresponde a la muerte de los padres de Aubrey. Hay dos archivos. Uno de vídeo y otro de Word. Silas crispa el puño mientras se debate por dentro y, al final, clica el archivo de vídeo. La imagen es oscura y granulosa.
—¿Dónde es esto?
—En el aparcamiento del súper de Maple Road. —Señala el lado derecho de la pantalla—. El accidente se produjo aquí.
No hay movimiento durante unos cuantos segundos. Lo único que se ve es el cruce desierto, iluminado por una solitaria farola.
Y luego todo sucede muy deprisa. Un coche, presumiblemente el de los padres de Aubrey, entra en el encuadre desde la izquierda justo cuando una camioneta se salta la señal de stop. Ambos damos un respingo cuando colisionan los dos vehículos, a pesar de que el vídeo no tiene sonido.
—Oh, Dios mío. —Aunque la imagen sea en blanco y negro, resulta difícil mirarla conociendo el desenlace.
Los dos vehículos describen un círculo entero y, cuando se detienen, queda a la vista el lado del conductor de la camioneta de Paul.
El morro está incrustado en la puerta del pasajero del coche de los padres de Aubrey.
Es comprensible que su madre muriera en el acto. Durante unos segundos, no sucede nada.
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que Silas me pasa un pañuelo de papel de la caja que tiene sobre el escritorio.
La puerta del conductor de la camioneta se abre. Despacio. Miro a Silas. Está totalmente concentrado en la pantalla, con la mandíbula apretada.
Una persona cae fuera desde el asiento del conductor. Yo estoy esperando ver a mi hermano, al Silas de hace diez años, pero no es él. Es una mujer. Con una larga melena rubia. Está desorientada. Y después se vuelve hacia el súper, de tal manera que la vemos con toda claridad.
—La muy hija de puta…
—¿Es…, es Margaret? —pregunto—. ¿Era ella la que conducía?
—Eso parece. —Habla con tal dureza que casi percibo la rabia que rezuma de él.