36. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
L a de ayer fue una noche difícil y agitada.
Yo ya estaba al límite después de haber encontrado el cuchillo en mi cajón el viernes por la noche y de sufrir poco después el registro de la policía.
Pero cuando Deacon llegó a casa ayer y me contó lo ocurrido en casa de Foster, ya no aguanté más y me descompuse.
Aquella era mi última oportunidad de saber quién fue el causante de la muerte de mis padres, y ahora nunca lo sabré.
Deacon está preparando unos sándwiches de queso al grill mientras yo trato de sacarle un par de tazas de café a la máquina antes de que expire para siempre.
—Por favor, por favor, un poquito más. —El cacharro escupe y salpica, y yo sostengo la taza en alto para recoger cada una de las gotas que salen disparadas por las pocas boquillas que aún funcionan.
Ya con los sándwiches en los platos y con media taza de café para cada uno, nos sentamos a la mesa de la cocina. Deacon ha pegado su silla a la mía tanto como ha podido y me rodea la cintura con un brazo, atrayéndome hacia sí. Yo le dejo hacer encantada.
Me he despertado en su cama por segunda mañana consecutiva, con la espalda contra su pecho y sus brazos a mi alrededor. Lo primero que me ha dicho ha sido: «Vas a malacostumbrarme despertando así».
Lo mismo digo.
Estuvimos hablando hasta la madrugada. Debatimos si Foster tenía realmente lo que decía tener y, en caso afirmativo, qué había hecho con ello.
También repasamos todas las hipótesis sobre quién estaría interesado en incriminarme por la muerte de Ben.
Una lástima, pero no llegamos a ninguna conclusión.
Por suerte, Shane y Eddie sacaron el cuchillo del cárter el sábado a primera hora y se deshicieron de él. No les pregunté dónde lo tiraron y prefiero no saberlo. Me alivia saber que ha desaparecido.
Serenity entra alegremente en la cocina con un vistoso caftán.
—Buenos días, chicos.
—Ey, Serenity —digo.
Ella se detiene de golpe, mirándome.
—Ay, cielo, ¿estás bien? Ya sé que ha sido una semana infernal, pero da la impresión de que no te vendría mal uno de mis batidos.
Yo me apresuro a negar con la cabeza. La última vez que me persuadió para probar uno de sus mejunjes, me entró un subidón que no había experimentado nunca y estuve tres días sin dormir.
—No, no, estoy bien. Pero gracias.
—Vale, bueno. Dímelo si cambias de idea.
Se acerca a la cafetera y empieza a prepararse una taza. Deacon le pregunta:
—¿Pudiste pedirle a Frank una lista de la gente que estuvo aquí el viernes por la noche?
—¡Sí! Anoche, cuando volvió del trabajo, me anotó los nombres en un papel. Voy a buscarlo a mi habitación.
Deacon la detiene antes de que salga.
—Oye, no vamos a dejar que venga gente a casa durante una temporada, hasta que averigüemos qué está pasando. ¿Te parece bien?
—Por supuesto. Bueno, mi grupo habitual de yoga viene aquí a mediodía. —Serenity me sonríe tímidamente—. Pero, si te vas a sentir incómoda, podemos buscar otro sitio.
—No, tú grupo puede seguir viniendo —le digo. Todos los domingos a mediodía, si el tiempo lo permite, da una clase de yoga en el patio trasero.
—No hay nadie nuevo en el grupo, ¿no? —pregunta Deacon.
Ella menea la cabeza.
—No. Son los mismos que llevan viniendo desde hace años.
—Gracias, Serenity.
Ella desaparece y yo doy un último sorbo a mi café.
—Voy a necesitar el día entero para ordenar mi habitación —le comento a Deacon. Es algo que había evitado hasta ahora.
—No tenemos por qué ocuparnos hoy de eso. Puedes quedarte en mi habitación por el momento. De hecho, lo prefiero.
Me apoyo contra él.
—¿Puedo ordenar mi habitación y quedarme igualmente en la tuya? Porque la verdad es que no dejo de pensar en el desbarajuste que hay allí dentro.
Él se levanta, me pone de pie a mí también y me arrastra por el breve pasillo hasta mi habitación.
—Pongámonos manos a la obra y luego subiremos a echar una siesta.
Llevamos trabajando un par de horas y todavía queda mucho que hacer. Deacon me sirve de gran ayuda con las cosas pesadas, pero yo soy la única que puede ordenarlo todo.
—Me muero de hambre —dice—. Ese sándwich de queso era poca cosa. —Está plantado frente a la cama, en el único trecho despejado—. ¿Tú tienes hambre? Puedo salir a comprar alguna cosa.
Tengo sobre el regazo un montón de calcetines que estoy tratando de emparejar.
—Me zamparía una hamburguesa con queso ahora mismo.
—Hecho. —Se detiene antes de salir de la habitación—. Eddie y Shane están en el garaje, por si los necesitas. Y Serenity y su grupo están en el patio trasero con el culo mirando al cielo. Eso debería ahuyentar a cualquiera que pretenda entrar aquí.
Le arrojo un calcetín.
—Voy a contarle que has dicho eso.
Él se ríe.
—Se lo diré yo mismo. —Se acerca a la puerta exterior, pero solo para comprobar que está cerrada, y luego sale por la puerta interior. Es con estos pequeños gestos solícitos con los que consigue que me flaqueen las rodillas.
Al cabo de un momento, oigo cómo arranca su coche y sale marcha atrás por el sendero. Me levanto del suelo y decido tomarme un descanso mientras espero a que vuelva. Estoy preparándome un té cuando Frank entra por la puerta trasera.
—¿Te importa que ponga una lavadora? —pregunta.
—En absoluto.
Él coloca la cesta sobre la mesa de la cocina y empieza a clasificar la ropa en montones. Por la variedad de colores, deduzco que hay cosas de Serenity mezcladas también, y lo encuentro entrañable.
Dejo los platos del almuerzo en el fregadero y miro por la ventana.
—Serenity tiene hoy un montón de gente.
Frank se echa a reír.
—Debo reconocer que me sorprende que todas esas señoras mayores puedan contorsionarse de ese modo.
—¡Deberías probarlo! Acabas de celebrar un gran cumpleaños, así que quizá te convenga mantenerte ágil a tu provecta edad.
—Ja, ja. Muy graciosa.
Suena mi teléfono y yo titubeo un momento porque no reconozco el número, pero al final contesto.
—¿Sí?
—Aubrey, soy Hank Landry.
—Ah, hola.
—Escuche, esto le va a parecer extraño, pero ¿puede coger aquel joyero que le envió Paul Granger?
Eso no es ciertamente lo que esperaba que me pidiera.
—Claro, espere. —Vuelvo a la habitación y lo cojo de encima de la cómoda. Echo un vistazo alrededor y, como está todo cubierto de ropa y no hay dónde sentarse, lo llevo a la mesa de la cocina—. Vale, ya lo tengo.
—Dele la vuelta.
—Un momento. Voy a poner el altavoz. —Pulso el botón y dejo el teléfono sobre la mesa—. ¿Me oye?
—Sí.
Frank vuelve del lavadero, deja la cesta vacía sobre la mesa y observa cómo le doy la vuelta al joyero.
—Vale, ¿qué tengo que mirar?
—Debería haber una lengüeta en una esquina. Quizá esté escondida en la costura.
Tanteo el borde de la base y tropiezo con un bulto en la esquina.
—Creo que la he encontrado. Aunque no sé si sobresale lo bastante para cogerla. ¿Cómo sabía esto?
Él tarda unos segundos en responder.
—He ido hoy a Angola a hablar con Paul, y resulta que tenía otro joyero como ese. Al parecer, suele poner un compartimento secreto en algunas de las cosas que hace.
—Ah, vaya… De acuerdo.
Tiro de la pequeña lengüeta, pero no consigo moverla.
—Toma, usa esto. —Frank tiene en la mano una navaja multiusos y saca unas pequeñas pinzas.
—Gracias. —Las cojo y veo que me sirven. Tras unos cuantos tirones, la base del joyero se abre y algo cae y rueda por la mesa—. ¡Joder! ¡Había un USB aquí dentro!
—Escuche, Aubrey. Paul no le envió ese joyero, pero le dio uno igual a Foster cuando él fue a verlo.
—¿Cómo?
—Si no le importa, voy para allá. Me gustaría ver lo que hay en ese lápiz de memoria.
En parte me entran ganas de colgar. No creo que él se pusiera de mi lado si hubiera algo aquí que pudiera perjudicar a Camille o a su familia. Pero entonces no tendría por qué haberme hablado de este compartimento. Podría haberse limitado a buscar el modo de quitarme el joyero.
Se me quiebra la voz cuando pregunto:
—¿Esto es lo que estoy pensando?
—Creo que podría serlo. ¿Puedo acercarme y verlo con usted, por favor?
—Sí, vale. —Y corto la llamada antes de que pueda decirme nada más.
Miro el lápiz USB. Me tiembla la mano al cogerlo.
Por esto mataron a Ben. Por esto pusieron el arma homicida en mi habitación.
Hay mucha gente que lo está buscando.
Y yo lo he tenido durante semanas sin saberlo.
Frank abre unos ojos como platos.
—Ya te lo explicaré luego, pero no sé cuánto tiempo tengo hasta que él llegue, y antes quiero ver lo que hay aquí. Mi portátil… se estropeó. ¿Tienes alguno que me puedas prestar? —le pregunto.
Él asiente.
—Sí, claro. Voy a buscarlo.
Mientras aguardo a que vuelva Frank, examino de nuevo el joyero por si se me escapa algo más. Seguramente debería revisar a fondo las demás cosas que Paul me envió.
Frank no tarda en volver. Pone su portátil sobre la mesa y yo le paso el lápiz de memoria. Él lo examina un momento.
—Mierda. Es un USB. El Mac solo tiene un puerto USB-C. Necesito un adaptador para enchufarlo. Espera, voy a buscar el que tengo en mi bolsa.
Da media vuelta y se dirige a la unidad de Serenity.
Tengo la sensación de que todo mi cuerpo vibra de puros nervios. Tal vez estoy a punto de ver cómo murieron mis padres.
No sé si podré aguantarlo.
Pero también pienso que he esperado tanto para saber la verdad que debo mirarlo.
Deacon entra por la puerta trasera al cabo de unos minutos con una bolsa de plástico.
—¡Espero que aún tengas hambre! —Luego me mira—. ¿Qué sucede?
Le muestro el joyero.
—Hank ha ido a ver a Paul a Angola. Y Paul le ha dicho que hay un compartimento secreto en la base. Lo he abierto y resulta que había un lápiz USB dentro.
Él mira en derredor.
—¿Dónde está? Puedo ir a buscar mi portátil.
—No, lo tiene Frank —digo, meneando la cabeza—. Ha ido a buscar un adaptador para poder enchufarlo.
Deacon se vuelve hacia la ventana que hay sobre el fregadero.
—Frank se ha ido. Me he cruzado con él cuando estaba llegando.
—¿Qué?
Paso corriendo por su lado y salgo al patio. La camioneta de Frank ha desaparecido.
Y el lápiz USB también.