Anatomía de una coartada 35. Hank. Después de la coartada #2
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35. Hank. Después de la coartada #2

Tarda un poco más en responder, pero al fin acaba cediendo.

—Era lo mismo que usted quería saber cuando vino a verme la primera vez. Quería datos concretos sobre esa nueva prueba.

—O sea que Aubrey también estaba enterada de eso.

Paul asiente.

—¿Y usted le dijo en qué consistía exactamente?

—Sí. También puedo decírselo a usted. Es un vídeo de una cámara de vigilancia. Pero, antes de que me lo pregunte, no, nunca he visto lo que hay en ese vídeo.

Pienso en la nota manuscrita de Ben que había en su carpeta sobre Aubrey y Paul.

—¿Kevin Foster vino a verle a principios de junio? ¿Fue él quien le habló del vídeo?

Paul abre mucho los ojos. Es la confirmación que necesitaba para saber que el Jefe y Kevin Foster eran la misma persona.

—Sí, fue él.

—¿Kevin le dio algún otro dato, aparte de hablarle de la existencia del vídeo?

—Me dijo que el conductor había estado en mi casa aquella noche. Debería resultar sencillo cotejarlo con esa lista de gente.

Sé a qué lista se refiere. Es la que le pedí a Scott que investigara a fondo.

Paul sujeta con fuerza el borde de la mesita.

—Quizá usted pueda llamar a Foster y hablar con él. ¡Pero no le diga que yo le he dado su nombre! Bueno, en realidad no ha hecho falta, usted ya lo sabía. Pero no quiero que lo asuste y que ya no vaya a ayudarme.

Yo tuerzo el gesto.

—Paul, lamento ser yo quien le dé la noticia, pero Kevin Foster falleció hace poco más de un mes.

Él palidece y vuelve a sentarse en la silla de madera de detrás de la mesa.

—Entonces ya nunca voy a salir de aquí.

Me inclino hacia delante.

—Escuche, hay muchas posibilidades de que esa prueba que él tenía no pudiera sostenerse ante un tribunal.

Yo debería demostrar que se ha mantenido la cadena de custodia y un montón de cosas más.

Pero ahora, después de revisar otra vez su caso, ni siquiera estoy seguro de que la necesitemos.

Hay elementos suficientes para hacerme pensar que sería posible una apelación.

Él se queda mirándome con la boca entreabierta.

—¿Va a aceptar mi caso?

Alzo una mano.

—Lo estoy estudiando. No puedo prometerle que pueda sacarle de aquí, pero, si de verdad creo que hay una vía posible, asumiré el caso.

Él se levanta de golpe y trata de abrazarme, pero yo le sujeto las manos entre las mías y nos damos un extraño apretón.

—¡No sé cómo darle las gracias!

Yo asiento.

—Una última pregunta antes de irme. Hábleme de la última carta que le envió a Aubrey. La mecanografiada. Donde le decía que esperaba que ella tuviera más suerte de la que ha tenido usted, ¿recuerda?

Paul arruga la frente, desconcertado.

—No sé de qué me habla.

Cojo de la mesa un pequeño joyero semejante al que vi la noche del viernes en la habitación de Aubrey.

—Se la envió con uno de estos.

Él ya está negando con la cabeza antes de que termine.

—Yo le envié una cartera y algunas pulseras porque caben en un sobre plano.

Le di un punto de libro cuando vino la semana pasada.

No le habría enviado uno de estos joyeros.

El envío es demasiado caro porque hace falta una caja.

Además, aquí no nos dejan usar ordenadores, así que solo se pueden enviar cartas escritas a mano.

La cabeza me da vueltas. Aubrey cree que el joyero y la carta procedían de Paul, y no hay motivo para que mintiera sobre esto. Pero si no los había enviado él, ¿quién lo había hecho?

—¿Lleva una lista de las personas que le compran estas cosas? —Mientras lo pregunto, comprendo que es una posibilidad muy remota.

—No, casi todo lo vendo en los mercadillos de artesanía a la gente que pasa por aquí.

—Casi todo. Y lo demás ¿dónde lo vende?

Paul se echa a reír.

—No, este es el único sitio donde vendo mis cosas. Pero me han dado permiso para regalárselas a la gente que viene a verme.

Suelto un ruidoso suspiro. Me compadezco de Paul, pero la verdad es que hace que sea muy difícil ayudarlo.

—¿Le ha regalado a alguien un joyero?

—Sí, le di uno a Foster. —Coge uno de la mesa—. Era muy parecido a este.

Joder. Paul no le envió ese joyero a Aubrey, pero Foster sí pudo habérselo enviado. Por eso la carta estaba impresa y no escrita a mano.

—Quizá fue Foster quien se lo envió a Aubrey con una carta. El suyo parece igual que este. Pero ¿por qué no le mandó simplemente una carta?

Su rostro se ilumina.

—¡Tal vez le envió el vídeo!

Meneo la cabeza.

—No, ella me dijo que solamente contenía la carta. —Aubrey tendría que haberse dado cuenta si hubiera habido también un USB u otro dispositivo donde almacenar archivos digitales.

—¿Miró en el compartimento de la base?

—¿Qué compartimento? —La noche del viernes examiné el joyero con mucha atención y no vi ningún compartimento en la base. Paul advierte mi perplejidad y le da la vuelta al joyero.

—Hay una pequeña lengüeta aquí debajo. Solo hay que tirar de ella para que se abra la base. Es un espacio donde puedes guardar cosas que no quieres que encuentre nadie. Se lo enseñé a Foster cuando se lo regalé, así que igual lo puso ahí dentro, ¿no?

Miro en derredor para ver si alguien nos está observando. Me dan ganas de salir disparado y volver volando a casa de Aubrey para echarle otro vistazo a ese joyero, pero no quiero darle falsas esperanzas a Paul.

—Déjeme investigar un poco. Me pondré pronto en contacto con usted.

—Gracias, hombre. Se lo agradezco mucho. Estaría bien poder salir de aquí antes de que me muera.