35. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
P regúntele a Camille por qué asistí al rosario».
Esta frase me ha acosado durante todo el fin de semana. Me ha atormentado. Me ha tenido despierto por la noche.
Le mando a Camille un mensaje diciéndole que tenemos que hablar. Mi teléfono tarda menos de un minuto en sonar.
—Ey —dice cuando contesto—. ¿Qué ocurre?
—Ey, quería ver cómo estás. ¿Qué tal te encuentras hoy?
Es domingo y ha pasado justo una semana desde que ella encontró a Ben. Me imagino que es un día duro al final de una dura semana, así que no me lanzo enseguida a interrogarla sobre Aubrey Price y Saint Francisville.
—Mejor de lo que suponía que iba a estar, aunque ese listón estaba muy bajo. Me parece que el hecho de llevar ropa normal, y no un pijama que se me estaba soldando a la piel, es una buena señal. —Habla con desenfado, pero todavía se percibe un peso en su voz.
—Sí, es buena señal.
—¿Querías hablar conmigo de algo o solo llamabas para comprobar que me he levantado de la cama?
Tengo debilidad por Camille. Más de lo que habría reconocido cuando Ben estaba vivo. Es curioso que Deacon lo haya captado antes que yo mismo. Y él tenía razón al decir que estoy tratando de protegerla. Pero no puedo hacerlo si no conozco la verdad.
—Recibí una extraña llamada el viernes por la noche.
—Ah, ¿sí? ¿De quién?
—La policía hizo un registro en una casa para buscar el cuchillo de caza de Ben.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—La dueña de la vivienda me llamó después de que el registro concluyera sin ningún resultado. Se llama Aubrey Price.
Su grito ahogado me dice todo lo que necesitaba saber.
—No entiendo. ¿Por…, por qué te llamó a ti? —dice.
Me quedo un momento callado.
—Camille —digo al fin—, yo no te puedo ayudar si tú no compartes conmigo tus secretos.
Toda su emoción se desborda con un repentino sollozo que resulta desgarrador. No deja de llorar durante varios minutos y yo me odio a mí mismo por haberla abatido más de lo que ya lo estaba.
Por fin parece recobrarse.
—No puedo hablar ahora, pero… ¿estás libre más tarde?
—Sí, estoy disponible siempre que me necesites. ¿Quieres que nos veamos en casa de tus padres o en otro sitio?
—No, aquí no. Pero no quiero conducir con mi coche…
—Te puedo pasar a recoger. Tengo algo que hacer alrededor de la hora del almuerzo y luego puedo ir para allá.
—De acuerdo, Hank. Nos vemos entonces —dice, y cuelga.
Miro mi reloj. Pienso bien lo que tengo que hacer en este intervalo.
Ya es hora de mantener una conversación con Paul.
A los ojos de un forastero, el Rodeo de la Prisión Angola debe parecer demasiado absurdo para ser real. Cada domingo de octubre, la cárcel que alberga a los criminales más peligrosos del estado de Luisiana abre sus puertas a personas de todas las edades.
Hay las típicas actividades que cabe esperar en un rodeo, como la monta de toros y las carreras de barriles, pero también otras que son exclusivas de Angola.
Por ejemplo, el póquer de presos: los reclusos se sientan en torno a una mesa de póquer en mitad de un estadio y entonces sueltan a un toro salvaje que se lanza directamente hacia ellos.
El que permanece sentado más tiempo gana.
Y también hay un concurso llamado «ordeño de vaca salvaje», que es exactamente lo que su nombre indica.
Los reclusos que se apuntan a estas actividades, arriesgando su integridad y hasta su vida, tienen sus motivos para hacerlo.
El dinero del premio se deposita en su cuenta del economato y pueden usarlo para adquirir cosas tan preciadas como un cepillo de dientes nuevo, una manta extra e incluso comidas especiales.
Y supongo que el derecho de presumir de una victoria en la versión Angola de las antiguas carreras de cuadrigas es un aliciente en sí mismo.
Además, la vida carcelaria es muy monótona.
Cada día es igual que el anterior. Me imagino que la oportunidad de romper esa rutina entrenándote para montar un toro debe resultar atractiva.
Los reclusos que poseen habilidades creativas pueden participar también.
Tienen la posibilidad de vender su mercancía desde detrás de una valla de tres metros y medio de alto rematada con alambre de cuchillas.
Los productos, desde cinturones y bolsos hasta rótulos de madera, joyas y ropa, se exhiben en mesas dispuestas al otro lado de la valla.
Y ellos pueden regatear con los clientes para vender al mejor precio posible sus creaciones artesanales, lo que no deja de ser un modo menos arriesgado de ganarse un dinero.
Aunque la mayoría hace sus tratos desde detrás de la valla, aquellos que han mostrado una conducta modélica son recompensados con un grado de libertad del que no han disfrutado desde que los encarcelaron.
Esos reclusos están en unos cobertizos, sentados detrás de sus mesas, sin una valla que los separe de los clientes.
Ahí es donde estará Paul Granger, cosa que he descubierto esta mañana al volver a revisar su expediente.
Yo ya he asistido a este rodeo una vez, cuando estaba en la universidad. Un nutrido grupo de estudiantes vinimos aquí y nos pasamos una tarde observando el caótico alboroto de las competiciones, aunque no visitamos esa zona de artes y oficios.
No es infrecuente que los amigos y familiares de los reclusos compren una entrada y se pasen el día a su lado mientras ellos hacen sus negocios. He pensado que puedo seguir su ejemplo para hablar unos minutos con Paul de un modo extraoficial.
Por todas partes hay guardias armados hasta los dientes, pero el proceso para acceder al recinto es bastante sencillo. No llevo ninguna bolsa o maletín, así que me basta con vaciar los bolsillos y atravesar los detectores de metales. Y luego ya estoy dentro.
El aire está fuertemente impregnado del olor a hamburguesas, perritos calientes, palomitas y churros. Las hileras de mesas de los cobertizos son muy largas, pero se agradece la sombra porque la temperatura aún ronda los treinta grados, pese a que ya estamos a mediados de octubre.
Todos los reclusos situados detrás de las mesas están vueltos hacia la entrada principal, a la espera de que aparezca alguien especial con quien pasar el día o de que se presente la posibilidad de una buena venta que engrose su cuenta hasta que el mercadillo vuelva a abrirse en primavera.
Yo me reuní una vez con Paul, así que sé a quién estoy buscando, pero cuando voy por el tercer pasillo empiezo a temer que no esté aquí.
Podría ser que se hubiera metido en un lío y que no le hayan dejado participar en los eventos de hoy.
O que lo haya vendido todo en las muestras anteriores y ya no le quede nada que ofrecer.
Por un momento, me inquieta pensar que he hecho el viaje en balde.
Y entonces lo veo. Me dirijo hacia su mesa, pero antes de llegar allí se me adelanta una familia de cinco miembros.
—¡Oh, estos me encantan! ¿Los ha hecho usted mismo? —La madre hurga entre los objetos de cuero que Paul tiene expuestos en su mesa.
Aprovecho estos momentos para mirar lo que vende. Él aún no ha advertido mi presencia porque está concentrado en la familia que tiene delante.
Cuando lo encerraron, acababa de cumplir los treinta y no hay motivo para creer que entonces poseyera esta destreza, así que no solo ha aprendido un nuevo oficio, sino que lo ha ido perfeccionando.
Hay pulseras y collares de cuero trenzado, muñequeras y cinturones de todas las tallas, y unos puntos de libro estupendos.
Veo algunos objetos como los que le regaló a Aubrey.
Las costuras son impecables, al igual que las técnicas de curtido que utiliza para obtener la coloración definitiva.
Fuera de estos muros, podría vender sus piezas por diez veces más de lo que cobra aquí.
—El cuero procede de las vacas de la prisión, una vez que son sacrificadas para alimentarnos. No las han matado para sacarles la piel, cosa que me parece importante. Todo está cosido a mano. No encontrará nada de mejor calidad en ninguna parte. —Tiene razones para estar orgulloso de su trabajo.
Regatea con el padre por una pulsera que quiere la hija y al final acuerdan una cifra solo ligeramente inferior a la que pedía en principio.
Una vez que la familia se aleja, Paul se vuelve hacia mí. Está claro que me reconoce en el acto.
—¿Qué le trae de nuevo por aquí? —Tiene la expresión de un ciervo deslumbrado por unos faros. Estoy seguro de que se ha enterado del asesinato de Ben, de manera que mi visita puede resultarle inquietante.
—Sus piezas son preciosas.
Una sonrisa se extiende por su rostro ante este cumplido y parece relajarse un poco.
—Gracias. No hay mucho más que hacer aquí dentro. —Luego vuelve a ponerse en guardia—. ¿Para qué ha venido?
—¿La verdad? Tengo un par de preguntas que espero que me aclare.
—¿Sobre mi caso?
Niego con la cabeza.
—No. Sobre Aubrey Price.
Él da un paso atrás.
—¿Por qué? ¿Porque ella vino a verme?
No es lo que esperaba que dijera.
—¿Cuándo vino a verle?
Su expresión se crispa un poco, como tratando de averiguar si estoy tendiéndole alguna trampa, así que añado:
—Mire, yo estoy intentando ayudarla. Es posible que esté en un aprieto.
Se le demuda el rostro.
—Mierda. No. No es posible que vayan también a por ella.
—Respóndame para que yo pueda ayudarla. —Tal vez estoy exagerando un poco mi relación con Aubrey, pero ella me abrió esa puerta cuando me llamó para avisarme de que la policía había registrado su vivienda.
—Estuvo aquí el sábado pasado. Era la primera vez que venía a verme.
El sábado pasado. El día que mataron a Ben.
—¿Era una visita prevista?
Paul niega con la cabeza.
—No. Se presentó sin más.
—¿Le dijo por qué? —Cuesta mucho arrancarle cada respuesta.
—Sí. Tenía algunas preguntas, igual que usted.
Nos miramos el uno al otro. Yo aguardo a que añada algo más, pero no lo hace.
—¿Puede decirme lo que quería saber?
Él se limita a encogerse de hombros.
—No quiero hacerle perder el tiempo, ni tampoco perderlo yo. Usted ahora puede ser sincero conmigo. Si está en mi mano ayudarle de algún modo en su caso, lo haré.