Anatomía de una coartada 34. Camille. Después de la coartada
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34. Camille. Después de la coartada

Camille

DESPUÉS DE LA COARTADA

S ilas y yo entramos en el garaje de mi casa.

Yo no me muevo del asiento del copiloto.

Hemos venido con mi coche porque el mecanismo de apertura está programado directamente con él.

Esta es mi única forma de entrar en casa, puesto que me he acostumbrado tanto al teclado de la puerta del garaje que ya no llevo nunca encima la llave de la entrada principal.

—No sé si voy a ser capaz de entrar. —La policía ya terminó el registro hace días, pero el servicio de limpieza especializado en escenas criminales tardó un poco en venir y yo no pensaba entrar hasta que hubieran acabado.

Técnicamente, tengo libertad para volver a casa, pero mis padres creen que es demasiado peligroso, teniendo en cuenta que la policía no ha hecho ninguna detención. Y la verdad es que no sé si podría quedarme aquí aunque hubieran atrapado al asesino de Ben.

Silas pone punto muerto, pero no apaga el motor.

—No tienes que hacerlo. Puedo entrar yo un momento y coger la llave.

Empieza a bajarse, pero yo lo detengo.

—Espera. Dame solo un minuto.

—Lo que te haga falta —dice, y se arrellana en el asiento.

—Tengo la sensación de que, si no entro ahora, nunca podré hacerlo.

Me asalta un cúmulo de emociones. Aunque sé que Ben no está tendido en el suelo del despacho, eso es lo único que me imagino cuando pienso en entrar.

El dolor que siento en el pecho se reaviva al enfrentarme a la idea de entrar en la casa que él amaba.

La casa a cuya reforma dedicó tanto tiempo.

La casa que siempre me ha parecido más suya que mía.

No quiero ser de esas personas que edulcoran todos los malos momentos con alguien tan solo porque esa persona ha muerto, pero la pena tiene una curiosa capacidad para que los momentos buenos que compartimos brillen más en mi memoria.

Los recelos e inquietudes que impulsaron cada uno de mis actos del pasado fin de semana me parecen ahora menores.

Me doy unos minutos para concentrarme en la realidad, repasando todos los motivos por los que volví aquí a hurtadillas y subí a la buhardilla para espiar a Ben hace exactamente una semana.

Los recuerdos coloreados de rosa no se sostienen frente al hecho de que estamos aquí para encontrar la llave de la caja fuerte de un policía muerto y poder recuperar así la prueba que Ben pensaba utilizar contra mi hermano.

Es una manera horrible de enfocarlo, pero es lo único que me devuelve a la realidad.

—No quiero apremiarte, pero solo tenemos un tiempo reducido para entrar en casa de Foster mientras su esposa está fuera esta tarde.

Silas se las ha ingeniado para que la señora Foster salga de casa. El Departamento de Policía de Corbeau rendirá homenaje hoy a Kevin Foster; celebrarán una pequeña recepción y le entregarán a ella una placa. Me tiene impresionada que mi hermano haya sido capaz de montar eso en un par de días.

—Vale… Ya estoy lista.

Él se baja rápido del coche, mientras que yo me muevo más despacio. Le sigo hasta la puerta y le digo el código de cuatro dígitos que hay que introducir para desbloquearla. Una vez abierta, Silas entra sin más en la cocina, pero yo me quedo parada en el garaje.

Al ver que no lo he seguido, vuelve a mi lado.

—No tienes por qué entrar.

—Sí, debo hacerlo.

Él extiende el brazo y yo me agarro de él como si me fuera la vida en ello. Lentamente, me lleva a través de la puerta.

Un intenso hedor antiséptico me golpea en cuanto estamos dentro. Silas abre la marcha por la cocina. Hay una gran quietud en el ambiente, como si la casa supiera que ha sido abandonada.

Esos estúpidos crisantemos siguen todavía sobre la encimera.

Son los crisantemos que me hicieron sentir tan satisfecha por haberlos comprado de antemano cuando Ben me preguntó por qué estaba en la tienda de piensos.

Qué ingenuidad la mía al preocuparme por la posibilidad de que él me pillara en una mentira.

Las diminutas flores se han marchitado por falta de agua, como si la casa hubiera succionado la vida de todo lo que contiene.

Me acerco a la mesita donde llevo mi calendario y pago las facturas, y cojo el tarro en el que están los bolígrafos y los rotuladores. Lo vuelco todo y busco entre los diversos objetos hasta encontrar la llave.

—Justo donde él la dejó.

Silas conduce también el coche mientras volvemos a Corbeau.

Hemos salido de casa en cuanto hemos encontrado la llave.

Él me ha preguntado si no quería coger algo de ropa u otras cosas, pero yo no me he animado a pasar de la cocina.

Giro la llave en mis manos mientras pienso en el cambio drástico que ha sufrido mi vida esta semana.

—¿Crees que mataron a Ben por esta llave?

Silas tarda un rato en responderme.

—Es lo que supongo. Cuando Ben vino a decirnos a papá y a mí que Hank había recibido el expediente de Paul, estaba muy asustado.

Le inquietaba lo que ocurriría si la verdad salía ahora a la luz; cómo podría perjudicar eso a su carrera.

Papá se puso furioso, pero no estaba tan preocupado por Paul como por la cantidad de pruebas que Foster había ido acumulando a lo largo de los años.

El caso de Paul Granger nos estallaría en la cara a Ben y a mí, pero todo lo demás lo destruiría a él.

Puedo imaginarme lo cabreado que debía estar papá.

—¿Y qué hizo Ben cuando se dio cuenta de eso?

—Se volvió contra nosotros inmediatamente. Se le veía en la cara. Casi podías escuchar las ideas que le rondaban. Pensaba en todo el control que tendría sobre nosotros si era él quien conseguía primero esas pruebas.

Los árboles desfilan borrosos ante la ventanilla mientras asimilo todo lo que Silas me está contando. Me avergüenza comprender lo ingenua que he sido, darme cuenta de que toda mi familia sabía más sobre mi marido que yo misma.

—Yo siempre pensé que Ben y yo éramos mejores que mamá y papá —le confieso, sin atreverme a mirarlo—.

Que éramos superiores a ellos. O sea, pensaba que Ben no era perfecto y que caminaba sobre la fina línea que nos separa de lo que es ilegal, pero no tenía ni idea de hasta qué punto había cruzado al otro lado.

Ni de que papá le ayudaba. Me siento una idiota de remate.

—No te sientas así. Me alegro de que no lo supieras.

Para mí era un alivio que tú fueras tan felizmente ajena a todo eso.

El problema de Ben era que no entendía lo que significaba convertirse en miembro de esta familia.

Papá quería controlarlo tal como nos controlaba a nosotros.

Al principio, a él no le importaba porque papá se encargaba de que tuviera grandes clientes y ganara todos esos casos.

Pero después comprendió que no puedes quedarte solo con la parte que te gusta, que estás atrapado en todos los aspectos.

Si Ben hubiera conseguido toda esa información, la habría aprovechado al máximo contra todos nosotros.

Me vuelvo para mirarlo.

—¿Papá hizo que lo mataran?

Silas menea la cabeza.

—No lo habría hecho antes de que nosotros nos hubiéramos apoderado de esas pruebas. Antes de asegurarse de que Ben no tenía una copia escondida en alguna parte.

Es una forma muy cruda de responder, teniendo en cuenta que se trata de mi marido.

—Entonces ¿quién lo mató?

Él se encoge de hombros.

—Sinceramente, no lo sé. Foster no solo estaba confesando sus pecados, sino también delatando a quienes lo habían ayudado, porque sin duda él había contado con ayuda lo largo de los años.

Quizá alguien que echó una mano a Foster en el pasado se enteró de lo que tramaba Ben aquel día y temió que pudiera utilizar esa información en su contra.

Pero también cabe la posibilidad de que no fuera nada de esto.

Quizá tuvo algo que ver con uno de sus casos.

Quizá estaba liado con alguien y el marido se enteró. Qué demonios, Camille, no lo sé.

Me recorren escalofríos mientras reflexiono sobre sus palabras. Ya hemos llegado otra vez a Corbeau y nos dirigimos a casa de los Foster. A medida que nos acercamos, mis pensamientos dejan de lado lo que le pasó a Ben para centrarse en lo que estamos a punto de hacer.

—¿Vamos a parar en el sendero y entrar, así como así? —pregunto.

—Yo me he ofrecido a llevarte primero a casa de papá.

—Y yo te he dicho que quería venir contigo.

Silas trata de aparentar que esto no le afecta, pero, a juzgar por la crispación con la que agarra el volante, deduzco que está haciendo un gran esfuerzo para dominarse.

Él señala el asiento trasero.

—Para eso es la cesta de regalo. Nosotros la dejaremos en el felpudo de la entrada; así, si alguien dice que vio nuestro coche aquí, la señora Foster pensará que simplemente hemos pasado para dejarle esto.

Me mordisqueo las uñas, que ya tengo destrozadas.

—Pero ella se enterará de que hemos estado aquí.

Él asiente.

—Ese es el truco. No tratas de ocultarlo, lo reconoces. Respondes a la pregunta antes de que te la hagan.

—Algo malo tiene que pasarte para que tu mente funcione así.

Silas se ríe entre dientes, aunque suena más bien apenado.

—Papá ha tenido mucho tiempo para adiestrarme.

Se detiene en una gasolinera no lejos de la casa de los Foster.

—¿Para qué paramos aquí? —pregunto.

Él saca su móvil.

—Simplemente para asegurarnos de que la señora Foster ha asistido a la ceremonia en la ciudad. —Envía un mensaje y luego esperamos unos minutos hasta que recibe la respuesta—. Ya podemos ir para allí.

El corazón me palpita acelerado cuando entramos en el sendero.

La casa de los Foster está en las afueras, en una pequeña parcela, así que al menos los vecinos no viven demasiado cerca unos de otros.

Es una casa modesta teniendo en cuenta la cantidad de dinero que él debió ganar haciéndole todo el trabajo sucio a papá a lo largo de los años.

—Coge la cesta —dice Silas cuando ha aparcado.

Hago lo que me dice y lo sigo a la puerta del cobertizo para los coches.

—¿Cómo vamos a entrar?

—Foster guardaba una llave aquí dentro, en un gancho de este armario.