33. Ben. Diez años antes
Ben
DIEZ AÑOS ANTES
L os dos nos mantenemos en silencio en el trayecto de vuelta a Corbeau.
Margaret pasó ayer unas horas con Silas en el apartamento y luego se fue a casa.
Yo pedí una pizza y miramos un partido de béisbol, intercambiando apenas unas pocas palabras.
Antes de este fin de semana, Silas y yo nos llevábamos bien.
Él es un par de años más joven que nosotros, o sea que no es que estuviéramos muy unidos, pero podíamos mantener una conversación con facilidad.
Le lanzo una mirada.
—El silencio empieza a resultar cansado.
Silas está arrellanado en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla.
—Ya sé que piensas que debería estar agradecido por el hecho de que estés mintiendo por mí, pero yo no te pedí que lo hicieras; te lo pidió mi padre.
—Entonces ¿no quieres que lo haga?
Él se encoge de hombros.
—No importa lo que yo quiera. Tú estás obligado a hacerlo y yo a dejarte hacerlo. Ninguno de los dos ha tenido elección en ningún momento.
—Ya veo —digo riendo—. Es una pena para ti que tu padre se esté ocupando de que no vayas a la cárcel por conducir borracho y Dios sabe qué más. Aún no sabemos qué ha pasado con la gente con la que chocaste. —Él se estremece ante mis palabras.
Las emisoras de noticias de Baton Rouge no han informado del accidente, así que aún no nos hemos enterado de si alguien salió herido.
—Lo que esté haciendo mi padre lo hace por él y por el buen nombre de la familia, no por mí.
Tú eres lo bastante idiota para creer que ahora tienes cierto poder sobre él.
Y mi padre dejará que lo pienses mientras le sirva para mantenerte controlado.
Lo que él ha hecho en realidad es averiguar tu precio, que ha sido bastante bajo, la verdad.
Ahora bien, lo que le haya pasado a la gente del otro coche recae sobre tus espaldas también.
Así como lo que le suceda a Paul Granger, porque a él van a hundirlo por esto.
—Todo lo que tú quieras, pero Paul debería haber ido a la cárcel hace años.
Se te olvida que yo soy de la misma zona de la ciudad.
Es un traficante al que le tiene sin cuidado la calidad de su producto o la gente a la que envenena con él.
La única razón de que esté libre es que la gente de tu zona tendría que reconocer que sus hijos son drogadictos.
Seguramente se salvarán algunas vidas metiéndolo entre rejas.
Él suelta un gruñido, mostrando que no está de acuerdo con mi modo de juzgar a Paul. Que indague por su cuenta y descubrirá que no exagero.
—¿Preferirías que te metieran a ti en la cárcel por lo ocurrido? ¿En serio? Yo sé cómo vives y no creo que te fuera muy bien entre rejas.
Silas se vuelve finalmente.
—No, no quiero acabar en la cárcel, pero eso no significa que no me sienta como una puta mierda por lo que he hecho. Y por la gente contra la que choqué. Y también por Paul, aunque se merezca estar en prisión.
Entramos en el sendero de acceso de la propiedad familiar. Es lo bastante largo como para que no se vea la casa desde la carretera.
El señor Everett me ha llamado antes de que saliéramos de Baton Rouge y me ha dicho que trajera a Silas, pero que yo no entrase. Ha añadido que alguien se pasará por mi casa más tarde para tomarme declaración.
Hay un coche de policía en el sendero, lo que nos confirma que Foster ya está aquí. Silas se endereza, pero no puede ocultar la expresión de su rostro. Una expresión jodidamente lastimosa.
—Tienes que recomponerte. Si lo estás pasando tan mal, dile a tu padre que te pague un loquero con el que puedas hablar.
Silas pone los ojos en blanco y se baja del coche en cuanto me detengo.
En lugar de volver directo a mi casa, me paro en el sendero de acceso a la de Margaret.
Me digo a mí mismo que solo quiero hablar con ella, pero la verdad es que aún no estoy preparado para lidiar con mamá.
El señor Everett me ha enviado un correo esta tarde con todas las medidas que piensa adoptar respecto a ella la semana próxima.
En cuanto yo firme mi declaración, mamá quedará libre de deudas y entrará en un centro donde la tratarán de su depresión y de la adicción al alcohol que le ha provocado.
El sendero de Margaret está vacío, tal como esperaba, porque sus padres trabajan en turnos de fin de semana y ella no tiene coche. Para visitar a Silas ayer, tuvo que tomar prestado el de su amiga. Llamo con los nudillos y luego toco el timbre, pero nadie viene a abrir.
Me cuesta bastante colarme entre los descuidados matorrales del costado de la casa. Acabaré cubierto de arañazos y raspaduras cuando consiga acercarme lo suficiente para dar unos golpecitos en el cristal de su habitación.
Por suerte, la cortina está lo bastante entreabierta para que la vea dentro. Está en la cama, con un portátil delante y los auriculares puestos, lo que seguramente explica que no me haya oído.
Agito los brazos y por fin consigo llamar su atención. No pretendía sobresaltarla, pero eso es lo que hago.
Margaret se toma su tiempo para acercarse a la ventana.
—¿Para qué has venido? —dice cuando la abre.
Yo la aparto un poco para poder meterme dentro.
—Tú te colaste en mi habitación, así que yo puedo colarme en la tuya.
Ella se gira, coge la manta del extremo de la cama y se envuelve los hombros con ella.
—Solo quería ver cómo estabas. Comprobar que te encuentras bien.
Ella pone los ojos en blanco y vuelve a desplomarse en la cama, aguardando a que confiese por qué he venido.
—Quieres comprobar si voy a guardarle el secreto a Silas, que ahora es tu secreto también, ya que tú lo estás encubriendo. Te tiene sin cuidado cómo esté yo. —Se ciñe más la manta alrededor del cuerpo—. ¿Te has enterado de que la pareja del otro coche ha muerto?
Se me encoge el estómago. Mierda. Silas no lo va a asimilar fácilmente, y ahora se me ocurre que por eso el señor Everett no quería que yo entrase cuando dejara allí a Silas. Apuesto a que está tratando de controlar los daños.
Me siento mal, pero me digo a mí mismo que nada de lo que yo haya accedido a hacer podría haber evitado esas muertes. La responsabilidad es de Silas, no mía.
Margaret se muerde el labio inferior. Sus ojos se ponen vidriosos.
—Yo no creía que el accidente fuera tan grave. Nosotros apenas salimos lastimados.
—Puedes hablar de ello, si quieres. No voy a contar nada, por supuesto.
—¿Has hablado ya con la policía?
Niego con la cabeza.
—No, Silas está con ellos ahora mismo. Se supone que vendrán a mi casa más tarde. ¿Tú ya has hecho tu declaración?
—Foster vino aquí ayer —dice, pellizcando el borde de la manta.
Se vuelve a hacer un silencio que resulta incómodo.
—Bueno, si tú estás bien, creo que me voy a ir. Pero llama a Silas. Él lo está llevando fatal.
—De acuerdo, lo llamaré —dice, apartándose el pelo de la cara—. El señor Everett pasó de intentar alejarme de Silas a decirme que yo formaba parte de la familia. ¿A ti también te lo ha dicho?
Me apoyo en el marco de la puerta.
—Sí. Nunca había estado tan amable desde que empecé con Camille.
—Sí, conmigo igual. —Juguetea con las puntas de su pelo, enrollándolas alrededor de un dedo—.
Algo ha cambiado, ¿no? Yo me estaba aferrando a Silas a duras penas, y ahora me da la sensación de que lo tengo agarrado con ambas manos.
El señor Everett hará lo que haga falta para tenernos contentos, ahora que vamos a guardar el secreto de Silas.
La misma idea me ha estado rondado durante los últimos dos días.
—Pero eso no significa que él no vaya a aprovechar la primera ocasión para librarse de nosotros —añade Margaret—. Tú y yo no seríamos en absoluto su primera opción para sus hijos si él pudiera imponer su criterio.
Sí, yo también estaba pensando lo mismo.
—Hemos de mantenernos unidos —digo—. Yo te apoyo si tú me apoyas.
—En todo caso, ahora Silas y Camille están atrapados con nosotros. No está mal para dos chicos de clase baja del lado sur de Corbeau. —Y por primera vez desde el sábado por la noche, ella esboza una sonrisa.