Anatomía de una coartada 32. Aubrey. Después de la coartada #3
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32. Aubrey. Después de la coartada #3

Deacon se pone nervioso y endereza el colchón sobre el somier; luego recoge las sábanas y la colcha para volver a hacer la cama. Yo le agradezco el esfuerzo, pero no sé si volveré a ser capaz de dormir aquí tranquilamente.

—¿Qué es todo esto? —pregunta Hank.

Tengo que rodear un montón de ropa para ver a qué se refiere.

—Mierda —mascullo al acercarme—. Son las cartas y los regalos que un recluso de Angola llamado Paul Granger me ha estado mandando durante los últimos meses. Debe haber sido la policía la que los ha dejado así, porque estaban guardados en el cajón.

Las cartas están desplegadas y amontonadas sobre la cómoda, junto a los objetos de cuero que Paul confecciona y que me envía con cada una.

Hank ladea la cabeza.

—¿Regalos?

El hecho de que no me pregunte quién es Paul Granger me dice que está mucho más enterado de lo que pasa de lo que dejó entrever anoche en el bar.

—Hace objetos de cuero y los vende en los mercadillos que organizan en Angola los domingos de abril y octubre.

Él los coge uno a uno y los inspecciona. Hay una cartera, un par de pulseras, un joyero y un punto de libro.

Luego se concentra en las cartas y las lee atentamente.

—Sus argumentos son convincentes —digo.

Hank no hace caso a mi comentario.

—Todas las cartas —dice— están manuscritas, excepto esta. ¿Cuándo la recibió?

—A ver, un momento. —Reordeno las cartas, emparejándolas con los objetos—.

Esta llegó con la cartera y contenía también una estampa de san Judas Tadeo, que es el santo patrón de las causas perdidas.

Paul es un poco dramático en este sentido.

Las pulseras llegaron por separado con estas otras dos, y la mecanografiada llegó dentro del joyero. Es la última que recibí.

—¿Y el punto de libro?

Meneo la cabeza.

—Llegó sin ninguna carta. —No voy a contarle que fui a ver a Paul en persona el pasado fin de semana.

Hank lo recorre todo con la vista y da un paso atrás.

—No sé bien qué quiere que haga respecto a todo esto.

—Usted vino anoche a Doug’s por algo. —Deacon ha permanecido callado hasta ahora—.

Deduzco que sabe más de lo que dice. Los polis creían que el cuchillo que desapareció de casa de los Bayliss estaba en esta habitación.

Pero que le quede claro que, si Aubrey está en el punto de mira de la policía, Camille también. Aunque creo que eso usted ya lo sabe.

Hank suelta un profundo suspiro. Parece cansado. Agotado. Esta semana tampoco ha sido fácil para él.

Deacon se le acerca un poco más y baja la voz hasta casi susurrar.

—No es posible salvar a una sin salvar a la otra.

La sombría expresión de Hank me dice que no está convencido de que sea así.

—Pregúntele a Camille por qué asistí al rosario —le suelto—. Por qué estuve en Saint Francisville. —Es un poco arriesgado decirle esto, pero vale la pena correr el riesgo teniendo en cuenta que un asesino ha entrado en mi habitación y dejado un arma homicida.

Él se vuelve y estudia mi rostro mientras parece sopesar lo que va a decir.

—Creo que será mejor que me vaya. Si necesita consejo legal, mi bufete puede recomendarle a alguien.

Y se marcha sin más.

—Mierda —dice Deacon.

—¿Crees que hemos hecho bien llamándole? —pregunto, dejándome caer sobre la cama.

—¿Quién demonios lo sabe? Pero sí creo que es un tipo honesto.

Y no creo que vaya a dejar que tú cargues con la culpa si eso implica que Camille también tenga problemas.

—Deacon se acerca y tira de mi brazo hasta levantarme—.

Vamos a hacer una cosa. Coge lo que necesites y súbelo a mi habitación.

Te ayudaré a instalarte allí. Yo puedo quedarme aquí esta noche, si así te sientes más cómoda.

—De acuerdo.

Buscamos por la habitación el cargador de mi móvil, mi almohada favorita y un pijama.

Está todo hecho un desastre. Mi tristeza se transforma en rabia.

No solo ha violado mi intimidad el que ha colocado aquí ese cuchillo, sino también la policía, que ha puesto mi habitación patas arriba.

Cuando tengo todo lo que necesito, subimos a la de Deacon.

Me meto en su cama mientras él enchufa mi cargador.

—¿Y ahora qué hacemos? —Tal vez debería corregirme y decir «¿Y ahora qué hago?», pero él no parece inmutarse.

—Esta noche, no mucho. Procura descansar un poco y mañana haremos planes. Voy a darme una ducha rápida y luego bajaré a tu habitación.

Observo cómo coge ropa limpia de su armario para llevársela al baño y, en ese momento, no solo me siento furiosa por el hecho de que alguien esté intentando colgarme el asesinato de Ben, sino porque ese alguien me ha arrebatado una noche con Deacon que estaba esperando con ilusión.

Es el peor momento posible para empezar algo con él, pero si una cosa he aprendido es que no debes esperar cuando deseas algo, porque nunca sabes cuánto tiempo tendrás para conseguirlo.

Él ha sido muy delicado conmigo, lo cual es realmente encantador de su parte.

Pero no es eso lo que quiero ahora mismo.

Sin pensarlo demasiado, aparto la colcha, me quito la ropa y me meto en la ducha con él.