Anatomía de una coartada 32. Aubrey. Después de la coartada #2
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32. Aubrey. Después de la coartada #2

—Está todo explicado en la orden, pero, para resumírselo, estamos buscando un cuchillo de caza cuya descripción coincide con la del que desapareció de la casa de los Bayliss.

—¡Esto es demencial! ¡Yo no tengo ningún cuchillo!

Eddie me pone la mano en el brazo.

—Aub, es mejor dejar que hagan lo que tienen que hacer.

Serenity se acerca.

—No sé por qué están aquí, pero esto es una idiotez.

Shane la mira meneando la cabeza y le dice en voz baja:

—No les des ningún motivo para arrestarte, ¿vale?

Da la impresión de que va a explotar contra los polis, pero Frank la rodea con un brazo y le susurra algo al oído. No sé qué le habrá dicho, pero al parecer consigue calmarla.

El poli mira a Eddie, a Shane y a Serenity.

—¿Ustedes son los otros residentes?

Ellos asienten.

—Hay otro más, pero trabaja de noche —añade ella.

Eddie pregunta:

—¿Esa orden cubre el registro de toda la casa o solo el espacio de Aubrey?

—Solo el espacio al que tiene acceso la señora Price, es decir, su unidad y las zonas compartidas.

No vamos a entrar en las demás unidades.

El administrador nos ha proporcionado un plano detallado de la casa.

La señora Price permanecerá aquí fuera, pero los demás residentes tienen libertad para volver a sus unidades.

Solo deben permanecer fuera de las zonas comunes.

—Nos quedaremos aquí con Aubrey hasta que hayan terminado —dice Shane.

Hemos podido esconder el cuchillo, pero no hemos comprobado si habían puesto algo más en mi habitación para que la policía lo encontrara.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Parpadeo para ahuyentarlas, pero enseguida vuelven a aparecer y se acaban derramando por mis mejillas. Me revienta llorar. Lo odio. Pero ahora que he empezado, no puedo parar.

Shane me arrastra otra vez a las sillas en las que estábamos sentados y Eddie nos sigue.

La fiesta de Frank se interrumpe. Después de que la policía haya interrogado a algunos, todos deciden que ya es hora de irse a casa. Nadie quiere verse atrapado en este lío. Frank, sin embargo, acerca unas sillas para él y Serenity y se queda con nosotros, cosa que le agradeceré eternamente.

Los polis entran y salen de la casa, pero por fortuna nadie se mete en el garaje. Shane y Eddie pagan cien dólares mensuales más por su alquiler, así que no puede considerarse una zona común.

Deacon está enterado de lo que ocurre porque Shane le ha llamado por teléfono, pero nosotros hemos decidido que, si las cosas se tuercen aquí, él nos será de más ayuda permaneciendo al margen. Tal vez necesitemos a alguien para sacarnos del calabozo.

Cerca de la una de la madrugada, el poli que ha hablado antes con nosotros sale de la casa, seguido por la media docena de agentes que lo acompañaban, y se acerca a donde hemos estado esperando pacientemente.

—Hemos efectuado el registro y no ha aparecido nada. Si tienen alguna pregunta, pueden llamar al número que figura en el papel que les he dado.

Nosotros nos limitamos a mirarlo.

Al ver que no vamos a decir nada, añade:

—Ya puede entrar cuando quiera en su unidad, señora Price.

Da media vuelta para marcharse, pero nosotros seguimos sin movernos. No lo hacemos hasta que el último agente desaparece.

Cuando nos quedamos solos, llamo a Deacon.

—Se han ido.

—Llego en cinco —dice. Y cuelga.

Serenity le indica a Frank con una seña que la siga a su habitación, que queda encima del garaje.

—Ya nos contaréis mañana. Nos vamos a la cama. —Yo le agradezco que se lleve a Frank, porque no podríamos hablar abiertamente con él delante.

Los demás nos vamos a la cocina y esperamos allí a Deacon.

Eddie tira la copia de la orden sobre la mesa.

—Luego me daré una vuelta por la casa para comprobar que no han roto nada. En algún momento, todos los demás tendremos que revisar nuestras habitaciones para cerciorarnos de que los polis no se han metido donde no tenían autorización para hacerlo.

Shane saca un par de cervezas de la nevera y me ofrece una, pero yo la rechazo.

Me restriego la cara con las manos. Me gustaría poder borrar los signos de lo mal que lo he pasado, pero empiezo a llorar otra vez en cuanto Deacon entra por la puerta trasera.

Al verme, se acerca corriendo y se sienta a mi lado.

—¿Estás bien?

Asiento y él me rodea con un brazo, atrayéndome hacia sí.

—¿Qué demonios ha pasado?

Eddie le pone al corriente de todo. Deacon juguetea abstraído con las puntas de mi pelo y yo, mientras los escucho barajar distintas teorías, me acurruco todavía más contra él.

Finalmente, Deacon dice:

—Hablemos por la mañana con Serenity para que nos haga una lista de la gente que ha venido a la fiesta, ya que podría ser alguno de ellos el que ha colocado ahí el cuchillo.

No podemos hacer mucho más esta noche. Hasta que averigüemos quién ha sido, la casa debe permanecer totalmente cerrada.

No puede entrar nadie, aparte de nosotros. ¿Todo el mundo de acuerdo?

Todos asentimos.

Shane y Eddie se van a su habitación. Deacon y yo nos quedamos solos en la cocina. Por lo tenso que parece, deduzco que está cabreado. Se aparta un poco de mí para poder sacarse la cartera del bolsillo. Coge una tarjeta que tiene guardada ahí y la apoya en el salero para mirar el número.

—¿A quién llamas?

—A ese abogado, Hank. El que se presentó anoche en Doug’s.

—¿Para qué vas a llamarlo?

Él termina de marcar y pulsa el botón de llamada.

—Me dijo que lo llamase si pasaba algo importante. Y esto parece la hostia de importante.

Pese a lo tarde que es, Hank Landry se presenta cuarenta y cinco minutos después. Mientras esperábamos, Deacon ha echado un vistazo en mi habitación, pero ninguno de los dos hemos entrado. Queríamos que el abogado la viera tal como los polis la han dejado.

Recibimos a Hank en el jardín de delante, después de que le mandara un mensaje a Deacon diciendo que estaba aparcado frente a la casa.

El ambiente es más bien tenso. Nosotros no somos amigos. Tampoco trabajamos juntos. Pero, de un modo extraño, hemos acabado conectados.

—Enséñenme la habitación que han registrado. —Es lo único que dice cuando lo guiamos alrededor de la casa hasta el patio trasero y nos metemos por mi entrada exterior para no despertar a Shane y Eddie.

Se queda rígido al ver el desbarajuste que han dejado en mi habitación.

—¿Le han dado una copia de la orden?

Le paso el documento que me ha entregado el poli y nosotros dos nos quedamos a su lado en silencio mientras él lo lee.

Cuando ha terminado, echa un vistazo alrededor.

—¿Y han dicho que no han encontrado nada?

Asiento.

Hank recorre la habitación y se detiene junto a mi cómoda, donde habían dejado el cuchillo. Obviamente, eso no se lo hemos contado.