32. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
S uelto un gemido cuando entramos en el sendero y veo que el patio trasero está todavía lleno de gente.
Estoy llegando a casa varias horas antes de lo normal.
Doug se hizo un lío con los turnos, tenía a más empleados de la cuenta trabajando y necesitaba que alguno de nosotros saliera antes porque había demasiada gente detrás de la barra.
Normalmente, yo soy la última en ofrecerme en estas ocasiones, dado que necesito el dinero, pero esta semana ha sido demasiado larga y agobiante.
Resulta, sin embargo, que es viernes por la noche y me había olvidado de que Serenity ha decidido montarle una fiesta de cumpleaños a su novio, Frank, en el patio trasero. Ese reducido espacio está abarrotado y no hay signos de que la fiesta vaya a concluir. Debería haberme quedado en el trabajo.
—Hay mucha más gente de lo que ella había dicho. —Deacon pone punto muerto y se dispone a bajarse del coche, pero yo lo detengo poniéndole una mano en el brazo. Esta semana me ha traído a casa cada noche, y no voy a mentir, me estoy malacostumbrando un poco.
—Es el cumpleaños de Frank. Si el resto de nosotros está de acuerdo, yo también. —La multitud y el ruido no van a molestar a Deacon, así que, si él obligara a Serenity a terminar la fiesta más pronto, sería solo por mí.
—Nadie más tiene la ventana a unos pasos de donde ella ha colocado el barril de cerveza.
Yo me quito el cinturón de seguridad, me inclino hacia él y le doy un abrazo.
—Gracias por traerme. Es mucho mejor que caminar.
Él me sujeta de la camiseta por detrás antes de que pueda bajarme.
—Espera. —Abre la consola y saca una llave—. Aquí tienes la llave de mi habitación que te prometí. Quédate ahí esta noche. Ahí arriba no los oirás. Usa la bañera otra vez, si quieres.
—Pues te tomo la palabra en lo de la bañera, pero estoy segura de que la gente se habrá ido cuando haya terminado de bañarme, así que me puedo ir a mi habitación. No me gustaría nada que tú acabaras antes de la cuenta y no pudieras dormir un poco porque yo estoy ahí.
Él se echa a reír y se me acerca un poco más.
—Si te soy sincero, no me disgustaría encontrarte en mi cama.
Yo me pongo roja y entierro la cara en su hombro. La enorme sonrisa bobalicona sigue ahí cuando vuelvo a alzar la mirada hacia él, con lo cual todavía me ruborizo más.
He estado sola muchísimo tiempo. Demasiado asustada para abrirle la puerta a nadie, para dejar que alguien se acercara. No fuera a ser que lo perdiera como perdí a mis padres.
Pero entonces comprendo que ya le he abierto la puerta a Deacon.
Ya he intimado con él lo bastante como para sentirme destrozada si algo le sucediera.
Podría decir que no me he dado ni cuenta, pero no es así.
Ha sido algo que se ha desarrollado poco a poco desde que él se mudó a esta casa.
Esta semana simplemente ha puesto de manifiesto la cantidad de veces que recurro a Deacon y la firmeza con la que él se mantiene a mi lado sin vacilar.
Su mano se desliza en la mía; nuestros dedos se entrelazan.
En cuanto noto el contacto de su piel, comprendo que estos sentimientos, aunque acabe de reconocerlos como lo que son, no los siento yo sola.
Debe de haber algo en mi expresión que le hace pensar que se ha propasado, porque empieza a retirar la mano. Yo se la aprieto más, atrapándolo.
—Seguramente doy la impresión de estar asustándome o de no estar abierta a esto, sea lo que sea, pero sí lo estoy.
Es que me cuesta un poco dejar que alguien se me acerque.
Y no sé cómo darte las gracias por todo lo que has hecho por mí.
No solo esta semana. ¿Crees que no sé que eres tú el que rellena mi detergente para la ropa y quien se encarga de que haya comida en mi armario?
Pero eso no es justo. Tú has sido encantador conmigo y yo no he hecho nada tan amable por ti.
En su mirada hay sorpresa, pero luego aparece algo más. Quizá sea una sensación de alivio al ver que por fin me he dado cuenta de lo que él intentaba mostrarme. Desliza la mano libre por mi mejilla, luego por el pelo.
—Tú me has confiado tus mayores secretos. Has recurrido a mí cuando necesitabas a alguien. Creo que estamos empatados.
Permanecemos así unos segundos hasta que él retira lentamente la mano de mi cara y luego desenlaza los dedos de los míos.
—Será mejor que me vaya. Estoy a punto de saltarme el trabajo y entrar contigo, pero Chris me mataría. Quédate en mi habitación. Me encantaría encontrarte allí cuando llegue a casa.
Se me hace un nudo en la garganta y no me salen las palabras, así que me limito a asentir. Él me observa desde el coche mientras doblo la esquina y desaparezco de su vista.
He pasado de temer esta noche a estar deseando que llegue.
Abro la puerta exterior de mi habitación para recoger mis cosas antes de subir a la suya. Entro primero en el baño, meto en mi neceser el champú y otros productos para el pelo y luego me acerco a la cómoda para coger un pijama.
Justo cuando meto la mano en el cajón superior, noto algo afilado. «¡Ay!». La saco y veo que me sangra un dedo. Con mucho cuidado, aparto las prendas una a una hasta que lo veo.
No me doy cuenta de que estoy gritando hasta que Shane y Eddie entran corriendo en mi habitación. Shane se detiene derrapando junto a mí.
—¿Qué pasa?
Eddie va a mirar al baño, como si estuviera buscando a un intruso, y luego aparta la cortina para examinar la ventana.
Tengo la mano lastimada apretada sobre el pecho y trato de acompasar mi respiración.
Shane se inclina para mirar en el cajón y luego se vuelve hacia mí, desconcertado.
—¿Qué demonios es esto?
Eddie también se acerca a verlo.
—Mierda, un puto cuchillo. Es enorme. —Coge unos shorts de pijama y, usándolos para sujetar el mango, lo saca para examinarlo.
—¿Eso es sangre seca? —pregunta Shane.
Me siento como si fuera a desmayarme o a vomitar cuando veo las siglas grabadas en la hoja: BWB.
Recuerdo que en el programa del rosario por Ben figuraba su nombre completo: Benjamin Wyatt Bayliss.
BWB.
—No. No, no, no…
Shane retrocede un paso.
—Joder. Este cuchillo parece el mismo que el que había en el escritorio de Ben Bayliss.
—¡Y esas son sus iniciales! —Yo también retrocedo, tropezándome con mis propios pies—. ¡Alguien quiere incriminarme! —Me pego a la pared y me llevo la mano al corazón, como si pudiera impedir que palpite cada vez más rápido.
—Mierda —dice Eddie, alzando el cuchillo para verlo mejor.
Shane lo agarra del hombro y lo empuja hacia la puerta.
—Tenemos que sacar esto de aquí. Ahora mismo.
Eddie todavía sujeta el cuchillo con los shorts de pijama, pero se lo pone en la espalda al salir de mi habitación.
Shane se sitúa justo detrás para ocultarlo a la vista.
Yo voy pisándoles los talones. Ninguno de los invitados a la fiesta nos presta atención cuando cruzamos el patio hasta el garaje.
Nos vamos directos al coche en el que los chicos empezaron a trabajar al terminar con el Mustang de Ben.
Lo han elevado a unos sesenta centímetros por encima del suelo y le han quitado los cuatro neumáticos, que están en un lado.
—Saca el cárter de aceite —dice Eddie. Shane se tumba en la pequeña plataforma con ruedas que utilizan para deslizarse debajo del coche.
En un par de minutos vuelve a deslizarse fuera, con la pieza apoyada sobre el pecho y el estómago.
Eddie tira el cuchillo y mis shorts de pijama dentro del cárter, que está lleno de aceite hasta la mitad.
Ambas cosas se hunden en unos segundos, desapareciendo de nuestra vista.
—Vale, vuelve a colocarlo.
Ay, Dios mío.
Una vez que Shane sale de debajo del coche, Eddie nos apremia a abandonar el garaje.
—Vamos a sentarnos —dice Shane.
Yo encuentro una silla plegable libre no lejos del barril de cerveza. Eddie llena unos vasos para los tres mientras Shane acerca otras dos sillas y coloca una a cada lado de la mía.
Tengo palpitaciones y me tiemblan las manos de tal modo que la cerveza se derrama por el borde del vaso.
—No puedo quedarme aquí de brazos cruzados. He de averiguar quién ha entrado en mi habitación. Quién puede haberme hecho esto.
Voy a levantarme, pero Eddie me pone una mano en la pierna, obligándome a permanecer en mi silla.
—No, vamos a esperar aquí. Ya habrá tiempo para eso más tarde, pero no ahora.
Shane apoya el brazo en el respaldo de mi silla y me pone la mano en el hombro.
—La única razón para dejar algo así en un sitio que pueda descubrirse fácilmente es que la policía lo encuentre. Se supone que tú no tenías que estar aquí. Que deberías seguir en el trabajo. Así que hay muchas posibilidades de que la policía aparezca antes de la hora prevista de tu llegada.
—¿Crees que la policía va a presentarse aquí? —digo con voz chillona.
Shane asiente.
—Sí, lo creo.
—Y nosotros —dice Eddie— vamos a poner cara de sorpresa cuando lleguen, porque lo único que estamos haciendo es disfrutar de la fiesta de cumpleaños del novio de nuestra compañera.
La espera resulta insoportable. Solo falta una hora para que termine mi turno normal y no sé qué vamos a hacer si pasa ese tiempo y no aparece nadie. Pero cuando ya casi empiezo a pensar que los chicos han exagerado, un ruido de sirenas hace que nos volvamos todos.
El sendero solo permite que pase un coche, pero el ruido nos dice, sin lugar a dudas, que hay más de uno frente a la casa.
Media docena de polis irrumpen en el patio trasero. Alguien apaga la música mientras todos nos los quedamos mirando.
Uno de los polis se adelanta.
—Necesito que todos permanezcan donde están. Estamos buscando a Aubrey Price.
Los tres nos ponemos de pie y yo levanto la mano lentamente.
—Yo soy Aubrey Price.
Él se me acerca y me tiende un papel.
—Tenemos una orden de registro de su vivienda.
No me hace falta fingir sorpresa porque, aunque los chicos me han advertido que esto era probable, me tiene completamente anonadada que esté sucediendo de verdad. Cojo el papel, pero no lo miro.
—No entiendo. ¿Para qué tienen que registrar mi habitación?