31. Hank. Después de la coartada #2
—Si cree que es increíble, a ver qué le parece esto otro. A los padres de Aubrey Price los mataron en Corbeau. El tipo que fue condenado por su muerte, Paul Granger, vivía en la misma calle que Ben.
Alzo las manos como rindiéndome.
—No voy a mentirle, Sullivan. Está consiguiendo que me dé vueltas la cabeza. Parece una extraña coincidencia, la verdad. —Suelto una risotada que suena un poquito demasiado ruidosa incluso para mis propios oídos.
Él me sostiene la mirada.
—Hank, usted es una buena persona. Una persona con principios, cosa que Ben no tenía.
Esta conversación debe terminar. De inmediato.
Asiento y me levanto de la silla.
—Avíseme si podemos serle de ayuda. Nosotros hemos estado revisando los casos abiertos de Ben para comprobar que no se nos escape nada. Lo que más deseamos es que atrapen a su asesino.
Sullivan asiente y yo me retiro.
Por más veces que golpee el volante con la mano no consigo aliviar mi frustración. Estoy inquieto. Ansioso.
En lugar de volverme a casa, decido dar un rodeo.
Hay dos tipos jugando a billar en una de las mesas y una pareja en un reservado del fondo del local, así como un tipo sentado en un taburete hacia la mitad de la barra.
Ni rastro de Aubrey Price, a pesar de que la carpeta de Ben sobre ella dice que trabaja aquí cada noche, salvo el domingo y el lunes.
Escojo el taburete situado a la mayor distancia posible del resto de la gente, porque bastante difícil será de por sí conseguir que ella hable conmigo en caso de que aparezca. No quiero que le inquiete la posibilidad de que puedan escuchar nuestra conversación.
Aubrey sale de una puerta del fondo cargada con una bandeja de vasos.
Gracias a Scott, que me hizo un resumen sobre ella y sobre la gente con la que vive en esa casa, he conseguido memorizar los puntos básicos acerca de cada uno utilizando la misma técnica que me ayudaba a recordar con facilidad las diferentes jugadas de fútbol americano.
«Aubrey Price, blanca, veintiséis. Empleada como camarera en Doug’s durante los últimos cinco años y residente más antigua de la casa.
Sin antecedentes, ninguna detención. Huérfana a los dieciséis cuando un conductor borracho mató a sus padres.
Vivió con sus tíos maternos hasta la mayoría de edad.
Nunca se ha casado; ninguna señal de estar en pareja».
Ella coloca los vasos sobre la barra y se seca las manos con un paño mientras se me acerca.
—¿Qué le pongo?
—Una Ultra de barril.
Aubrey se va a servir mi cerveza y luego me la coloca delante.
—¿Algo más?
—Cinco minutos de su tiempo, si es posible.
—¿Para qué? —pregunta.
—Me llamo Hank Landry. Soy el socio del bufete de Ben Bayliss.
Ella retrocede un paso al oírlo. Recorre el local con la vista, sin duda deseando encontrar alguna tarea que requiera su atención inmediata, pero resulta que no hay ninguna. Al final parece resignarse a hablar conmigo porque yergue los hombros antes de volver a mirarme de frente.
—También soy el albacea de su patrimonio, y ahora mismo estoy tratando de familiarizarme con sus asuntos, cosa extremadamente difícil porque al mismo tiempo estoy pasando el duelo por la pérdida de mi amigo y socio. He descubierto algunas cosas que me han dejado un poco perplejo.
Ella alza una ceja.
—¿Hay alguna pregunta en lo que acaba de decir?
Mi risotada nos pilla a los dos desprevenidos, pero al menos alivia un poco la tensión.
—Tengo un millón de preguntas, pero casi todas habrían de ser para Ben y, bueno, eso no va a ser posible. Pero sí, tengo una pregunta. ¿Por qué asistió al rosario por Ben el martes?
Ella entreabre la boca y parpadea varias veces. Pero se recupera de inmediato.
—Su esposa tomaba clases de yoga con Serenity, una compañera de mi casa. Ella quería asistir, pero no ir sola, así que accedí a acompañarla y quedamos allí. Pero Serenity es como es y al final se escaqueó y no apareció.
La he subestimado. Esperaba que mencionara a Shane y Eddie, lo cual me habría llevado a preguntar por el Mustang.
—¿Algo más? —dice.
—Otra cosa, si me lo permite. ¿Por casualidad estuvo usted en Saint Francisville el sábado pasado?
Una expresión de puro shock cruza su rostro durante una fracción de segundo, pero enseguida la oculta. Luego ladea la cabeza, estudiándome.
—Esa es una pregunta bastante extraña, ¿no?
Me encojo de hombros.
—Como le he dicho, Ben ya no está aquí para responder a mis preguntas. Y me da la sensación de que hay algo que se me escapa. Solo estoy tratando de que todo esto cobre sentido.
—Pues bienvenido al club. Yo llevo muchísimo tiempo tratando de que las cosas cobren sentido. —Echa un vistazo al reloj de pared que hay detrás de la barra—. Y sus cinco minutos se han terminado.
Hago una inclinación.
—Me parece justo. Le agradezco su tiempo.
Mientras ella se aleja, doy un sorbo a mi cerveza, pensando que ha sido una pésima idea venir aquí y ponerla sobre aviso de que quizá sepa cosas que en realidad no sé.
Pero si de algo estoy seguro es de que la mujer de la fotografía que había en el móvil de Ben era Aubrey Price.
Y lo cierto es que su nombre ha estado revoloteando alrededor de Ben desde que apareció su cuerpo el domingo por la mañana. Camille me está ocultando muchas cosas.
Aubrey se asegura de no volver a acercarse durante la siguiente media hora, y yo comprendo que ya no voy a sacarle nada más. Quería encontrar algún indicio de que estoy en la dirección correcta y su forma de reaccionar me ha confirmado que así es.
Dejo un billete de veinte en la barra para pagar la cerveza con una generosa propina y salgo del bar. Solo me he alejado unos pasos de la puerta cuando veo que me sigue un tipo.
Y como Scott es muy concienzudo y me incluyó en su resumen fotografías de cada uno de los compañeros de Aubrey, ahora reconozco a este tipo, a pesar de que no he reparado en él mientras estaba ahí dentro.
«Francis Deacon, mestizo (el padre es blanco; la madre, cubana), treinta y dos años.
Le llaman Deacon. Expediente sellado de un centro de menores.
Un par de arrestos desde que cumplió dieciocho.
Hurto menor, resistencia a la autoridad y varios cargos por peleas.
Nada más desde que empezó a trabajar para un corredor de apuestas llamado Chris Ricci, primo hermano por el lado paterno.
Nunca se ha casado; ninguna señal de estar en pareja».
El tipo se planta frente a mí, cerrándome el paso.
—Disculpe —digo, desplazándome hacia la derecha para sortearlo, pero él imita mi movimiento.
Me pongo las manos en los bolsillos, mostrándole que no represento ninguna amenaza, aunque ambos sabemos que él podría darme una paliza fácilmente—.
Mire, no sé bien cómo le he molestado, pero preferiría largarme y dejarlo correr.
Él cruza los brazos sobre su pecho y no parece tener la menor intención de dejarme pasar.
—¿Por qué ha venido aquí?
—¿Por qué he entrado a tomarme una cerveza? —Sospecho que no se va a tragar esta respuesta.
—Inténtelo de nuevo.
Ya me lo imaginaba.
—Deduzco que usted sabe quién soy y quién era mi socio, o sea que vamos a saltarnos esa parte. Tenía algunas preguntas para Aubrey Price y he decidido pasarme por aquí y hacérselas. ¿De acuerdo? —Estoy demasiado cansado para seguir jugando al gato y el ratón—. ¿Tenemos un problema?
—¿Lo tiene Aubrey?
Saco las manos de los bolsillos y las pongo a los lados, como rindiéndome.
—Yo no tengo ningún problema con Aubrey. Lo que estoy intentando averiguar es qué demonios pasaba con Ben. —Dejo estas palabras flotando en el aire unos momentos y añado—: Usted trabaja para Chris Ricci, ¿no?
Capto un ligero tic en su ojo derecho. Luego da un paso hacia mí. Yo me siento orgulloso de mí mismo por no retroceder.
—Le aseguro que no soy tan idiota como para querer cabrearle. Me alegro de que Aubrey tenga a alguien que la cuide. Yo no soy su enemigo. Ni el de ella. Lo único que pretendo es entender lo que Ben estaba haciendo.
Una leve sonrisa cruza su rostro, lo cual me inquieta más que la mirada agresiva que me dirigía antes.
—¿Quiere saber lo que su colega andaba tramando? Quizá debería preguntárselo a su esposa. Estoy seguro de que ella podrá responder a todas sus preguntas.
Doy un paso atrás porque no me esperaba que él fuera a meter a Camille en esto.
—Camille Bayliss está destrozada por la muerte de su marido y ha colaborado gustosamente con las autoridades con la esperanza de que encuentren al asesino lo antes posible. —Este tipo puede decirme a mí lo que quiera, pero no voy a permitirle que hable mal de ella.
Se echa a reír.
—Vale, ya veo. Se muestra muy protector con ella. Tal vez más de lo que uno debería con la viuda de su socio muerto.
Esto ya sí que no lo aguanto.
Pero Deacon no ha terminado.
—Si usted sabe algo sobre Chris Ricci y la gente que trabaja para él, entonces tendrá claro que no vacilamos en proteger a uno de los nuestros.
Nos miramos unos segundos llenos de tensión.
—Mensaje recibido.
Antes de que pueda pasar por su lado, añade:
—Ya entiendo que está en una situación complicada y que quiere aclarar toda esta mierda. Solo he mencionado a la esposa porque, igual que usted, yo estoy tratando de proteger a alguien que me importa.
Titubeo unos segundos y saco la cartera.
—Aquí tiene mi tarjeta. Con mi número de móvil. Si sucede… algo importante, llámeme.