31. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
A unque le he prometido a Lila que me iba a casa, debo pasarme primero por comisaría y tener una charla con el detective Sullivan.
Mientras camino hacia su cubículo, todos los agentes y detectives con los que me cruzo aprovechan la ocasión para echarme en cara que me haya pasado al «lado oscuro».
—¡Ya sería hora de cambiar de rollo! —les replico.
Algunos simplemente se ríen, pero uno de ellos, al ver que me acerco, se empuja con la silla de su escritorio para salir rodando hasta el pasillo.
—Hank, lamento lo de Ben. Me supo muy mal enterarme de lo que le pasó.
Vuelvo a sentir esa cuchillada en las entrañas. El dolor es un cabrón de cuidado. Igual que la culpa, porque no lo estoy llorando tanto como debería.
—Gracias, hombre. Se lo agradezco. Y también el esfuerzo de todos para atrapar a quien lo haya hecho. Estamos del mismo lado en esto.
Él alza el puño y yo lo choco con el mío mientras sigo adelante. Me da tiempo de inspirar hondo unas cuantas veces antes de llegar al cubículo de Sullivan, y así consigo volver a meter el dolor, la pena y la tristeza en el sitio donde los había enterrado.
—Nunca le van a perdonar que cambiara de bando —me dice el detective cuando ocupo la silla vacía que hay junto a su escritorio.
—Sí. Ya lo sé.
—¿Cómo lo lleva?
—¿Quiere la respuesta que todo el mundo espera oír, o quiere la verdad?
Él me sonríe con tristeza.
—Yo siempre prefiero la verdad.
—Pues la verdad es que no sé cómo estoy.
Entre hacer malabares con mis propios casos y los de Ben, entender los entresijos de su patrimonio, mantener la oficina en marcha y asegurarme de que Camille está bien, todo ello mientras estoy de luto por mi amigo…
, ya no sé si voy o vengo. Me alegro de que mañana sea viernes; así podré poner fin a esta semana y, con suerte, recuperar unas cuantas horas de sueño.
Sullivan hace una mueca y yo toso para suprimir la emoción de mi voz.
—Quizá le he sido más sincero de lo que usted deseaba.
—Así es como yo me sentiría en su lugar —dice él, y me desliza un sobre grande de papel manila, volviendo por suerte al asunto que tenemos entre manos—.
Estos son los objetos que Ben llevaba encima y que ya estamos autorizados a devolver.
Tiene que firmar, verificando el contenido y haciéndose responsable de ellos.
—Claro.
Abro el sobre, saco las cosas, una a una, y pongo mis iniciales junto al nombre del objeto que figura en la lista grapada delante. Para las llaves, hay una foto en el formulario en la que aparecen desplegadas. Examino cada llave para comprobar que coinciden.
—Parece que está todo aquí. —Vuelvo a guardarlo todo dentro y firmo al pie del formulario; luego arranco la hoja y se la doy a Sullivan—. ¿Y el teléfono móvil?
—Hemos de quedárnoslo un poco más de tiempo.
Me echo hacia delante en la silla y bajo la voz, porque no es que haya mucha privacidad aquí.
—Dígame que tiene un sospechoso.
Él frunce el ceño y menea la cabeza.
—Ojalá lo tuviéramos. Dado que el cuchillo es probablemente el arma homicida, esto parece más bien un crimen inducido por la pasión, no premeditado. Algo se torció esa noche y alguien aprovechó que el cuchillo estaba al alcance de la mano.
Reflexiono sobre todo lo que he descubierto desde el domingo.
Aunque un crimen «inducido por la pasión» quiere decir simplemente un crimen cometido al calor del momento y no planeado de antemano, la palabra «pasión» siempre confunde a la gente por su connotación sexual.
Habrá quienes oirán ese término en relación con el caso y darán por supuesto al instante que lo hizo Camille, basándose solo en esas connotaciones.
—Si usted sabe que ese cuchillo ha desaparecido es solo por la fotografía que aparecía en un reportaje. Pero es razonable suponer que alguien fue allí aquella noche sabiendo que había un arma a mano. No estoy seguro de que pueda descartar la premeditación.
Sullivan se echa a reír, menando la cabeza.
—Los malditos abogados defensores siempre tratando de complicar mi trabajo… Aunque eso sería difícil de vendérselo a un jurado.
—Dígame al menos que ha descartado a Camille.
Él reacciona con sorpresa.
—No estoy descartando a nadie por el momento. Considero sospechoso a todo el mundo. —Su mirada penetrante me dice que yo tampoco me libro.
Pongo los ojos en blanco.
—Por Dios, Sully. Usted la ha visto. Está destrozada.
Él se encoge de hombros y alza una ceja.
—Ambos sabemos que estar alterado no es una señal de inocencia. Lo único que puedo decirle es que por ahora no hemos descartado a nadie.
Ahora es él quien se inclina hacia mí.
—Me han hecho saber que ya tenemos todos los datos que necesitamos sobre la señora Bayliss y que no hay motivo para otro interrogatorio. Los dos sabemos de dónde proceden esas presiones.
Eso tiene que obedecer a las influencias de Randall. Ben ha contado siempre con el apoyo de su suegro y de sus conexiones, así que es lógico que Randall esté interviniendo ahora para proteger a Camille.
—Pero ya que ha venido por su propia iniciativa, puedo aprovechar para preguntarle por esto. —Se inclina hacia delante, coge una hoja de una de las muchas carpetas de su mesa y me la pasa—. Alguien le envió a Ben una foto de Camille tomada en una tienda de Saint Francisville el pasado sábado.
Sullivan habla con tono neutro, pero no se me escapa que él tiene sus propias ideas sobre esto y que probablemente no son favorables para Camille. Con las presiones para que la deje en paz, sin embargo, no puede hacer gran cosa al respecto.
Examino la impresión de la fotografía controlando mi propia reacción.
Esta no es Camille. Entiendo por qué alguien como Sullivan, que no la conoce tan bien como yo, pueda creer que sí lo es.
En la imagen, la mujer está vuelta hacia un lado, hablando con la dependienta de la caja registradora.
Su larga melena oscura le tapa parcialmente el lado de la cara.
La iluminación no es buena. El atuendo es el que cabría esperar de Camille. Pero no es ella.
—¿Quién se la envió a Ben?
—Bueno, eso es lo más complicado. En el contacto del móvil no figura un nombre, solo una cifra de tres dígitos que supongo que significaba algo para Ben.
El número ha sido rastreado y corresponde a un teléfono de prepago.
Ben tiene en su móvil una docena de contactos de este tipo.
Hemos conseguido relacionar algunos con los investigadores privados a los que recurre el bufete.
Por supuesto, unos tipos muy lacónicos a la hora de hablar.
Malditos paranoicos. Ben llamó a quien le envió esta foto, fuese quien fuese, casi inmediatamente después de recibirla.
La llamada duró menos de un minuto. Tanto el envío de la foto como la llamada se produjeron a primera hora de la tarde. Un par de horas antes de su muerte.
Tengo la sensación de que el corazón se me va a salir del pecho. Ben, igual que yo, habría visto en el acto que esta no era Camille.
Cuando levanto la cabeza, Sullivan me está mirando fijamente.
Trata de captar mi reacción al ver esta foto por primera vez.
Ese momento decisivo que resulta tan verdadero.
Por eso me la ha enseñado ahora. Ha utilizado la excusa de devolverme las cosas de Ben para hacerme venir aquí, pero era de esto de lo que realmente quería hablar.
—Entonces ¿usted piensa que Ben tenía a uno de sus investigadores vigilando a Camille mientras ella estaba fuera de la ciudad?
Él mueve la cabeza de un lado a otro.
—Sí, me inclino a pensar eso. Lo cual me lleva a creer que había entre ellos más problemas de los que ha reconocido la señora Bayliss.
—Me parece que tiene razón al llamarnos malditos paranoicos.
No tengo por qué darle mi opinión a Sullivan. Si él quiere demostrar que esto significa que Ben y Camille tenían problemas, yo no pienso ayudarlo. Le devuelvo la hoja.
Su sonrisa desaparece.
—Sé que todo esto es duro para usted, Hank. Resulta muy duro sacar a colación este tipo de cosas, pero yo estoy obligado a hacerlo.
—Lo sé —respondo—. ¿Alguna otra pista que pueda explicarme?
Sullivan suelta un profundo suspiro.
—Ya sabe que no debo comentarle estas cosas.
Pero usted ha estado en este lado. Y sabe lo complicado que es diseccionar una vida como la de Ben.
Los clientes, los casos, las familias que sienten que no se hizo justicia cuando él consiguió un veredicto de no culpable.
—Coge su bolígrafo y empieza a darle vueltas, abstraído, sumido en sus pensamientos sobre las dificultades de este caso—.
Sí hemos tropezado con algo que nos ha disparado las alarmas.
Sus palabras quedan flotando en el aire. Yo permanezco aparentemente relajado en mi silla, aunque por dentro se me comen los nervios.
—¿De qué se trata? —digo con el tono más aburrido posible.
—Ya sabe que, cuando llegamos a la escena del crimen, había una carpeta abierta en el escritorio de Ben. Legalmente, nosotros no podemos examinar esas carpetas, pero, si la información está a la vista, sí estamos autorizados a mirarla.
Trato de actuar como si no supiera a dónde quiere ir a parar.
—Tendrá que recordarme cuál era la carpeta que estaba encima.
—Era información sobre una mujer llamada Aubrey Price.
Frunzo el ceño ligeramente.
—Ah. Todavía no he llegado a esa. ¿Por qué le llamó la atención?
Él saca otra fotografía.
—Esta es ella.
Es una foto suya de perfil. No tengo ni idea de dónde o cuándo fue tomada, pero cuando él la coloca sobre la mesa junto a la fotografía de «Camille» que enviaron al móvil de Ben, la verdad es que tendrías que ser muy idiota para no apreciar el parecido.
—Una chica guapa.
—Aubrey Price vive en la misma casa que los mecánicos que le restauraron a Ben ese Mustang. El coche que le entregaron el mismo día en que fue asesinado.
Yo me reclino en la silla.
—¿Ah, sí? Qué increíble.
Se le tuerce hacia arriba la comisura de los labios.