Anatomía de una coartada 30. Camille. Después de la coartada
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30. Camille. Después de la coartada

Camille

DESPUÉS DE LA COARTADA

E stoy temblando en mi silla junto a Hank cuando él da por terminado al fin el interrogatorio formal.

—Sully, creo que ya es suficiente por hoy. Ya ve lo duro que es esto para la señora Bayliss. Si tiene otras preguntas, con mucho gusto nos volveremos a reunir aquí, pero ahora debo insistir en que le demos un respiro.

Salta a la vista que al detective no le entusiasma que suspendamos el interrogatorio tan de repente.

Hank me ha dicho antes que lo interrumpiría si creía que nos estábamos metiendo en un terreno que no le gustaba y que entonces yo permaneciera callada y dejara que él asumiera el papel del malo.

Supongo que cuando el detective ha empezado a preguntar si Ben y yo teníamos problemas matrimoniales, Hank ha pensado que estábamos entrando en un terreno pantanoso.

Y no está equivocado.

Aguardo a que el detective decida exhibir su poder y amenace con citaciones y todas esas cosas que se ven en las series policiales, pero él asiente y empieza a recoger sus cosas.

Sullivan debe tener su propia opinión sobre el motivo por el que Hank ha decidido interrumpir el interrogatorio, pero ahora no tengo la energía necesaria para preocuparme por eso.

Bastante difícil es dar un paso tras otro ahora mismo.

Mi móvil vibra con un mensaje de Silas. Está esperando fuera.

—Detective Sullivan, mi hermano está aquí si quiere hablar con él. —Prefiero terminar con esto cuanto antes para que el detective pueda pasar a otra cosa.

Él se yergue y asiente.

—Sí, estaría bien. —Luego mira a Hank con expresión mordaz—. ¿Cree que habrá algún problema si él se reúne aquí con nosotros, o ya será demasiado para la señora Bayliss?

Es una pulla ante la que hago un gran esfuerzo para no reaccionar.

Hank esboza esa sonrisita suya. La que te da a entender que piensa que eres un idiota sin decirlo abiertamente.

—Creo que podemos permitirnos los pocos minutos que debería necesitar para hablar con el señor Everett. —Luego Hank me mira a mí—. ¿Quieres decirle que entre?

Asiento y le envío un mensaje a Silas, explicándole lo que se va a encontrar. Al cabo de unos minutos, Lila lo hace pasar a la sala de conferencias.

Silas saluda a todo el mundo y se sienta a mi lado, dándome un apretón en la mano.

—¿Estás bien?

Debo tener los ojos enrojecidos e hinchados, así que no puedo ocultar cómo me he descompuesto.

—Sí, estoy bien.

Hank se echa hacia delante para dirigirse a Silas.

—El detective tiene algunas preguntas para ti.

Sullivan ha vuelto a sacar su grabadora y la ha puesto en marcha sobre la mesa. Hace la misma introducción, diciendo su nombre y el de Silas, y menciona también que Hank y yo todavía estamos presentes. Luego suelta una risita y se dirige a mi hermano.

—Señor Everett, estoy seguro de saber cuál va a ser su respuesta, pero ¿puede decirme, por favor, dónde estuvo el sábado por la noche?

Silas se arrellana en la silla. Parece relajado y yo no dejo de envidiar su capacidad para ocultar tan bien sus emociones.

—Claro. Estuve tomando una copa con Camille. Ella me había dicho que estaría cerca de Corbeau cuando nos vimos en la colecta de fondos de la Fundación Tarver Braddock.

—¿Y dónde se tomaron esa copa?

—En un bar llamado Chantilly’s.

El detective vuelve a tomar notas, mientras que Hank y yo escuchamos la conversación en silencio.

—¿Y a qué hora se fueron?

Silas ladea la cabeza mientras piensa.

—Creo que Camille se fue alrededor de medianoche. Yo no tardé en marcharme también.

El detective Sullivan deja su bolígrafo y lo mira.

—¿Y a dónde fue al salir del Chantilly’s?

—A casa.

—¿En Corbeau?

Silas sonríe.

—Es la única que tengo.

—¿No se dirigió a Baton Rouge?

La mano de Silas se estremece ligeramente. Espero que yo sea la única que lo ha notado.

—No. No hice eso.

Hank interviene.

—Creo que el señor Everett ya ha respondido a la pregunta que confirma dónde estaba la señora Bayliss el sábado por la noche. O sea que si no hay nada más…

El detective sonríe.

—Sí, así ha quedado establecido donde estaban la señora Bayliss y el señor Everett entre las diez y las doce de la noche. Pero yo me centro más bien en las horas anteriores, entre las seis y las ocho de la tarde, que es cuando el forense ha situado la hora de la muerte.

Oh, mierda.

Cada uno de nosotros reacciona de un modo distinto. Hank parece visiblemente desconcertado; Silas permanece rígido. A mí se me empiezan a caer las lágrimas otra vez.

Una hora más o menos después de que yo saliera de casa, alguien fue y asesinó a Ben.

No puedo evitar pensar en lo que Silas me dijo en el coche, antes de meterse en el bar.

«No he podido hablar con él. He llamado a la puerta, pero no ha contestado».

Esto hace que me cuestione cosas que no quiero cuestionarme.

En todo caso, esta noticia lo sitúa allí en ese marco temporal. En cuanto a mí, en aquellos momentos estaba acechando a Aubrey mientras ella se paseaba haciéndose pasar por mí, aunque no tengo nada para demostrarlo.

Esto es una pesadilla.

Hank es el primero en recobrarse.

—Sully, ¿estoy entendiendo mal el propósito de esta visita? Nosotros hemos sido abiertos y transparentes con usted. Está bien claro dónde se encontraba la señora Bayliss el sábado, y no fue en absoluto cerca de Baton Rouge.

Quizá acabe vomitando. Encima de esta mesa.

Silas añade por su parte:

—Si necesita saber si yo tengo una coartada, solo tiene que preguntarlo.

Estuve trabajando en la granja con uno de los sacudidores de nueces hasta que fui a reunirme con Camille.

Mi esposa, Margaret, puede verificarlo si es necesario.

Dígame tan solo cuál es la mejor manera de que ella se lo confirme.

Oh, Dios. Margaret se marchó de mi casa como una hora antes que yo. La cosa no pinta bien para ninguno de nosotros.

El detective, que ha captado la hostilidad procedente de nuestro lado de la mesa, alza una mano. Estamos todos cayendo de lleno en su juego, lo sé.

—Faltaría a mis obligaciones si no hiciera las preguntas difíciles. —Se vuelve hacia Silas—. Ya me dirá cuándo es un buen momento para hablar con su esposa.

Hank se pone de pie.

—Sully, mi oficina contactará con usted para organizarlo.

Silas casi parece sorprendido ante la oferta tácita de Hank de resolverle esta cuestión.

El detective Sullivan capta la insinuación nada sutil de que el interrogatorio ha concluido. Por segunda vez, recoge sus cosas mientras Silas y yo lo observamos.

Nos quedamos sentados mientras Hank lo acompaña fuera de la sala. Ambos permanecemos callados; no deseamos comentar nada de esto mientras estemos aquí dentro. Finalmente, Hank regresa, se desploma en una silla frente a nosotros y mira a Silas.

—¿Tu esposa de verdad va a poder responder por ti durante ese periodo?

Silas asiente.

—Sí, por supuesto. —Luego se echa hacia delante, apoyando los brazos sobre la mesa—. ¿Crees que Camille corre el riesgo de ser acusada del asesinato de Ben?

Me siento orgullosa de no estremecerme visiblemente ante su pregunta.

Hank me mira a mí y se vuelve de nuevo hacia Silas.

—No lo creo. Ella tiene un montón de recibos que demuestran dónde se encontraba durante la ventana temporal en la que se van a centrar. Me preocupa más que Sullivan no tenga ninguna pista y que por eso esté buscando lo que no hay.

—A nuestro padre no le hace gracia que estés haciéndote cargo del bufete. Y representando a Camille.

Me vuelvo hacia mi hermano.

—¡Silas! ¿Por qué dices eso?

Hank se echa a reír.

—Ah, vuestro padre ya me dejó bien claro lo que piensa de mí. Si tienes algo productivo que decir, hazlo, por favor. De lo contrario, me espera un largo día de trabajo y creo que hablar de las cosas que Randall Everett aprueba o no es una pérdida de tiempo.

Silas arquea una ceja; yo los observo fascinada.

—¿Quieres saber por qué Ben quería echarte del bufete?

La pregunta hace que Hank se eche hacia atrás, como si mi hermano le hubiera dado un golpe.

Silas no aguarda a que responda.

—Ben pensó que podría corromperte. Y como tú procedías de la oficina del fiscal, confiaba en que conocerías sus puntos débiles; que sabrías qué tipos aceptaban sobornos, cuáles podían ser influenciados y utilizados.

Él había estado apoyándose durante años en Foster, pero quería a alguien que respondiera ante él, no ante papá.

Así que, francamente, tómate como un cumplido que ya no quisiera contar contigo.

En cuanto a mí, me siento mejor sabiendo que eres tú, y no Ben, quien le cubre las espaldas a Camille.

Sin palabras. Hank y yo nos hemos quedado sin palabras.

—Añadiré una cosa antes de que te dejemos tranquilo —dice Silas al tiempo que se levanta—.

Ben no consiguió todo el éxito que tuvo, ni tan rápidamente, sin ensuciarse las manos y crearse enemigos.

Tú encárgate de que Camille se mantenga fuera del punto de mira del detective y yo me encargaré de que las promesas que Ben no llegó a cumplir no vengan a complicarte la vida.

Hank está rígido en su silla; yo me tapo la cara con las manos y suelto un gemido.

Es una pesadilla.

Mi peor pesadilla

—Vamos, Camille.

Hank no dice nada cuando salimos. Yo espero hasta que estamos en el coche para arremeter contra mi hermano.

—¿Qué demonios ha sido eso? ¿Por qué estás amenazando a Hank? ¡Él no ha hecho otra cosa que intentar ayudarme!

Silas parece calmado mientras conduce a través del tráfico de la tarde. Demasiado calmado teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir ahí dentro.

—Él ha de saber a lo que se enfrenta. Hay una montaña de mierda con la que va a tener que lidiar si se hace cargo del bufete. Y una de dos: o se pone duro para manejarlo, o sale volando de allí y deja que otro se haga cargo.

Me echo atrás en el asiento y cierro los ojos.

—No puedo creer que esté pasando esto. Nada de todo esto.

—Debería haberte contado la verdad hace años. Quizá, si lo hubieras sabido, no te habrías quedado atrapada en un matrimonio con ese hijo de puta. Yo tal vez estaba en deuda con Ben, pero tú no.

—Tú también te quedaste atrapado con Margaret, ¿no?

Él apoya la cabeza en el respaldo, pero no responde a mi pregunta, así que le hago otra que tal vez no quiera escuchar.

—¿Realmente ella podrá cubrirte?

Silas me lanza una mirada rápida y vuelve a concentrarse en la carretera.

—Yo no maté a Ben.

No respondo porque no sé si le creo.

—Escucha, Camille. Foster no solo guardaba el vídeo de lo que les pasó a los padres de Aubrey aquella noche.

Guardaba cosas de todo lo que papá le había pedido que hiciera desde antes de que naciéramos nosotros.

Estuvo acumulando pruebas durante años porque temía que papá se volviera contra él.

Y yo, en su lugar, habría hecho lo mismo.

—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?

—Cuando fue diagnosticado y supo que iba a morir, Paul Granger no fue la única persona con quien fue a hablar.

Básicamente, hizo todo un tour para tratar de compensar a la gente a la que creía haber perjudicado.

Mantuvo al margen el nombre de papá en la mayoría de los casos, porque, aunque le daba miedo morir, también seguía dándole miedo papá.

Pero nosotros nos enteramos de todos modos. Y yo fui a verle.

—¿Qué te dijo?

Silas pone los ojos en blanco.

—Las típicas chorradas que cabe esperar de alguien en su posición. «Las pruebas están en un lugar seguro y, si me sucede algo, saldrán a la luz».

—¿Tú le creíste?

Él se encoge de hombros.

—Lo suficiente para no presionar demasiado.

Esperamos durante meses para ver qué iba a hacer, pero al final no entregó las pruebas tal como amenazaba, porque sabía que perdería todo su poder en cuanto lo hiciera.

Por eso, ahora que está muerto, estamos todos removiendo cielo y tierra para averiguar dónde las guardaba.

Me muerdo el labio y decido contarle la parte que omití el sábado.

—Aubrey dijo que hay un vídeo del accidente.

Que eso es lo que tenía Foster. Y Ben creía que lo guardaba todo en la caja fuerte para armas de su casa.

Llegó hasta el punto de conseguir una llave de repuesto para abrirla y, la noche en la que fue asesinado, pensaba ir a casa de Foster para llevárselo.

Silas para en la cuneta y pone punto muerto.

—Intuyo que quieres decirme algo más.

—Yo vi dónde puso la llave. Si murió a esa hora tan temprana, no creo que pudiera ir a casa de Foster, o sea que la llave tal vez siga ahí.

—¿Dónde está?

Le describo lo que vi a través de la cámara que había montado. Finalmente, me pregunta:

—¿Por qué no me lo contaste el sábado, cuando nos vimos delante del Chantilly’s?

—Porque entonces creía que Ben estaba vivo y que iba a ir a casa de Foster, y que si te lo contaba, tú habrías ido también allí. —Me vuelvo hacia el otro lado y miro por la ventanilla—. Y me daba miedo lo que pudiera pasar si os encontrabais los dos allí.