29. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
D ejo mi portátil en el sendero de acceso mientras pienso en la mejor manera de destruirlo. O más concretamente de deshacerme de todo lo que me relaciona con Camille y Ben, que es mucho.
La angustia que sentí al marcharme de la iglesia donde se había celebrado el rosario ha vuelto redoblada esta mañana.
Ayer fue un día mentalmente extenuante, así que hoy he decidido que ya estoy cansada de pensar y que voy a hacer algo al respecto.
Y protegerme a mí misma es lo mejor que puedo hacer.
No entiendo gran cosa de ordenadores, pero sí sé que borrar tu historial de búsqueda no significa que desaparezca para siempre.
Al parecer, siempre hay un sistema para recuperar los datos.
La policía ya ha venido una vez aquí, así que hay muchas posibilidades de que vuelvan.
Este portátil tiene que desaparecer. Hice una última búsqueda anoche para evaluar hasta qué punto estoy jodida si resulta que Ben fue asesinado mientras yo estaba en Saint Francisville y ellos vienen a preguntar cuál es mi coartada.
Para contar con una coartada irrefutable, necesitaría una prueba de que yo no estaba donde se cometió el crimen, de que no tuve la oportunidad de cometerlo y (puntos extra) de que no tenía motivo para cometerlo.
Y la mejor prueba posible son los recibos de las tarjetas de crédito, la ubicación de un teléfono móvil, los servicios de localización de un vehículo y los metadatos de vídeos y fotografías.
Todo eso se lo proporcioné a Camille.
Para mí misma no tengo nada de eso.
Mi propio móvil permaneció inactivo durante doce horas. No se me había ocurrido lo que significaría que no mostrara nada. Ningún movimiento. Ninguna actividad. Sin la menor cobertura. Eso en sí mismo parece constituir más bien un motivo de alerta.
Otro tipo de prueba eficaz es un testigo que declare que estaba contigo cuando se cometió el crimen.
Sin embargo, todas las páginas web sobre temas jurídicos que he visitado consideran que esa es una evidencia más endeble, pues ahí entra en cuestión el carácter del testigo, si es una persona fiable o si tiene algo que ganar al proporcionar la coartada.
Yo cuento con esa prueba.
Más o menos.
Mis compañeros estuvieron conmigo a primera hora de ese día, pero lo que estuvieron ayudándome a hacer no nos dejaría en buena posición.
Cualquiera de ellos, sobre todo Deacon, mentiría por mí y diría que estuve en casa aquella noche, pero como resulta que vivo con una pandilla de delincuentes, no estoy segura de que nadie fuera a creerlos.
Y no quiero meterlos en este asunto aún más de lo que ya los he metido.
Puedo demostrar que estuve en Angola. Pero hay un problema también en eso.
En primer lugar, Ben aún seguía vivo mientras yo estaba allí, o sea que no me sirve de gran cosa.
En segundo lugar, dado que fui a ver a Paul y considerando lo que este representa en mi historia y lo que yo creo que Ben hizo, eso solo sirve para darme un motivo, no una coartada.
Y luego está el problema del Chantilly’s. Silas Everett también se encontraba allí, y él declararía sin la menor duda que estuvo con Camille, no conmigo.
Estoy bien jodida.
—Diría que no andas tramando nada bueno.
Me giro en redondo y suelto un grito de sorpresa al ver a Deacon a solo unos pasos.
—¡Me has dado un susto! —Prefiero ignorar su comentario.
Él se acerca. Ahora estamos el uno junto al otro, mirando el portátil que he dejado en el suelo.
—No sé si quiero saber lo que estás haciendo.
—Estoy tomando precauciones. He estado buscando a Ben en Google desde que Camille se presentó en Doug’s.
Incluso miré su dirección en el mapa y averigüé qué autobús me dejaría más cerca de su casa antes de decidir enfrentarme a ella a la salida de su reunión de la Junior League.
Así que voy a destruir el portátil para que nadie se entere.
Ya me entiendes, por si alguien viene a investigar.
—Ambos sabemos que «alguien» es la policía.
Deacon permanece en silencio a mi lado. Estoy esperando que me diga que esto es otra idea estúpida, pero esta vez me sorprende.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Suelto una risotada.
—Estoy pensando en todos los modos que hay de cagarla, según internet, cuando la gente intenta destruir un cacharro de estos. Es más difícil de lo que crees deshacerte de todos los componentes de un ordenador. Y ahora también tengo esas búsquedas en mi historial.
Él se agacha y estudia el portátil como si fuera una bomba a punto de explotar.
—¿Qué tal si le prendemos fuego?
—Ya lo he pensado, pero la página que he leído decía que, si lo quemas, todavía cabe la posibilidad de recuperarlo parcialmente. Tendríamos que incinerarlo. Como hacen con los cadáveres en el crematorio. —Me vuelvo para mirarlo—. ¿Tú conoces a alguien en el sector de las funerarias?
Ahora es él quien se ríe.
—No, lo siento. No puedo ayudarte en eso. ¿Qué tal con agua?
Me encojo de hombros.
—Algunas webs dicen que también podría restaurarse en parte.
Al parecer, la tecnología de recuperación de datos es impresionante.
No quiero hacer nada que implique el riesgo de una recuperación parcial.
Y antes de que lo digas tú, ya sé que estoy dándole demasiadas vueltas.
Debería tirarlo al río y ya está, pero no puedo.
Me parece… demasiado fácil y, por tanto, no lo bastante bueno.
—Hago una pausa y añado—: Lo único que he encontrado que parecía prometedor es destrozar los componentes internos, sobre todo el disco duro, en trocitos diminutos.
Él me mira con una sonrisa torcida.
—Entonces vamos a necesitar un martillo grande. —Se levanta y, dando media vuelta, va hacia su coche. Yo le sigo de cerca.
—No sé si quiero saber por qué llevas un martillo grande en el maletero.
Deacon menea la cabeza.
—No, probablemente es mejor que no lo sepas.
Abre la puerta trasera y veo una gran caja de herramientas junto a una bolsa negra de lona.
—Seguramente tampoco me conviene saber qué hay en esa bolsa —le digo.
Él se vuelve hacia mí.
—Hoy estás pensando lo peor de mí —dice riendo—. Yo no voy en coche por la ciudad recogiendo cadáveres.
—No sé muy bien lo que haces. —Señalo con un gesto su enorme físico—. Pero sí sé que utilizas ese corpachón para que la gente se cague de miedo. Y tú también lo sabes.
Deacon se ríe entre dientes. En realidad, se ríe de la descripción que he hecho de él.
—Vale, está bien.
Coge un martillo que debe de ser tres veces más grande que uno normal y vuelve a donde está el portátil esperando.
—Ey, puedo hacerlo yo. No quiero convertirte en cómplice.
Él pone los ojos en blanco.
—¿Cómplice de qué? ¿De un montón de búsquedas en internet?
—Es un delito frecuente —mascullo, cogiendo el extremo del martillo que Deacon tiende hacia mí. Ambos lo sujetamos unos segundos y él por fin lo suelta. El martillo cae inmediatamente al suelo, arrastrándome a mí también.
Otra vez esa risita.
—Acabarás haciéndote daño si pretendes dar toda la cantidad de martillazos necesaria para que el portátil quede destrozado… ¿Cómo lo has dicho? ¿En trocitos diminutos?
Dejando el martillo en el suelo, me levanto y me sacudo la tierra de la mano con la que he parado la caída.
—Podrías haberme dicho que era tan pesado.
No voy a mentir; es impresionante mirar cómo Deacon destruye por completo mi portátil.
Para mayor seguridad, acabamos metiendo todos los trozos en una triple bolsa, usando ese tipo de bolsas de basura negras muy gruesas.
Él está sudando cuando la levanta y le da una buena sacudida.
El repiqueteo de todos esos trocitos ahí dentro consigue que me relaje por primera vez desde hace días.
—Y ahora ¿qué? —pregunta.
—Estaba pensando que podríamos esparcirlos por la ciudad en distintos cubos de basura.
La mirada que me dirige me dice que ya se ha cansado de seguirme el juego.
—¿Qué tal si los tiramos al río? Dejemos que la corriente los arrastre al golfo.
—Vale, sí. Eso también sirve.
Arrojar los restos de mi portátil al río es más bien un anticlímax, y ahora me doy cuenta de que podría haber tirado el cacharro sin destrozarlo y que habría desaparecido igual.
Así pues, sin darle muchas vueltas, arrojo también mi teléfono mientras la última pieza del portátil se hunde bajo el agua.
Nos alejamos de la orilla del río y paramos en una tienda donde me compro un nuevo móvil. No tengo ese dinero, en realidad, pero de ningún modo puedo pasar sin un teléfono.
Mientras salimos del aparcamiento, me vuelvo hacia Deacon.
—¿Podemos hacer una parada antes de volver a casa?
Deacon y yo cruzamos las verjas y avanzamos lentamente por el estrecho y sinuoso camino, adentrándonos entre los árboles hasta donde ya no se puede seguir.
—¿Es aquí? —pregunta Deacon.
—Sí.
Él pone punto muerto.
—¿Quieres que te espere o te acompaño? —Me pasa las flores que acabamos de comprar en el súper.
—Espera aquí, si no te importa. No tardaré. —Cojo las flores y me bajo antes de empezar a pensar en lo amable que ha sido conmigo en los últimos días. Incluso más de lo normal.
Yo he estado de los nervios toda la semana y sé que hay algo que puedo hacer para sentirme tal vez un poco mejor.
El sol arroja un suave resplandor dorado a través de las nubes y una brisa fresca sopla a lo largo del prado agitando las ramas de los árboles.
Sigo el sendero hasta el final y empiezo a caminar con cuidado por el césped.
Al otro lado de la cerca, hay un banco bajo la sombra de un nogal.
Aparto las hojas, las cáscaras y las ramitas caídas antes de sentarme.
Hay lápidas más bonitas y más grandes en este cementerio, pero yo creo que mamá y papá tienen el mejor sitio de todos.
Están al fondo del recinto, rodeados por otras tumbas por tres lados, no por cuatro.
No sé por qué me parece importante este detalle, pero así es.
Además, durante la mayor parte del día están protegidos de los elementos.
Las ramas del nogal parecen extenderse más por este lado de la cerca, como si supieran lo especiales que eran mis padres y que merecen estar protegidos del sol cuando alcanza su punto más álgido.
—Iba a esperar hasta averiguar la verdad de un modo u otro, antes de volver. Pero ahora me da miedo que nunca llegue a saberla —les susurro, acercando el ramo de flores.
La única respuesta es el canto de las cigarras entre las ramas.
—No me doy por vencida, pero quizá tarde un poquito más en encontrar las respuestas que todos nos merecemos. Yo creía tener un buen plan, pero acabo de tirar mi portátil al río Mississippi, trocito a trocito, así que supongo que me hace falta un plan nuevo. —La brisa se lleva mi leve risita.
Me levanto del banco y me siento con las piernas cruzadas sobre la hierba, frente a la base de las lápidas, justo entre las dos.
Necesito estar más cerca. Entierro la cara en los suaves pétalos de las flores e inspiro hondo.
La fragancia de mi niñez. Las rosas eran las flores preferidas de mi madre.
Saco una y la coloco ante la tumba de papá; luego deposito el resto del ramo frente a la de mamá y pongo una mano en cada lápida de granito.
—No puedo creer que ya no estéis desde hace diez años —susurro con voz estrangulada mientras trato inútilmente de contener las lágrimas.
Resigo con el dedo las fechas de la lápida de papá y me detengo en la del día en que murieron, él solo una hora después de mamá.
Me pregunto por enésima vez si las cosas habrían terminado de otro modo en caso de que yo hubiera estado con ellos.
Mis padres habían ido a Corbeau para asistir a la boda de un primo lejano. Yo debería haberlos acompañado, pero dejaron que me lo saltara cuando una amiga y su familia me invitaron a un concierto que se celebraba en Nueva Orleans aquella misma noche.
Han transcurrido diez años desde que otro vehículo se saltó un stop y embistió el coche de mis padres, cambiando mi vida para siempre.
En aquella carretera oscura y desierta, el conductor tomó una decisión.
Se fue. Huyó del lugar. No llamó para pedir ayuda, pese a que los informes posteriores demostraron que mi padre no había muerto en el acto.
¿Podría haberse salvado si hubiera recibido atención médica inmediata?
El hecho de no poder responder a esta pregunta me ha atormentado durante una década.
Sin embargo, el desesperado deseo de descubrir la verdad podría ser mi perdición. Quizá debería haberlo dejado correr, en lugar de perseguir a Camille e insistir en que colaborase conmigo.
Pero no quise dejarlo. Tomé la decisión de utilizarla a ella para atrapar a Ben cuando la abordé a la salida de la reunión de la Junior League, y no sería difícil que alguien creyera que lo hice para poder vengarme matándolo.
Una mano se posa en mi hombro, sobresaltándome.
—No quería asustarte. Te he llamado varias veces antes de acercarme. —Es Deacon. Está acuclillado a mi espalda sobre la hierba—. Es que ha pasado mucho rato y estaba un poco preocupado. ¿Estás bien?
—Perdona —digo, secándome las lágrimas—, me he quedado un poco ensimismada.
Él se incorpora y se aparta.
—No hay prisa. Tómate todo el tiempo que quieras. Solo quería comprobar si estabas bien.
Yo me levanto.
—No, ya estoy lista. Tengo que estar en el bar dentro de poco, así que ya es hora de marcharse.
Deslizo la mano por la parte superior de cada lápida.
—Esto quizá haya sido un contratiempo, pero os prometo que averiguaré lo que os pasó realmente aquella noche.