Anatomía de una coartada 28. Hank. Después de la coartada
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28. Hank. Después de la coartada

Hank

DESPUÉS DE LA COARTADA

E l teléfono de mi escritorio empieza a sonar y Lila lo coge porque está más cerca.

—Ey —dice, y se pone a ordenar mis cosas mientras escucha a Julie, la recepcionista—. Vale, gracias. —Cuelga y me mira—. Ha llegado Camille. Voy a buscarla.

Estábamos repasando otra vez el calendario y haciendo malabarismos con las fechas, porque me he reunido con el juez Whittaker para hablar del juicio que Ben había postergado una y otra vez, y me hado veinticuatro horas para que le proponga una fecha en la que esté disponible.

La puerta se cierra silenciosamente y, al levantar la vista, veo a Camille frente a mi escritorio, con los ojos húmedos y enrojecidos. Me pregunto si algún día se secarán.

—Hola, Hank —dice en voz baja, mientras se pasa por los ojos un pañuelo de papel arrugado.

La llevo al sofá, confiando en que cuanto más informal sea la situación, más se abrirá.

—Vamos a sentarnos y a repasarlo todo antes de que llegue el detective. ¿Qué tal el trayecto hasta aquí?

—Bien. Me ha traído Silas. A mi familia le preocupa que esté sola, ya que, bueno, no han detenido al que hizo esto.

Asiento.

—Lo comprendo. Nosotros hemos contratado aquí a un guardia de seguridad por la misma razón.

Nos pasamos la hora siguiente repasando todo lo que Sullivan le va a preguntar. Unos minutos antes de la una, nos trasladamos a la sala de conferencias para esperar su llegada.

La sala de conferencias es un rectángulo de cristal situado en mitad de nuestras oficinas, y a mí me parece que está diseñada de un modo nefasto.

Las paredes cuentan con ese sofisticado sistema que te permite cambiar su opacidad, con opciones que van desde la completa transparencia en un sentido, de manera que podríamos ver el exterior, pero nadie vería el interior, hasta la falta completa de visibilidad. Esto será lo primero que cambiaré.

Pulso el botón del panel y el cristal se vuelve de un gris lechoso.

—Gracias —dice Camille—. Me estaba preguntando si todo el mundo iba a vernos aquí dentro.

Suelto un gemido antes de poder contenerme.

—Detesto esta sala.

—Ya. A mí tampoco me entusiasma, pero Ben se empeñó en montarla así. Pensaba que esta tecnología era genial.

Me tomo un momento para observarla. Tiene mal aspecto.

Lleva el pelo recogido detrás de un modo desordenado que no parece intencional.

Las uñas se las ha mordisqueado por completo.

Aunque me sentiría más preocupado si no tuviera esta pinta.

Apenas han pasado setenta y dos horas desde que encontró el cuerpo de su marido en su propia casa.

—Recuerda, solo responde a lo que él te pregunte. —No sé bien por qué siento la necesidad de repetírselo, pero ella asiente como si comprendiera la parte que no digo en voz alta.

Inspira hondo y parece luchar para reprimir las lágrimas. Yo me inclino y le aprieto la mano.

—Esto es un procedimiento estándar. Sé que te resultará duro hablar de ello, pero yo estoy aquí a tu lado. Saldrá todo bien.

Lila llama a la puerta tres veces en rápida sucesión; luego la abre y hace pasar a Sullivan.

—Gracias por venir aquí. Se lo agradecemos —le digo, estrechándole la mano.

Él echa un vistazo alrededor y ocupa la silla situada frente a Camille.

—Esto es un entorno más agradable que el de la comisaría.

Lila sigue todavía en el umbral.

—¿Alguien quiere tomar algo? ¿Café? ¿Agua?

Camille y yo miramos a Sullivan.

—No, gracias. Estoy bien.

—De acuerdo. Avíseme si cambia de idea —dice Lila, retirándose. La puerta se cierra suavemente con un clic.

—Antes que nada, señora Bayliss, gracias por acceder a hablar hoy conmigo —dice Sullivan.

—De nada. Pero llámeme Camille, por favor.

—Muy bien, Camille. Responda lo que pueda, simplemente.

Sullivan saca su grabadora.

—Detective Sullivan entrevistando a Camille Bayliss, esposa de Benjamin Bayliss, respecto a los hechos del once de octubre.

Se halla presente también el abogado de Camille Bayliss y socio de Benjamin Bayliss, Hank Landry.

—Coloca la grabadora entre nosotros, en el centro de la mesa de conferencias, y le dirige a Camille una leve sonrisa—.

Muy bien, dicho esto, ya podemos empezar.

Necesito hacerme una idea clara de lo que hizo el domingo.

Cuando hablamos en su casa, usted dijo que había pasado el fin de semana en Saint Francisville y que había regresado a media mañana.

La llamada al 911 se recibió a las 10.48.

¿Esa era la hora a la que había planeado llegar a casa? ¿O era más temprano de lo previsto?

—Inicialmente, yo tenía planeado ir a Corbeau para asistir a misa con mi familia, pero no me encontraba bien y decidí volver a casa.

—Camille retuerce el pañuelo de papel entre las manos de tal modo que va a acabar rompiéndolo en pedazos, pero al menos lo mantiene en su regazo, donde Sullivan no puede verlo.

Yo le he advertido que el detective querría dejar registrado en la grabación oficial todo lo que ya declaró en su casa, de manera que los primeros veinte minutos iban a consistir en repasar lo que le dijo entonces.

Sullivan toma algunas notas, a pesar de que está grabándose todo.

—Usted dijo que el sábado por la noche se había parado a tomar una copa antes de volver al hotel. ¿Correcto? —pregunta el detective, todavía mirando sus anotaciones.

Ella vacila un instante y luego dice:

—Sí. En el bar Chantilly’s.

Él vuelve unas páginas.

—Se detuvo allí porque aún no le apetecía retirarse. ¿Correcto?

Camille asiente.

—Señora Bayliss, necesito que responda en voz alta, por favor.

Ella carraspea.

—Sí, es correcto.

—Gracias. ¿Y a qué hora llegó al Chantilly’s?

—Cuando acababan de dar las diez.

Las respuestas de Camille son un poco rígidas, pero teniendo en cuenta la situación y el tema que estamos abordando, no puedo reprocharle nada por el momento.

—¿Y a qué hora se fue de allí?

—Poco antes de medianoche.

—Hablé con el camarero que estaba trabajando la noche del sábado, Ray Simmons. Me dijo que usted se encontró a alguien allí. Que estuvo sentada con un hombre en la barra durante todo el tiempo. ¿Puede decirme de quién se trataba?

Ella tose para aclararse la garganta.

—Sí, me encontré allí con mi hermano Silas. Tomamos una copa y nos pusimos al día, porque hacía tiempo que no lo veía.

Yo ya me he sorprendido cuando ella ha mencionado esto antes, mientras lo repasábamos todo; de lo contrario, Sullivan habría visto la cara de estupefacción que he puesto al enterarme.

Yo creía que Camille y Silas no tenían una relación tan estrecha, y no puedo evitar la sensación de que aquí hay algo que se me escapa.

—¿Estuvo en el Chantilly’s con su hermano, Silas Everett? —Sullivan mantiene el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno mientras la observa.

Ella asiente; luego recuerda la grabadora que tiene delante.

—Sí.

—¿Tenía planeado reunirse allí con él? ¿O fue una coincidencia?

Camille parpadea rápidamente, y eso es mala señal. Le da un aspecto agitado y nervioso. Sullivan también se da cuenta.

—Había visto a Silas en un acto de beneficencia unas semanas atrás y quedamos en tomar una copa, ya que Corbeau está muy cerca de Saint Francisville.

Es exactamente lo mismo que me ha dicho a mí, pero no puedo evitar preguntarme si Sullivan se sentirá tan escéptico como yo al escucharlo.

—¿Sería posible que yo hablara con su hermano?

Levanto la mano, impidiendo que Camille responda.

—Solo para asegurarme de que estamos en plena sintonía. Nosotros no nos oponemos a que contacte con Silas Everett, pero lo que yo entiendo es que usted necesita hablar con Camille sobre el pasado fin de semana porque que es una testigo, no una sospechosa. ¿Es correcto?

Estoy forzando un poco la situación, pero si él la considera una sospechosa, voy a interrumpir el interrogatorio de inmediato.

Sullivan se recuesta en la silla y me mira.

—Camille Bayliss no está considerada una sospechosa. En estos momentos.

Esto último es deliberado. Le hago un gesto a Camille para que responda a la pregunta.

—Él vendrá a recogerme cuando hayamos terminado y está preparado para contarle con toda exactitud lo que hice.

Tengo que hacer un esfuerzo para no aporrear la mesa con la cabeza. Formularlo así viene a ser la peor manera de hacerlo cuando pretendes que alguien corrobore tu historia.

Esta es la parte peliaguda. No se trata solo de la anatomía de una coartada —tener a alguien que atestigüe que estabas en otro sitio cuando se cometió el crimen—, sino del aspecto psicológico de la coartada: que ese alguien sea creíble.

Un miembro de la familia provoca escepticismo por sistema, sobre todo si está «preparado» para declarar, como ella ha dicho.

—Muy bien, hablaré con él si lo veo al salir de aquí; si no, necesitaré que venga a comisaría.

—Sullivan levanta la vista del cuaderno—.

¿Se le ocurre alguien que quisiera hacerle daño a su marido?

¿Había tenido alguna pelea con un amigo?

¿Estaba enfrentado con un vecino? ¿Alguien de su pasado había reaparecido?

Ella se mordisquea el labio inferior. Es la primera vez que parece realmente nerviosa ante una pregunta.

—No, no se me ocurre nadie. —No sé muy bien cómo, pero sé que está mintiendo.

Sullivan asiente despacio. Él percibe todo lo que yo veo.

Dejando su bolígrafo sobre la mesa, saca de su bolsa una fotografía y nos la pasa.

Es una imagen que los canales de noticias han utilizado muchas veces al informar sobre el caso.

Una revista de moda de Luisiana le hizo recientemente a Ben un reportaje, que apareció publicado con esta foto tomada en el despacho de su casa.

En la imagen, Ben está repantingado en su silla, con los pies apoyados en la esquina del escritorio.

Cuando yo la vi por primera vez, pensé que parecía un engreído gilipollas. No es mi fotografía preferida de él.

Y la verdad es que ahora me intriga saber por qué nos la muestra Sullivan.

—Todos hemos visto esta foto —dice, echándose hacia delante—. Señora Bayliss, ¿podría mirar los objetos que hay sobre el escritorio?

Camille se seca las lágrimas y se concentra en la imagen.

—¿Qué debo buscar exactamente?

—Me consta que esta foto fue tomada en primavera, cuando se publicó el reportaje, pero ¿diría usted que los objetos decorativos de la parte de delante estaban aún ahí cuando se marchó de casa el viernes? ¿O el escritorio fue decorado así para la sesión fotográfica?

Estudio la imagen. Hay bastantes cosas ahí que reconozco, pues yo he estado en ese despacho en múltiples ocasiones.

Está el mazo que le regaló un juez al retirarse de los tribunales porque Ben había ganado el último juicio que él había presidido.

Están las balanzas de latón que le regaló su madre cuando se graduó en la facultad de Derecho.

Y también esa caja de madera que contiene un cuchillo de caza.

—Estos objetos siguen en su escritorio. Ben no es la clase de persona que dispone un decorado para salir en una foto —dice Camille. El labio inferior le tiembla cuando pregunta—: ¿Por qué?

—Los resultados preliminares del registro no contienen ninguna señal de que la entrada hubiera sido forzada.

Nuestra primera idea es que el asaltante llegó después del señor Bayliss y que este le dejó entrar en la casa.

La única señal de lucha era una silla volcada de lado.

Normalmente, cuando se produce un robo, se aprecian signos de que los intrusos han registrado los cajones y los armarios, y le aseguro que no suelen hacerlo de un modo especialmente pulcro y ordenado.

En este caso, en cambio, tanto el despacho como el resto de la casa estaban intactos.

Camille sujeta el borde de la mesa mientras le escucha con los ojos fijos en él.

—Había varias heridas distintas en el cuerpo del señor Bayliss.

No tenemos aún el informe completo del forense, pero, a juzgar por los resultados preliminares, parece que fue apuñalado múltiples veces en el pecho.

La maza y las balanzas seguían sobre su escritorio cuando nosotros llegamos a la escena, pero esa caja de madera había desaparecido.

Y no había ni rastro del cuchillo por ninguna parte.

Creemos que podría haber sido el arma utilizada para matarlo, pero no lo sabremos con certeza hasta que tengamos más datos sobre la hoja, o hasta que lo recuperemos y veamos si su tamaño coincide con las heridas.

Camille se descompone por completo. Se le demuda el rostro y sacude los hombros en un acceso de llanto. Necesita varios minutos para poder articular palabra.

—Yo… puedo darle unos… datos sobre… ese cuchillo.

Sullivan me mira, pero yo aguardo a que Camille le explique cómo es que tiene esa información.

Finalmente, se recompone lo suficiente para hablar.

—Ese cuchillo lo hizo un forjador artesano de Corbeau.

El mango era del asta de un ciervo que Ben había cazado.

Yo encargué el cuchillo el año pasado como regalo de Navidades.

Las medidas y la descripción de la hoja figuran en un certificado que tengo en casa en una carpeta. Me encargaré de que reciba una copia.

La gente va a enloquecer cuando conozca este detalle. Ya me imagino con qué rapidez correrá la historia de que Camille lo mató con un arma que ella misma había encargado para él.

—No piensa hacer esto público, ¿no? —pregunto.

Sullivan entiende por qué lo pregunto sin necesidad de que se lo diga.

—No —dice, meneando la cabeza—. Este detalle no se lo comunicaremos a la prensa por ahora. Sobre todo porque no sabemos dónde está ese cuchillo.

Camille se hunde en su silla, con los ojos vidriosos.

—¿Usted y Ben tenían problemas maritales?

Me dispongo a protestar por la pregunta, pero ella me pone la mano en el brazo, deteniéndome. Antes de responder, se aclara la garganta.

—No, no los teníamos. Es decir, sí teníamos las típicas discusiones de todas las parejas. Yo pensaba que él pasaba demasiado tiempo en la oficina y él pensaba que yo gastaba demasiado, pero nada más aparte de eso.

Es una buena respuesta. Y es cierta. Yo sé lo mucho que trabajaba Ben, y con frecuencia le oía quejarse por la factura de la tarjeta de crédito.

Pero Camille está destrozada y no quiero que responda a esta clase de preguntas en su actual estado.

—Sully, creo que ya es suficiente por hoy.