Anatomía de una coartada 27. Camille. La coartada
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27. Camille. La coartada

Camille

LA COARTADA

H e vuelto a Saint Francisville horas antes de lo que se suponía.

Durante nuestra conversación por teléfono, le he confesado a Silas casi todo; le he explicado lo que me llevó a reunirme con Aubrey Price y que ella me convenció para que espiara a Ben.

Y luego le he ido detallando todo lo que he descubierto.

Silas me ha escuchado en silencio y después me ha contado lo que ocurrió aquella noche, hace diez años.

Ha sido la conversación más sincera y descarnada que hemos tenido nunca.

Silas parecía deshecho. Durante años ha habido una sombra oscura sobre él, y ahora por fin he descubierto por qué.

No tiene ninguna excusa lo que hizo. Él era un chico idiota que tomó la nefasta decisión de ponerse al volante aquella noche.

Le he preguntado cuándo se enteró de que aquella pareja había muerto y él ha respondido: «Demasiado tarde para confesarlo. Una vez que papá se involucró en el asunto, yo podría haberlo gritado en las escaleras del juzgado y nadie me habría hecho caso».

Cualquiera que no esté relacionado con Randall Everett desecharía esa respuesta como una chorrada y afirmaría que nunca es demasiado tarde, pero yo he entendido lo que quería decir.

Nuestro padre ya lo tenía todo arreglado antes de que Silas estuviera sobrio del todo.

Había reclutado a Ben como coartada y amenazado a Margaret de muerte, o poco menos, si se le ocurría hablar.

Y tenía al jefe de policía dispuesto a mirar para otro lado.

Todo ello solo unas horas después de que se produjera el accidente.

Mi padre tiene un poder al que nunca nos hemos podido resistir.

Durante esa conversación largamente demorada con Silas, me he dado cuenta de que yo nunca he logrado distanciarme de mi familia tal como creía.

Ben ha estado conectado con él y con papá de un modo que yo nunca había intuido.

Al encubrir a mi hermano, se aseguró un lugar en una de las familias más poderosas del sur de Luisiana.

Y no fue el único. Margaret se aseguró también su lugar aquella noche.

Silas me ha dicho que volviera a Saint Francisville y que esperase allí hasta la hora prevista para reunirme con Aubrey.

Ha insistido en que la dejara terminar el día haciéndose pasar por mí y no le contara lo ocurrido con Ben.

Aubrey es el factor incontrolable en esta coyuntura, y a ninguno de nosotros le conviene que sepa que Ben me ha pillado in fraganti y que ha descubierto que ella está aquí, haciéndose pasar por mí.

Yo he pensado en volver a mi habitación del hotel, pero me ha dado claustrofobia solo de pensarlo. Me subiría por las paredes mientras esperaba a que el reloj se acercara a la medianoche.

Así pues, he estado siguiendo a Aubrey a distancia de un sitio a otro. Ella acaba de cenar y se suponía que debía ir a algún bar agradable donde tomarse un cóctel hasta que llegara la hora de reunirse conmigo en la gasolinera, pero no sé por qué ha acabado en un garito de mala muerte.

—¿Por qué te metes ahí? —digo en voz alta.

Aparco en el borde del aparcamiento, junto a la carretera, y observo cómo entra tambaleante en el local.

Realmente debería haber practicado un poco con esos tacones.

Creo que puse demasiado énfasis en los aspectos menos importantes de mi personalidad.

En vez de asegurarme de que pedía mi cóctel favorito, debería haberme preocupado más por su estabilidad al caminar.

Aubrey desaparece en el garito y yo pongo el Honda en punto muerto.

Se me revuelve el estómago mientras espero a que termine esta noche.

Silas iba a ir a mi casa a hablar con Ben, pero aún no he recibido noticias suyas, lo cual me pone muy nerviosa.

No creo que esa conversación haya ido bien en absoluto.

Y no quiero ni pensar en lo que van a ser los próximos días, cuando yo tenga que lidiar con Ben.

Pero ese problema queda para mañana. Falta poco más de una hora para que Aubrey y yo intercambiemos los coches, y no quiero pensar en nada más hasta entonces.

Este bar tiene un considerable flujo de clientes. Estoy mirando cómo entra y sale la gente cuando me llama la atención una cara familiar.

—Pero… ¿qué demonios?

Tanteo con la mano en el asiento del pasajero hasta encontrar el teléfono de prepago. Marco el último número al que he llamado y observo la reacción de Silas cuando nota la vibración de su móvil en el bolsillo. Mientras lo saca, recorre el aparcamiento con la vista.

—Dime, por favor, que no estás aquí —dice.

—¿Yo? ¡Eres tú el que no debería estar aquí!

Noto el momento en el que me localiza con la mirada.

Antes, cuando hemos estado hablando, se lo he explicado todo sin ahorrarle detalle: desde el coche desvencijado que he comprado hasta el programa completo de Aubrey.

Silas cuelga y camina hacia donde yo estoy.

Se desliza en el asiento del copiloto y nos miramos el uno al otro.

Han pasado solo unas semanas desde la última vez que nos vimos, pero han cambiado muchas cosas desde entonces.

Hay muchos secretos entre nosotros, muchas mentiras. Pero en el fondo, nosotros sabemos que somos los únicos capaces de entender de verdad lo que significa tener como padre a Randall Everett.

—¿Qué estás haciendo aquí? —me pregunta.

—No podía volver al hotel. Estoy de los nervios. Pero Aubrey no me ha visto. —Quizá yo tenga dos años más que él, pero está claro que siempre seré aquella niña que procuraba obedecer en todo momento y que temía defraudar a los demás—. ¿Qué te ha dicho Ben?

Él aprieta la mandíbula.

—No he podido hablar con él. He llamado a la puerta, pero no ha contestado —dice, encogiéndose de hombros—. O bien se había ido, o bien quería evitarme. Pero no podrá esconderse eternamente.

Lo único que no he mencionado antes, cuando he hablado con él, es que Ben pensaba ir a casa de Foster. Básicamente porque me daba miedo lo que Silas podría hacer si siguiera a Ben hasta allí.

—Entonces ¿por qué has venido aquí? —pregunto.

Él señala el bar con un gesto.

—He llegado al restaurante donde me has dicho que ella estaría justo cuando estaba saliendo. Y la he seguido hasta aquí. Estaba dándole un minuto para sentarse antes de entrar.

—Pero ¿para qué?

—Me preocupa que la persona que le ha enviado a Ben esa foto de ella haciendo compras aún siga por aquí. Se me ha ocurrido venir para comprobar que va todo bien. Ella no debería estar metida en esto. Especialmente después de todo lo que ha sufrido. —Baja la cabeza como si se sintiera avergonzado.

—Ella quería hacerlo. Fue idea suya, de hecho. Es mucho más dura de lo que crees.

Él me dirige una sonrisa apenada.

—Estoy seguro de que lo es.

Girándome en mi asiento para poder mirarlo de frente, le pregunto:

—¿Tú sabías que Margaret pensaba ir a ver a Ben hoy?

—No. No debería haberlo hecho. Ya le dije que yo me ocuparía de esto.

—Ella le ha explicado a Ben que tú tienes a alguien vigilando a Aubrey. ¿Por qué?

—Hank recibió el expediente del caso de Paul a finales de junio y, poco después, fue a verlo.

Luego le contó a Ben la conversación que había mantenido con él en Angola.

Paul dijo que «el tipo» que tenía una prueba de lo ocurrido aquella noche estaba intentando hacérsela llegar a «la persona adecuada».

Papá le puso vigilancia a Foster, puesto que todos sabíamos que era el único que podía ser ese «tipo».

Y él, en efecto, fue un par de veces al bar donde Aubrey trabaja, pero nunca llegó a hablar con ella.

Nosotros creemos que estaba tratando de decidir si entregarle la prueba o no.

Ben compró ese coche viejo para poder acercarse a ella.

—Y añade, bajando la voz—: Si papá supiera que la tienes paseándose por aquí como si fueras tú, se pondría furioso de verdad.

—Yo no quiero que le pase nada malo a Aubrey. —Me siento orgullosa de la firmeza de mi voz.

Silas sigue recostado en el asiento, pero vuelve la cabeza hacia mí.

—Yo tampoco, Camille. Y he estado esforzándome por salvarle el culo al mismo tiempo que salvaba el mío.

Sé que Ben estaba merodeando por su casa.

Por eso tengo a alguien vigilándola. No te haces una idea de lo que ha sido tener esto sobre mi conciencia durante todos estos años.

Saber que ella se quedó huérfana por mi culpa.

—La culpa de que Aubrey se haya visto metida en este lío es mía. Yo jamás debería haber ido a plantarle cara aquella noche.

Silas menea la cabeza.

—Si alguien tiene la culpa de haber metido a Aubrey en esto es Kevin Foster.

Él tenía un pie en la tumba, así que, en cuanto sintió que las llamas del infierno le subían por las piernas, removió toda esta mierda.

Bien podría haberles entregado lo que tenía a los federales.

O enviarlo a los canales de noticias de la ciudad.

Pero no hizo eso. Fue llorándole a Paul y se lo soltó ante sus narices como quien tienta al asno con una zanahoria.

Se me revuelve el estómago al oírlo.

—¿Te sientes mal por el hecho de que Paul esté cumpliendo condena en Angola?

Se le demuda el gesto.

—¿Si me siento mal porque Paul esté cumpliendo condena por un crimen que no cometió? Sí. ¿Me consta que Paul ha hecho un montón de cosas que lo habrían llevado a la misma prisión durante el mismo tiempo? Sí, también. Así que, la verdad, mis sentimientos hacia él son un poco complicados.

—¿Qué crees que va a hacer Ben? No quiero que se revuelva contra ti y diga que le obligaron a proporcionarte aquella coartada, o algo parecido.

Él suelta una risita.

—Ben no es un boy scout. Quizá no le guste mancharse las manos, pero todo su éxito no se debe solo a su gran cerebro y a su jodida buena suerte.

Muy pocos de sus clientes son inocentes.

¿Y a quién llama cuando necesita que desaparezcan pruebas o que los testigos tengan un ataque de amnesia?

A papá. Papá llama a Foster…, o eso hacía, y Ben consigue lo que quiere.

—Ben me ha dado a entender que papá le obliga a asumir esos casos. Como si él no quisiera hacerlo en realidad.

—Ben miente más que habla. En todos los casos que ha tomado por su cuenta, ha pedido ayuda.

—Silas apoya la cabeza en el respaldo del asiento—.

Y no temas que vaya a acudir a la policía si consigue lo que Foster tenía.

Solo tratará de encontrar otro modo de utilizarlo contra mí.

Pero eso no le resultará tan fácil como él cree.

—Tú deseabas alejarte de Corbeau y de papá tanto como yo —digo, cambiando de tema, puesto que Ben quizá esté apoderándose de esa prueba en este mismo momento.

Él me dirige una sonrisa amarga.

—Bueno, yo perdí el derecho a elegir después de coger la camioneta de Paul Granger. Me quedé atrapado desde entonces.

—Temo que vayas a transformarte en papá —susurro—. Más de lo que ya lo has hecho.

Silas suelta un suspiro entrecortado.

—Dios sabe que he cometido errores que me gustaría poder deshacer y que he hecho cosas de las que no me siento orgulloso, pero, desde que me gradué y volví a casa, lo único que hago es tratar de frenarlo cuando puedo y de limitar los daños cuando no puedo.

Quizá no he ido a la cárcel por lo que les hice a los padres de Aubrey Price, pero estoy detrás de unos barrotes distintos, cumpliendo otro tipo de condena.

—Podrías haberme contado todo esto hace años. Podrías haber confiado en mí.

—Yo no confío en nadie.

Estoy a punto de decir algo más, pero él alza una mano.

—No vuelvas a Baton Rouge. Prométeme que mañana vendrás a mi casa después de ese acto religioso al que mamá quiere que asistamos. Entonces pensaremos cómo resolver todo esto.

Asiento y él se baja sin más del coche. Mientras cruza el aparcamiento y entra en el bar, yo barajo mis opciones. Podría ser una cobarde y evitar a Ben; esconderme en casa de Silas y dejar que él libre mis batallas por mí.

Pero si no me defiendo a mí misma ahora, nunca lo haré. Seguiré siendo la misma Camille de siempre, la que hace lo que le dicen y deja que los hombres que la rodean controlen las cosas.

Ahora todo ha cambiado.

Ahora sé lo suficiente como para que ni Ben ni papá puedan esgrimir esa cláusula prenupcial contra mí. Volveré a Baton Rouge a primera hora y le diré a Ben que quiero el divorcio.