Anatomía de una coartada 26. Ben. Diez años antes
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26. Ben. Diez años antes

Ben

DIEZ AÑOS ANTES

E l apartamento de los Everett en Baton Rouge es más bonito que mi casa de Corbeau.

Eran casi las dos de la madrugada cuando Silas y yo llegamos a Baton Rouge. Él se había quedado frito en el coche durante el trayecto y me costó arrastrarlo adentro. Volvió en sí durante el tiempo justo para meterse en la ducha y se cayó al tratar de salir porque aún estaba borracho.

Ahora está en el sofá. Ha preferido dormir ahí, y no en una de las tres habitaciones.

El corte que tiene en la frente ha dejado por fin de sangrar, pero es probable que requiera un punto o dos.

Le va a quedar una cicatriz muy fea. La rodilla aún la tiene hinchada, pero parece que solo está magullada.

El señor Everett quiere que nos quedemos aquí hasta el domingo. También que salgamos por ahí para cimentar la coartada. Pero a mí me parece una estupidez dejar que la gente lo vea todo magullado el día después del accidente.

Ya llevo un par de horas levantado cuando suena mi teléfono y veo el nombre de Camille destellando en la pantalla. No respondo hasta volver a entrar en la habitación donde he dormido.

—Ey, he estado intentando contactar contigo. —Me cuesta reprimir la frustración en mi tono de voz. Me da la sensación de que las cosas entre nosotros están en la cuerda floja ahora mismo y, a causa de la distancia, procuro no darle ningún motivo para romper. Especialmente después de anoche.

—Perdona, la diferencia horaria lo hace más difícil. Cuando pienso en llamarte, ya estáis allí en mitad de la noche.

—¿Dónde estás ahora?

—En Sevilla, España. ¡Es uno de los sitios que más me ha gustado hasta ahora! Y la comida es buenísima. Voy a tener un montón de contenidos para mi página cuando vuelva.

Camille se apuntó durante el último semestre a un curso de marketing en el que tuvo que abrir una página de internet para un proyecto. El curso ya ha terminado, pero la página sigue activa.

—¡Genial! Me muero de ganas de verlo.

Me tumbo en la cama y la escucho mientras me cuenta todo lo que ha hecho desde que hablamos por última vez.

Mentiría si dijera que no me preocupaba lo que estaba haciendo o con quién iba a verse allí.

Gente que se mueve en los mismos círculos y que dispone de los medios para moverse por Europa todo el verano como está haciendo ella.

Y aunque Camille deteste el poder que ostenta su padre, desde luego no detesta lo que su dinero le permite hacer.

La matrícula en Tulane pagada al contado, el pequeño BMW que conduce, las tarjetas de crédito sin límites…

y un viaje por Europa con todos los gastos pagados.

Es algo un poco hipócrita, en mi opinión.

Aunque, por otro lado, lo que pasa es que tengo celos.

Yo estoy decidido a ser algún día tan rico y poderoso como el señor Everett, si no más. Y ayudar a encubrir a Silas en lo de anoche ha servido para allanarme un poco más el camino.

—¿Y tú qué has estado haciendo? —pregunta Camille al fin.

—No mucho. Trabajar. Aquí la vida no es ni de lejos tan excitante.

—Estaré de vuelta en un par de semanas.

—Me muero de ganas de verte. —Y entonces suelto algo para ver cómo reacciona—. Me encontré con tu padre el otro día. Estuvo sorprendentemente simpático. Creo que me lo estoy ganando poco a poco.

Camille se queda callada.

—¿Sigues ahí?

—Sí. Seguro que quiere algo de ti. Ya sabes cómo es. Y ya sabes que no quiero que tengamos una relación demasiado estrecha con él.

—Sí, estoy de acuerdo. Es que me pareció un poco alucinante.

Salta a la vista que Camille no aprobará que acepte la ayuda que su padre está dispuesto a prestarme, así que tendré que mantenerlo en secreto.

—He de dejarte. Nos vamos a una clase de cocina a la que nos hemos apuntado. Pero te llamaré más tarde. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Justo cuando cuelgo, oigo a Silas en la sala de estar.

—Qué demonios —masculla cuando entro.

Poniendo los ojos en blanco, me desplomo en un sillón junto al sofá.

—Por favor, dime que lo recuerdas todo. Así no tendré que repasar lo que sucedió anoche.

Su expresión aturdida se endurece a media que le vienen a la memoria los detalles. Se vuelve a arrellanar en el sofá y aprieta los párpados.

—Mierda. Esto está jodido de verdad.

—Sí.

Abre otra vez los ojos.

—¿Hubo algún herido en el accidente?

—Ni idea.

Suelta un gemido y se tumba otra vez. Al menos le importa lo suficiente como para preguntar.

—¿Dónde está Margaret? —dice con voz apagada.

—Se fue corriendo en cuanto supo que tu padre venía hacia mi casa. Pero después de que tú le contaras que Margaret estaba contigo, creo que él pensaba hablar con ella.

—Mierda. Esto es un desastre. Seguro que papá está supercabreado. Y a mí me aterroriza averiguar si alguien salió herido. O muerto. No sé cómo podré vivir con una cosa así.

Yo me enderezo en la silla.

—Si alguien ha muerto, no puedes hacer nada para devolverle la vida. Ya encontrarás algún modo de enmendar las cosas más adelante, cuando te sea posible, pero ahora mismo debes dar gracias por no estar encerrado en una celda.

Silas vuelve la cara para ocultar los ojos llenos de lágrimas y se cubre con una manta.

Yo tengo que reprimir mi irritación. El tipo actúa como un idiota y, cuando la cosa se va a la mierda, se pone sentimental, mientras que yo daría cualquier cosa por tener las espaldas cubiertas como él, por tener un padre dispuesto no solo a retorcer, sino a quebrantar la ley por mí.

Mi teléfono vuelve a sonar. Es el señor Everett. Me pongo derecho en la silla, pese a que no puede verme.

—¿Sí?

—¿Cómo está Silas?

—Acaba de despertarse. Estaba un poco aturdido al principio, pero ahora ya está más despejado. ¿Quiere hablar con él?

—No. Ya me ocuparé de él más tarde. Llévalo a casa mañana por la noche.

Kevin Foster estará allí cuando lleguéis.

El nombre de Silas ya figura entre el grupo de gente que fue vista en casa de Paul Granger anoche, así que tendremos que ocuparnos de eso.

Asegúrate de que vuestra historia sea coherente y de que él la explica con escasa o nula emoción.

Ese será el momento que contará de verdad. No me vayas a decepcionar.

Antes de que yo pueda responder, corta la llamada. En el estado en que se encuentra Silas ahora mismo, me espera una dura tarea.

Kevin Foster es el jefe de policía de Corbeau y un buen amigo de los Everett.

No me sorprende que vaya a ser él quien se reúna con nosotros y nos tome declaración.

El señor Everett ha subrayado que debemos preparar una historia coherente, pero la verdad es que podríamos contarle a Foster cualquier cosa y él sacaría a Silas igualmente de la lista de sospechosos.

Después de esto, Silas va a estar en deuda conmigo toda la vida.

—Era tu padre.

Nada. No se mueve siquiera.

—Quiere que vuelvas a casa mañana por la noche. Foster estará allí para tomarnos declaración.

Nada, tampoco.

Cuando ya estoy a punto de apartar la manta para que me haga caso, suena un golpe en la puerta. Ambos reaccionamos a la vez.

Silas se incorpora, abriendo mucho los ojos.

—¿Crees que será la policía?

Encogiéndome de hombros, voy a la puerta y atisbo por la mirilla.

—No, es tu novia.

Él suelta un gemido mientras abro.

—¿Qué haces aquí? —Margaret tiene un aspecto penoso. Los ojos enrojecidos, la nariz irritada.

—Necesito verlo.

—Déjala entrar —dice Silas a mi espalda.

Margaret pasa por mi lado y corre hacia el sofá. Él levanta la manta para que se deslice debajo, a su lado. Ambos quedan cubiertos de pies a cabeza, pero la manta es tan delgada que los oigo igualmente.

—¿Cómo estás? —pregunta ella.

—Fatal. ¿Y tú?

—Bien. Solo preocupada por ti. Preocupada por todo. —Deduzco por su voz estrangulada que está llorando.

—¿Mi padre fue a hablar contigo anoche?

—Esta mañana, a primera hora. Me ha dejado aterrorizada.

Por supuesto.

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha preguntado qué ocurrió y se lo he contado. Me ha soltado todo un rollo, eso de que los amigos son como de la familia y que la familia siempre se mantiene unida. Procuraba que no sonara como una amenaza, pero eso es justo lo que era.

Se quedan callados unos minutos y yo me siento un poco ruin por permanecer ahí, escuchando su conversación, aunque al parecer a ellos no les importa hablar delante de mí. Hay tres dormitorios en este apartamento, si quieren un poco de intimidad.

Al ver que Silas no dice nada, Margaret añade:

—Tú sabes que no hace falta que me amenace. Tu secreto estará siempre a salvo conmigo.

Si algo tengo muy claro es que yo no voy a desperdiciar esta oportunidad, y parece que Margaret tampoco.