25. Aubrey. Después de la coartada #2
—Yo sé que no lo hiciste para eso. —Luego me señala a mí—. Y tú también lo sabes. —Me mira como si le doliera tener que pronunciar la siguiente frase—. Pero hay muchas posibilidades de que fuera para eso.
Deacon vuelve a entrar y oye la última parte de nuestra conversación.
—No es momento para teorías estúpidas.
—¿Qué ha dicho Vic? ¿Fue él quien le envió la foto a Ben? —le pregunto en cuanto se sienta a mi otro lado.
Él asiente.
—Sí. Ben le hizo vigilar a Camille para asegurarse de que estaba donde se suponía que debía estar.
Dijo que ella estaba actuando de un modo extraño y que intuía que tramaba algo.
Vic no tenía ni idea de que la mujer a la que seguía no era Camille.
Y como nosotros no le contamos a él nuestros planes, no podía saber que nos los iba a joder.
Dejo caer la cara sobre las manos.
—Él también está cagado —añade Deacon—. Sabe que es solo cuestión de tiempo que la policía vaya a hablar con él.
Levanto la vista antes de preguntar:
—¿Nos delatará? ¿Les contará lo que estábamos haciendo? —Porque en ese caso yo aún parecería más culpable de lo que ya parezco.
Él niega con un gesto.
—Acabo de recordarle lo que le pasará si lo hace.
Me retuerzo las manos con el faldón de mi camisa mientras asimilo todo lo que ha dicho.
—En realidad, tengo la sensación de que Camille está mucho más expuesta que yo en esto.
Yo tenía su teléfono. Su coche. Sus tarjetas de crédito.
Eso supone confiar mucho en otra persona.
En mí. ¿Realmente lo habría hecho si tenía planeado matar a su marido?
Y de ser así, todos sabemos que yo debí cagarla en algún momento.
Que me captó alguna cámara de vigilancia o algo por el estilo.
¡Y entonces parecerá que yo estaba ayudándola!
Shane ladea la cabeza.
—Estoy de acuerdo con Aubrey. Eso es asumir un gran riesgo.
La inquietud de Deacon por mí se refleja claramente en su rostro.
—El problema es que Ben está muerto y que las dos os tomasteis muchas molestias para ocultar vuestros movimientos ese día. Si la cosa llega a reducirse a su palabra contra la tuya, ¿a quién creerá la gente?
El estómago se me revuelve tan bruscamente que me tapo la boca con la mano porque siento como si estuviera a punto de vomitar. Claro que la creerán a ella. Y Camille tiene relaciones que yo no tengo.
Deacon se levanta, pone un trapo bajo el grifo y me lo trae.
—Póntelo en la garganta.
El frescor me alivia más de lo que imaginaba.
—¿Qué hago ahora?
—Nada —dice Deacon, y todos los demás asienten—. No digas nada. No hables con nadie. Tú misma lo has dicho; su esposa está más expuesta que tú. Esperemos a ver qué sucede.
—Camille me ha dicho que contactará conmigo dentro de unos días. ¿Hablo con ella?
Shane se detiene junto a mi silla.
—Demonios, no. Es más, sal corriendo si intenta hablar contigo.
Se abre la puerta trasera y todos nos volvemos. Es el novio de Serenity, Frank. Parece sorprendido al vernos a todos aquí sentados.
—Joder, perdón. —Le hace una seña a Serenity—. Te espero en la camioneta. —Y luego sale y cierra la puerta.
Ella se levanta de un salto de la mesa.
—He de irme. Que alguien me cuente lo que me haya perdido cuando vuelva.
Miro cómo sale volando con toda la despreocupación del mundo y me pregunto cómo puede estar tan calmada. Pero supongo que no es su cuello el que está en juego, sino el mío.
Shane y Eddie también se marchan, pero ellos solo van al garaje. Deacon y yo nos quedamos solos en la mesa.
Él juguetea con sus llaves hasta que suelta una de la anilla.
—Yo también debo volver al trabajo. Sube a mi habitación y date un baño en mi bañera. Te he oído hablar tantas veces de ella que sé lo mucho que te apetece. No volveré en un par de horas, así que la tienes toda para ti.
—¿Hablas en serio? ¿Me la dejas usar?
Deacon vino aquí unos seis meses después que yo y se quedó lo que había sido en su día el dormitorio principal.
Vio un cartel de SE ALQUILA cuando vino a «charlar» con uno de los vecinos.
Esa es una de las unidades a las que me habría gustado cambiarme…
Ya solo la bañera con patas de garra me hizo pensar mucho tiempo si valía la pena pagar un alquiler más alto.
Pero no me decidí. Y todo salió del mejor modo posible, porque, si no, Deacon no se habría mudado aquí.
Sin embargo, esa bañera está ahora desperdiciada del todo porque no hay forma de que pueda tumbarse cómodamente en ella.
Deacon me dirige una sonrisa torcida.
—Claro que puedes usarla. Te haré una copia de la llave para que la uses cuando quieras.
—Eres muy amable, gracias. —Está lo bastante cerca como para que pueda inclinarme y darle un abrazo rápido.
Él se pone de pie y se va hacia la puerta, pero se detiene antes de salir.
—Volveré dentro de un rato. Llámame si me necesitas.
—De acuerdo. —Ahora estoy más tranquila que cuando he llegado a casa, pero sé que este respiro no durará mucho.
¿Yo creo que Camille mató a su marido?
No, la verdad es que no.
Pero eso no quiere decir que la policía no vaya a centrarse en ella… o en mí, si averiguan lo que hicimos el sábado.