25. Aubrey. Después de la coartada
Aubrey
DESPUÉS DE LA COARTADA
D ecir que Camille está cabreada al verme aquí sería un eufemismo.
Pero yo no iba a dejar escapar esta ocasión para hablar con ella.
Los últimos cuatro días han sido una pesadilla.
El domingo, todo el mundo en la casa estuvo pegado a la televisión mirando las noticias locales sobre la muerte de Ben.
Y unas horas más tarde, la policía se presentó para interrogar a Shane y Eddie sobre el Mustang.
Ese fue un momento aterrador.
Y el hecho de que no se haya producido ninguna detención nos tiene a todos de los nervios. El asesino de Ben todavía sigue suelto, y resulta fácil suponer que su asesinato está relacionado con los planes que había hecho para el sábado. Unos planes que nosotros conocíamos.
Si yo hubiera imaginado que Ben iba a acabar muerto esa noche, jamás habría involucrado a mis amigos.
Ya es hora de tener una conversación franca con Camille. Apuesto a que ella no va a volver a presentarse en el bar próximamente. Y yo sabía que, si venía aquí, ella no tendría más remedio que hablar conmigo.
Camille está junto a los lavamanos con los brazos cruzados cuando yo entro por la puerta del baño.
—No deberías estar aquí. —Está cabreada, pero también nerviosa.
Echo un vistazo a los dos cubículos y veo que las puertas están abiertas, así que estamos solas. Por ahora. Alguien podría entrar en cualquier momento.
—Bueno, ¡es evidente que hemos de hablar!
—Imito su pose y su expresión para que sepa que yo también tengo un buen cabreo—.
¡Estoy muerta de miedo! —Y entonces le hago la pregunta que era lo bastante importante como para arriesgarme a venir aquí—: ¿A Ben lo mataron mientras yo estaba haciéndome pasar por ti?
Ella palidece.
—Yo… no lo sé. La policía no nos ha dicho a qué hora murió. —Tras un momento, parece recobrarse—. Realmente no deberías haber venido.
—¿Qué demonios esperabas que hiciera? No he sabido nada de ti.
Camille se me acerca.
—No estado sola ni siquiera el tiempo suficiente para respirar hondo, mucho menos para pasarme por el bar. ¿Tienes idea de lo que han sido los dos últimos días para mí?
Parece hecha polvo, pero yo procuro no hacer caso. Podría ser una farsa. Esas oleadas de dolor que la asaltan podrían ser fingidas.
—¿Lo mataste tú?
Ella entreabre la boca y da un paso atrás, como si mi pregunta la hubiera golpeado físicamente.
—¡No, yo no lo maté! ¿Es eso lo que crees?
—¿Qué otra cosa voy a pensar? En las noticias no dejan de decir que él llevaba un tiempo muerto cuando lo encontraste el domingo por la mañana… ¡Y tú estuviste escondida en la casa el sábado hasta casi medianoche!
Ella menea rápido la cabeza.
—No, no estaba allí. Él me sorprendió justo después de que un investigador privado que trabaja para él le mandara una foto tuya, vestida como yo, haciendo compras en Saint Francisville.
Eso me desarma por completo.
—¿Cómo?
Camille no me mira.
—¿Ben sabía que era yo, y no tú, la que salía en la fotografía?
Ella asiente.
Ahora mi rabia se dispara.
—¿Por qué no me lo dijiste cuando intercambiamos los coches en la gasolinera? —Empiezo a caminar por el pequeño baño—. ¡Espera! ¿Por qué dejaste que siguiera suplantándote todo el día si él nos había pillado?
—Las dos nos estábamos ocultando cosas. ¿O acaso tú no tuviste nada que ver con el hecho de que tus compañeros llevaran allí el Mustang?
Mierda. No me esperaba que dedujera eso.
Mi expresión debe delatarme, porque ella entorna los ojos mientras me lo reprocha.
—Entonces no te pongas a gritarme por no habértelo contado todo.
Tal vez no hemos confiado la una en la otra hasta el momento, pero vamos a tener que hacerlo a partir de ahora.
Tú y yo hicimos el sábado cosas lo bastante cuestionables como para que la fiscalía pueda colgarnos el asesinato a una de las dos, o a ambas.
La muerte de Ben es un acontecimiento de enorme trascendencia, y tampoco es que mi familia pueda hacer mucho.
Da la sensación de que se ha dejado una parte importante de esa frase. Tampoco es que su familia pueda hacer mucho… para protegerla a ella . Si yo no mantengo la boca cerrada sobre lo que hicimos, no me cabe duda de que me convertiré en el chivo expiatorio, igual que Paul.
—No tardarán mucho en descubrir que tú no estabas en Saint Francisville. Nosotras nos preparamos tan solo para que yo diera el pego si alguien me comparaba con la foto de tu permiso de conducir, pero no para resistir el escrutinio de una investigación.
Ella me mira un buen rato.
—Entonces parece que estamos de todas todas en el mismo barco. Solo debemos asegurarnos de no dar motivos para que nadie quiera indagar demasiado a fondo. —Se vuelve hacia el lavamanos y, tras abrir el grifo, se humedece los dedos y se los lleva a la cara. De veras que no tiene buen aspecto.
Coge una toalla de papel, se seca las manos y se gira hacia mí.
—Si no nos dejamos llevar por el pánico, todo esto se acabará pronto y no tendremos que volver a vernos nunca más. Ben está muerto. Sé que tú querías encontrar respuestas, pero las posibilidades que teníamos de conseguirlas han desaparecido con él.
Yo alzo los hombros al oírla.
—¿Así que eso es todo? ¿Y qué hay de Paul? ¿Sabías que hay un vídeo del accidente?
Camille se estremece, pero no puedo descifrar del todo su actitud para saber si eso es un dato nuevo para ella o no.
—A mí me gustaría verlo —insisto—. ¡Ver el momento en que mataron a mis padres, aunque el hombre que lo hizo esté muerto!
Ella da un paso adelante.
—¡No sé nada de un vídeo! Y no sabemos con certeza si él estuvo implicado en el accidente. Mi marido está muerto. Mi vida es un puto desastre ahora mismo. ¡Lamento no poder pensar en otra cosa!
Dejamos de hablar de golpe cuando se abre la puerta. Nos volvemos en direcciones opuestas y retrocedemos unos pasos. Una mujer mayor entra en el baño y mira a Camille.
—¿Cómo lo llevas, cielo?
Camille se recompone.
—Ahí, aguantando. —Tiene la cara tensa y parece temblorosa.
Decido lavarme las manos para hacer algo mientras la mujer le cuenta una historia de cuando Ben era pequeño. Luego, mientras me las seco, veo que la mujer ha entrado en uno de los cubículos. Camille se me acerca lo bastante para susurrarme al oído.
—Te llamaré al bar dentro de unos días para ver cómo va todo, pero ahora tengo que volver ahí fuera y tú debes marcharte.
Luego gira en redondo sobre sus tacones y sale del baño. Yo la sigo unos pasos por detrás. Observo cómo vuelve a ocupar su sitio frente a la cola mientras me dirijo hacia la salida.
Pero me detengo en seco al verlo.
El hombre trajeado que está junto a ella saludando a la gente como si fuera un miembro de la familia. Tiene al otro lado a una mujer rubia que lo coge del brazo mientras se seca las lágrimas con un pañuelo de papel.
Él debe notar que lo estoy mirando porque sus ojos se encuentran con los míos desde el otro lado del salón.
Es él.
El tipo con el que estuve sentada en el bar Chantilly’s el sábado por la noche.
El que coqueteó conmigo y me propuso que bailáramos.
Un tipo que evidentemente está emparentado con Camille Bayliss.
Envío un mensaje al grupo en cuanto subo al autobús para volver a casa.
Reunión urgente. Llegaré en 20
Deacon me llama nada más verlo.
—¿Qué sucede?
—Verás, ya sé que me dijiste que no fuera a ese rosario, pero lo he hecho.
Tenía que hablar con ella. ¡Y no te lo vas a creer!
Aquel tipo con el que estuve hablando en el bar Chantilly’s…
¡estaba allí! Justo a su lado, en la fila de la familia para recibir el pésame.
—Varios pasajeros se han vuelto a mirarme, así que bajo la voz—.
¿Crees que ella de algún modo me tendió una trampa?
—Mierda. No lo sé. ¿Dónde estás ahora?
—En el autobús.
—Vaya. Yo te habría llevado.
—No, no lo habrías hecho porque me dijiste que no viniera. Llegaré a casa en unos minutos.
—De acuerdo. Nos vemos allí.
Cortamos la llamada. Estoy temblando cuando me bajo en mi parada. Por suerte, solo hay dos manzanas hasta nuestra casa.
Cuando entro por la puerta de la cocina, todos están allí. Deacon aparta la silla que tiene al lado y me indica que me siente.
—He hablado con Camille en el baño de la parroquia donde se ha celebrado el rosario por Ben.
Él descubrió que ella estaba escondida en la casa el sábado por la tarde.
Alguien le envió una foto mía mientras estaba de compras vestida como Camille.
—Miro a Deacon—. Creo que debió ser el investigador que nos estaba ayudando.
—Sujeto el borde de la mesa con tanta fuerza que mis nudillos palidecen.
—Ese hijo de puta —dice Deacon al tiempo que da un puñetazo en la mesa—. Cuéntame lo que te ha dicho.
Cuando le pongo al corriente, se levanta y, sacándose el móvil del bolsillo, se va a otra habitación para hacer una llamada. Seguro que le va a cantar las cuarenta a Vic.
Eddie se deja caer en la silla que Deacon acaba de dejar.
—Mira las fotografías de la familia que he encontrado. A ver si reconoces a ese tipo del Chantilly’s —dice volviendo su teléfono hacia mí. Me basta con mirar la primera foto.
—Es él.
—Mierda —masculla Eddie—. Es el hermano de Camille. Silas.
—¿Cómo?
Shane no para quieto junto a la mesa.
—¿Qué significa esto? No puede ser una coincidencia.
Serenity suelta un suspiro exasperado.
—Claro que no es una coincidencia, no seas idiota.
Camille se cargó a su marido mientras Aubrey le proporcionaba la coartada perfecta.
Apuesto a que su hermano estaba allí para hacerla aún más sólida.
—Yo me quedo con la boca abierta. Ella me mira desconcertada—.
¿Qué pasa? Es lo que yo habría hecho. Una coartada sólida como una roca.
Meneo la cabeza.
—Acabo de hablar con ella. Está hecha polvo. Y me ha dicho que ella no lo hizo.
Serenity suelta una risotada.
—¿Y tú te lo has creído? Ella quería acabar con su matrimonio y…, ¡bum!, ya lo ha conseguido.
—Joder, igual tienes razón —dice Eddie.
Yo me yergo en la silla.
—¡Yo no la encubrí para que ella lo asesinara!
Eddie se señala a sí mismo.