24. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
L lego a la iglesia para asistir al rezo del rosario por Ben con unos minutos de antelación.
Lo más fácil sería deslizarme en uno de los bancos de atrás, pero sé que debo situarme delante, cerca de la familia.
Hay más personas de lo que esperaba y mis pasos resuenan mientras recorro la larga nave central.
No me extrañaría que la mitad de la gente que ha venido lo haya hecho para cotillear, para ver de cerca a la Camille Bayliss que acaba de quedarse viuda.
La diviso en la primera fila, flanqueada a un lado por la familia de Ben y, al otro, por la suya.
En la tercera fila se alza una mano y veo a Lila, que me hace una seña.
—Le he guardado un sitio —me dice.
Paso por delante de unos tipos con los que Ben jugaba al golf para sentarme junto a ella. Tricia y el resto de nuestros empleados están distribuidos en los bancos de detrás.
—Casi llega tarde —me dice ella al oído.
—Más vale tarde que nunca —respondo.
Ella me pasa su móvil con la aplicación de notas abierta.
—Esto es lo que tiene para mañana.
Repaso la lista, preparado para tropezar con más bombas a punto de explotar.
Están el interrogatorio formal que le hará el detective Sullivan a Camille y luego una cita con el juez Whittaker.
Quiere hablar del juicio de Ben que debía empezar mañana.
Al parecer, ya se había aplazado tres veces y el juez quiere fijar de inmediato una nueva fecha.
Termino de mirar el resto de la lista y le devuelvo el móvil a Lila.
—¿Puede enviármela?
—Ya se la he compartido en un mensaje. Solo tiene que abrirlo y aceptar. La iré actualizando cuando haga falta y usted puede añadirme notas. He pensado que sería más fácil así, porque su teléfono no ha parado en todo el día.
Es cierto. Tengo un montón de notificaciones.
Cuando Lila empezó a trabajar conmigo, a mí me preocupaba un poco la dinámica que pudiera producirse.
Era una mujer joven y atractiva, y yo enseguida pasé a depender de ella para casi todo, porque se las arreglaba de maravilla para mantenerme centrado y evitarme distracciones.
Formamos un buen equipo, pero por suerte no ha habido ninguna química entre nosotros.
De hecho, la mayoría de los días tengo la sensación de que, en lo que a cuidarme se refiere, habría superado incluso a mi madre.
—Gracias, Lila —susurro—. Por todo.
Ella me da un codazo.
—No me haga llorar. Acabo de retocarme el maquillaje.
El sacerdote sale de la sacristía y se dirige al púlpito. Los murmullos se extinguen mientras ajusta el micrófono.
—Buenas tardes a todos. Sé que hablo por toda la familia Bayliss al decir que significa mucho que hayáis venido para orar por Benjamin.
—Sus palabras reverberan por todo el templo—.
Su esposa, Camille, y su madre, Suzanne, así como el resto de la familia, se sienten reconfortadas por la cantidad de amor y apoyo que han recibido.
Antes de que empecemos, quiero decir que Benjamin era una persona especial.
Por muy ocupado que estuviera, yo sabía que siempre podía contar con él si aquí necesitábamos algo, tanto si se trataba de participar en el consejo parroquial como de proporcionar ayuda legal a miembros de la congregación que la necesitaban, pero no podían permitírsela.
Serán muchos los que lo echen de menos, y yo mismo, para empezar, estoy cerca de ocupar el primer puesto de esa lista.
Dicho esto, hace la señal de la cruz y empieza a rezar el rosario. Aunque su voz se proyecta a través de los altavoces montados en las vigas, casi queda ahogada por el coro de la concurrencia que reza con él en voz alta.
Yo soy católico, aunque no muy practicante.
Mi madre seguramente se remueve en la tumba al ver que las dos únicas misas a las que asisto son la de Navidad y la de Pascua.
Pero por mucho tiempo que haya pasado, me sé todas las oraciones sin tener que pensarlo siquiera.
Me arrellano en el banco y me dejo envolver por las palabras que suenan a mi alrededor, añadiendo mi voz a la de los demás.
Cuando llegamos a la tercera avemaría, la cadencia de la oración se vuelve casi hipnótica, con las mismas palabras repetidas una y otra vez a un ritmo sombrío.
El sol poniente baña el templo de rojo, verde y amarillo al colarse a través de las vidrieras.
Los altos muros mantienen fresco el interior de la iglesia, lo que resulta reconfortante.
Esto viene a ser como un oasis frente al calor y la humedad que todavía azotan la ciudad a estas alturas del otoño.
Las palabras del sacerdote vuelven a reproducirse en mi mente sobre el murmullo de fondo de las oraciones.
Es evidente que cuando alguien no conoce realmente al finado, recurre a la información transmitida por la familia, pero no es el caso.
Este sacerdote conocía bien a Ben, puesto que él era mucho mejor católico de lo que yo lo he pretendido jamás.
Lo que el padre ha dicho sobre Ben era cierto, aunque también exagerado.
Hemos encontrado una docena de casos abiertos que estaban relacionados con esta iglesia, pero él no los llevaba gratis.
En todos ellos había un trueque. A cambio de sus servicios legales, recibía cosas como un año de cuidado completo del césped, dos juegos nuevos de neumáticos o cortes de pelo gratuitos.
Esa pobre mujer habría tenido que cortarle el pelo durante una década para que ambos quedaran a la par.
Ben raramente hacía algo gratis.
Desde tan cerca, resulta fácil observar a su familia, que está sentada solo dos filas más adelante.
Suzanne, la madre de Ben, ha empezado a sollozar en cuanto el sacerdote ha pronunciado su nombre y no da muestras de que vaya a parar.
El padre de Ben murió cuando él estaba en la universidad, y la madre volvió a casarse con un hombre llamado William Lynch justo después de que Ben se graduara en la facultad de Derecho.
Creo que a él le caía bien William, aunque la verdad es que nunca hablaba de su familia.
Cuesta ver bien a Camille. Tiene la cabeza gacha, con la cara en gran parte oculta tras su larga melena.
Además, lleva unas grandes gafas de sol.
A mí, de todos modos, no me hace falta verle la cara para saber que está en tensión.
Salta a la vista por la posición de sus hombros y por el esfuerzo que hace para volverse lo más pequeña posible.
Tiene a cada lado un espacio libre de unos quince centímetros, pese a lo abarrotado que está ese banco.
El pañuelo que estruja en un puño lo utiliza para secarse las lágrimas que le caen al principio de cada nueva oración.
Camille.
Yo he tenido mi ración de clientes culpables y, si soy de verdad sincero conmigo mismo, sospeché que habían cometido el delito del que se les acusaba a los pocos minutos de reunirme con ellos.
Recuerdo bien el momento en que la vi a ella, sentada en los escalones de la entrada, y apostaría todo el dinero de mi cuenta a que el shock que había sufrido al encontrar muerto a Ben en esa casa enorme que compartían era auténtico.
La reacción más sincera que puedes detectar en una persona se produce en los primeros segundos después de recibir una noticia, buena o mala.
Sin tiempo para digerirla, sin margen para dominarse.
O hay shock o no lo hay. Por eso la mayoría de los detectives, cuando tienen que informar de una muerte a un posible sospechoso, lo hacen en persona.
Ojalá hubiera podido ver la reacción inicial de Camille cuando encontró el cuerpo de Ben, pero solo puedo guiarme por lo que me ha mostrado luego.
Concluimos la última oración. El sacerdote se guarda el rosario en un bolsillo oculto de su sotana y carraspea como tratando de recuperar su voz normal después de hablar tanto rato con ese tono monocorde.
—Gracias de nuevo por venir hoy a orar por Benjamin. La familia y yo os invitamos a pasar al salón de la parroquia para tomar un ligero refrigerio.
El padre baja del púlpito y, tras hacer una genuflexión frente al altar, se acerca al banco de delante donde se halla sentada la familia. Se inclina para hablar con ellos en voz baja y todos se ponen de pie y lo siguen por la nave central hacia la puerta de la iglesia.
En cuanto han pasado, todo el mundo se dirige hacia el salón de la parroquia. Cuando llego allí, la cola para hablar con la familia se extiende a lo largo de la estancia y sale por la puerta; seguramente debe llegar hasta el aparcamiento.
Sopeso la idea de irme y volver al trabajo, pero toda la oficina está aquí y quedaría fatal si me largase.
Suzanne y William son los primeros en saludar a la gente a medida que va llegando; luego está Camille, con la hermana mayor y el cuñado de Ben a su lado.
Y después está la familia de Camille. Sus padres, Randall y Marie, y Silas y Margaret.
Camille se aparta de la fila al verme y me da un abrazo rápido; luego su madre hace que vuelva para presentarle a alguien.
Randall me dirige un gesto con la cabeza y yo se lo devuelvo. No me apetece volver a hablar con él.
Cojo una silla y paso por detrás de la fila, donde quedo oculto en gran parte, y aguardo a que termine este ritual.
Aunque Ben y Camille proceden de la misma pequeña ciudad, sus familias no podrían ser más distintas.
La madre de Ben trabaja como auxiliar en el pequeño hospital local y su padrastro vende seguros.
Viven modestamente en la misma casa donde se criaron Ben y su hermana.
Nada más lejos de la casa enorme que Ben y Camille reformaron.
Mientras que William y Suzanne llevan una vida sencilla, Ben parecía estar esforzándose para emular el estilo de vida en el que se crio Camille.