23. Camille. La coartada
Camille
LA COARTADA
T ú no deberías estar aquí.
Ben se aparta de la pared en la que estaba apoyado y se acerca. Yo aún estoy en el suelo, de modo que retrocedo hasta que choco con la librería. La silla sigue volcada entre ambos.
Él se detiene frente a mí.
—Obviamente, tenemos un problema.
No es una pregunta, así que no respondo.
—Levántate. —Me tiende una mano, pero yo no sé si cogerla. Ben no se mueve, permanece ahí con la mano tendida, aguardando a que yo me decida a aceptar su ayuda. Me pongo de pie en un instante y, con la misma rapidez, aparto mi mano de la suya.
—Iba a llamarte para decirte que venía para aquí. He empezado a encontrarme mal y quería acostarme en mi propia cama. —Mi mente da vueltas a toda velocidad.
Él ladea la cabeza y arquea una ceja. Saca su móvil y vuelve la pantalla hacia mí.
—Entonces ¿quién está en Saint Francisville haciendo compras con tu tarjeta de crédito y conduciendo tu coche? ¿Quién lleva encima tu teléfono?
Es Aubrey con la peluca. Está delante de una caja registradora, sujetando una lámina enmarcada de hojas de helecho.
La imagen está tomada prácticamente de espaldas, pero se le ve un poco el perfil.
Una persona que no me conociera tal vez creería que soy yo, pero para Ben salta a la vista que no es así.
No voy a contarle nada. Se pondría furioso si supiera que es Aubrey.
—La verdad es que me he quedado un poco perplejo al recibir esta fotografía.
Si tu coche y tu teléfono estaban en Saint Francisville, ¿dónde demonios estabas tú?
Luego he comprobado la ubicación de tus demás dispositivos —dice, señalando el iPad que tengo bajo el brazo—.
Imagínate mi sorpresa cuando el puntito azul ha aparecido aquí.
Yo no digo nada. Me quedo ahí, paralizada. No sabía que pudiera rastrear también la tableta.
Soy idiota. Rematadamente idiota.
Ben se agacha y recoge las cámaras que han ido al suelo cuando me he caído de la silla.
—¿Qué son estas cosas?
Empiezo a temblar. Ben nunca me ha maltratado físicamente, pero me aterroriza lo que pueda hacer cuando descubra lo que he grabado hoy.
Su expresión cambia al darse cuenta de lo que son.
—¿Cuántas más hay en la casa?
—Eh…, un par más.
Él arruga la frente.
—Enséñamelas todas.
Ben me sigue de cerca mientras yo voy hacia la puerta principal. No me atrevo a mirarle cuando saco la pequeña cámara de la maceta del porche delantero, que me permitía ver claramente el sendero.
—¡Joder, Camille!
Me vuelvo y le tiendo la cámara. Él me la arrebata de la mano.
—¿Estaban conectadas a la nube?
Niego con la cabeza.
—No. Solo con una tarjeta de memoria interna.
Él vuelve a la cocina, coge una de esas bolsas térmicas que utiliza para llevar las bebidas cuando juega al golf y mete dentro las tres cámaras.
—¿Dónde están las demás?
Hay un silencio mortal mientras vamos de una habitación a otra para recogerlas. No sé por qué me estoy rindiendo de esta manera, como no sea por el temor a lo que pueda suceder si las descubre por su cuenta.
—¿Ya está? —Sacude la bolsa ante mis narices, haciendo que las cámaras repiqueteen dentro.
De nuevo en la cocina, tira la bolsa sobre la encimera y me señala el taburete donde Margaret estaba sentada hace solo media hora.
—No voy a sentarme ahí. —Voy hasta la mesita y me dejo caer en la silla más cercana.
Él abre cada cámara por la parte trasera y saca las tarjetas de memoria, que son diminutas, más pequeñas que la uña de un pulgar.
Observo cómo va al fregadero, abre el grifo y las arroja para que se vayan por el sumidero.
Luego, por si acaso, pone en marcha el triturador de desperdicios.
El crujido metálico del aparato inunda la cocina.
Finalmente, viene a sentarse en la silla que tengo al lado. Parece calmado, pero es una imagen engañosa. Por debajo de esa fachada, está hirviendo de rabia.
—Has hecho un gran esfuerzo para asegurarte de que yo no supiera que estabas en casa, que me estabas filmando. ¿Por qué?
No voy a permitir que él le dé la vuelta a la situación. Puedo estar aterrorizada, pero también estoy cabreada, así que me concentro en ese sentimiento y dejo que salga a la superficie.
—Tú has hecho un gran esfuerzo para que creyera que seguías en Nueva Orleans. ¿Por qué?
Él se acerca más, dejando apenas unos centímetros entre ambos. Su boca se tuerce en una sonrisa.
—Me gusta ver lo furiosa que estás conmigo. Prefiero esta Camille a la mocosa enfurruñada que has sido últimamente.
¿Qué demonios? ¿Acaso cree que esto es un juego?
—No sé de qué estás hablando.
Ben se levanta y se inclina sobre mí. Pone las manos en los reposabrazos de mi silla, acorralándome.
—Claro que lo sabes. Ha resultado tremendamente difícil vivir contigo en los últimos meses. Siempre malhumorada. Atacándome y luego castigándome con el silencio. Así que, cuéntame, ¿qué motivo tienes para estar tan cabreada? Di lo que tengas que decir. Es algo que te ha estado atormentando, lo sé.
Le doy un empujón en el pecho. Él se echa un poco hacia atrás, pero no se mueve de su sitio.
Está pulsando todas las teclas para provocarme, para ponerme a la defensiva.
Quiere averiguar lo que sé. Lo que he oído.
Lo que he descubierto hoy y lo que ya había descubierto.
Y por algún motivo, no puedo evitarlo y reacciono tal como él espera.
—¿Yo estaba incluida en el trato que hiciste con papá para encubrir a Silas? A cambio de una coartada, ¿conseguiste una esposa?
Ben da un paso atrás, con el rostro demudado.
—Tú no tienes ni idea de lo que he hecho por tu familia. Por tu hermano. He hecho todo lo que querían durante años. —Abre los brazos abarcándolo todo—. Me he encargado de que tuvieras una vida de ensueño y tú me pagas merodeando por la casa para espiarme.
Me levanto de la silla, mandándola hacia atrás hasta que choca con la pared.
—Parece más bien que es mi padre quien se ha encargado de que tú tuvieras una vida de ensueño. Está claro que jamás habrías tenido tanto éxito sin su ayuda.
Nos miramos el uno al otro. Él aprieta los labios, como tratando de refrenar sus palabras. Finalmente, me pregunta:
—¿Por qué estás aquí espiándome? Te has pasado todos estos putos años ignorándolo todo de buena gana. Dispuesta a tomar lo que se te daba y a esconder la cabeza bajo el ala. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Es la segunda vez que dice eso sobre mí.
—¿Escondiendo la cabeza bajo el ala? —Se me escapa un grito antes de que pueda contenerme—.
Yo sabía que te traías algo entre manos.
Simplemente no sabía qué era. —Aún no estoy dispuesta a dejar que sepa que Aubrey está involucrada en esto porque no sé cómo reaccionará.
Todavía sigo rezando para que no la reconozca en esa fotografía que acaba de enseñarme.
Él suelta una ronca risotada.
—¡Joder! ¿Y todo esto porque creías que «me traía algo entre manos»? Qué absurdo. ¿Y qué pensabas hacer? ¿Divorciarte? Porque ya te digo que eso no va a suceder.
—¡No vas a poder impedir que me divorcie de ti! ¡Me tiene sin cuidado el trabajo sucio que hayas hecho para mi padre o para Silas! Ya he descubierto lo suficiente para saber que no quiero seguir casada contigo.
Él menea la cabeza y suaviza la expresión.
—¿Qué crees que has descubierto? Nos has oído hablar a Margaret y a mí de algo que sucedió hace una década.
Te has enterado de que hice lo que tu padre me pidió para proteger a tu hermano.
¿Acaso vas a contárselo a alguien? ¿Acaso vas a contar lo que hizo Silas?
—Me estremezco ante sus palabras—. Puedes abandonarme, pero te irás con mucho menos de lo que tenías cuando te casaste conmigo, gracias al contrato prenupcial que firmaste.
Y te lo garantizo, tu padre se pondrá de mi lado, no del tuyo, puesto que yo soy la única persona que podría mandar a su hijo pródigo a la cárcel.
Me pongo a temblar cuando da un paso hacia mí. Me coge una mano.
—¿Y a dónde vas a ir, Camille? ¿Otra vez a casa, en Corbeau?
Lo único que yo estoy haciendo es tratar de liberarme de las garras de tu padre.
Lo mismo que llevo intentando desde hace años.
Ya habíamos hablado de ello. Tú has dado por supuesto lo peor de mí, de manera que has retorcido lo que has visto y oído para que encajara con esa versión.
Pero los dos seguimos queriendo exactamente lo mismo.
Que tu padre salga de nuestra vida. Eso es lo único que estoy tratando de hacer.
Empiezo a dudar de mí misma, pero intento no olvidar que es un maestro de la manipulación.
—No. Estás tergiversando las cosas.
—No estoy tergiversando nada. Tú has aplicado tus ideas y sentimientos a mis actos. Lo has interpretado todo pensando en ti, no en mí.
¿Qué demonios pasa aquí? Pretende que me sienta culpable y lo está consiguiendo de verdad.
Ya no sé qué pensar, y eso es lo peor.
Ben da otro paso hacia mí.
—Ya he hecho planes que lo cambiarán todo.
Que nos liberarán de la soga que tu padre nos ha puesto al cuello durante todos estos años.
Podemos resolver esto. Encontrar un modo de que las cosas vuelvan a funcionar.
Sé que no soportas que la gente hable de ti.
De nosotros. De tu familia. Solo debes confiar en mí como antes.
Confía en mí tal como yo confío en ti. Me mata que hayas perdido la fe en mí hasta ese punto.
Lo único que yo he deseado siempre es cuidarte. Darte la vida que te mereces.
Está dándole la vuelta a la situación, convirtiéndome en la mala.
¿Yo soy la mala?
Me doy cuenta de que estoy dejando que tome las riendas de la conversación, como siempre hago. A él se le da muy bien manipular a la gente, a sus clientes, a los jurados…, a cualquiera que se le ponga delante.
—Me voy. —Empiezo a caminar hacia la puerta de la cocina.
Él me sigue.
—¿Quién te está ayudando? ¿Quién es esa mujer?
Me giro en redondo y veo que ha vuelto a abrir la fotografía en su móvil.
—Y a ti ¿quién te ha enviado esa foto? ¿Qué suponías que ibas a pillarme haciendo?
Se le pone la cara roja. No puede soportar que le haya espiado. Que sepa todo lo que hoy ha hecho aquí. Pero él no sabe lo que yo he hecho ni quién me ha ayudado. Estoy segura de que está repasando mentalmente todo el día, minuto a minuto, para deducir cuánto he llegado a descubrir.
Mira la fotografía, luego echa un vistazo hacia su despacho y me mira a mí.
Yo vuelvo a dirigirme hacia la puerta, pero él me sujeta del brazo.
Me arrastra fuera de la cocina y a través del vestíbulo hasta entrar otra vez en su despacho.
Estamos junto a su escritorio, donde veo una foto de Aubrey Price en una carpeta abierta.
Ben me suelta para coger esa fotografía.
Cuando coloca juntas ambas imágenes, queda claro quién me está ayudando.
—Tiene que ser una jodida broma. —Sus ojos me taladran—. De entre todas las personas posibles, ¿por qué es Aubrey Price la que se está haciendo pasar por ti?
Ay, mierda. Se le marca esa vena en la frente.
No respondo. No abro la boca.
—No tienes ni idea de lo que has hecho. —Tira la foto impresa y su móvil sobre el escritorio—. Ahora vas a cargar tú con esta mierda. —Ben retrocede, se aparta de mí—. Tendrás que explicarle a tu padre por qué has metido a esa mujer en este asunto.
Eso me asusta más que ninguna otra cosa.
Pero no pierdo el tiempo intentando comprender a qué se refiere; salgo disparada hacia la puerta y vuelvo corriendo a donde está aparcado el Honda.
Una vez dentro, suelto un grito. Me tiemblan las manos y vuelvo a tener ganas de vomitar. Las lágrimas me ruedan por la cara.
¿Qué he hecho?
Cojo la bolsa de plástico del asiento trasero, saco el teléfono de prepago que compré en Target y lo enciendo.
Pensé que quizá necesitaría un teléfono en algún momento y que no tendría ninguno porque Aubrey se habría llevado el mío.
Hago una llamada que realmente no deseo hacer, pero me temo que no me queda otro remedio. Mi hermano responde al segundo tono.
—Hola.
—Si, soy yo. Cam.
Él vacila un momento antes de responder.
—¿Desde qué teléfono me llamas?
—Es uno de esos de prepago. —Se me quiebra la voz—. Estoy en un aprieto y no sé qué hacer.
—Has hecho lo correcto. Llamar a tu familia. ¿Qué sucede?
Se me escapa un sollozo y necesito unos segundos para recuperar la voz.
—Es Ben. Me ha sorprendido espiándolo y se ha puesto como loco.
—Cuéntamelo todo.
Y eso hago.