21. Ben. Diez años antes #3
—Después de dejar a Margaret, tú y Silas os habéis ido a nuestro apartamento de Baton Rouge, donde habéis pasado el resto del fin de semana, tal como habíais planeado. Si alguien te pregunta, esto es exactamente lo que dirás.
No sé bien lo que yo me esperaba, pero desde luego no era esto.
—Usted quiere que yo sea su coartada.
—¿Tú quieres a mi hija?
La pregunta resulta tan sorprendente que doy un paso atrás.
—Usted sabe que sí.
—Pues eso te convierte en miembro de la familia.
—Por su modo vacilante de pronunciar estas palabras, deduzco que le ha costado decirlas—.
Y en una familia todos se ayudan unos a otros.
La familia protege a la familia. La familia se ocupa de que sus miembros tengan éxito en la vida.
—Hace una pausa teatral—. Si alguna vez la pelota ha estado en tu tejado, es en este momento.
Nunca más tendrás una oferta como la que te estoy proponiendo.
Él es consciente de lo tentador que resulta esto para mí. Si encubro a Silas, él no se interpondrá en nuestra relación.
Pero todavía no ha terminado.
—Y luego está lo que ha ocurrido esta tarde.
Mi madre.
Ella no ha vuelto a ser la misma desde que mi padre murió el año pasado.
Esta tarde he recibido una llamada suya en el trabajo.
Estaba borracha, llorando y desvariando, y decía que íbamos a perderlo todo.
La casa, su empleo, su coche. Yo sabía que ella tenía problemas emocionales y económicos, pero no que la cosa estaba tan mal.
Y no puedo hacer gran cosa hasta que me gradúe, pues a duras penas consigo subsistir por mi cuenta.
Las becas, los préstamos de estudios y un empleo de verano son lo único que me permitirá volver a la universidad este otoño.
La segunda llamada que he recibido esta tarde era del director de la oficina bancaria.
Al parecer, mamá ha ido allí para suplicarles que le den más tiempo para pagar la hipoteca y un plazo del coche.
A juzgar por las palabras del director, ha montado un numerito.
Yo le he dicho que iría para estudiar el asunto, cosa que pensaba hacer durante la pausa del almuerzo del lunes.
No debería sorprenderme que el tipo haya llamado al señor Everett después de hablar conmigo.
No habrá querido perder la oportunidad de explicarle la situación de mi familia, ya que estoy saliendo con su hija.
—¿Cómo se encuentra tu madre ahora? He oído que ha pasado una tarde difícil.
Esto no debería resultar tan humillante como de hecho me resulta. Ella es una mujer en pleno duelo. He de tragarme el nudo que tengo en la garganta para poder responder.
—Está descansando.
En realidad, ha perdido el sentido antes de que yo llegara aquí. Estaba desplomada en el sofá con una botella de vodka al lado. La he metido en la cama sin que se despertara.
—Otra ventaja de formar parte de la familia…
, de mi familia…, es que nosotros cuidamos de las personas que nos importan.
Y como es evidente que a ti te importa tu madre, a mí también me importa, razón por la cual me ocuparé de que reciba la ayuda que necesita y de que el banco comprenda que es necesario un poco de indulgencia en tiempos difíciles como estos.
Mierda. Ahora sabe que me tiene atrapado.
Porque el hecho de que esté dispuesto a no interponerse entre Camille y yo no garantiza que Camille y yo vayamos a seguir juntos.
Ahora bien, ofrecerse a ayudar a mi madre lo cambia todo.
Ella, con la depresión que la atormenta y la impulsa a beber, necesita ayuda.
Ayuda económica. Cosa que yo no puedo darle.
—Ben, ¿tengo razón al considerarte parte de la familia?
Vacilo solo un segundo antes de responder:
—Sí, señor. Será un honor formar parte de su familia.
La cara del señor Everett se relaja por primera vez desde que ha llegado. Silas me mira fijamente, al parecer asombrado por el hecho de que haya aceptado el plan de su padre.
Randall me tiende la mano y yo se la estrecho. No puedo evitar la sensación de que acabo de hacer un pacto con el diablo.
—Espero que los dos estéis en la carretera de Baton Rouge en los próximos diez minutos. No paréis por el camino. Ni en ninguna parte. Llamaré mañana para ver cómo va todo.
—¿Y Margaret? —pregunta Silas.
—Hablaré con ella en persona.
Noto que Silas querría decir más, pero no lo hace.
—Y ninguno de nosotros le contará esto a nadie —dice Randall mirándome a mí—. Ni siquiera a Camille. ¿Lo entendéis? Nosotros cuidamos a las mujeres de nuestra familia. Nos ocupamos de que nunca tengan que preocuparse por las cosas que hacemos para protegernos unos a otros.
—Sí, señor —murmuramos los dos.
Él da media vuelta para marcharse, pero se detiene cuando Silas dice:
—¿Sabes si ha habido algún otro herido en el accidente?
La mirada que le dirige el señor Everett me provoca un escalofrío.
—¿Qué accidente? —Y luego se aleja.
Cuando me dispongo a volver dentro para recoger mis cosas y ponernos en marcha, Silas dice en voz baja:
—No tienes ni idea de lo que acabas de aceptar.