Anatomía de una coartada 21. Ben. Diez años antes #2
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21. Ben. Diez años antes #2

Al ver que asiente, ella se aparta acongojada, como si separarse de él le resultara doloroso. La expresión de Silas no refleja lo mismo.

—Puedes salir por la puerta principal —le digo a Margaret.

Cuando ella se ha marchado, Silas se deja caer en mi cama y luego se tumba.

—Llámale y acabemos con esto de una vez.

Este estropicio no será tan fácil de esconder debajo de la alfombra como todos los demás. Esto es solo el principio.

Vacilo unos segundos antes de marcar el número del señor Everett. Es tarde, pero sé que me responderá.

—Ben, ¿hay algún problema? —Habla con voz ronca, como si lo hubiera despertado.

—Sí, señor. Silas está en mi casa. Ha habido un accidente.

—Que se ponga.

Le paso el teléfono a Silas.

—Hola, papá. La he cagado.

Silas mantiene la cabeza gacha mientras habla en voz baja por teléfono, repitiendo lo que ambos hemos sabido por Margaret. Y tal como ella ha supuesto, no menciona que su novia estaba presente. Luego se queda callado y escucha lo que está diciéndole su padre.

Al colgar, nos quedamos los dos en silencio un buen rato.

—Viene para aquí —dice Silas por fin—. ¿Podría tomarme un café?

La adrenalina provocada por el accidente y la huida hasta aquí seguramente lo ha despejado un poco, pero es evidente que no está sobrio, y deduzco que quiere estarlo antes de que llegue su padre.

—Sí. Dame un minuto.

Me voy a la cocina. Nuestra cafetera es vieja, pero todavía consigue hacer un café decente. Vuelvo con dos tazas, una para él y otra para mí, porque parece que la noche va a ser larga. Le doy la suya con un par de analgésicos.

—Tómate esto con el café.

Él se levanta y deambula renqueante por la habitación, dando sorbos a su taza, como si a pesar de su embriaguez supiera que tiene que estar preparado para lo que se avecina.

—¿Tienes otras heridas, aparte de las de la frente y la rodilla? —Lo último que me hace falta es que el único hijo varón de Randall Everett se muera en mi habitación por una hemorragia interna.

—Qué demonios, no lo sé. Me duele todo.

El señor Everett tardará al menos veinte minutos en llegar, y eso suponiendo que no pierda más tiempo vistiéndose.

Silas deja su taza vacía en mi mesilla y se vuelve a tumbar en mi cama.

—Ahora no podré salir nunca de Corbeau.

Yo estoy sentado en la silla de mi escritorio y me giro al oírlo.

—¿Qué quieres decir?

—La he cagado. Papá lo arreglará y luego lo utilizará contra mí toda la vida. —Habla en voz tan baja que casi no le oigo. Y luego se queda frito.

Mientras duerme la mona, yo camino por la habitación. Cuanto más tarda el señor Everett, más nervioso me pongo.

Por fin suena en mi teléfono el zumbido de un mensaje anunciándome que está fuera. Me acerco a la cama y tengo que sentar a Silas para conseguir que se despierte.

—Tu padre está aquí.

Silas me sigue por el pasillo. Ahora se mueve de un modo más estable que cuando ha llegado, pero aún no está del todo despejado.

Randall nos está esperando en mi pequeño porche delantero. Las luces están apagadas, pero la luna brilla lo bastante como para poder distinguir sus rasgos. Nos mira fijamente a los dos y, por algún motivo, me da la sensación de que yo también estoy en un aprieto.

Mientras él recorre con la vista la parte delantera de mi casa, yo trato de verla con sus ojos.

Randall sabe dónde vivo desde que empecé a salir con Camille, pero nunca había estado aquí.

Esta casa es tremendamente distinta de la que ellos tienen en las afueras.

La primera vez que yo vi su casa fue durante una excursión de octavo curso, cuando estábamos estudiando la historia de Luisiana en la clase de Sociales.

Los Everett ofrecieron a nuestra clase un tour por su granja y nos explicaron cómo se cultiva y se cosecha la caña de azúcar.

La casa era la más grande que había visto en mi vida.

Sé que a Randall le revienta que yo presencie esto, sabiendo que él lo arreglará. Porque si algo tengo muy claro es que va a arreglarlo.

Él se acerca más a Silas, lo sujeta de la barbilla y le echa la cabeza hacia atrás para verlo mejor.

—¿Necesitas unos puntos?

—No, señor. —El tono y la actitud arisca que Silas empleaba con Margaret han desaparecido.

—Quizá tengan que examinarle la rodilla.

El señor Everett no se molesta en mirarme mientras sigue inspeccionando a su hijo.

—Qué jodido desastre —masculla. Se aparta de Silas con expresión asqueada—. ¿Quién más está enterado de lo ocurrido, aparte de tú y Ben?

Aguardo para ver si Silas menciona a Margaret. Él titubea el tiempo suficiente como para hacerme pensar que no va a decir que ella estaba presente, pero al final confiesa la verdad.

—Margaret estaba conmigo. Me ha ayudado a llegar aquí. La verdad es que, sin ella, todavía estaría sentado en esa camioneta.

—Si no fuera por ella, tú estarías trabajando en Texas y no relacionándote con camellos despreciables.

Silas mira hacia el suelo sin decir nada.

—¿Paul Granger sabe que has cogido su camioneta para dar una vuelta?

—No lo creo. Se ha quedado frito antes de que nos fuéramos.

Al ver que no va a sacarle nada más a su hijo, el señor Everett se vuelve hacia mí.

—Estoy seguro de que eres lo bastante inteligente como para suponer lo que vamos a necesitar de ti, pero voy a explicártelo para que te quede bien claro.

No va a resultar sencillo arreglar este estropicio de mierda.

Así pues, he aquí lo que ha sucedido esta noche.

Silas ha decidido no marcharse con los demás a la fábrica de algodón porque había hecho planes contigo.

Tú has ido a casa de Paul y has recogido a Silas y Margaret poco después de que todos se fueran.

Una vez en tu coche, habéis dejado a Margaret en su casa.

—Hace una breve pausa, mirando a Silas—.

Supongo que es allí a donde se ha ido corriendo en cuanto ha sabido que yo venía.

—Sí, señor. —Apenas reconozco esta versión sumisa de Silas.

El señor Everett se vuelve otra vez hacia mí.