Anatomía de una coartada 21. Ben. Diez años antes
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21. Ben. Diez años antes

Ben

DIEZ AÑOS ANTES

P asan unos minutos hasta que los golpes me despiertan del todo. Me levanto tambaleante de la cama y abro la puerta de la habitación solo para descubrir que no hay nadie. ¿Acaso lo he soñado?

Toc, toc, toc.

—¡Ben! ¡Abre!

Los golpes vienen de la ventana. Cruzo la habitación todavía medio dormido y, al apartar las cortinas, veo a Margaret.

Abro la ventana de inmediato.

—¿Estás sangrando?

Ella se pasa la mano por la frente para limpiarse la sangre.

—Solo un poco, me parece. —Se vuelve y tira del brazo de Silas para hacerle entrar por la ventana—. Necesitamos que nos ayudes.

Tirando yo hacia dentro y ella empujando desde fuera, tardamos unos minutos en meterlo dentro. Él gime al aterrizar en el suelo y se lleva la mano a una parte de la frente que también tiene ensangrentada.

—¿Qué demonios os ha pasado?

La llamada que he recibido sobre mamá esta tarde ha sido el final de mierda de lo que ya era una semana de mierda, y lo último que me hace falta en la medianoche de un viernes son las mierdas en las que se hayan metido el hermano pequeño de Camille y su novia.

Margaret no responde hasta que se ha colado en la habitación y ha cerrado la ventana y corrido las cortinas.

—Algo terrible, Ben. —Al fin me mira a los ojos—. He pensado que tu casa era el sitio más cercano a donde ir.

Si se han metido en un lío en esta parte de la ciudad, sin duda no puede ser nada bueno.

Silas está muy maltrecho. Apenas parece consciente y la frente no cesa de sangrarle. Tiene la rodilla derecha tan hinchada que se ve dos veces más gruesa que la izquierda.

Al volver en sí, recorre despacio mi habitación con los ojos vidriosos.

—¿Dónde coño estamos? —dice con voz rasposa. No es de extrañar que no reconozca mi habitación porque nunca había estado en mi casa. De hecho, Camille solo ha venido aquí unas pocas veces, pese a que llevamos saliendo desde el último año de secundaria.

Margaret se deja caer junto a él.

—Estamos en casa de Ben.

Silas se la queda mirando.

—Estábamos en aquella camioneta…

Ella asiente.

Él intenta incorporarse, pero acaba cayendo sobre Margaret.

—Mierda, me duele la cabeza.

Joder, vaya desastre.

Cojo una toalla y se la tiro a Margaret.

—Prefiero que no me manche la alfombra de sangre.

La observo mientras le seca la cara a Silas.

Estos dos son una auténtica calamidad. Silas es la encarnación del engreído gilipollas que sabe que el dinero resuelve todos los problemas y que él nunca deberá cargar con las consecuencias.

Papá siempre lo ha arreglado todo y siempre lo hará.

Margaret procede de la misma parte de la ciudad que yo, vive a un par de calles de aquí; le echó el lazo a Silas en segundo de secundaria y ya no lo ha soltado.

Hay un montón de similitudes entre ella y yo, y a mí no se me escapa que la mayoría de la gente de esta ciudad nos pone a los dos en el mismo saco cuando hablan de las parejas que han escogido los hijos de Randall Everett.

Es evidente que Randall preferiría que ambos se relacionaran con gente que él considerase de su altura social, pero no hay nadie que encaje en esa categoría en esta ciudad.

Los Everett constituyen una clase por sí solos.

Se hicieron grandes esfuerzos para que Camille mantuviera sus opciones abiertas cuando la enviaron a estudiar a la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans.

Y habría resultado fácil conseguirlo, porque yo fui a la Universidad Estatal de Luisiana, pero de algún modo conseguimos seguir juntos.

Aunque no estoy seguro de que nuestra relación sobreviva a su periplo veraniego por Europa.

Sus llamadas y sus mensajes se están volviendo cada vez menos frecuentes.

A Randall le gusta mandar fuera a sus hijos durante el verano. Se supone que Silas está trabajando en un rancho ganadero de Texas, pero no deja de venir a escondidas para ver a Margaret siempre que se presenta la ocasión.

—¿Alguien va a contarme qué ha pasado?

Silas me mira con expresión confusa y se vuelve hacia Margaret.

—Nos hemos subido a esa camioneta —dice simplemente. Su memoria parece haberse interrumpido en ese momento.

Me aprieto el puente de la nariz y hago un esfuerzo para no perder los estribos con este par de idiotas.

—Deduzco que ha habido un accidente, ¿no?

Él se lleva las manos a la cabeza y se agarra el pelo, gimiendo de dolor.

—¿Por qué estábamos en esa camioneta?

—¿Cuánto ha bebido? ¿Y qué ha tomado? —le pregunto a Margaret—. ¿Y de quién era la camioneta? —Silas tiene un Jeep de esos potentes, no una camioneta. Margaret no tiene coche.

Ella ignora mi pregunta y responde a Silas.

—Querías ir a comprar algo de comida. ¿Recuerdas?

Él levanta la cabeza de golpe.

—Joder. Si lo recordara, ¿te estaría preguntando por qué estábamos ahí?

Esto la deja sin aliento.

—Vale, vamos a calmarnos —digo—. Ella solo está intentando ayudarte, Silas. No seas gilipollas.

Margaret alza las manos para defenderlo, aunque no se lo merezca.

—No pasa nada, Ben. Está confuso. Y herido.

Yo ya no aguanto más sin saber qué está pasando.

—Margaret, o me dices qué ha ocurrido o ya podéis salir por la ventana y largaros a otro sitio.

Silas se vuelve hacia ella, como si su respuesta le intrigara tanto como a mí.

—Estábamos en casa de Paul Granger…

Yo la interrumpo, mirando a Silas.

—Tu padre se pondrá furioso si se entera de que frecuentas la casa de Paul.

—Deja que termine. —Ahora es él quien la defiende a ella.

Margaret me lanza una mirada y luego se concentra en Silas.

—Todos estaban allí: Grant y Emily, Jack, Nathan y Sam. De fiesta. Tú has querido quedarte cuando los demás se han ido a la fábrica de algodón.

La fábrica está justo en las afueras de la ciudad, y los chicos de secundaria suelen ir allí cuando no tienen otra cosa que hacer.

—Silas, ¿no se suponía que tú debías estar en Texas ahora mismo?

Él se tumba en el suelo, tapándose la cara con la toalla.

Los ojos de Margaret se llenan de gruesas lágrimas.

—Yo lo convencí para que viniera este fin de semana.

Margaret y Silas se graduaron hace poco, en el mes de mayo, y están viviendo ahora ese extraño verano en el que, aunque todo aún sigue igual, se sabe que el cambio está al caer, porque solo faltan unas cuantas semanas para la universidad.

Es como un picor del que no consigues librarte.

Un anhelo de algo que todavía no sabes qué es, lo que suele llevar a cometer estupideces.

Mis amigos y yo solíamos frecuentar la casa de Paul, pero luego dejamos de hacerlo.

El grupo de Silas, sin embargo, está empezando ahora a recorrer ese camino.

—¿Por qué no os habéis ido con todos los demás? —le pregunto a ella.

—Él tenía hambre, pero su Jeep no estaba allí. Paul se había quedado frito, así que hemos cogido su camioneta —dice con una voz aguda, estridente.

Silas se remueve en el suelo, tratando de encontrar una posición cómoda para su rodilla inflamada. Mantiene la toalla sobre la frente.

—Recuerdo que estábamos en casa de Paul. Recuerdo que hemos dicho que iríamos a comprar comida. Después lo tengo todo borroso. —Habla arrastrando la lengua, y yo no sé si recordará esta conversación mañana, y mucho menos el accidente—. No deberías haberme dejado conducir.

Margaret suelta un ruidoso sollozo.

—O sea que habéis cogido la camioneta para comprar comida y habéis tenido un accidente.

De nuevo, ambos la miramos buscando su confirmación.

—Sí. Había un coche. Ha aparecido de repente.

—¿Dónde ha sido? ¿Ha habido algún herido? —pregunto, aunque me aterroriza oír la respuesta.

Ella se encoge de hombros y empiezan a caerle las lágrimas.

—En Maple Road. Nos hemos bajado de la camioneta y hemos echado a correr. —Eso queda a solo unas calles de aquí.

Silas aparta la toalla.

—¡Mierda! —Empieza a dar golpes en la alfombra con la mano—. ¡Mierda! ¡Mierda!

—No grites. Vas a despertar a mi madre. —Mi madre está medio inconsciente en su habitación, y aunque no creo que una bomba fuera capaz de despertarla, es mejor que Silas baje la voz.

Saco el móvil de mi bolsillo trasero.

—Voy a llamar a tu padre, Silas.

Él levanta la cabeza.

—¿Qué? ¡No! ¿Para qué vas a llamarle? —Ahora parece asustado de verdad.

—¡Porque esto no puedo manejarlo yo solo! Has robado una camioneta, has chocado con otro coche y te has largado de allí. Y seguramente se cabreará cuando se entere, pero los dos sabemos que es el único capaz de sacarte de esta mierda.

Silas se desploma otra vez, pero es evidente que sabe que tengo razón.

—¿Dónde está el baño?

—Al otro lado del pasillo.

Margaret lo ayuda a levantarse y trata de acompañarlo, pero él se zafa de ella.

—No necesito tu ayuda para mear.

Ella se aparta y Silas está a punto de caerse de culo, pero se agarra del extremo de mi cama. Si esto no fuera tan trágico, resultaría cómico.

Mientras Silas sale de la habitación tambaleándose, Margaret vuelve a sentarse en el suelo.

—No le digas al señor Everett que estoy aquí. Que yo estaba con él. —Lo dice con una voz apagada, rota—. Ese hombre me odia. Quiere que Silas rompa conmigo.

En ese momento, muy a mi pesar, siento cierta camaradería con ella. Los dos estamos luchando con uñas y dientes para conservar la pareja en contra de los deseos de Randall Everett.

—Márchate. Vete a casa. Yo no diré que estabas aquí, pero no puedo prometerte que Silas no lo haga.

—No lo hará. Él sabe cómo reaccionaría su padre. Silas me quiere.

Me cuesta trabajo no poner los ojos en blanco. Para mí está clarísimo que Silas solo se quiere a sí mismo y que será un milagro si todavía siguen juntos en cuanto haya empezado el primer semestre.

Él parece estar algo mejor cuando vuelve a mi habitación dando tumbos, porque se ha lavado la sangre de la cara, aunque aún tiene la camisa manchada.

Margaret se levanta y se lanza en sus brazos, con lo que ambos están a punto de caerse.

—Ben dice que debería irme antes de que llegue tu padre, porque ya sabemos cómo se pondrá. Llámame luego, cuando puedas hablar.