20. Camille. La coartada
Camille
LA COARTADA
M argaret Everett.
La esposa de mi hermano.
Incluso en esta imagen reducida y granulosa, está tan impresionante como lo ha estado siempre desde que Silas empezó a salir con ella en secundaria.
¿Es esta la «reunión» que Ben tenía planeada antes de ir a casa de Foster? ¿Por qué necesitaba montar un plan tan elaborado para reunirse con ella?
Ben le indica con un gesto que entre.
—Pasa. ¿Te apetece beber algo?
—Sí. Agua, por favor.
Me muevo con sigilo por la buhardilla mientras los observo.
Ya llevo horas aquí arriba y me siento muy inquieta.
Lo que yo esperaba ver era cómo alguien le traía a Ben la información, pero hasta ahora no ha pasado nada parecido.
Resulta difícil no tener la sensación de que me han tendido una trampa en cierto modo, de que Aubrey sabía más sobre lo que iba a pasar hoy de lo que me ha contado y de que yo solo soy un peón en su juego.
En lugar de llevarla al despacho, la guía hasta la cocina.
Ben se toma su tiempo para ir a la nevera, saca una botella pequeña de agua y la deja sobre la isla central; luego le señala el taburete más cercano a la esquina.
Ella se sienta, desenrosca el tapón y da un sorbito, mientras que Ben se sitúa frente a ella, en el otro lado de la isla.
—Gracias por acceder a verme. —Margaret lo mira agitando las pestañas, tal como siempre hace con mi hermano. ¿Para qué ha venido?
—Claro, ya sabes que estoy siempre a tu disposición. —La actitud de Ben es distendida, pero su forma de ladear la cabeza y la línea de su boca me dicen que no le complace esta visita.
A mi mente acuden recuerdos de ciertos momentos entre ellos que yo había preferido ignorar.
Ligeros roces que no eran exactamente inapropiados, pero parecían un poquito demasiado íntimos.
Alguna mirada entre ambos que suscitaba la impresión de que compartían los mismos secretos.
Nada abiertamente sexual, pero sí una familiaridad que no era normal.
Ahora, sin embargo, el lenguaje corporal de Ben me confunde.
—Te ha enviado Silas… —No es una pregunta.
Ella niega con la cabeza y estruja la botella con la fuerza suficiente como para que se derrame el agua.
—No, él no sabe que estoy aquí.
Ben se la queda mirando.
—En la colecta de fondos me dijiste que necesitabas hablar conmigo. En privado. ¿Qué sucede?
—Creo que Silas está a punto de hacer algo drástico. Está entrando en pánico. Sabe que tú has estado vigilando a Aubrey y está convencido de que Foster, antes de morir, le envió a ella lo que tenía. Y de que es solo cuestión de tiempo que tú se lo arrebates.
¿Cómo?
¿Por qué Margaret y Silas saben de Aubrey?
¿Y Foster ha muerto? ¿Cuándo murió?
No, no, no.
Esto no me gusta.
No me gusta la sensación de ser la única persona de mi familia que no sabe lo que está pasando.
Antes de que Ben pueda responder, Margaret añade:
—Silas tiene a alguien vigilándola también. Consiguió unas fotografías en las que apareces tú hablando con dos tipos que viven allí y arreglan coches en el garaje. —Señala hacia el sendero de acceso—. Fotos de ellos trabajando en ese coche que tienes ahí afuera.
¿Qué demonios está pasando aquí?
¿Shane y Eddie viven en esa casa con Aubrey? Cuando yo indagué un poco, después de encontrar aquella servilleta del bar, me centré en la otra mujer que vive allí. Pensaba que Ben me estaba engañando y apenas presté atención a los tipos que viven en la casa.
Mi mente gira a tal velocidad que casi me entra un mareo. Y luego me siento cabreada. Muy cabreada.
La risa de Ben resuena en la cocina.
—¿Me tomas el pelo? ¿Te has molestado en venir para decirme que Silas está espiándome? —Alza la mirada hacia el techo, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro—. Esto es increíble. Me subestimas si crees que no sé todo lo que está haciendo tu marido.
—No, no es por eso. Deberíamos colaborar todos juntos. Pero no lo estáis haciendo y, si seguimos así, nos va a explotar todo en la cara.
Ben tiene una expresión escéptica mientras rodea la isla para acercarse a ella.
—Eso ya lo intenté. Randall y Silas olvidan que si ellos están enterados de esa mierda de Foster es solo porque yo se lo expliqué cuando el expediente del caso aterrizó en el escritorio de Hank.
Margaret suelta una carcajada.
—Bueno, perdona. Yo solo estoy procurando que nadie haga una locura, porque parece que todos estáis perdiendo el juicio con este asunto. Ellos piensan que tú vas a utilizar la prueba en su contra. Eso es lo que les preocupa. ¡Tú solo tienes que decirles que no vas a hacerlo!
Ben da otro paso hacia ella, lo que hace que Margaret se eche atrás en el taburete.
—Tienen motivos para preocuparse. ¡Te aseguro que lo primero que haré será utilizarla para liberarme de las garras de Randall Everett, con las que me ha tenido sujeto durante todos estos años!
—Tú sabes que, si consigues esa prueba el primero, esto no acabará bien para ti. Ninguno de los dos te permitirá jamás tener un poder de ninguna clase sobre ellos.
Ben acerca la cara a la de Margaret. Veo cómo se le hincha una vena en la frente.
—Yo no accedí a encubrir a Silas la noche en que mató a esa gente solo para que el puto Randall Everett pudiera controlar el resto de mi vida.
Espera un momento.
Espera, espera.
¿Qué está diciendo?
Fue Ben el que estuvo implicado aquella noche, ¿no?
Ben.
No Silas.
Silas ni siquiera estaba en Corbeau aquel verano. Yo me fui de mochilera por Europa y Silas estuvo trabajando en un rancho de Texas.
Por eso nunca había considerado siquiera que Silas pudiera haber estado implicado en el asunto.
Ben se aparta de Margaret con las manos en los bolsillos; una extraña calma desciende sobre él.
—Yo jamás habría accedido a ser su coartada si hubiera sabido que eso iba a convertirme en la marioneta de Randall durante todos estos años, ni más ni menos que todas las personas que hacen trabajos sucios para él.
Me siento asqueada. Y confusa.
¿Era Silas el que conducía la camioneta de Paul aquella noche?
Y todo el mundo en mi familia parece saberlo, excepto yo.
La rabia me sube del fondo de las entrañas y se extiende por todo mi cuerpo. Estoy temblando, estoy furiosa. Y triste. Y asqueada.
Esto es una pesadilla.
Entonces Ben le lanza una mirada mordaz.
—¿Para qué has venido, en realidad? Esta conversación podríamos haberla tenido por teléfono.
Ella se vuelve hacia él.
—Ya te lo he dicho. Estoy preocupada por Silas. Y creo que él quiere contárselo todo a Camille. Le incomoda que ella no sepa lo que sucedió ni hasta qué punto tú estás involucrado con Randall. Ya sabes lo furiosa que se pondría.
Él se cruza de brazos. Puede ser muy intimidante cuando quiere.
—Me importa una mierda lo que le cuente. Esconderá la cabeza bajo el ala como ha hecho toda su vida. A Camille le encanta fingir que no sabe de dónde sale el dinero y adopta una posición de superioridad moral, siempre y cuando no le afecte a su tren de vida. Y esto no es distinto.
Me derrumbo en el suelo y tengo que taparme la boca para sofocar el grito que estoy deseando soltar.
Margaret deambula en círculos por la cocina ante la mirada de Ben.
—Randall no se quedará de brazos cruzados esperando a ver qué pasa.
Ben da un golpe en la encimera y ella pega un respingo.
—Yo ya estoy harto de Randall. Harto de asumir los casos que él quiere que lleve, simplemente para evitarles la cárcel a sus amigos corruptos.
Harto de ayudarlo a llenarse los bolsillos.
Ha llegado la hora de llenarme los míos.
Y no voy a empezar a seguir ese camino con Silas.
Esta basura se acaba esta noche. Y lo último que necesito es tu jodida ayuda para hacerlo.
Vuelvo a desplomarme en la silla y trato de recuperar el aliento.
No tenía ni idea de que Ben hubiera estado tan involucrado en las mierdas de mi padre durante todos estos años.
Eso es precisamente lo que yo no quería.
Nunca he deseado vivir así. Por eso he dudado tanto en fundar una familia, porque nunca he querido traer un hijo a este tipo de vida tan corrompida.
Hay un temblor nervioso en la voz de Margaret cuando vuelve a hablar:
—Ya veo que tienes un plan. ¿Qué piensas hacer?
Ben se le acerca tanto que apenas hay espacio entre ambos. Aprieta la mandíbula. Conozco esa mirada. Está haciendo un esfuerzo para no perder los estribos. Le rodea las muñecas con las manos, inmovilizándolas.
—¿Ha sido Silas quien te ha enviado aquí? ¿Os habéis vuelto contra mí?
Ella niega con la cabeza.
—¡No! ¡Él está en la granja! ¡Te juro que él no me ha enviado! —Noto por su expresión que Ben le está apretando demasiado fuerte.
—Nos conocemos desde hace mucho, Margaret. No lo olvides, yo soy el guardián de los secretos.
Margaret se zafa de él y retrocede.
—Será mejor que me vaya. Pronto se preguntará dónde estoy.
Se me revuelve el estómago y siento fuertes punzadas en la cabeza.
La bilis me sube por la garganta. Corro al cubo y vomito todo lo que tenía en el estómago hasta que solo doy arcadas.
Me entran sudores por todo el cuerpo y me siento pegajosa.
Necesito un buen rato antes de regresar tambaleándome a la silla.
Cuando vuelvo a coger la tableta, Margaret se ha ido y Ben está otra vez en el despacho, trabajando como si no le importara nada, mientras que yo estoy aquí con la sensación de que todo mi mundo ha saltado por los aires.
Soy idiota. Rematadamente idiota. Antes, mientras hablaba por teléfono, él ha dicho que tenía un par de reuniones antes de ir a casa de Foster, y a mí se me encoge el estómago al preguntarme quién va a presentarse ahora. No sé si seré capaz de soportar más descubrimientos sobre Ben o mi familia.
Su teléfono empieza a sonar.
—Sí. —Ben se echa atrás en la silla mientras escucha a su interlocutor—. Saca una foto y envíamela.
La llamada concluye. No puedo ver la pantalla de su teléfono desde este ángulo, pero parece que él esté esperando a que le llegue la fotografía que ha pedido. Se nota claramente en qué momento la recibe porque se yergue en la silla.
Ben mira el teléfono un buen rato y luego da unos golpecitos en la pantalla en un gesto un tanto frenético. Al cabo de unos minutos, se lleva el aparato otra vez a la oreja.
—Salgo ahora de casa —dice en cuanto le responden, y luego cuelga con la misma brusquedad.
No sé cuál es el asunto que lo reclama, pero me alegro de que se vaya porque yo tengo que salir de esta buhardilla y de esta casa antes de perder el juicio. Antes de hacer algo que tenga que lamentar.
Ben recoge rápidamente, cierra el portátil y toma sus llaves. Al cabo de unos minutos, oigo el ruido característico de la puerta del garaje al abrirse.
En cuanto oigo que vuelve a cerrarse, me pongo en marcha.
Salgo de la buhardilla, bajo corriendo las escaleras hasta la planta baja, me voy directa a la cocina y cojo la cámara.
Luego entro a toda prisa en su despacho para coger la que hay allí.
Acerco una silla y me subo encima para alcanzar la estantería donde la he escondido.
No sé lo que voy a hacer con la grabación, pero no quiero dejarla aquí, porque hay muchas posibilidades de que nunca vuelva a poner un pie en esta casa.
—Tú no deberías estar aquí.
Doy un grito y pierdo el equilibrio. Aterrizo en el suelo, junto a la silla volcada.
Y ahí está Ben, apoyado en la pared, mirando las cámaras que han caído a mi lado.