Anatomía de una coartada 19. Aubrey. La coartada
43%

19. Aubrey. La coartada

Aubrey

LA COARTADA

D ecir que me pone nerviosa entrar en una prisión de máxima seguridad sería un eufemismo.

El terreno donde se halla la prisión fue en tiempos una plantación llamada Angola, así que la mayoría de la gente la conoce con ese nombre y no con el oficial, Penitenciaría del Estado de Luisiana.

Angola es la prisión de máxima seguridad más grande de Estados Unidos y un sitio brutal donde estar encarcelado.

Tiene una larga y siniestra historia. Realmente siniestra.

Los grupos de activistas llevan décadas haciendo campaña para que se introduzcan cambios y han obtenido con los años algunas pequeñas victorias, pero aún queda mucho camino por recorrer.

A mí se me encoge el estómago cada vez que pienso en lo espantoso que sería que Paul Granger hubiera sido encerrado aquí por un crimen que no cometió.

Deacon se detiene cerca de la entrada y, después de poner punto muerto, se vuelve hacia mí.

—¿Estás absolutamente segura de que quieres hacer esto?

Yo asiento e intento tragarme el nudo que tengo en la garganta.

—Pienso que debo hacerlo, especialmente después de todo lo que he descubierto en las últimas semanas.

—De acuerdo. Tómate el tiempo que haga falta. Yo te esperaré aquí.

Me bajo del coche antes de que me entren las dudas. El trayecto hasta la entrada del centro de visitantes resulta sobrecogedor, sabiendo lo que hay al otro lado de la alta valla rematada con alambre de cuchillas.

Hay una fila de personas esperando para firmar en el registro. Tardo unos diez minutos en llegar al mostrador. El guardia me observa cuando me acerco a la ventanilla. Hay una gruesa mampara de cristal entre nosotros, con un pequeño cajón abajo que está abierto por mi lado.

—Identificación y nombre del recluso al que quiere visitar.

Me saco del bolsillo el permiso de conducir y lo deposito en la bandeja metálica.

—Vengo a ver a Paul Granger.

El guardia tira del cajón, de manera que se cierra por mi lado y se abre por el suyo; examina mi permiso y empieza a teclear mi nombre en su ordenador.

Tienes que estar en la lista de visitantes aprobados de un preso para que te dejen entrar.

Paul Granger lleva un tiempo escribiéndome cartas para que vaya a verlo, así que me consta que estoy en esa lista; en cambio, es imposible que Deacon figure en ella, razón por la cual tiene que esperar fuera.

Ambos hemos leído las normas una docena de veces.

Yo me he asegurado de no llevar ninguna ropa de aspecto similar a la de los reclusos o los celadores.

Tampoco nada demasiado ceñido o revelador.

Solo llevo conmigo la documentación, nada más, así que no debería haber ningún motivo para que me nieguen la entrada.

El cajón se desliza y vuelve a abrirse. En su interior están mi permiso de conducir y una hoja plastificada.

—Por favor, lea las normas y dígame si las ha entendido.

Leo la hoja.

El recluso al que tiene permiso para visitar está autorizado a tener contacto con usted.

Los visitantes pueden abrazar y darle al recluso un beso breve en señal de afecto —no un beso largo— al empezar y finalizar la visita.

El único contacto permitido es cogerse de las manos.

Las muestras de afecto excesivo o las conductas sexuales inapropiadas entre los reclusos y los visitantes están terminantemente prohibidas.

Cualquier contacto inapropiado entre un recluso y un visitante constituirá un motivo para interrumpir la visita de inmediato.

Dejo la hoja plastificada en el cajón y miro al guardia.

—He comprendido las normas.

—Siga hasta la zona de control. Tiene permitido un máximo de dos horas de visita.

Me sitúo en la siguiente cola. Esta se parece a la del control de seguridad de un aeropuerto.

Volvemos a enseñar los documentos de identidad y todas nuestras pertenencias pasan por una máquina de rayos X mientras atravesamos un detector de metales.

La única diferencia con un aeropuerto es que aquí hay unos perros enormes sujetos con cadenas por los guardias.

No me imagino cómo podrías arriesgarte a pasar algo de contrabando frente a estos perros.

Una vez que hemos cruzado el control de seguridad, nos suben a un viejo autobús escolar pintado de blanco con el nombre oficial de la prisión en un lado.

Hay un breve trayecto hasta el edificio donde podremos reunirnos por fin con los reclusos.

Por lo que he podido averiguar, en cuanto he declarado que venía a ver a Paul, los guardias le notificarán que tiene una visita e iniciarán el proceso para traerlo hasta aquí.

Nos bajan del autobús y nos llevan a un edificio rectangular. Por dentro, es un gran espacio abierto con mesas distribuidas por toda la sala. Cuando llego a una mesa vacía, noto que el sudor me resbala por la espalda. No sé si he estado nunca tan nerviosa en toda mi vida.

Un guardia se acerca y me pregunta:

—Nombre del recluso al que viene a ver.

—Paul Granger.

Él asiente, toma nota en su sujetapapeles y se aleja.

La sala está llena de gente, pues el horario de visita empezaba a mediodía, y hay tanto ruido que a duras penas oigo mis propios pensamientos, lo cual quizá tampoco me venga mal.

Hay guardias patrullando por la sala que se encargan de hacer cumplir el contacto limitado que todos hemos tenido que aceptar antes de acceder a la prisión.

Identifico a Paul en cuanto entra. El guardia le señala mi mesa y, al cabo de un momento, lo tengo sentado frente a mí. Aunque solo han pasado diez años, parece como si hubiera envejecido el doble. Ahora tiene cuarenta, pero su pelo está casi del todo gris y su cara, curtida y arrugada.

Me da la sensación de que se me está cerrando la garganta. Como si ni siquiera pudiera tragar saliva.

—No puedo creer que estés aquí. Que hayas venido a verme después de tantos años. —Parece aliviado. Tan contento que me hace sentir incómoda.

Aguarda a que le diga algo, cualquier cosa, pero es como si yo no pudiera articular palabra.

—¿Estás bien, Aubrey?

Esta es la primera vez que lo veo en persona desde que fue condenado. Muevo la cabeza para asentir y, finalmente, inspiro hondo y carraspeo.

—Tengo que hacerte algunas preguntas.

Él asiente varias veces rápidamente.

—Pregúntame lo que quieras.

—En la carta que me escribiste, decías que había una nueva prueba que demostraría que tú no estabas conduciendo tu camioneta aquella noche, pero que no ibas a decirme cuál era. Ahora estoy aquí, sentada frente a ti, y creo que ha llegado el momento de que me lo digas. ¿De qué se trata?

Él parece sorprendido por mi pregunta. Pero yo necesito la respuesta.

Y no hay motivo para que no me la dé. Paul nunca me ha mencionado el nombre de Kevin Foster, así que no se imaginará que yo sé que él es su fuente.

Nosotros lo hemos descubierto porque el investigador privado ha traicionado a Ben.

El riesgo que estamos corriendo es enorme y necesitamos toda la información posible.

Tenemos que saber qué estamos buscando, si se trata de un dispositivo digital, de fotografías o de una grabación.

O simplemente de un montón de papeles. Tenemos que poder estrechar la búsqueda cuando se presente la ocasión.

Al ver que no responde de inmediato, le recuerdo lo que acaba de decirme.

—¿Qué ha pasado con lo de «pregúntame lo que quieras»?

—Perdona. Te voy a responder. Pero, por favor, estoy confiando en ti. Tú no sabes lo fácil que sería que desapareciera esa prueba. Y me temo que, si la gente equivocada se entera de que existe, acabará desapareciendo.

—No estaría aquí si no me tomara muy en serio este asunto.

Pasan unos cuantos segundos más.

—Es un vídeo de una cámara de seguridad de la gasolinera de la esquina que hay en el cruce donde se produjo el accidente.

Aguardo a que diga algo más, pero él se me queda mirando.

—Y esa… persona que vino a verte y te contó esto, ¿te dijo cuándo consiguió la prueba? ¿Fue entonces o hace poco?

—Me dijo que la había conseguido a la mañana siguiente del accidente.

—Deduzco que era un policía el que vino a verte. —Estoy presionándolo para ver si va a confiarme el nombre de Foster—. Quiero decir, ¿quién más revisa las cámaras de vigilancia a la mañana siguiente de un accidente?

Paul abre mucho los ojos.

—Eh…, por favor, no me obligues a responder.

Así que la respuesta es no. Resulta que no confía en mí hasta ese punto.

—¿Tú le preguntaste por qué no entregó el vídeo aquella mañana?

Paul se encoge de hombros.

—Se lo pregunté. Lo único que me dijo fue que entonces estaba haciéndole un favor a alguien.

—Pero ¿el vídeo muestra algo? ¿Algo que demostraría que tú no eras el conductor?

—Sí, eso es lo que dice.

Esto resulta tremendamente frustrante en muchos sentidos.

—¿Te dijo quién era el conductor?

Paul menea la cabeza.

—No, no me lo dijo. En realidad, él no quería contarme nada de esto.

Solo vino a disculparse conmigo porque, por su culpa, yo estoy encerrado aquí.

Me dijo que había encontrado a Dios y que tenía que arreglar las cosas.

Él sabía que yo no había matado a tus padres, pero dejó que la responsabilidad recayera sobre mí.

Yo le dije que solo podría perdonarlo si me sacaba de aquí.

Ese es el único motivo por el que me habló del vídeo.

Luego me dijo que buscaría un modo de conseguir mi libertad, pero que estaba en una posición difícil.

Hay algunas personas muy bien relacionadas que van a cabrearse si las traiciona, y le preocupan su esposa y sus hijos.

Me pidió que no contara nada hasta que él pensara cómo hacer llegar el vídeo a la gente adecuada.

—Pero tú sí lo contaste. Vi los posts de tu madre en las redes sociales. Ella se lo está diciendo a todo el mundo.

Él cierra los ojos con fuerza. Una expresión dolida le cruza el rostro. Deduzco que no le dejan acceder a internet y que seguramente no lo sabía.