Anatomía de una coartada 18. Hank. Después de la coartada
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18. Hank. Después de la coartada

Hank

DESPUÉS DE LA COARTADA

E y, Hank —dice Camille con voz rasposa.

—Ey, solo te llamaba para ver cómo estabas y para decirte que el detective Sullivan se pasó ayer por aquí. Ya han terminado con tu casa.

—¡Ah! ¿Tan pronto?

—Sí, no han tardado mucho, más que nada porque deben haberse centrado en el despacho de Ben.

Voy a enviar a un equipo para limpiar el estropicio que habrán dejado.

El polvo para detectar huellas lo deja todo perdido.

Es posible que empiecen mañana; si no, lo más tarde el jueves.

Deberían haber terminado el viernes o el sábado, y entonces ya podrás volver a casa cuando quieras.

—No me entusiasma estar en casa de mis padres, pero no creo que pueda volver allí, al menos hasta que atrapen al que haya hecho esto. ¿Te dijo el detective si tenían alguna pista?

Me arrellano en mi silla, girándola hacia la ventana.

—No. Y no podrá decirnos gran cosa; de lo contrario, pondría en peligro su investigación. Así que vamos a estar en la inopia por el momento, hasta que estén en condiciones de hacer una declaración pública.

Ella tarda bastantes segundos en responder.

—¿Crees que tienen algún sospechoso?

—Creo que están investigando a todas las personas relacionadas con Ben.

Camille se queda callada, así que cambio de tema.

—Hay algo que te quería preguntar. ¿Ese Mustang de 1970 aparcado junto al garaje es de Ben?

Otra larga pausa.

—Sí. Lo compró hace poco.

Mientras miro el tráfico que circula frente a la ventana, reflexiono un momento y llego a la conclusión de que eso no encaja en modo alguno con el Ben que yo conocía. Pero no voy a presionarla sobre este punto.

—Me sabe mal cargarte con más cosas ahora mismo, pero el detective Sullivan necesita interrogarte formalmente.

—¿Qué significa «formalmente»?

—Tan solo que se hará concertando una cita, no de un modo improvisado como el sábado. Tendrá preguntas preparadas. Tú eres la esposa de Ben. Eres la persona que lo encontró. Era de esperar que quisieran hablar contigo, probablemente más de una vez. Y no hay motivo para que no cooperemos.

—Por supuesto —murmura ella—. ¿Dónde será? ¿Tengo que ir a la comisaría?

—Lo haremos mañana en la sala de reuniones de la oficina. Pensé que era mejor que pasaras antes el rosario de esta tarde.

—Uf, el rosario. Le dije a mi madre que esperase hasta que tuviéramos organizado el funeral y que lo hiciéramos entonces, pero ella y papá ya lo tenían planeado una hora después de que yo llegara a su casa el domingo por la noche.

El funeral no se celebrará hasta que entreguen el cuerpo, cosa que podría tardar un poco.

—Sí, estoy de acuerdo en que es muy pronto, pero supongo que la mayoría de la gente siente la necesidad de hacer algo, ya me entiendes, aunque solo sea rezar por él.

Ella gime con tono lastimero.

—Va a ser una pesadilla. Sé que todos lo hacen con buena intención, pero ya no estoy segura de cuántas veces más podré aguantar que me digan: «Lamento tu pérdida».

Y solamente han pasado dos días. —Suelta una risa llorosa—.

Por Dios, ¿qué me pasa? La gente solo quiere ser amable y yo no hago más que quejarme.

El peso de la conversación hace que me eche hacia delante en la silla, con los codos apoyados en las rodillas.

—Yo quizá no sea capaz de decir las palabras adecuadas, pero lo que puedo asegurarte es que a mí puedes decirme lo que quieras sin temor a ser juzgada.

Yo también soy de una ciudad pequeña, así que me hago una idea de la cantidad de gente bienintencionada que se habrá presentado en casa de tus padres para darte el pésame desde el momento mismo en que llegaste, y de lo agotador que debe ser.

Ella suelta un sollozo desgarrador.

—¿Sabes? A mí me llevó algún tiempo, pero al final ya me había reconciliado con la idea de ser vista solamente como la «esposa de Ben», como si esa fuera la única forma de definirme.

Siempre se esperaba que asumiera ese papel, toda mi persona quedaba definida por esa posición.

Yo me esforzaba siempre para no hacer nada que lo eclipsara.

Y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, me he convertido en la «esposa del abogado asesinado».

Y no sé qué se supone que debe hacer o decir esa esposa.

El silencio entre ambos se alarga mientras asimilo sus palabras. Las sopeso debatiéndome entre la Camille que yo creía conocer y la Camille que estoy descubriendo hoy. Me pregunto por primera vez si no soy yo el único que sintió una punzada de alivio al enterarse de que Ben había muerto.

—A mí me parece que la esposa del abogado asesinado puede hacer lo que le dé la puta gana. O nada en absoluto. También creo que ella puede mandar a todo el mundo a la mierda si le apetece. No le debes nada a nadie.

Camille suspira estremecida. Está llorando y yo me siento como un gilipollas por haber abordado así la cuestión, hasta que ella me dice:

—Gracias por no andarte con rodeos. Por darme el espacio para decir cosas que horrorizarían a la mayoría de la gente. —Luego cambia bruscamente de tema—. ¿Qué crees que esperará ese detective de mí? Yo no sé… quién le ha hecho esto a Ben.

—Lo único que se espera es que respondas con sinceridad a sus preguntas. —Me tomo unos momentos para decidir cómo formular la parte siguiente—. A mí puedes contarme cualquier cosa. Ya lo sabes.

No puedo librarme de la sensación de que me está ocultando algo. Y yo no puedo ayudarla si ella no confía en mí.

Camille permanece callada al otro lado de la línea tanto tiempo que miro el teléfono para ver si se ha cortado la comunicación.

—Gracias, Hank. Te lo agradezco.

—Yo siempre estaré aquí a tu disposición. Nos vemos en el rosario.

Cuando ella cuelga, me quedó mirando el ajetreo de la calle a través de la ventana, dándome unos minutos para digerir todo lo que me ha dicho. Al oír que se abre la puerta de mi oficina, salgo de mi ensimismamiento.

Lila trae una carpeta azul bajo el brazo, una bolsa de papel marrón en una mano y una gran taza de café en la otra. Deja la bolsa y el café en un lado del escritorio y me mira con expresión mordaz.

—He supuesto que, si no le traía el almuerzo, usted se quedaría aquí comiéndose los puños antes que salir a buscar algo.

Cojo primero el café.

—No sé qué haría sin usted.

—Yo tampoco. —Lila me tiende la carpeta en lugar de dejarla encima del montón que hay en la esquina del escritorio—. Uno de los clientes de Ben está en la sala de espera. Se empeña en verle hoy. Este es su expediente.

Cojo la carpeta con un suspiro quejumbroso y la abro. El nombre que figura en la carátula me sorprende: Pete Sanders, director ejecutivo de una de las mayores empresas de construcción de Baton Rouge.

—Dígale que estoy terminando una reunión y que le recibiré en breve.

—De acuerdo —dice ella, saliendo y cerrando la puerta.

Para tratarse de un caso tan importante, el expediente contiene muy poca información.

Solo los datos de contacto y un listado sobre las actividades de la empresa, pero casi nada sobre el delito que se le imputa, salvo una copia de la acusación original.

Nuestro bufete no suele asumir demasiados casos de guante blanco, pero Ben hizo una excepción con Pete porque está muy bien relacionado en los círculos sociales en los que él se movía.

Pete ha sido procesado por una práctica clásica de soborno.

Le acusan de ofrecer dinero a los funcionarios del Departamento de Transportes a cambio del contrato para reconstruir varios puentes dañados durante el último huracán que pasó por aquí.

Él insiste en su inocencia y asegura que los licitadores perdedores están propalando falsas acusaciones.

Miro el montón de carpetas de la mesa que me traje del despacho de Ben. Si la memoria no me falla, una de ellas está llena de documentos sobre este caso. Voy a buscarla, me la llevo al escritorio y la abro.

Contiene una gran cantidad de información, incluyendo notas manuscritas sobre el caso.

Y entonces caigo en la cuenta. Ben guardaba un juego de expedientes aquí y otro muy diferente en casa.

En las notas manuscritas, fechadas hace unos seis meses, queda claro por qué.

Hay una lista de las personas que han acusado a Pete Sanders de maniobras ilícitas, así como datos de la vida privada de todos ellos, incluidos los nombres y las direcciones de sus familiares, e informaciones delicadas que ninguno querría que se hicieran públicas.

Y luego una nota críptica que dice: «El Jefe proporcionará la fecha y las horas».

¿Quién demonios es «el Jefe»?

Cuanto más leo, más incómodo me siento. Es obvio que Ben estaba planeando intimidar a los testigos, o ya lo había hecho.

Lo último que deseo ahora mismo es mantener una conversación con Pete Sanders, pero lo mejor será arrancarse esa tirita cuanto antes.

Le envío un mensaje a Lila para que lo haga pasar.

La puerta se abre y mi secretaria extiende un brazo para indicarle que entre en mi despacho.

Pete está cerca de los sesenta. Es un hombre de estatura media, pero con una complexión corpulenta que le da un aspecto rechoncho. Y en lugar de asumir su calvicie, se peina el escaso pelo de atrás hacia delante para formar una cortinilla que le cubra la parte superior de la cabeza.

Me levanto cuando entra, pero no rodeo la mesa para saludarle como haría normalmente.

Nos damos la mano por encima del escritorio y le indico la silla que hay junto a él.

—Siéntese y cuénteme qué le trae por aquí.

Él se toma su tiempo para acomodarse sin dejar de mirarme en ningún momento. Yo me relajo, dándole la impresión de que tengo todo el día.

—Puesto que Ben ha muerto, ¿esta conversación está protegida por la confidencialidad entre cliente y abogado? —No es una pregunta del todo inesperada, pero la brusquedad con que la formula resulta chirriante, lo mismo que el hecho de que no exprese sus condolencias por la muerte imprevista de Ben.

—Sí, por supuesto.

—Bien, perfecto. Necesito saber qué pasa ahora con mi caso.

Me echo hacia atrás en la silla mientras le explico lo que dirá la carta que Lila está redactando y que mañana enviará a todos los clientes de Ben.

—Cuando fallece un miembro del bufete, el miembro o miembros restantes, yo en este caso, revisará cada caso abierto y decidirá si la firma puede seguir representando al cliente o tiene que derivarlo a un nuevo abogado.

Obviamente, el cliente tiene derecho a opinar y puede optar por marcharse o quedarse, dependiendo de la decisión del bufete.

Pete no lo sabe aún, pero es sin ninguna duda uno de los que derivaré a otro abogado.

Él se inclina hacia delante, con las manos en las rodillas.

—No, no me entiende. Lo que quiero saber es qué pasa con mi caso. Ben lo tenía prácticamente resuelto, así que… ¿ahora qué?

Ladeo la cabeza, dándole la impresión de estar desconcertado.

—¿Resuelto? —Hojeo las escasas páginas del expediente que estaba en la oficina—. ¿Usted iba a aceptar un trato con la fiscalía o…?

Pete se echa hacia delante aún más, casi pegando la cara a mi escritorio.

—¡Totalmente resuelto, joder! Lo que quiere decir que esos pedazos de mierda del Departamento de Transportes se retractarán si no quieren que sus sucios secretillos salgan a la luz. Esos hijos de puta cogieron tan contentos mi dinero, pero después, en cuanto fueron interrogados, me delataron.

Yo no sabía si él pensaba hacerse el tonto o iba a hablar claro y a decirme que Ben estaba intimidando a los testigos, pero, bueno, ya está claro.

Alzo una mano.

—Señor Sanders, permítame que le diga que no sé a qué se refiere. Estoy seguro de que Ben habrá actuado en su defensa del mejor modo posible, pero ateniéndose siempre a las leyes a las que todos estamos…

No me deja terminar. Se levanta de golpe y barre con la mano la superficie de mi escritorio. Las carpetas salen volando y, aunque trato de cogerlas antes de que caigan al suelo, no consigo atrapar ninguna.

—¿Qué demonios hace?

Pete, con la cara roja, me apunta con un dedo.

—Déjese de esas chorradas grandilocuentes.

Este jodido bufete se creó a base de tratos por la puerta de atrás.

No me diga que se cree que un chico recién salido de la facultad ganó el caso del representante Wells por sí solo, teniendo en cuenta el montón de pruebas que había contra él, sin que alguien se encargase de hacerlas desaparecer.

Entérese de cómo iba a arreglárselas Ben para que desaparezca la acusación y termine de una puta vez lo que él empezó.

No le va a gustar lo que ocurrirá si el caso llega a juicio.

Dicho esto, se marcha de malos modos justo cuando Lila asoma la cabeza.

Ella lo sigue con la mirada y luego entra corriendo para ayudarme a recogerlo todo.

—¿A qué ha venido eso?

—Ese hijo de puta se cree que puede amenazarme —murmuro mientras reúno las carpetas del suelo y las tiro sobre el escritorio.

Ahora me estoy preguntando cuántos clientes como Pete Sanders tenía Ben.

—¿Quiere traerme un listado impreso de todos los casos de Ben que aún están abiertos?

Solo con los nombres de los clientes. —Voy a cotejarlos con el montón de expedientes que me traje de su casa—.

Otra cosa. Ben se refiere en sus notas a alguien llamado «el Jefe».

Pregúntele a Tricia si sabe quién es. Tal vez sea un investigador privado al que recurre, o algo por el estilo.

Joder, Ben. Maldita sea.