Anatomía de una coartada 17. Aubrey. Antes de la coartada
39%

17. Aubrey. Antes de la coartada

Aubrey

ANTES DE LA COARTADA

D eacon y yo nos detenemos en el aparcamiento, una fila más allá de donde está aparcado el coche de Camille.

—No te pongas nerviosa. Tú tienes toda la ventaja —dice Deacon, poniéndome una mano en la rodilla para que deje de moverla.

—Lo sé. Tienes razón. Pero ¿y si está rodeada de un montón de gente cuando salga?

—Entonces la abordaremos en otro sitio.

Esta será la primera vez que hable con Camille desde que ella se presentó en el bar para echarme en cara que me estaba acostando con su marido. Me he preparado para esta conversación durante los últimos días, principalmente para que no me sorprenda con la guardia baja como aquella vez.

El detective privado que Ben contrató lo ha traicionado y ahora le pasa toda la información a Deacon a medida que la recibe. Este tenía razón: su lealtad está al servicio del mejor postor.

Ben se dio por vencido al ver que se enfrentaba a una tarea que no podía realizar él solo y tuvo que hacer partícipe a Vic de sus planes.

Cuando crees que la información que buscas está en una caja fuerte para armas de un metro y medio de altura y doscientos kilos de peso, no te queda más remedio que buscar ayuda para poder acceder a ella.

Sin embargo, para forzar una caja fuerte de ese tipo, o bien necesitas a un cerrajero experimentado, que no será fácil de encontrar dado que vas a pedirle que abra una caja que no es tuya, o bien tendrás que taladrar la cerradura, cosa que alertaría a los dueños de que ha sido forzada.

Pero lo curioso de una caja fuerte para armas es que hay un modo alternativo de abrirla que no resulta tan complicado…

, con tal de que no te importe esperar alrededor de una semana.

En el modelo que pretenden forzar, hay un ojo de cerradura oculto detrás de la placa de apertura electrónica.

Lo único que necesitas es el número de serie de la caja fuerte, cosa que es fácil de averiguar si cuentas con una plataforma rodante y un colaborador lo bastante fornido como para inclinar la caja y mirar debajo.

Luego le pides una llave de repuesto al fabricante, lo cual también resulta sorprendentemente fácil, porque ellos no guardan registros de los propietarios de sus cajas fuertes.

Y ese colaborador fornido es Vic, el detective privado.

Ben recibirá la llave en algún momento de la semana que viene y tiene planeado abrir la caja cuando esté seguro de que no habrá nadie en la casa.

—Ahí está. —Deacon señala al grupo de mujeres que están saliendo del edificio tras su reunión de la Junior League, una organización de voluntariado femenino. Por suerte, Camille se despide y se aleja del grupo para ir a buscar su coche.

Justo cuando voy a bajarme del nuestro, Deacon me detiene.

—Recuerda. Lo más sencillo posible. Necesitamos que ella crea que Ben tiene a alguien que va a traerle la prueba, no que él va a ir a buscarla.

Asiento.

—Vale, sin complicaciones. Lo más sencillo posible.

Tengo los nervios más crispados que nunca.

Ben va a tomarse muchas molestias para asegurarse de que Camille esté fuera de casa, así que necesitamos que ella se quede allí para ver lo que hace.

También sabemos que una parte esencial del plan de Ben es acceder a la caja fuerte de Foster, motivo por el cual debemos colocar un rastreador en su coche para saber cuándo se dirige hacia allá.

Esa parte, sin embargo, hemos decidido guardárnosla para nosotros.

Es necesario que Camille crea que es ella quien controla cualquier información que aparezca, porque yo no estoy segura de que esté dispuesta a compartirla con nosotros.

Cuando Deacon me dijo que quizá deberíamos ser creativos, no bromeaba.

Tengo la sensación de que, si la cago ahora, todo nuestro plan se irá al garete.

Deacon se baja también, pero permanece junto al coche mientras yo echo a andar hacia ella.

—Estaré aquí por si me necesitas —dice para tranquilizarme.

Camille se detiene de sopetón al verme.

—Me preguntaba cuándo iba a aparecer otra vez —dice. Abre la puerta del conductor, tira el bolso dentro y luego se vuelve hacia mí.

Yo cruzo los brazos. Confío en tener un aspecto duro, no aterrorizado.

—Seguramente ya ha indagado sobre mí a estas alturas. Y ya debe saber quiénes eran mis padres.

Son unas palabras destinadas a impactarla y, a juzgar por su leve estremecimiento, deduzco que lo he logrado.

—Sí. Y lamento mucho su pérdida.

—Yo también he indagado sobre usted. Sobre usted y Ben. Ambos son de Corbeau. El sitio donde ellos murieron.

Camille asiente. Luego recorre el aparcamiento con la vista para comprobar que no hay nadie lo bastante cerca para escuchar esta conversación. Por suerte, estamos solas.

Doy un paso hacia ella.

—Ben debía tener, no sé, veinte o veintiún años cuando se produjo el accidente, ¿no? Es curioso lo que se puede averiguar en internet. Su madre todavía vive unas casas más allá de donde vivía Paul Granger. ¿Qué posibilidades hay de que ambos se conocieran, de que se vieran con frecuencia?

Ella aprieta los labios, como queriendo impedir que salga de ellos algo que luego vaya a lamentar.

Recordando el diálogo que he ensayado con Deacon, entro a matar.

—Usted tiene un marido corrupto. Tiene una familia corrupta. Turbia, deshonesta. —Hago una pausa teatral—. Y no me creo que a mis padres se les hiciera la justicia que merecían.

Mis palabras quedan flotando entre ambas.

Camille se yergue, como si por fin hubiera recuperado algo de energía.

—¿Cuál es el objetivo de esta visita?

Es ahora cuando esto puede funcionar o volverse contra nosotros.

O bien ella se asustará lo bastante como para colaborar, o bien saldrá corriendo para contárselo todo a su marido.

Deacon y yo hemos repasado durante días los pros y contras de esta forma de abordarla, pero al final hemos llegado a la conclusión de que no nos queda otra alternativa.

Para que yo tenga alguna posibilidad de conseguir lo que Ben está buscando, necesito a Camille.

Y debo venderle la idea de tal manera que se convenza de que su única opción es trabajar conmigo, no contra mí.

Doy un profundo suspiro.

—Necesito su ayuda. Y, francamente, usted necesita la mía.

Hay algo que debe saber. Ben estuvo implicado en el accidente que provocó la muerte de mis padres y ese dato va a salir a la luz.

Él no puede hacer nada para impedirlo. Y lo sabe.

Yo ando tras él. Sé lo que hizo. Por eso ha estado vigilándome.

—Es un farol, pero veo en su cara que se lo está tragando.

Camille da un paso atrás.

—No entiendo…

—Hay una prueba que demuestra que Paul Granger es inocente. La misma que demostrará la culpabilidad de Ben. —Sí, es una exageración, pero el hecho de que él esté tan obsesionado buscando cualquier información que ande suelta por ahí me dice que nuestra corazonada no es tan descabellada.

Camille se queda lívida.

Ahora debo suavizar el tono.

—Camille, si he de serle totalmente sincera, yo sé que las posibilidades de que Ben rinda cuentas por lo que hizo hace tantos años son muy escasas.

Él tiene conexiones que yo ni siquiera puedo imaginar.

Y si algo me ha enseñado toda esta historia es que cuando la gente quiere saltarse la ley o infringirla para protegerse, eso es lo que sin duda acabará pasando.

Ella niega con la cabeza.

—¿Qué pretende decir?

—Pase lo que pase, su marido encontrará la manera de seguir libre y Paul se quedará en la cárcel.

—Entonces ¿para qué está haciendo esto?

—Quiero saber de una vez por todas qué les sucedió de verdad a mis padres.

Quiero dejar de especular y obtener respuestas.

El hecho de no saber me está matando. Ben se apoderará de esa prueba antes de que yo pueda hacerlo, de eso estoy completamente segura.

Yo solo quiero saber en qué consiste antes de que la destruya.

Después podré seguir adelante con mi vida.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas, a pesar de que yo no quería mostrarle tanta emoción. Aunque una parte de lo que estoy diciéndole no es cierta, este último sentimiento sí lo es. Necesito superar esto del modo que sea para poder seguir adelante.

—Aubrey, entiendo lo que me dice y se me rompe el corazón al escucharla. De veras. Pero no sé lo que quiere de mí. Ni tampoco cómo cree que puedo ayudarla.

Me seco las lágrimas y me recompongo.

—No puedo explicarle cómo lo sé, pero Ben se reunirá con alguien en su casa el próximo sábado, alguien que le dará lo que él ha estado buscando.

Ella se desinfla al escuchar estas palabras.

Yo me lanzo de cabeza.

—Estoy especulando, pero ¿usted estará fuera ese fin de semana? Me consta que viaja mucho para su blog de gastronomía.

Ella asiente, pero no dice nada.

Recuerdo su aspecto cuando se presentó en el bar. Estaba hecha una calamidad. Había salido en plena tormenta para preguntarme si me estaba acostando con su marido. Una mujer no hace algo así a menos que su matrimonio esté muy mal.

Así pues, añado:

—Me da la sensación de que yo no soy la única que quiere saber cómo es Ben realmente y qué es lo que ha hecho.

Ella se pone tensa.

—Si me niego a ayudarla, ¿qué hará?

Es una pregunta que había previsto. Que esperaba que me hiciera.

—He estado sopesando mis opciones. La policía no sirve de mucho porque es muy reacia a revisar los casos cerrados. Pero están los medios de comunicación. Yo podría encontrar a uno de esos grupos de pódcast a los que les encanta hurgar en casos antiguos.

No me hace falta conocer a Camille para saber que ella no soportaría verse arrastrada a la luz pública de esa forma.

—¿Cómo pretende que veamos esa prueba que usted cree que Ben va a conseguir?

Procuro que no se me note el asombro que siento. Para ser sincera, yo creía que apenas había posibilidades de que ella fuera a considerar siquiera la idea de ayudarme.

—Hemos de idear un modo de que usted también esté en casa, pero sin que él lo sepa. Usted puede instalar unas cámaras. —Señalo a Deacon, que está a mi espalda—. Y nosotros podemos enseñarle cómo prepararse para que vea lo que él esté viendo. Para que pueda grabarlo.

Ella menea la cabeza.

—Ben sigue mi rastro a todas horas. Con mi teléfono, con mi coche, con mis tarjetas de crédito. Es imposible sorprenderlo. Controla cada uno de mis movimientos.

Ladeo la cabeza mientras reflexiono sobre sus palabras. Que te rastreen no es nada nuevo. Antes de que mis padres murieran, mi madre seguía todos mis movimientos usando la aplicación Life360, pero mis amigos y yo nos empleamos a fondo para asegurarnos de que solo viera lo que nosotros queríamos.

—¿Y si él controlara cada uno de mis movimientos, pensando que es usted?