16. Camille. La coartada
Camille
LA COARTADA
B en se arrellana en su silla en cuanto empieza a reproducirse el vídeo del lápiz de memoria. Yo solo puedo ver la pantalla del portátil por encima de su hombro derecho. Es Aubrey Price, la mujer que ahora mismo está haciéndose pasar por mí en Saint Francisville.
Fue culpa mía que Aubrey se enterase de que Ben estaba vigilándola, y a mí ya solo me quedaban dos opciones: cruzarme de brazos y dejar que Aubrey le montara un gran escándalo a Ben o prometerle que colaboraría con ella para averiguar la verdad de lo ocurrido aquella noche de hace diez años.
Obviamente, escogí la segunda opción, sobre todo porque la primera no me permitiría avanzar en mi propio objetivo de salir de mi matrimonio con una cierta estabilidad económica.
Y ahora estoy aquí en la buhardilla, espiando a mi marido.
El vídeo empieza con Aubrey sentada ante una mesa en una habitación anodina.
—Detective Walton, gracias por acceder a reunirse conmigo. Sé que está muy ocupado y que este caso ya no es de alta prioridad… actualmente. —Está nerviosa. Inquieta. No para de recogerse el pelo detrás de la oreja, aunque no consigue que se quede en su sitio.
No puedo ver al hombre con el que habla, pero su voz suena alta y clara en la grabación, como si estuviera sentado junto al micrófono de la cámara.
—Me disculpo por tardar tanto en responderle. El detective que llevó el caso inicialmente se ha jubilado hace poco. ¿Qué es lo que quería hablar con nosotros?
Aubrey inspira hondo y se yergue un poco en la silla.
—Quería saber si es posible que revisen la acusación contra Paul Granger.
—No solemos revisar los casos de quienes fueron declarados culpables merecidamente por un tribunal. —Es evidente su tono de censura—. Pero lo que es más importante, ¿por qué quiere que lo revisemos?
—Recibí una carta de Paul en la que me decía algunas cosas que están haciendo que me lo cuestione todo.
—Él no debería contactar con usted. En ningún caso. Llamaré al alcaide… —Su voz retumba con tal fuerza que tanto Ben como yo nos sobresaltamos.
—¡No! Espere, por favor. Escúcheme antes de llamar y meterlo en un aprieto. —Aubrey extiende las manos. Parece al borde de las lágrimas—. Escúcheme primero. Por favor.
Se la ve desesperada. Sus palabras y sus gestos están muy lejos de la actitud de la mujer que vi en el bar, tan decidida a obtener respuestas.
Es una Aubrey muy distinta de la que yo he conocido.
—Él no debería contactar con usted —dice el detective con una severidad que resuena alta y clara en la grabación—. Y usted debería haberlo notificado a la penitenciaría de inmediato.
Ella se encoge de hombros.
—No he venido a hablar de cómo he tenido noticias de Paul, sino de lo que he descubierto gracias a él. Su argumentación resulta convincente.
—Todos dicen que no fueron ellos. —La irritación con la que habla el detective es evidente—. Él fue condenado por matar a sus padres. Es extremadamente inapropiado que se ponga en contacto con usted.
Aubrey vuelve a recogerse el pelo.
—Paul dice que hay una prueba nueva.
—¿De eso quería hablar conmigo? ¿De las fantasías de un criminal convicto?
Ella se enfurece ante su reacción.
—Yo quizá era muy joven cuando sucedió aquello y no lo sabía todo entonces, pero ahora he estado indagando.
Siempre ha habido algo raro en este asunto.
Cosas que no encajaban. Paul siempre ha declarado que no fue él, incluso después de todos estos años.
Alguien relacionado con el caso fue a verlo y le dijo que lo incriminaron falsamente.
—¿Le ha dicho quién era esa persona «relacionada con el caso»? ¿Sabe cómo se llama?
—No, eso no me lo ha dicho.
El detective se ríe en tono burlón.
—Claro que no. Pero usted prefiere creer la palabra de un asesino convicto que la de los agentes de policía y los fiscales que trabajaron para que se les hiciera justicia a sus padres.
Ella se levanta tan bruscamente que la silla está a punto de volcarse y oscila unos segundos antes de volver a su posición. La parte superior de la cabeza de Aubrey desaparece del encuadre de la cámara.
—Que esté indagando sobre lo que él dice no significa que le crea a él más que a ustedes.
No estoy pidiendo que lo saquen de la cárcel.
Ni siquiera que reabran el caso. Lo único que quiero saber es si estarían dispuestos a revisarlo con una nueva mirada.
Si ni siquiera va a considerar la posibilidad de que tal vez hubo algo más en lo que sucedió aquella noche, ¿por qué ha accedido a verme?
—Usted ha insistido mucho en hablar con nosotros sobre la muerte de sus padres…
Ella le interrumpe.
—Y entonces ¿qué? ¿Me ha recibido solo para complacerme? —Aubrey lo mira con expresión furiosa, casi gruñéndole.
Ben está pegado a la pantalla, sin perder palabra.
Todo lo que Aubrey está diciendo ahora ya me lo ha explicado a mí, pero es impactante ver cómo sale su dolor a la superficie. Conmigo siempre está calmada y nunca pierde el control.
—Mire, Paul Granger era un conocido traficante de drogas.
Fue detenido más de una vez por venta y posesión de estupefacientes.
Chocó contra el coche de sus padres y huyó de la escena, pero ni siquiera supo hacer eso bien, porque dejó allí su camioneta.
Quizá yo no me sienta inclinado a aceptar lo que dice un camello mentiroso y ladrón sobre lo que ocurrió aquella noche.
Estoy intentando ser considerado, pero usted ha venido aquí a decirme que nuestro departamento se equivocó, que el fiscal se equivocó, que el juez se equivocó, y todo porque lo dice un asesino convicto.
Las palabras del detective hacen que ella vuelva a sentarse.
—He venido para que investigue todas las pistas. Es usted quien se lo está tomando como algo personal. —Su voz se ha suavizado.
—Su madre murió en el acto, pero su padre tardó más tiempo en sucumbir a las heridas que había sufrido.
Transcurrió una hora hasta que alguien encontró el coche de sus padres, y entonces ya fue demasiado tarde para poder hacer algo por él.
Si yo estuviera en su lugar, me tomaría como algo personal el hecho de que Paul fuera tan cobarde como para darse a la fuga, en lugar de encargarse de que su padre recibiera a tiempo una atención médica que podría haberle salvado la vida.
Ben y yo nos estremecemos ante el tono brutal con el que está hablándole a Aubrey, y yo no puedo evitar preguntarme qué estará pensando Ben en este momento. Escuchar esto sin duda debe traerle recuerdos de aquella noche, suponiendo que él estuviera implicado de algún modo.
En el vídeo, Aubrey se abraza con fuerza la cintura. Es evidente que esas palabras le han dado de lleno.
Al ver que ella no va a decir nada, el detective añade:
—Paul Granger tiene vías para poder presentar una nueva prueba, pero hacer que la huérfana de las víctimas venga a la comisaría no es una de ellas.
La huérfana de las víctimas.
Resulta duro mirar cómo le habla este capullo de ese modo.
—Eres un gilipollas, Walton —musita Ben.
Bueno, al menos estamos de acuerdo en una cosa.
Aubrey se desmorona en la silla. Ahora las lágrimas le ruedan por la cara sin que intente secárselas. Luego se levanta y desaparece del encuadre. Al cabo de unos segundos, concluye el vídeo.
Resulta imposible no compadecerla por todo lo que ha tenido que pasar.
Ben no se mueve durante varios minutos; solo parece mirar fijamente la pantalla congelada. Al fin, se gira con la silla y le veo la cara. Tiene la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Hay una tensión en sus rasgos que no estaba antes de ver el vídeo.
Tras varios minutos, se estira y empieza a revolver el montón de papeles que tiene delante, sobre el escritorio, sin dejar de mascullar entre dientes.
—¡Mierda!
Ha gritado con tal fuerza que juraría que su voz ha llegado hasta la buhardilla. Se levanta con brusquedad y barre la superficie del escritorio con la mano derecha, de manera que los papeles salen volando y flotan en el aire hasta posarse suavemente en el suelo.
Uf, está muy cabreado.
Toma y suelta aire en bocanadas ruidosas y entrecortadas mientras contempla el estropicio.
Tarda varios minutos en recuperar el dominio de sí mismo; entonces recoge los papeles con calma, uno por uno, como si no acabara de perder los estribos, y los coloca en un pulcro montón en la esquina del escritorio.
Al acabar, se vuelve hacia el portátil que tiene a su espalda, sobre el aparador, saca el lápiz de memoria y lo deja sobre el escritorio.
Una vez que vuelve a estar todo en orden, va al mueble bar de la librería que ocupa la pared lateral.
Se sirve una buena cantidad de whisky en uno de los vasos de cristal tallado que le regalé en las primeras Navidades después de casarnos.
Con el mismo dibujo que las copas de vino de nuestra lista de bodas.
Echa la cabeza atrás y vacía el vaso de un solo trago. Suelta una tosecilla a continuación.
Yo pensaba que la borrachera de la noche del banquete de Ducks Unlimited había sido algo insólito, pero lo que desde luego no entra en sus normas es tomar una bebida fuerte a primera hora de la tarde. Aunque la verdad es que yo misma voy a necesitar unas copas cuando salga de esta buhardilla.
Ben vuelve a llenar el vaso y se toma su tiempo en esta segunda ronda, deambulando frente a su escritorio mientras va dando sorbos. Cuando el vaso está otra vez vacío, parece considerar la posibilidad de una tercera copa, pero al final da media vuelta y se sienta de nuevo tras el escritorio.
Saca algunos papeles del sobre donde estaba el lápiz de memoria.
—Ay, Aubrey, no podías dejar las cosas como estaban, ¿no? —musita para sí mismo.
Bueno, allá vamos. La entrega del Mustang me ha descolocado, pero ahora parece que estamos otra vez en ruta.
Aubrey cree que Ben quería que yo estuviera hoy fuera de casa porque él iba a conseguir por fin la prueba que Paul asegura que lo libraría de la cárcel.
Y está convencida de que, si esa prueba lo implica de algún modo, Ben no vacilará en destruirla.
Por eso estoy aquí, armada con una serie de cámaras para tratar de captar todo lo que podamos.
Pero mientras que Paul necesitaría algo que pueda admitirse ante un tribunal para cambiar su destino, yo no lo necesito.
A mí me basta con una prueba fehaciente de sus actividades ilícitas para poder activar la cláusula de mi contrato prenupcial.
Después de leer los documentos que tiene delante, Ben coge su teléfono y hace una llamada. Por suerte, pone el altavoz.
Le responden al segundo tono.
—Sí.
Ben, sin molestarse en saludar, va directo al grano.
—¿Cuándo fue a hablar ella con los polis de Corbeau?
—Hace un par de meses. Mi contacto solo se enteró hace unos días. El departamento está en un estado caótico ahora mismo, desde que Walton asumió el mando.
A mí me consta que Ben tiene a sueldo a un par de detectives privados y supongo que este debe de ser uno de ellos.
—No te pago para que me pases información antigua.
—Ben se levanta de la silla y deambula por detrás del escritorio—.
Tú me aseguraste que Aubrey no sabía nada importante.
Que Paul no le había contado nada concreto.
¡Pero ella le dijo a Walton que alguien relacionado con el caso había ido a ver a Paul!
¡Eso es bastante concreto, joder! ¿Crees que costaría mucho conseguir una lista de los visitantes de Paul Granger?
El hombre tarda unos momentos en responder.
—A mi contacto no se le escapa gran cosa, pero esto parece que sí.
—Ahora tendremos que darle algo a Aubrey; si no, va a convertirse en un problema. No es que me entusiasme complicarle más la vida a esa chica, pero tengo que conseguir que deje de cuestionarlo todo.
Si había una pequeña parte de mí que pensaba que podríamos haber interpretado mal todo esto, ahora acaba de desvanecerse.
—Entendido, me ocuparé de ello. ¿Cuándo piensas ir a abrir la caja fuerte? —pregunta el detective.
Ben mira su reloj y se va a la cocina con el teléfono en la mano para continuar la conversación. Saca una botella de agua de la nevera, desenrosca el tapón y da un largo trago.
—Tengo un par de reuniones aquí primero. Iré para allá después, alrededor de las seis.
¿Se va? ¿Y de qué caja fuerte está hablando?
No puede marcharse. Tengo las cámaras instaladas aquí.
—No habrá nadie en casa de Foster, ¿no? —pregunta Ben—. Me voy a cabrear si conduzco hasta Corbeau y resulta que hay alguien allí.
¿Cómo?
¿Se va a Corbeau?
¿Foster? ¿Se refiere a Kevin Foster?
—La casa estará vacía. El sobrino de la señora Foster, Nathan, ha estado yendo y viniendo durante toda la semana pasada para echar una mano. Él se encargó de llevarla a casa de su hermana anoche.
Ben toma un sobre de FedEx que estaba en la esquina de la encimera de la cocina junto con el resto del correo que ha recogido antes. El sobre ya está abierto, así que lo pone boca abajo y lo sacude. Caen una sola hoja de papel y un objeto estrecho y alargado. Lo coge y lo examina.
—Será mejor que funcione esta puta llave.
—Funcionará —dice el detective—. ¿Qué harás si no está en esa caja fuerte para armas?
Ay, mierda. Me hundo en la silla mientras trato de seguir todo lo que estoy descubriendo. Nadie va a traerle la prueba aquí. Él va a ir a buscarla, y por algún motivo cree que está en una caja fuerte en la casa de Kevin Foster.
Kevin es el hombre de confianza de mi padre, y sus manos están tan sucias como las de papá, pero todavía no sé qué relación tiene él con este asunto.
¿Tal vez Kevin Foster ayudó de algún modo a Ben a encubrir su implicación en el accidente?
Mientras deambula por la cocina, Ben va dándole vueltas a esa extraña llave en la mano.
—Si no está allí, es que no existe, porque ya he buscado en todos los demás sitios.
Estoy tan concentrada en esta nueva información que no me doy cuenta de que alguien ha llegado con un coche hasta que oigo el timbre.
Debe de ser una de las personas con las que acaba de decir que va a reunirse.
Echo un vistazo a la cámara que he colocado en el porche delantero, pero el visitante ya ha pasado de largo.
Ben mira por la ventana.
—Te llamo luego —dice, cortando la llamada.
Empieza a moverse hacia la puerta principal, pero luego recuerda que tiene la llave en la mano.
Mira alrededor, como pensando qué hacer con ella.
Se acerca a la mesita que tengo junto a la nevera, donde llevo mi calendario y pago las facturas, y tira la llave en el tarro de cristal que contiene bolígrafos, rotuladores y tijeras.
En cuanto abre la puerta, veo con toda claridad quién está en el umbral.
Me quedo boquiabierta.
—¿Qué demonios…? —mascullo.
Plantada en el porche delantero está mi cuñada, Margaret.