14. Hank. Después de la coartada #2
—Sí, después de marcharme de allí, me fui a mi casa, que está solo a unos minutos de la suya.
Como sabe por mi época en la oficina del fiscal, me he dedicado durante los últimos años a reparar en mi garaje un GTO de 1970, y estoy lejos de haber terminado —digo con una risotada, confiando en aliviar un poco la tensión—.
Me pasé el resto del día debajo del capó.
Como creía que estaría todo el fin de semana en Nueva Orleans, no había hecho ningún plan para esa noche.
Cuando ya había oscurecido, entré en casa, me duché y me fui a la cama.
Todavía estaba en casa cuando, a la mañana siguiente, recibí la llamada de Camille.
Sullivan se arrellana en su silla.
—¿Alguien puede corroborar todo esto?
—No.
Se hace un denso silencio que prefiero no descifrar.
Él cierra su cuaderno y apaga la grabadora.
—Le agradezco su tiempo, Hank. Le llamaré si tengo alguna otra pregunta. De lo contrario, nos veremos aquí con la señora Bayliss el miércoles.
No me levanto para acompañarlo. Me quedo repasando toda la conversación para comprobar si he dicho algo que pudiera volverse contra mí.
Aunque tengo una montaña de trabajo delante, la visita de Sullivan me ha dejado preocupado. Gracias a ese documento de disolución de la sociedad y a mi endeble coartada, no sería descabellado que me colgaran a mí el asesinato de Ben.
Me levanto de la silla y voy a la mesa del otro lado de la oficina, que suelo utilizar cuando me apetece relajarme un poco. El maletín de Ben y los expedientes que tenía en casa siguen donde los dejé anoche.
En condiciones normales, me relajaría y dejaría que la policía hiciera su trabajo, pero me temo que la presión que sufrirán para cerrar el caso cuanto antes podría estallarme en la cara si deciden que yo soy un blanco fácil.
Así pues, quizá no me vendría mal indagar un poco por mi cuenta.
Ver qué tenía Ben entre manos antes de morir.
Darle a la policía algún sospechoso en el que centrarse.
Tal como apiló Sullivan estas carpetas, la que ahora está encima debía estar en la base del montón que había sobre el escritorio de Ben.
La abro y echo un vistazo a la primera página. Este es el expediente del juicio que iba a empezar el miércoles. Es lógico que hubiera estado repasándolo este fin de semana.
Lo dejo a un lado y paso al siguiente. Tengo que examinar varias páginas para entender de qué va. Debe de ser un caso nuevo porque no me suena. Nosotros tenemos… o teníamos una reunión todos los lunes en la que repasábamos los nuevos casos, así que este era tal vez uno de los que él quería asumir.
Sigo con el resto del montón, revisando cada carpeta.
Y por fin llego a la última. La que está en la base. La que estaba abierta sobre el escritorio de Ben.
Aunque cada uno de nosotros maneja sus propios casos a su manera, ambos seguimos un mismo sistema de trabajo.
Y después de revisar los expedientes anteriores, me queda claro de inmediato que este es distinto.
No hay una primera página con los datos del cliente, incluyendo la dirección, los números de teléfono, el correo electrónico, etcétera, que sí figuraba en cambio en todos los demás expedientes.
Este contiene un informe sobre una mujer llamada Aubrey Price, elaborado al parecer por un detective privado, aunque no veo el nombre de la empresa en el encabezado. Hay varias fotografías de esa mujer impresas en las últimas páginas.
Hojeo el informe y me entra una sensación inquietante. Después de la información sobre Aubrey Price, hay un documento sobre un preso llamado Paul Granger, que se encuentra actualmente en la Penitenciaría del Estado de Luisiana.
¿Qué demonios?
¿Por qué tenía esto Ben?
El caso Paul Granger me lo pasaron a mí hace varios meses.
Un amigo de la facultad de Derecho es un directivo de uno de esos programas gratuitos creados para que los reclusos de la Penitenciaría del Estado de Luisiana puedan pedir que se revise su caso, bien porque se consideran inocentes, bien porque piensan que la sentencia fue injusta.
Yo mencioné mientras tomábamos una copa que me interesaría participar en el programa.
Como trabajamos con algunos clientes bastante turbios, no nos haría ningún daño tener un poco de publicidad positiva que compense algunos deslices.
Mi amigo me envió varios casos para que los revisara, y el de Paul Granger me pareció que me ofrecía una buena oportunidad para obtener una revocación de la sentencia.
La argumentación del fiscal era endeble y el trabajo de la policía, chapucero; por no mencionar que el abogado de oficio no se esforzó demasiado en defender al acusado.
Así pues, fui a la prisión y me reuní con Paul, básicamente para conocerlo y ver qué tipo de cliente podría ser.
Salí de allí aún más convencido de que su caso tenía posibilidades.
Se lo comenté a Ben en la siguiente reunión semanal, pero él me tumbó la idea.
De hecho, se opuso de un modo inflexible a que asumiera el caso.
En aquel momento, lo dejé correr porque Ben y Paul procedían de la misma pequeña ciudad y quizá había ciertos factores de política local que quería evitar, pero ahora, al ver aquí este documento y saber que estaba sobre su escritorio el día que lo mataron, noto que se me erizan todos los pelillos de la nuca.
No sé cómo estará conectado Paul con Ben, pero ahora estoy convencido de que su caso requiere un análisis más detenido.
Vuelvo a mi escritorio y empiezo a hacer una nueva lista de tareas, situando los nombres de Paul Granger y Aubrey Price en primer lugar.
Luego recuerdo lo que Sullivan ha dicho sobre el Mustang aparcado en el sendero de Ben.
Al parecer, se lo entregaron justo después de que yo me marchara, pero Ben en ningún momento me mencionó que había hecho que le restaurasen un coche, pese a que sabía que esa era mi gran pasión.
En el tercer puesto de la lista anoto el nombre de FP Restorations.
Aunque estoy exhausto y debería dar por concluida la jornada, me da la sensación de que esto no puede esperar.