14. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
L ila llama con los nudillos a la puerta abierta de mi despacho.
—Un tal detective Sullivan quiere hablar con usted.
Me restriego la cara con las manos. Tengo los ojos cansados y, desde que Randall Everett se ha presentado aquí esta mañana, me está entrando un dolor de cabeza que temo que pueda noquearme cuando se desate del todo.
Echo un vistazo al reloj y suelto un gemido.
Este ha sido el día más largo de mi vida, y solo son las cuatro.
—De acuerdo. Hágalo pasar.
Ella asiente y añade:
—Ha venido un guardia de seguridad. Está aparcado ahí delante y hará rondas a pie alrededor del edificio a lo largo de la jornada. Además, hay un botón de pánico en el mostrador de recepción por si viene alguien mientras él está haciendo sus rondas.
—Muy bien. Gracias por arreglarlo tan deprisa.
Al cabo de unos minutos, reaparece con el detective.
Voy a ponerme de pie, pero él me indica con un gesto que no me mueva.
—No hace falta que se levante. Tiene aspecto de estar a punto de desmayarse.
—Gracias, Sully. Obviamente, no he dormido mucho esta noche.
—Lo supongo. —Se sienta frente a mi escritorio—. Ya hemos terminado de registrar la casa de los Bayliss.
—¿Alguna pista que pueda contarme?
Él me mira con gesto consternado.
—Hank, no hace tanto que usted estaba en el mismo lado que yo. Ya sabe que no puedo contar nada ahora mismo.
—Bueno, qué demonios, nunca está de más preguntar. Pensaba que tal vez me daría algún dato en honor a los viejos tiempos.
Él me observa, como debatiendo qué decir.
—Lo que puedo decirle es que estamos investigando todos los indicios y que vamos a ofrecer una recompensa por cualquier información.
Me echo atrás en mi silla. Cuando yo estaba en la oficina del fiscal, esta declaración significaba siempre que no habían encontrado nada sólido en la escena del crimen y que, por tanto, no había un sospechoso claro. Todas las personas relacionadas con Ben serán investigadas a fondo.
Asiento para darle a entender que me hago cargo de su posición y cambio de tema.
—Enviaré a un equipo de limpieza a la casa. —No quiero que Camille tenga que ocuparse del estropicio que habrán dejado los forenses, y menos aún de los restos de sangre de Ben.
Sé que esta visita obedece a otros motivos, puesto que para informarme de que la casa ya está disponible podría haber llamado por teléfono, así que aguardo con paciencia a que él aborde la cuestión.
Finalmente, me dice:
—Voy a tener que interrogar formalmente a la señora Bayliss lo antes posible.
—Por supuesto. Camille y yo estamos deseando hacer todo lo que podamos para colaborar.
Ella está en casa de sus padres, a una media hora de aquí.
Sé que hoy van a reunirse con el personal de la funeraria, y acabo de enterarme de que mañana se rezará un rosario en la iglesia por el alma de Ben.
¿Podríamos hacerlo al día siguiente? ¿El miércoles?
—Realmente yo esperaba hablar con ella más pronto. —Su expresión me dice que no le gusta nada que quiera postergarlo.
—Entiendo. Pero Camille no está comiendo. Apenas habla. Va a resultar difícil que sobrelleve la planificación del funeral, por no hablar de ese rosario, porque, como puede suponer, todo el mundo se presentará allí y le hará preguntas. Déjeme ayudarla a pasar este trago y luego será toda suya.
Ambos sabemos que puede obligarla a someterse a ese interrogatorio más pronto, pero quiere que esté dispuesta, que pueda hablar con libertad, y no encerrada en un agresivo mutismo.
Considerando quién era Ben, Sullivan sabe que ella no es una testigo cualquiera a quien pueda intimidar y hacerle creer que no tiene derechos.
Y considerando quién soy yo, sabe perfectamente que, si presiona demasiado, aconsejaré a Camille que no diga casi nada, lo que no contribuirá a su investigación.
Poder conectar con ella resultará sin duda beneficioso.
Al fin y al cabo, él sacó ayer en la escena la suficiente información inicial como para que no pueda decir que Camille no ha cooperado.
Por mucho que no le guste la idea, Sullivan me va a dejar aplazar la cita un par de días.
Yo necesito un tiempo sin interrupciones con Camille para averiguar todo lo que pueda antes de acompañarla a una reunión con él.
—De acuerdo, el miércoles. Doy por supuesto que ahora va a decirme que ella no puede venir a la comisaría para hablar conmigo.
—Veo que me conoce muy bien, Sully. Aquí estará más relajada.
Aunque un interrogatorio es un procedimiento estándar, los medios se pondrían las botas sacando fotografías de nosotros dos entrando en la comisaría. La cobertura de esta historia en los medios locales ha sido incesante, lo cual no es ninguna sorpresa.
Sullivan saca su cuaderno y su bolígrafo.
—Ya que estoy aquí, ¿tiene unos minutos para que le haga algunas preguntas?
—Por supuesto. —No es de extrañar que desee interrogarme formalmente a mí tanto como desea hacerlo con Camille.
Él saca su grabadora y, tras pulsar el botón, la coloca en el borde del escritorio.
—Detective Sullivan interrogando a Hank Landry, socio de Bayliss and Landry, acerca de los hechos ocurridos durante el fin de semana del nueve al once de octubre.
—Me hace un gesto con la cabeza para comprobar que estoy listo y me lanza la primera pregunta—.
Ayer, en la escena, usted declaró que regresó con el señor Bayliss de Nueva Orleans más temprano de lo previsto y que ambos llegaron a la casa de este justo después de la una del mediodía del sábado, diez de octubre, ya que usted había dejado su vehículo aparcado allí, ¿correcto?
Asiento.
—Correcto.
—¿Le dijo el señor Bayliss cuáles eran sus planes para el resto del día? ¿Mencionó si iba a reunirse con alguien?
—No, lo único que dijo era que tenía cosas que hacer. Yo no le di más importancia.
—¿Sabía usted que él iba a recibir un Ford Mustang de 1970 que había enviado a restaurar a un grupo llamado FP Restorations?
Mi primer impulso es mostrar mi sorpresa, pero luego recuerdo el consejo que doy a mis clientes y hago un esfuerzo para mantenerme inmóvil y calmado. Aunque tomo nota mental del nombre de la empresa para después.
Negando con la cabeza, digo:
—No, no lo sabía.
—¿Había algún cliente enojado del que yo deba estar informado? ¿Alguna persona que deseara vengarse porque Ben había logrado que absolvieran al acusado de matar a un familiar de dicha persona?
—Que me venga ahora a la cabeza, no; pero estamos reuniendo todos los expedientes de sus casos y los revisaré en los próximos días. Será a usted a quien llame primero si encuentro algo que capte mi atención.
Sullivan hace unas anotaciones y luego pregunta:
—¿Qué me dice de una amante despechada?
Aunque debería haber previsto esta pregunta, me pilla desprevenido.
—No. En absoluto. Ben no es ese tipo de hombre.
Sullivan me dirige una sonrisita.
—Pero sí es el tipo de hombre que vuelve de un viaje antes de lo previsto y no se lo dice a su esposa.
Este tipo de preguntas pueden apuntar en muchas direcciones, y a mí las insinuaciones no me entusiasman.
—Conozco a Ben y conozco a Camille, y le digo que el suyo es un matrimonio feliz.
Sullivan retrocede unas páginas en su cuaderno, como buscando algo en concreto.
—Aquí está —murmura—. En el despacho de su casa, había sobre el escritorio un paquete de FedEx, uno que el señor Bayliss recibió originalmente aquí, en estas oficinas, el pasado jueves.
Él mismo firmó el recibo a la una cincuenta y cinco de la tarde.
Lo único que había dentro era una hoja según la cual el contenido del envío era una llave de repuesto de una caja fuerte para armas Defense Force 24.
Nosotros no hemos encontrado ni rastro de una caja fuerte de ese tipo en su casa.
¿Se le ocurre por qué habría pedido una llave de repuesto para una caja fuerte que no poseía?
—No, lo lamento. No tengo respuesta para eso.
Finalmente, formula la pregunta que me estaba temiendo.
—¿Usted y Ben tenían problemas? ¿Alguna dificultad en su relación profesional?
No hay ninguna forma fácil de decirlo.
—Ben me comunicó hace poco que quería disolver nuestra sociedad.
La noticia produce el efecto que imaginaba. A juzgar por la reacción de sorpresa de Sullivan, aún no se había enterado de esto, pero la cosa pintaría todavía peor para mí si se enterara más adelante a través de otro.
—¿Por qué quería disolver la sociedad? Si no recuerdo mal, usted vino a trabajar aquí con él hace… ¿cuánto?, ¿tres años?
—Dos. Su argumentación fue que él creía que quería un socio y luego decidió que no lo quería.
Sullivan ladea la cabeza.
—¿Nada más? ¿Sin una pelea o una discusión que lo precediera?
Meneando la cabeza, respondo:
—No. De hecho, yo me quedé consternado cuando me lo dijo. No sabía que él estaba descontento con nuestro acuerdo actual. —Eso es verdad en gran parte. Ben y yo teníamos algunas discrepancias en lo relativo a la futura orientación del bufete.
—¿Cuál fue su reacción?
Suelto una risita incómoda.
—Bueno, me pilló desprevenido. Y luego me sentí un poco irritado porque fue él quien me convenció para dejar la oficina del fiscal. La verdad es que me presentó un borrador de la propuesta de disolución la semana pasada, así que todavía lo estaba asimilando.
—¿Y aun así se fueron juntos a Nueva Orleans?
—Claro. Como he dicho, yo estaba sorprendido, pero no había un problema entre nosotros. Ninguna razón para no seguir con nuestros planes.
Me echo hacia atrás en la silla para demostrarle a Sullivan que estoy relajado y no inquieto por sus preguntas.
Él toma unas notas y vuelve a mirarme.
—¿Puede hacerme un resumen de lo que hizo desde que se marchó el sábado de la casa del señor Bayliss hasta que la señora Bayliss le llamó el domingo por la mañana?