Anatomía de una coartada 13. Camille. Antes de la coartada #2
31%

13. Camille. Antes de la coartada #2

Estoy exagerando un poco. No me ha costado mucho encontrar un puñado de posts que la madre de Paul ha colgado en las redes sociales durante los últimos meses, diciendo que él fue falsamente acusado aquel verano de hace una década y que «la verdad que se ocultó entonces saldrá a la luz».

Que Paul pronto estará libre. Lo decía tan convencida que daba la impresión de que su liberación podría ser inminente.

—Yo diría que tienes cosas más productivas que hacer que cotillear. ¿Aún sigues sacando fotos de hamburguesas con queso?

Y ahí está la pulla.

—¿Randall? —El hombre que está detrás de papá le da unos golpecitos en el hombro y ambos nos volvemos.

—¡Gus! ¡Marie! —exclama papá, y me presenta a la pareja, a pesar de que la conozco desde hace años. Y así, sin más, se termina la conversación sobre Paul.

Cuando Aubrey pronunció el nombre de Paul Granger, a mí me recorrió un escalofrío, y desde entonces he estado buscando toda la información que he podido.

Aubrey tenía razón cuando dijo que a mí me sonaba el nombre de Paul Granger.

Paul nació y se crio en mi ciudad natal y me llevaba bastantes años.

Cuando yo estaba en la universidad, él era un camello de treinta años que seguía relacionándose con chicos de secundaria.

El tipo de camello que solo puede ser un pez gordo en un estanque muy pequeño, donde las opciones son muy limitadas.

El tipo de camello que hay en cualquier población pequeña.

Hace diez años, Paul Granger conducía su camioneta borracho y colocado. Se saltó una señal de stop y embistió de lado a otro coche. Mató a sus dos ocupantes.

Seguí el consejo de Aubrey e indagué un poco para ver cómo estaba ella relacionada con Paul.

Las personas que Paul mató aquella noche eran los padres de Aubrey Price. Es algo en lo que no dejo de pensar ahora.

Papá y yo conseguimos por fin nuestras bebidas y volvemos a la mesa. Mamá se ha ido a la de al lado para hablar con el grupo de mujeres que hay allí, mientras que Silas y Margaret están en el otro extremo del salón. Ben sigue ahí esperándome y se levanta cuando nos acercamos.

—¿Nos vamos a nuestra mesa? Pronto servirán la cena.

—Claro.

Ben le estrecha la mano a papá, diciéndole que los veremos más tarde. Yo me alejo casi sin decirle nada más.

Mi amiga Riley me alcanza justo antes de llegar a nuestra mesa.

—Pensaba que no ibais a llegar nunca. ¿Hank sabe que estoy sentada con vosotros?

Ben suelta un bufido cuando yo respondo:

—¡Sí! ¡Está ansioso por conocerte!

«Ansioso» quizá sea exagerar un poquito. Al llegar a la mesa, me detengo junto a él, que ya está sentado.

—Ey, Hank. ¡Esta es la amiga de la que te hablé! Riley Murphy.

Él se levanta, lanzándome una mirada; luego pone una sonrisa postiza y se vuelve hacia ella.

—Hola, Riley. Encantado de conocerte.

Ella le dedica una sonrisa radiante y ocupa la silla que hay a su lado. Yo casi puedo oír cómo gruñe Hank por dentro.

Ben y yo nos sentamos frente a ellos justo cuando las luces se atenúan. Empieza una presentación en vídeo que muestra todas las cosas increíbles que ha logrado este año la fundación.

Observo cómo mira Ben la pantalla y trato de ordenar mis pensamientos embarullados. Me da la sensación de que mi mente no ha parado de girar a toda velocidad desde hace días.

Después de encontrar aquella servilleta con el nombre de Aubrey, revisé el historial del navegador del Range Rover de Ben y descubrí que no solo había estado en el bar donde ella trabaja, sino también en su casa, de manera que la infidelidad parecía la única explicación lógica.

La reacción de Aubrey ante esa acusación me dejó claro que había sacado una conclusión equivocada, pero eso no cambiaba el hecho de que Ben estaba vigilándola. Y ahora, gracias a mí, Aubrey sospecha que Paul Granger y la conexión que ella tiene con su caso podría explicar la razón.

Ben debe notar mi mirada porque se inclina hacia mí.

—¿Qué te pasa? —me pregunta, disgustado—. Has estado enfurruñada toda la noche.

Enfurruñada.

—Nada. Estoy bien.

Él mira para otro lado y yo cierro los ojos, deseando saber lo que debería hacer.

Deseando ser lo bastante valiente para mantener una conversación sincera con él.

Pero la verdad es que me asusta decirle a dónde me llevan mis pensamientos. Explicarle cómo unos hechos de hace diez años están colisionando con otros recientes y llevándome a un lugar muy oscuro.

Me asusta lo que Ben haría si mis sospechas fueran ciertas, porque él tiene mucho que perder en tal caso. Y el golpe financiero, suponiendo que yo pueda activar esa cláusula del contrato prenupcial, no sería la única amenaza a la que debería enfrentarse.

Después de que Aubrey mencionara a Paul Granger y de que yo descubriera que aquel accidente la había dejado huérfana, mi mente empezó a establecer conexiones que antes nunca había considerado.

Hace diez años, en el verano del accidente, Ben y yo acabábamos de terminar nuestro segundo año en la universidad.

Él tuvo que volver a Corbeau para trabajar, pero yo estaba estudiando en España.

En una ciudad tan pequeña como Corbeau hay pocas distracciones para los jóvenes, así que es inevitable que la gente acabe frecuentando sitios como la casa de Paul Granger; de ahí que papá se asegurase siempre de que Silas y yo estuviéramos fuera durante los turbulentos meses estivales.

Recuerdo haberle preguntado a Ben qué había sucedido cuando volví y me enteré de la noticia. Él se negó en redondo a hablar de ello. Era un tema delicado porque Ben también iba a aquella casa en ocasiones y todo el mundo estaba entonces tratando de marcar distancias respecto a Paul.

Fue en ese mismo verano cuando las cosas cambiaron entre Ben y yo.

Antes estábamos los dos unidos en nuestra frustración por el modo que tenía papá de intentar dirigir mi vida.

Hablábamos sin parar de cómo íbamos a distanciarnos de mi padre y del poder que ejercía sobre mí.

Nos prometimos que nos fugaríamos juntos, que nos largaríamos de Corbeau y no volveríamos nunca más, con esa cháchara sin sentido que emplean unos chicos de diecinueve años cuando todo es de boquilla y ninguno de los dos tiene dinero para realizar tales deseos.

Pero las cosas habían cambiado cuando volví a casa al final de aquel verano.

Mi padre y Ben estaban diferentes, no solo en su relación, sino en el concepto que tenían el uno del otro.

Ben había desarrollado una nueva y vomitiva admiración hacia mi padre que antes no existía.

Ese cambio en la dinámica entre ambos me tuvo perpleja durante años.

Y entonces Aubrey Price pronunció el nombre de Paul Granger y las cosas empezaron a encajar.

Paul siempre mantuvo que no era él quien conducía su camioneta aquella noche.

En aquel momento, lanzó una docena de nombres de personas que habían estado esa noche de fiesta en su casa.

La mitad de la gente con la que yo había ido a secundaria fue interrogada, puesto que la mayoría pasó el verano en la ciudad. Igual que Ben.

Yo conozco lo bastante bien a Ben para saber que él jamás asumiría el caso de Paul, sea cual sea esa verdad críptica a la que aludía la madre de este en los mensajes que ha colgado.

Pero entonces ¿por qué está investigando a Aubrey Price? ¿Acaso ella sabe algo que ayudaría a Paul a que su condena fuera revocada? Para Aubrey sería tan importante como para Paul que el verdadero autor de los hechos estuviera entre rejas.

Si Ben no está contribuyendo a que la verdad salga a la luz, ¿quiere decir que está intentando que eso no suceda?

El vídeo concluye y las luces vuelven a encenderse, sacándome de mis pensamientos.

Ben se inclina hacia mí, ahora sin la irritación de antes.

—¿Sabes qué estaba pensando?

Niego con la cabeza.

—No tengo ni idea de lo que pasa por esa cabeza.

Él se ríe y, echándose hacia delante, entrelaza sus dedos con los míos. Me revienta que mi primer pensamiento sea que ese gesto de afecto es puramente para la galería.

—Ya sé que no tienes ningunas ganas de ir a casa de tus padres para asistir a ese festival religioso, pero ambos sabemos que tu padre no va a dejarlo correr.

Yo tengo que estar en Nueva Orleans con Hank ese fin de semana para un seminario de formación continua, pero ¿qué te parece si te reservo esos días fuera, en algún sitio cerca de Corbeau?

Quizá en Saint Francisville. Siempre tienen cosas geniales allí.

Así puedes conseguir contenidos para tu cuenta y estar lo bastante cerca como para complacer a tu padre, pero sin necesidad de quedarte con ellos.

No es la primera vez que hace algo así. Organizarme planes cuando él está ocupado. Pero, por alguna razón, esta vez parece diferente. Mi primer impulso es acceder, pero luego decido abordarlo de otro modo.

—No sé. A lo mejor me quedo en casa. Tengo algunas cosas pendientes que hacer.

Ben sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos. Él puede engañar a mucha gente con su encanto y su actitud distendida, pero yo lo conozco desde hace mucho tiempo y me resulta fácil detectar ciertos signos que se le escapan a la mayoría.

—Ya sé lo que pasará si te quedas en casa.

Te acabarás aburriendo y luego te enfadarás conmigo por no estar allí.

Además, tu padre no va a darse por vencido.

Insistirá para que vayas a Corbeau. Yo puedo reservarte una habitación en el hotel Saint Francisville.

Lo bastante cerca de tus padres, pero en realidad a mucha distancia de ellos.

Una solución perfectamente diseñada para un problema del que me acabo de enterar. Tengo la sensación de que ese nudo en mi estómago se ha doblado de tamaño. No entiendo el motivo, pero es evidente que él no quiere que esté en casa ese fin de semana.

¿Será algo relacionado con esa servilleta con el nombre de Aubrey Price que había en su maletín? ¿O se trata de otra cosa?

En todo caso, sé que se trae algo entre manos.

Y ahora me recorre otra sensación. Un diminuto destello de esperanza. Si puedo conseguir una prueba de lo que está tramando, quizá pueda encontrar una salida.