Anatomía de una coartada 12. Aubrey. La coartada
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12. Aubrey. La coartada

Aubrey

LA COARTADA

T engo que matar un poco el tiempo, así que voy a hacer lo que Camille me pidió mientras espero. Saint Francisville es muy pequeño y solo debo conducir un kilómetro para encontrarme frente a una de las muchas boutiques que hay aquí.

Tardo un rato en encontrar un hueco para aparcar, y las aceras están repletas de turistas y compradores que están disfrutando de este espectacular día de otoño.

La tienda que escojo tiene de todo, desde ropa hasta vajillas y objetos de arte.

Me doy una vuelta tratando de decidir qué voy a comprar.

Espero que el pasmo que me lleve al ver el precio no se me note demasiado.

Camille y yo tuvimos una extraña conversación sobre cómo sería hacer compras en una tienda como esta.

Yo no le hice mucho caso entonces, pero ahora entiendo de lo que pretendía advertirme.

Me dijo que quizá me sentiría incómoda en algunas de estas tiendas.

Desplazada. Y tiene razón. Dijo que eso se notaría en mi manera de tocar las cosas, porque estaría más asustada pensando que iba a romper algo que excitada ante la posibilidad de comprarlo. Y también en esto acertaba.

Por eso decidió que yo debía tener su aspecto físico, porque pensó que era muy probable que me pidieran el documento de identidad si veían mi expresión culpable al utilizar su tarjeta de crédito. Lo último que nos hace falta a las dos es que me detengan por robo.

Yo estuve de acuerdo en que podía suceder tal cosa, pero accedí al disfraz por un motivo más personal.

Si Ben se entera de algún modo de lo que estamos haciendo, no quiero ponérselo fácil para que se vuelva contra mí por el papel que he jugado.

Y si recurre a las cámaras de seguridad de una de estas tiendas para comprobar quién estaba usando la tarjeta de crédito de Camille, probablemente no podrá identificarme.

Los dependientes de estos establecimientos de lujo captan el lenguaje corporal en un segundo, así que procuro relajarme y actuar como si fuese de lo más normal que un sencillo cuenco blanco cueste 475 dólares.

Me decido al fin por un pequeño jarrón de cristal porque es algo que a mi madre le habría encantado. Ni siquiera miro la etiqueta antes de llevarlo al mostrador. Mi actuación debe haber sido bastante buena porque la dependienta no me pide una confirmación de mi identidad.

Con el jarrón bien envuelto, subo al coche y regreso a la tienda de piensos. Por suerte, está libre la misma plaza de aparcamiento.

¿Estará Ben siguiendo ahora mismo mis pasos y preguntándose por qué ha vuelto Camille aquí? Ni idea. ¿Me importa que ella vaya a tener que darle una explicación si él la interroga? No, para nada.

Al cabo de unos minutos, veo que Deacon entra en el aparcamiento con su todoterreno negro y va recorriendo de punta a punta cada hilera.

Al ver el coche de Camille, ocupa un hueco situado cuatro plazas más allá de donde he aparcado.

Yo ya estoy junto a su coche cuando él se baja.

Tiene los ojos ocultos tras unas gafas de sol.

Me pregunto cómo puede conducir con esas gafas y los cristales tintados del todoterreno.

Serenity se baja de un salto por el lado del copiloto, rodea el morro del coche y arruga la nariz tras echarme un buen vistazo.

—Esa peluca es horrenda.

Yo pongo los ojos en blanco.

—Creía haberte pedido que te pusieras algo sencillo.

Serenity va con unos vaqueros acampanados y un top blanco de ganchillo que no cubre mucho más que su sujetador, y lleva un anillo en cada dedo y varios collares de distinto tamaño.

Se ha recogido la melena rubia en dos gruesas trenzas que le cuelgan sobre los hombros.

Aunque tiene algo más de cuarenta años, podría pasar perfectamente por una chica de treinta.

—Esto es lo más sencillo que tengo.

—Bueno, supongo que está bien para lo que has de hacer. —Les indico a los dos que vengan al coche de Camille y le abro a Serenity la puerta del conductor—. Entra y vamos a repasarlo todo.

Ella se sube y desliza las manos por el volante.

—Guau, podría pasármelo bomba con este coche —dice, antes de cerrar la puerta y bajar el cristal de la ventanilla.

Deacon y yo nos acercamos.

—Hoy no —dice él—. Hoy vamos a atenernos al plan en todos los aspectos.

—Haz el favor, Serenity. Bastante nerviosa estoy para tener que preocuparme de que vayas a actuar por tu cuenta.

Ella saca la mano por la ventanilla y me acaricia la mejilla.

—Cariño, hoy estamos todos a tu disposición, ya lo sabes. No vamos a hacer nada que ponga en peligro lo que tienes entre manos.

Sonrío y le aprieto el brazo.

—Gracias. —Saco de mi bolsillo trasero el móvil de Camille. Hay una notificación de que Ben le ha enviado un mensaje hace un rato, pero, debido a los ajustes de privacidad, no puedo leerlo.

Le doy el móvil a Serenity.

—Cuando te bajes del coche, métetelo en el bolsillo y no hagas caso de las notificaciones.

Está bloqueado, así que solo debes llevarlo encima, vayas a donde vayas.

Si llama alguien, sobre todo Ben, deja que suene.

Camille dice que él siempre envía un mensaje cuando no le contesta, y que ella ya se ocupará de responder desde su iPad.

Serenity asiente y pone el móvil en el portavasos.

—Solo para que quede claro: yo voy a ese pequeño parque cerca del centro y simplemente me paseo por allí, ¿cierto?

—Sí. Camille quería que comprase algunas cosas, pero no vamos a hacer eso. No quiero correr el riesgo de que alguien empiece a hacer preguntas sobre su tarjeta de crédito.

Incluso con la peluca, yo podría pasar a duras penas por Camille si me comparasen con la foto de su permiso de conducir, pero sería imposible que Serenity resistiera ese escrutinio. Ella mide apenas un metro cincuenta, mientras que Camille mide un metro setenta. Además, no se parecen en nada.

—Tú limítate a pasear. Si te aburres, date una vuelta con el coche y echa un vistazo en las tiendas. Solo necesitamos que te muevas. Yo me encargaré de hacer más gastos con su dinero cuando nos volvamos a cambiar.

Camille no es la única que necesita convertirse en un fantasma durante unas horas.

Serenity asiente.

—Entendido.

Deacon y yo nos apartamos; ella sube la ventanilla, sale de la plaza de aparcamiento y nos hace un gesto con la mano mientras se aleja.

—¿Estamos cometiendo un error?

Deacon se echa a reír.

—Toda esta historia, o bien será la mejor idea que hemos tenido en nuestra vida, o bien nos explotará en la cara. En cualquier caso, ahora ya estamos en marcha y no hay vuelta atrás.

Le sigo a su coche y me subo por el lado del pasajero. En cuanto tomamos la autovía, me quito la peluca y el gorro. Bajo la visera para mirarme el pelo y descubro que lo tengo disparado en todas direcciones.

—Uf, vaya. —Me paso un par de minutos tratando de alisarlo.

—Mira a ver si hay un cepillo en la guantera.

Deacon es el compañero de la casa con el que estoy más unida.

Su nombre completo es Francis Deacon, cosa que descubrí por una carta que llegó un día con el correo.

Cuando yo le tomé el pelo al respecto, él puso los ojos en blanco y dijo: «Mi madre es la única persona que tiene permiso para llamarme Francis».

Aunque yo creo que, si Deacon se permitiera una excepción, sería conmigo.

Con los años, he descubierto en él un lado más blando que no creo que mucha gente haya tenido la ocasión de percibir.

—¿Tú crees que Ben se habrá llevado una sorpresa al ver que Eddie se presentaba con el Mustang?

Deacon asiente.

—Apostaría a que sí. Se supone que han de llamarme cuando salgan de allí.

Al día siguiente de que Camille se largara de la Doug’s Tavern en plena tormenta, Shane y Eddie nos contaron que Ben los había contratado para arreglar un Mustang antiguo.

Yo confiaba en que se tratara solo de una extraña coincidencia, pero Deacon señaló que era mi nombre el que estaba escrito en la servilleta junto con nuestra dirección, no el de Shane o el de Eddie.

Y después de hablar con ellos, comprendimos que allí debía haber algo más, aparte del deseo de Ben de restaurar un viejo coche deportivo.

De hecho, cuando este se pasó para ver «cómo iba la cosa», mostró muy poco interés en el coche.

En cambio, hizo un montón de preguntas sobre quiénes vivían en nuestra casa.

En aquel momento, los chicos pensaron simplemente que estaba fisgoneando, pero la visita de Camille al bar le dio un sentido diferente a todo el asunto.

Aquella mañana decidimos que Eddie y Shane seguirían actuando como si nada con Ben hasta que yo localizara a Camille para mantener otra conversación sobre su marido y Deacon tuviera tiempo de indagar un poco por su cuenta.

—Ella debe de estar alucinando al ver todo eso. —Camille no sabe que Shane y Eddie son mis compañeros. Y como ella no ha mencionado el Mustang ninguna de las veces que hemos hablado desde aquella primera noche, estoy segura de que Ben le ha ocultado también esa adquisición.

Deacon se ríe.

—Sí, seguro. La verdad es que me voy a llevar una sorpresa si Camille se atiene a su parte del plan y se queda en la buhardilla todo el día. Apuesto a que será ella la que acabe jodiéndolo todo.

Me remuevo en el asiento y flexiono una pierna bajo mi cuerpo para poder volverme hacia él. Para esta parte del día, Camille me ha hecho llevar unos vaqueros de diseño y un vaporoso top de seda que debe costar más que el viejo Honda con el que he venido. Resulta sorprendentemente cómodo.

—¿Cuánto falta para llegar? —Mis nervios parecen empeorar a cada kilómetro que pasa.

—No mucho. Otros diez minutos.

Miro la hora. Van a ser las dos. Todo según lo previsto.

Deacon está arrellanado en su asiento, con una mano en el volante.

Me sorprendo mirando esa mano. Y luego mirándolo a él.

Realmente es muy guapo. Él me echa un vistazo, alzando una ceja, y yo me giro otra vez hasta mirar hacia delante, un poco avergonzada por el hecho de que me haya pillado observándolo.

—¿Cómo es que estás tan tranquilo? —pregunto.

Por suerte, él vuelve a concentrarse en la carretera.

—Porque no es la primera vez que hago algo que se supone que no debería hacer. —Aunque casi todos en nuestra casa han tenido sus roces con la ley, Deacon está plantado firmemente al otro lado de la legalidad y no se disculpa por ello.

Suelto un profundo suspiro y me arrellano en el asiento.

—Yo estoy muy nerviosa.

—Ya lo sé. Pero estamos todos contigo, y no voy a permitir que esto se tuerza.

—Ahora el tono distendido ha desaparecido, y a mí me encantaría creer que la cosa pueda ser tan fácil.

Confío en este grupo, en mis amigos, más que en ninguna otra cosa, pero eso no significa que algo no pueda salir rematadamente mal.

—Os agradezco de verdad lo que estáis haciendo todos, porque yo no habría podido conseguir nada de esto por mi cuenta.

Él me mira con expresión preocupada por primera vez en todo el día.

—No, ahora no te voy a tolerar esa actitud. Te lo noto en la voz. Estás pensando que ya la hemos cagado de algún modo. Y si de verdad lo estás pensando, será precisamente eso lo que ocurrirá.

—Vale, tienes razón. Acabamos de empezar.

Deacon reduce la velocidad y pone el intermitente.

—Ya casi estamos.

Levanto la vista y veo el cartel.

PENITENCIARÍA DEL ESTADO DE LUISIANA

Ha llegado la hora de hablar con Paul Granger, el hombre que fue condenado por matar a mis padres.