Anatomía de una coartada 11. Hank. Después de la coartada #2
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11. Hank. Después de la coartada #2

Randall posee prácticamente toda la ciudad de Corbeau y sus alrededores, que quedan al sur de aquí, y su hijo, Silas, ha sido educado para tomar las riendas cuando llegue la hora.

El grueso de sus ingresos procede de los interminables campos de caña de azúcar que rodean esa pequeña población y se extienden por todo el municipio, y de las bolsas de gas natural que hay en el subsuelo de esos campos.

El rumor que circula sobre cómo consiguió esas tierras la familia Everett en su día es una historia mucho más interesante.

Dicen que Otto Everett, el bisabuelo de Randall, ganó una pequeña granja en Corbeau durante una partida de póquer en Nueva Orleans cuando tenía poco más de veinte años.

Así pues, hizo las maletas y decidió probar la vida de un hacendado.

El trabajo era duro, sin embargo, y él no tardó en buscar otras formas de rentabilizar su nueva propiedad.

Justo entonces entró en vigor la ley seca y Otto Everett tuvo una idea.

Hizo un trato con unos fabricantes de alcohol ilegal y, usando las vías fluviales y las líneas de ferrocarril por las que normalmente transportaba su reducida cosecha al mercado azucarero, acaparó el negocio del contrabando de licor.

A medida que creció su fortuna, fue comprando una parcela de tierra tras otra, sin preocuparse mucho de si el propietario quería vender o no.

El viejo Everett colocó a sus familiares y amigos en los puestos importantes de la pequeña ciudad y se aseguró de ser él quien manejara realmente las cosas.

Los agentes de la ley miraban para otro lado.

Los banqueros le ayudaban a ocultar el dinero.

Cuando el alcohol volvió a ser legal, el negocio cambió, pero no su dominio sobre la ciudad.

Cien años después, un Everett sigue mandando en Corbeau. Y son tan ricos como corruptos.

Yo llevaba trabajando con Ben casi un año cuando descubrí que Camille era hija de Randall. Ella nunca habla de su familia y se apresura a restar importancia a cualquier comentario cuando lo hace otra persona.

Vuelvo a mi despacho con una taza de café en cada mano y pongo una sobre el escritorio delante de Randall.

Él da un sorbo y luego se arrellana en la silla como si no tuviera ninguna prisa. El silencio debería resultar incómodo, pero ambos parecemos satisfechos permaneciendo así, observándonos. Finalmente, él toma la palabra.

—Ben me dijo, cuando te contrató en el bufete, que ambos ibais a designaros mutuamente albaceas en vuestros respectivos testamentos. ¿Todavía sigue siendo así?

Asiento.

—En efecto.

Randall se encoge de hombros.

—No sabía si él había cambiado ese acuerdo después de que decidiera pedirte que abandonaras el bufete.

Un golpe directo.

Y, una vez más, llego a la conclusión de que no hay un modo educado de responder.

Pero él no ha terminado.

—¿Te parece correcto seguir desempeñando ese papel, así como asumir sus casos como si fueran tuyos?

Es una agresiva serie de preguntas para la que no estaba preparado.

—Estoy convencido de que usted comprende mi posición —digo—.

Ben me entregó un borrador para la disolución de nuestra sociedad, pero la cosa estaba lejos de estar ratificada.

De hecho, yo creía que cabía la posibilidad de que encontráramos un modo de seguir trabajando juntos.

En cuanto a lo demás, yo soy el albacea designado, así como el único miembro superviviente de nuestro bufete, de modo que estoy legalmente obligado a gestionar tanto su patrimonio como los clientes representados por Bayliss and Landry.

Nos quedamos mirando otra vez un buen rato.

—Parece que la muerte de Ben, antes de que pudiera apartarte de esas responsabilidades, te ha resultado muy beneficiosa. ¿Alguien te ha preguntado dónde estabas el sábado por la noche?

Necesito todas mis energías para adoptar la misma actitud fría y calmada de Randall, porque me niego a darle el gusto de que compruebe hasta qué punto me han cabreado sus comentarios.

—Si piensa propagar insinuaciones, le sugiero que esté preparado para que yo tome medidas en defensa de mi nombre y mi reputación. Lo que está sugiriendo es repugnante.

Randall sonríe con suficiencia.

—Según el acuerdo original de la sociedad que firmasteis, Camille tiene derecho a recibir un porcentaje de los ingresos del bufete durante los próximos diez años.

Entre eso y la gestión del patrimonio, tienes en tus manos su bienestar financiero en todos los aspectos.

Ben creía tener motivos para apartarte de la empresa, pero su muerte le ha impedido llevarlo a cabo.

Si me parece que no te tomas en serio lo que es mejor para los intereses de mi hija en cualquiera de las responsabilidades que estás asumiendo, me encargaré de que se encuentre un sustituto adecuado.

Me quedo en mi silla, totalmente anonadado, mientras Randall Everett sale de mi oficina. Al cabo de unos segundos, me vibra el móvil en el bolsillo.

Es un mensaje de Camille.

Mamá acaba de decirme que papá ha ido a verte. No tengo ni idea del motivo, pero estoy segura de que se comportará como un gilipollas. Me disculpo por anticipado.

Leo su mensaje y dejo el teléfono sobre el escritorio. Camille siempre ha dado a entender que ellos no se veían mucho con su familia, pero está claro que su padre mantenía un estrecho contacto con Ben. Solo así se explica que estuviera tan al día de los intríngulis del bufete.

Por mucho que lo intento, no consigo concentrarme en los documentos que tengo delante. El insolente comentario de Randall Everett sobre mi paradero el sábado por la noche me ha puesto nervioso. Sullivan no me preguntó dónde estaba cuando Ben fue asesinado, pero sin duda lo hará.

Y mientras que Camille pudo mostrar un nítido rastro digital del tiempo que pasó en Saint Francisville, yo no tengo nada tan irrefutable.

Después de dejar a Ben, me fui a casa. Me puse ropa vieja, manchada de aceite y grasa, y me pasé el resto del día bajo el capó del Pontiac GTO de 1970 que he estado restaurando.

Y aunque para mí es normal pasarme horas en mi garaje, no hay una sola persona que pueda verificar dónde me encontraba o qué estaba haciendo.

En cuestión de coartadas, la mía es extremadamente endeble.

Cuando se sepa que Ben quería echarme, solo harán falta unos comentarios deslizados en los oídos adecuados para catapultarme al primer puesto en la lista de sospechosos. Sobre todo teniendo en cuenta que me estoy beneficiando financieramente de su muerte.

Si Randall Everett quiere que todo el mundo crea que yo he matado a Ben, eso es exactamente lo que sucederá.