Anatomía de una coartada 11. Hank. Después de la coartada
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11. Hank. Después de la coartada

Hank

DESPUÉS DE LA COARTADA

M i secretaria, Lila, ordena la montaña de documentos de mi escritorio mientras yo me restriego la cara con las manos. Anoche acabé durmiendo en el sofá, en vez de volver a casa, y, por lo agarrotado que estoy esta mañana, me temo que voy a lamentarlo todo el día.

—He recogido su ropa de la tintorería al venir, así que al menos tendrá un traje limpio que ponerse.

Cuando los becarios empiezan aquí, creen que Lila es una presa fácil porque es bajita, poco más de metro cincuenta, y parece diez años más joven de lo que es en realidad.

Es más, cuando se presentó para el puesto, creí que había una errata en su currículum porque habría jurado que estaba aún en secundaria.

Pero es una persona a quien hay que tener muy en cuenta, y los becarios descubren enseguida que no les conviene estar a malas con ella.

—Supongo que debemos despejar su agenda, y también mirar el calendario de Ben.

—Sí, anúleme todo lo que pueda de esta semana.

Y quizá también de la próxima. Los asuntos de Ben tienen prioridad.

Además, necesito que haga unas llamadas.

En primer lugar, contacte con la empresa que supervisa nuestro sistema de alarma y pregunte si pueden enviarnos un guardia de seguridad.

Si no ofrecen ese servicio, pida que le recomienden a alguien.

Lila se gira en redondo.

—¿Cree que es necesario? —Ella lleva aquí el tiempo suficiente como para saber leer entre líneas. No tuve que explicarle cómo había muerto Ben para que ella dedujera que fue un asesinato. La cobertura de los medios mostró un dispositivo policial que solo se despliega en la escena de un crimen.

Me encojo de hombros.

—Prefiero extremar las precauciones. —Hasta que descubramos quién mató a Ben y por qué, no quiero que corran ningún riesgo las personas que trabajan en el bufete.

Ella asiente y coge su cuaderno de notas.

—¿Quiere que estén aquí durante el horario laboral?

—Sí. Y dígale a todo el mundo que, por ahora, nadie debe quedarse en la oficina fuera de horas. Si es necesario, que se lleven el trabajo a casa. Pero no quiero que nadie se quede aquí sin la presencia de un guardia de seguridad.

—De acuerdo. ¿Qué más?

—Llame al psicólogo al que recurrimos como experto en el caso Henderson y pregúntele si está disponible para atender a cualquiera que tenga dificultades para sobrellevar esta situación.

E infórmeme si alguien necesita tomarse unos días.

—El bufete cuenta con doce empleados y todos, desde el recepcionista y los auxiliares jurídicos hasta nuestras secretarias, trataban con Ben a diario.

Esta oficina es como una familia, así que es de esperar que nos cueste lidiar con la pérdida de uno de los nuestros.

Ella deja de tomar notas y me mira.

—Usted también podría tomarse unos días. No tiene por qué volcarse en el trabajo menos de veinticuatro horas después de descubrir que su socio ha muerto.

Socio. Si ella supiera. Yo no le he enseñado a Lila el documento que me dio Ben, porque todavía esperaba disuadirlo de su decisión de separarnos, pero la secretaria de Ben, Tricia, sí está al corriente, porque fue ella quien mecanografió la propuesta de disolución de la sociedad.

Seguramente es solo cuestión de tiempo que la noticia corra por toda la oficina.

—La idea de quedarme en casa durante unos días es un disparate y ambos lo sabemos. Me volvería loco.

—Era solo una sugerencia.

—¿Le ha dicho a Tricia que puede tomarse unos días si le hace falta?

—Sí, pero va a venir igualmente. Me ha dicho que quizá se los tome cuando esté segura de que los asuntos más urgentes están encarrilados.

—¿Usted se ha enterado de que Ben quería echarme del bufete? —Estaba dudando si decírselo o no, pero al final he pensado que, si el personal está comentándolo, es mejor que yo lo sepa.

Lila sonríe con tristeza.

—Sí, Tricia me lo mencionó la semana pasada. Creo que lo hizo para alertarme, por si tenía que ponerme a buscar otro trabajo.

Asiento.

—Está muy bien que todos se cuiden mutuamente. Resulta extraño que yo estuviera pensando lo mismo la semana pasada. Si alguien está preocupado o inquieto por el cambio en la dirección del bufete…

Ella observa cómo me cuesta levantarme del sofá y, sin decir nada, va al armario de la esquina y coge la rodillera.

—Póngasela sin discutir. Me dará las gracias más tarde, cuando pueda llegar a su coche andando, y no cojeando.

La acepto a regañadientes, aunque sé que tiene razón. Vuelvo a sentarme, me subo la pernera del pantalón, dejando a la vista las profundas cicatrices que se entrecruzan en mi rodilla, y me la envuelvo firmemente con la rodillera de neopreno.

Ella se sienta a mi lado en el sofá.

—Sea lo que sea lo que esté pensando…, olvídelo.

Ben era una excelente persona y un buen jefe, pero se empeñaba en mantener una distancia profesional con los empleados.

Usted, en cambio, se ha esforzado en conocer a todos los que trabajan aquí.

Si él lo hubiera echado del bufete, la mitad del personal se habría ido con usted, incluida yo misma.

Sus palabras me proporcionan un cierto alivio, pero no cambian las trágicas circunstancias que han resuelto ese problema.

Después de esta breve charla para animarme, Lila se levanta y se ocupa del desbarajuste que hay en mi escritorio con una eficacia de la que yo nunca soy capaz. Una vez satisfecha con los montones que ha apilado pulcramente, se vuelve hacia mí, que todavía sigo en el sofá.

—Vamos a liberar primero su agenda; luego Tricia y yo nos encargaremos de ordenar el escritorio de Ben.

Seleccionaremos lo que puede esperar y lo que no.

Ella me ha comentado que Ben tenía un juicio que empezaba el miércoles, pero que avisará esta mañana al juez y empezará a hacer el papeleo para solicitar un aplazamiento.

Lila intenta actuar con profesionalidad, pero unas lágrimas manchadas de rímel le ruedan por las mejillas.

Yo me acerco renqueando y le doy un abrazo, consciente de que no nos vendrá mal a los dos.

—Gracias por venir.

Ella asiente sobre la pechera de mi camisa.

—Todos sabemos que a usted no le gusta estar aquí solo.

Riéndome por primera vez desde que recibí la llamada de Camille, le doy un último apretón antes de separarme.

—Va a ganarse una bonificación de campeonato en cuanto todo vuelva a estar en orden.

Lila mira su reloj.

—Ya debe haber llegado todo el mundo. Vamos a pasar ese mal trago cuanto antes.

Tras una reunión llena de emoción con el personal, en la que ha habido más preguntas que respuestas, le digo a Lila que vaya a ayudar a Tricia a ordenar el escritorio y los expedientes de Ben para que podamos hacernos una idea cabal de la situación de su trabajo y sus finanzas.

Estoy trabajando en unos documentos cuando oigo que se abre la puerta de mi despacho. Doy por supuesto que debe de ser Lila, porque es la única que puede entrar aquí cuando tengo la puerta cerrada, pero al alzar la vista veo con sorpresa que es el padre de Camille, Randall Everett.

Me levanto del escritorio mientras él entra sin decir palabra. Es una impertinencia de su parte irrumpir de esta manera en mi oficina, pero le concedo el beneficio de la duda pensando que son el shock y el dolor que todos sentimos los que guían sus actos.

—Pase, señor Everett —digo, indicándole la silla situada frente al escritorio.

Nos estrechamos la mano y él toma asiento.

—¿En qué puedo ayudarle? —pregunto.

Él tuerce la boca hacia abajo, con la cara crispada.

—He querido venir a ver cómo estabas. Por si puedo ayudarte de algún modo. La muerte de Ben ha sido un golpe tremendo para nuestra familia y me imagino que también para ti.

Asiento, tragando saliva con dificultad. A mí no se me da bien hablar de mis sentimientos con nadie, y menos con un hombre al que apenas conozco.

—Para nosotros también ha sido demoledor. Todos teníamos a Ben en un pedestal. El hecho de que todo el mundo haya venido a primera hora y se haya puesto a trabajar para que sus clientes sean debidamente atendidos demuestra hasta qué punto le querían.

Me dirige una sonrisa apenada.

—Eso está bien. Me alegra saberlo. Conozco el efecto que pueden tener en una empresa los momentos difíciles como este, especialmente teniendo en cuenta que Ben era el capitán del barco, por así decirlo.

Es muy fácil que las cosas se desmoronen cuando no hay un líder fuerte capaz de cubrir ese vacío.

Aunque entiendo lo que pretende decir, no deja de irritarme su manera de expresarlo. Ben puede haber sido el fundador de esta empresa, pero yo llevo mucho más que mi propia carga de trabajo y he contribuido tanto como él al éxito del bufete.

No respondo a su pulla, sobre todo porque no se me ocurre nada que no me hiciera quedar como un cretino.

—¿Quiere tomar algo? ¿Café?

—Sí. Café está bien. Solo.

—Mi secretaria está ocupada ayudando en la oficina de Ben. Deme un segundo para ir a buscarlo.

Podría enviarle un mensaje a Lila para que ella le traiga una taza, pero decido traérsela yo mismo; así tendré unos minutos para afrontar esta visita con la actitud adecuada.

A un hombre como Randall Everett no puedes tratarlo a la ligera.

Aunque los Everett no vivan en Baton Rouge, la mayoría de la gente de aquí ha oído hablar de ellos.

Durante años han circulado a media voz rumores sobre ellos.

Extrañas tragedias sin resolver, antiguos empleados resentidos que desaparecen oportunamente cuando empiezan a armar demasiado alboroto y una fortuna que no ha crecido por medios legales.

Todos los chismorreos importantes están relacionados de un modo u otro con los Everett.