10. Camille. La coartada #2
Cambio la pantalla para poder mirar lo que sucede afuera. Es un Mustang de intenso color rojo. Aunque no uno nuevo. Es un modelo viejo, pero lo bastante reluciente como para poder deducir que acaba de ser restaurado. Aún está un poco lejos y no puedo distinguir al conductor.
Ben va a la puerta principal justo cuando el Mustang se detiene frente a la casa. El conductor se baja y se le acerca. Es un hombre negro, de la misma estatura aproximada que Ben, pero de complexión más robusta. Va con vaqueros y una camisa de vestir.
La expresión frustrada de Ben ya ha desaparecido; ahora es todo sonrisas mientras le da al tipo una palmada en la espalda y finge alegrarse de verlo.
—Eddie, me alegro de verte —dice. Realmente no sabrías que no es sincero si no hubieras presenciado su reacción ante la llegada de ese hombre.
Se estrechan las manos.
—No sabía si iba a encontrarte en casa, pero me he arriesgado a pillarte por sorpresa.
—Ah, pues le has sorprendido, Eddie —susurro ante la pantalla.
Ambos se acercan al Mustang y se pasan bastantes minutos examinándolo, incluso hasta el punto de levantar el capó. Es obvio que están hablando del coche, pero se encuentran demasiado lejos del micrófono de la cámara para que pueda escuchar la conversación.
Los observo con atención, tratando de deducir lo que pasa. ¿Acaso Ben está pensando en comprar ese coche? No creo. El aficionado a comprar y restaurar coches antiguos es Hank, no Ben. A él le gustan los coches nuevecitos, recién salidos de fábrica, así que estoy completamente perpleja.
Al cabo de unos minutos, Ben se sienta al volante, Eddie ocupa el asiento del copiloto y se alejan por el sendero.
¿Qué demonios? ¿A dónde van?
Me quedo unos minutos mirando la pantalla mientras me pregunto qué hacer. Seguro que han ido a dar una vuelta y volverán enseguida.
Poco después de que Ben haya salido con el Mustang, aparece otro vehículo en el sendero. Es una vieja camioneta de trabajo de color marrón, con una enorme caja de herramientas montada en la trasera.
¿Quién es este?
La camioneta se detiene casi exactamente donde había aparcado el Mustang.
El conductor se baja, pero tampoco lo reconozco.
Es un hombre blanco alto. Desgarbado. Vestido con vaqueros y una camiseta.
Aunque cuesta distinguir demasiados detalles porque lleva una gorra de béisbol con la visera que le cae sobre la cara.
El tipo saca su teléfono, cruza el jardín delantero hacia el costado de la casa donde está el garaje y desaparece del encuadre.
—¿A dónde ha ido?
Al cabo de un momento, oigo el traqueteo de la puerta del garaje al abrirse.
¡Ay, Dios mío! ¿Cómo ha podido abrirla? ¿Está entrando por la fuerza en nuestra casa?
Me levanto de golpe, con el iPad en las manos, y deambulo en círculos una y otra vez. Selecciono la cámara de la cocina, que muestra la puerta que comunica con el garaje, y aguardo para ver si el tipo entra.
Pasan casi dos minutos y ni rastro de él. Luego oigo cómo se baja la puerta del garaje.
Mi corazón palpita acelerado.
Intento volver a sentarme, pero estoy demasiado nerviosa, así que continúo deambulando mientras aguardo a que ese hombre vuelva a aparecer por la cámara del porche delantero.
Y ahí está, en efecto, cruzando tranquilamente el césped hasta su camioneta, donde se apoya en el portón trasero.
Antes de que pueda analizar qué significa todo esto, el Mustang reaparece en el sendero.
El tipo blanco hace una seña con la mano mientras el coche se acerca.
¿Acaso Ben lo conoce? ¿Él le ha dado el mando del garaje?
Ben detiene el Mustang en la zona de aparcamiento extra que hay junto al garaje, y el tipo blanco se acerca cuando los otros dos se bajan del coche. Ben le estrecha la mano, o sea que, sí, está claro que también a este lo conoce.
A continuación, los guía hacia la casa, los hace pasar al despacho y les indica las sillas que hay frente al escritorio.
—Shane, Eddie. Tomad asiento.
Vale, así que este nuevo tipo debe ser Shane.
Amplío la imagen por si reconozco a los dos hombres, ahora que tengo una toma más clara, pero no, no los conozco.
Ben se apresura a poner los papeles que estaba leyendo sobre las fotos y luego se arrellana en su silla con toda la despreocupación del mundo.
Subo el volumen de los auriculares para no perderme una sola palabra.
—Creía que el coche tardaría otra semana en estar listo.
Shane se encoge de hombros.
—Ya conoces a Eddie. Ahora tiene otro en camino, así que necesitábamos acabar con este.
—Bueno, no me lo esperaba hoy, pero no hay problema —dice Ben—.
Me alegro de que tengáis más negocios entre manos.
Y os recomendaré con mucho gusto a todo el que quiera restaurar un coche, porque realmente no estaba seguro de que fuerais a conseguirlo.
Este parecía listo para mandarlo al desguace cuando os lo llevé. Es increíble lo que habéis logrado.
Eddie se ríe, aunque su risa suena forzada. Charlan unos minutos más sobre el coche y las reparaciones que le han hecho.
Shane se echa hacia delante, se saca del bolsillo trasero un trozo de papel y se lo entrega a Ben.
—Aquí tienes la factura definitiva, y ya es todo tuyo.
No puedo creer que Ben haya comprado uno de esos potentes coches restaurados. Esto no es nada propio de él. Aquí pasa algo raro, sobre todo teniendo en cuenta que el tal Shane ha estado husmeando en el garaje cuando ha llegado.
—Ah, claro. —Ben coge la factura y se toma su tiempo para revisarla.
Mientras está distraído, los dos hombres observan todo lo que les rodea.
Examinan el despacho. No de un vistazo superficial, en absoluto; están estudiándolo todo como si luego tuvieran que pasar un examen.
Luego Shane mira directamente hacia mí. Mejor dicho, hacia la cámara.
Yo doy un respingo. ¿La ha visto oculta en el estante?
Y entonces sonríe.
Me llevo tal sobresalto que el iPad se me cae al regazo.
Es como si supiera que alguien está observando.
Que yo estoy observando.
Solo desvía la mirada por fin cuando Ben se levanta con el cheque en la mano. Ellos dos se levantan también. Ben rodea el escritorio.
—Gracias de nuevo —dice, dándole el cheque a Eddie. Estrecha las manos de ambos y luego los escolta fuera del despacho.
Shane abre la puerta principal. Pero, antes de irse, se vuelve hacia Ben.
—Te agradecemos el encargo. Pero todavía no sé cómo nos encontraste. Aunque, oye, nos alegramos de que lo hicieras.
Ben permanece un momento callado, mirándolo. Al fin dice:
—Mi socio, Hank, me pasó vuestro nombre.
—Ah, genial. No sé bien quién es, pero dale las gracias.
Y se van sin más. Ben se queda en el umbral y hace un último gesto de despedida con la mano antes de que la vieja camioneta se aleje de la casa. No se mueve de su sitio hasta que han salido del sendero.
Entonces cierra de un portazo.
Cuando regresa al despacho, su frustración ha reaparecido y resulta más evidente que nunca.
Observo cada detalle, desde las pronunciadas arrugas de su frente y el cruel rictus de sus labios hasta los puños apretados con los que se apoya en el escritorio, mientras permanece inclinado examinando algo que tiene delante.
No se mueve durante mucho rato.
Finalmente, se vuelve hacia su portátil e inserta el lápiz de memoria que había sacado del sobre antes de que llegaran Shane y Eddie.
Tras unos cuantos clics, la cara de Aubrey inunda la pantalla.