Anatomía de una coartada 10. Camille. La coartada
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10. Camille. La coartada

Camille

LA COARTADA

M e deslizo por la puerta lateral que lleva al cuartito del vestíbulo.

Unos armarios a medida se alinean a lo largo de una pared, mientras que la opuesta se halla enteramente ocupada por un banco que quiere parecer viejo y gastado.

Aunque sé que no hay nada que registre mi presencia en la casa ahora mismo mientras atravieso la despensa y entro en la cocina, evito las zonas que las cámaras interiores captarían si estuvieran funcionando.

Ben me dijo hace unos días que las cámaras estaban estropeadas, y con eso me bastó para deducir que iba a reunirse con alguien aquí.

Una «avería general del sistema» significaba que yo no recibiría ninguna alerta en mi móvil si alguien se acercaba a cualquiera de las puertas exteriores y que tampoco quedaría después ningún vídeo que pudiera utilizarse contra esa persona.

Lo que él no sabía es que me lo estaba poniendo fácil también a mí.

Esta casa puede ser preciosa, pero viene a ser como una prisión, una donde el carcelero puede vigilarte siempre que sea necesario.

Pero hoy no.

Hoy seré yo la que vigile, gracias a Aubrey.

Aubrey.

Ay, qué equivocada estaba sobre ella.

Cuando me presenté en el bar para obligarla a reconocer que estaba acostándose con mi marido, yo daba por supuesto que sabía perfectamente lo que estaba pasando.

Pero, en vez de obtener la prueba de la infidelidad de Ben, lo que hice fue abrir la caja de Pandora. Ahora, me guste o no, estoy encadenada a Aubrey Price.

Subiendo los escalones de dos en dos, llego al rellano del segundo piso y me dirijo a la estrecha puerta que oculta la escalera de la buhardilla.

Me he pasado los últimos días llenando un contenedor enorme con todas las cosas que voy a necesitar hoy.

Lo primero que cojo es la bolsa que contiene media docena de minicámaras.

Bajo otra vez a la cocina y me tomo mi tiempo para encenderlas y sincronizarlas por bluetooth con mi iPad. Después de probarlo todo hace unos días, sé que la distancia entre la buhardilla y el resto de la casa queda dentro del alcance de la tableta para captar la señal de cada cámara.

Una vez que he comprobado que la batería de cada una está del todo cargada, las distribuyo por los lugares donde creo que Ben podría estar cuando venga.

Voy recorriendo la planta baja: una cámara en una maceta que mostrará el sendero de acceso y otras cuatro en la cocina, el comedor, la sala de estar y su despacho; termino arriba, colocando la última en nuestro dormitorio, por si tiene planeado para hoy algo más de lo que yo creo.

Antes de salir del dormitorio, me detengo y contemplo la serie de fotografías que hay colgadas en la pared.

Ben es guapo en un sentido clásico; le tocó esa lotería genética que hace que todas las partes tengan la proporción y la simetría adecuadas para producir un resultado óptimo.

Además, posee la capacidad de ser exactamente lo que se requiere en cada situación, dependiendo de la gente que lo rodee.

Es un don que le permite ganar casos y amigos.

Ahí está la foto de nosotros dos de punta en blanco en el Mardi Gras de Washington D.

C., él vestido con esmoquin, en lo que yo llamo el look del Ben abogado.

El cabello cepillado hacia atrás, sin un pelo fuera de lugar.

Lentillas. Ni la menor sombra de barba. Al lado está una de mis fotos preferidas de los dos, tomada el pasado verano en Grecia.

Él está en shorts, sin camisa, en la cubierta del velero que alquilamos para salir a navegar.

Ese es el look del Ben relajado. Sin gel en el pelo, con grandes rizos al aire y esa cantidad perfecta de barba incipiente que le queda cuando no se rasura durante al menos un día.

Dos hombres de aspecto distinto, dos personalidades diferentes.

¿Cuál será el Ben que veré hoy?

Paso una mano por encima de esa imagen suya en el velero, como si estuviera diciéndole adiós a la versión de Ben de la que me enamoré hace tantos años, antes de que todo se complicara.

Vuelvo a subir a la buhardilla. Nos gastamos un montón de dinero en espuma aislante cuando hicimos las reformas, de manera que aquí solo hace unos grados más que en el resto de la casa.

Cojo una silla de playa plegable y la coloco junto al contenedor.

Ahí tengo un par de botellas de agua, una caja de barritas de cereales, un rollo de papel higiénico y un cubo.

Rezo con todas mis fuerzas para no tener que utilizar el cubo, pero estoy preparada para lo peor.

Una vez que él llegue, no sé cuándo podré salir de aquí.

Después de acomodarme en la medida de lo posible en la silla, enciendo la vista en cuadrícula de la tableta que muestra la señal de todas las cámaras a la vez y me pongo los auriculares.

La conferencia a la que estaban asistiendo él y Hank terminó hace casi una hora.

Si viene directamente a casa, podría estar aquí pronto, aunque es imposible saberlo con certeza porque ha apagado su servicio de localización.

Justo cuando me dispongo a esperar, me llega un mensaje suyo:

De todos los sitios en los que creía que estarías de compras, nunca se me habría ocurrido que pudiera ser en la tienda de piensos y semillas

¿Cómo?

¿De qué está hablando?

Antes de responderle, abro la aplicación que muestra la ubicación de mi móvil. Tiene razón, el puntito azul está parpadeando exactamente donde él ha dicho. Miro la hora y veo que faltan unos minutos para la una. Aubrey debería estar en el festival junto al hotel.

Pero no está allí. Está en la tienda de piensos.

—¿Qué haces, Aubrey? —musito, volviendo a la pantalla del mensaje de Ben.

Jaja, tienen unos crisantemos preciosos aquí! No he podido resistir la tentación cuando he pasado por delante

Por suerte, compré unos crisantemos ayer al llegar a la ciudad, así que no me pillará mintiendo.

Él no responde, cosa que me irrita porque en parte pienso que me ha enviado el mensaje simplemente para que sepa que me está vigilando. Son los momentos como este los que me refuerzan en la idea de que estoy haciendo lo correcto.

Me acomodo para esperar.

Y espero.

Tras cerca de una hora en la buhardilla, cuando casi me he convencido de que lo he malinterpretado todo y él no va a venir, oigo el ruido de la puerta del garaje al abrirse.

Al cabo de un minuto más o menos, Ben entra en la cocina.

Observo a través de la cámara cómo deja un montón de correspondencia sobre la encimera.

Todavía va vestido de Ben abogado, pero en cuanto cruza la puerta empieza a desprenderse de esa imagen y se transforma ante mis ojos.

Se quita el abrigo y la corbata. Se pasa las manos por el pelo impecablemente peinado hasta que empieza a caerle alrededor de la cara.

De todas formas, no se le rizará hasta que se quite todo ese gel.

Se enrolla las mangas de la camisa… y ahí está el Ben relajado.

Aunque sé que no es posible, al verlo así me da la sensación de que la temperatura ha subido cinco grados en la buhardilla. Noto que me suda el labio superior y que se me enrojece la cara.

No tengo ni idea de lo que haría Ben si me sorprendiera aquí arriba. Si descubriera que he colocado cámaras por toda la casa para espiarlo.

Este es uno de esos planes que parecen perfectos y sencillos sobre el papel, pero ahora, sentada en esta silla de plástico y rodeada de cajas de adornos de Navidad y de baldosas y madera sobrante de la reforma, me da la sensación de que es un poco demencial.

Parece algo que solo haría una persona desesperada, que es lo que soy.

Con el maletín en la mano, Ben se dirige directamente a su despacho, que queda junto al vestíbulo.

Escruto los recuadros de la pantalla y observo cómo va pasando de una habitación a otra.

Cada una de las imágenes es bastante pequeña y no ofrece demasiado detalle, puesto que son seis las tomas diferentes que compiten por el espacio de la pantalla; sin embargo, sé que puedo ampliarlas y volver a examinarlas por separado, si es necesario, porque hay una copia de seguridad en la tarjeta de memoria de cada cámara.

Ahora está tras su escritorio y al parecer se pone enseguida a trabajar.

Sé que se ha tomado tantas molestias para volver aquí con el fin de reunirse con alguien, pero también sé que si algo lo distingue es su eficiencia.

Pincho el recuadro y la vista de su despacho llena la pantalla.

Ben pone el maletín sobre el escritorio y lo abre. Con el ángulo de esta cámara, no veo lo que hay dentro. Se pasa unos minutos hurgando hasta encontrar un gran sobre de papel manila; luego va sacando las cosas que contiene, una a una. Unos papeles, unas fotos y uno de esos lápices de memoria.

Primero examina los papeles y las fotos. Si yo estuviera en su lugar, habría puesto música o la tele, cualquier cosa para tener un poco de compañía de fondo. Pero Ben no. A él le encanta el silencio. Dice que piensa mejor cuando no hay nada que interrumpa sus pensamientos.

Me he pasado años a su lado, pero es sorprendente lo que estoy descubriendo al observarlo cuando él ignora que lo observo.

No sabía que Ben hablaba solo. No dice nada impactante, solo va murmurando a medida que trabaja.

Luego están ciertos movimientos curiosos.

Hace crujir las articulaciones, carraspea con la fuerza suficiente como para sobresaltarme la primera vez que lo oigo, y estira y retuerce el cuello de un modo que parece incluso algo doloroso.

Estoy casi en trance observándolo tan desarmado.

Al fin, parece terminar de leer esos papeles y coge el lápiz de memoria. Su portátil está sobre el aparador de detrás, pero, justo cuando se vuelve hacia él, algo le llama la atención.

Reviso la cámara del porche delantero porque veo que está mirando por la ventana que da a la calle.

Un coche sube por el sendero.

Ben se levanta para mirar mejor.

—¿Qué coño…? —Pone los brazos en jarras mientras menea despacio la cabeza. Deduzco que esta visita no es la que esperaba hoy.