9. Aubrey. La coartada
Aubrey
LA COARTADA
C amille se aleja con el viejo Honda justo cuando yo arranco el Range Rover. Nunca en mi vida he tenido un coche, y hoy será la primera vez que no solo me habré subido a un modelo de lujo como este, sino que además lo habré conducido. No puedo creer que ella me lo haya confiado.
Aunque la confianza es algo curioso. No ha vacilado en darme su coche o su tarjeta de crédito platino, pero su teléfono ya es otra cosa. Debo llevarlo encima todo el día, pero permanecerá siempre bloqueado. La confianza no llega hasta el punto de que pueda leer sus mensajes.
Lo entiendo, de todos modos. Yo tampoco le dejaría leer los míos.
Antes de salir marcha atrás de la plaza de aparcamiento, repaso mentalmente el programa que diseñamos en Doug’s una noche de la semana pasada a la hora de cerrar.
En primer lugar, hay un festival que se celebra en un parque junto al hotel Saint Francisville, en el que ella se aloja.
Desde mediodía hasta las dos de la tarde, se supone que debo pasear por esa zona y comprar cosas a tres vendedores distintos con su tarjeta de crédito.
Salgo de la gasolinera a la autovía principal que atraviesa la ciudad y me tiro un poco de la peluca al ver en el retrovisor que está algo torcida.
Pero en lugar de doblar a la derecha hacia el parque, doblo a la izquierda.
Camille no lo sabe aún, pero me voy a salir del guion. Ella tiene su iPad para responder a los mensajes, así que es muy posible que pueda ver también la ubicación de su móvil, y estoy segura de que me preguntará por ello más tarde. Pero ya me preocuparé de eso entonces.
A unos cuatrocientos metros, llego a mi nuevo destino.
Hace una mañana de octubre espectacular y el aparcamiento de la tienda de piensos y semillas está lleno de camionetas y todoterrenos.
Llevo el coche de Camille hasta el extremo de la izquierda y me detengo en una de las pocas plazas vacías, cerca de una hilera de puestos de caza a la venta y unos palés llenos hasta los topes de maíz para ciervos.
El reluciente Mustang rojo de 1970 se para a mi lado con toda puntualidad.
Él se baja del coche al mismo tiempo que yo.
Me quedo junto al coche de Camille mientras se me acerca con una mochila negra al hombro.
—¿Tanto hablar de no llamar la atención para esto?
Él se echa a reír.
—Eres tú la que ha escogido el sitio más concurrido de la ciudad.
Tiene razón.
Miro hacia el Mustang.
—¿Dónde está Shane?
—Nos reuniremos cuando salga de aquí. Tienes una pinta extraña con esa peluca.
Poniendo los ojos en blanco, me inclino hacia el interior del Range Rover y cojo la llave.
—Yo también te quiero, Eddie.
Eddie pone la mochila sobre el capó del coche de Camille y hurga dentro hasta sacar un pequeño dispositivo. Le paso la llave y él sujeta las dos cosas juntas. Luego pulsa un botón hasta que suena un pitido.
—¿O sea que basta con esto para copiarla? ¿Con esta maquinita?
Eddie sacude el dispositivo al terminar.
—Solo después de algunas modificaciones que Shane ha hecho. Pero sí, lo único que hago es enviar la señal para abrir el coche a este aparato, en lugar de enviarla al coche. Y el código queda grabado.
Eddie y Shane vinieron a vivir a la casa unos seis meses después de mí.
Ambos se criaron en el sistema de acogida.
Los enviaron al mismo hogar comunitario cuando eran adolescentes y han seguido juntos desde entonces.
Tienen una serie de habilidades muy especiales: no hay motor que no puedan volver a montar ni coche que no sean capaces de robar.
Y han ido evolucionando a medida que evolucionaba la tecnología del automóvil.
Ahora son ladrones de coches retirados. O casi.
Camille se pondría furiosa si descubriera que mis compañeros no solo saben lo que está pasando hoy, sino que están ayudándome para que yo no salga jodida de esta historia.
Eddie me devuelve la llave.
—Voy a colocar el rastreador y entonces podré captar la señal de la puerta de su garaje, si es que está vinculada con el coche. Una vez que entremos en el garaje, hay muchas posibilidades de que la puerta que comunica con el interior de la casa no esté cerrada con llave.
Sí, la confianza es una cosa muy curiosa.
¿Acaso yo confío en que Camille compartirá conmigo las pruebas de las fechorías de Ben, en caso de que consiga encontrarlas?
No, en absoluto.
Así pues, mis compañeros y yo urdimos nuestro propio plan, un plan que ella no conoce.
Y el primer paso es asegurarnos de que tenemos acceso al coche y a la casa de Camille y de que conocemos su ubicación una vez que yo le devuelva el Range Rover.
Eddie señala el Mustang con la cabeza.
—Tráeme el móvil que tengo ahí dentro. Me voy a bajar la app de Range Rover y conectaré con su coche; así tendremos también eso por si falla el rastreador. Ben también tiene un Range Rover, ¿no?
Asiento.
—Sí, creo que es uno igual que este, pero negro.
—Qué monos.
Cuando le llevo el móvil, Eddie sigue los pasos para conectar con el coche de Camille.
—Hay muchas posibilidades de que sus dos cuentas estén vinculadas y de que podamos saber también dónde está él.
Me rasco la peluca.
—Todo esto parece demasiado fácil.
Eddie se encoge de hombros.
—Lo único fácil es cruzar la puerta. Espero que no haga falta llegar a eso.
—Gracias por ayudarme, Eddie. Y dale las gracias también a Shane —digo en voz baja.
Él deja de hacer lo que está haciendo y me mira.
—Somos un equipo. Si Ben Bayliss trata de jugártela, entonces nosotros se la jugaremos a él.
Por primera vez en todo el día, me sale una sonrisa.
Sí, quizá yo no confíe en Camille, pero confío a muerte en Eddie y Shane.
Él solo tarda unos minutos más en terminar.
—Vale, ya tengo todo lo que necesito.
Me acerco y le doy un fuerte abrazo.
—Gracias otra vez.
—Ya basta de dar las gracias. —Me estrecha a su vez con fuerza y me alborota la peluca, haciendo que se me deslice por la cabeza—. ¿Quieres que me quede por aquí hasta que ellos lleguen?
Niego con la cabeza.
—No. No hace falta.
Eddie monta el numerito saliendo del aparcamiento con el Mustang a toda velocidad y yo no puedo por menos que reírme.
Miro el reloj. Calculo que Camille ya ha llegado a Baton Rouge y está cerca de su casa. Arranco el coche y subo la música.
Ha llegado el momento del paso dos.