Anatomía de una coartada 8. Hank. Después de la coartada #2
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8. Hank. Después de la coartada #2

Pero ya habrá tiempo mañana para abordar todo el trabajo que tengo por delante. Esta noche no me quedan fuerzas para dar otro paso en esta oficina.

Apago la luz y cierro la puerta.

Tiro la bolsa del gimnasio que contiene los expedientes de Ben sobre el sofá de mi oficina y me voy directo a los armarios empotrados a lo largo de la pared.

Abro el del centro, que contiene un minibar, me sirvo dos dedos de bourbon y me los bebo de un trago, disfrutando del ardor en la garganta; luego me vuelvo a servir y me llevo el vaso a mi escritorio.

Yo tengo fotografías y diplomas similares en la pared, pero me concentro en la imagen de nosotros dos tomada el día en que firmé los documentos como socio y entré en el bufete.

Eso sucedió hace solamente dos años. Cuando salí de la facultad de Derecho, yo seguí un camino distinto al aceptar una oferta de trabajo en la oficina del fiscal del distrito.

Durante los dos primeros años de ejercicio profesional, Ben y yo nos enfrentamos en los tribunales: yo en la acusación, él en la defensa.

Estábamos muy igualados y ambos cosechamos el mismo número de victorias y derrotas.

Tras un juicio especialmente agotador que él acabó ganando, Ben me llevó aparte y me hizo una oferta.

Sabía que yo estaba quemado. En la oficina del fiscal hay un montón de abogados que pretenden hacerse un nombre y subir en el escalafón.

Estábamos sobrecargados de trabajo y mal pagados, y nos trataban fatal.

La oferta de Ben era buena. Muy buena, de hecho.

No solo el sueldo representaba un cambio radical, sino también la idea de ser mi propio jefe.

No podía dejar pasar aquella oportunidad.

Me sentí extraño la primera vez que me senté en el otro lado del tribunal para defender a un tipo que había sido detenido por robar coches.

Él decía que era inocente y yo decidí creerle.

La sentencia de no culpable me resultó desconcertante.

Me había acostumbrado hasta tal punto a temer ese veredicto que necesité un poco de tiempo para sentirme aliviado al escucharlo.

El hecho de haber estado en los dos lados resulta útil, por descontado. Yo sé cómo funciona la fiscalía. Cómo piensan. Las estrategias que utilizan.

Y por ello sé que Sullivan llamará muy pronto para pedirme que Camille se someta a un interrogatorio formal. Tengo que despejar mi agenda y tenerlo todo en orden para poder estar a su lado cuando llegue ese momento.

Aparto mi vaso vacío.

—Maldita sea, Ben.

No soy un tipo demasiado emotivo, pero me da la impresión de tener al menos una docena de sentimientos diferentes dando vueltas en mi interior; el más intenso, el dolor.

Más allá de todas las cosas en las que Ben y yo discrepábamos o sobre las que no pensábamos igual, es un golpe muy duro que él ya no esté.

No solo que no esté, sino que haya sido asesinado.

No consigo asimilar la idea. Y no puedo dejar de preguntarme quién lo habrá hecho y por qué.

¿Cuál puede haber sido el motivo? Mi mente no para de elaborar listas.

Listas de posibles sospechosos. ¿Acaso ha sido un cliente al que Ben defendió y que fue condenado?

¿O se trataría más bien del caso de un cliente suyo que fue absuelto y de un familiar o amigo de la víctima que ha querido vengarse a su manera?

¿O bien de alguien ajeno a nuestra profesión con quien tenía algún negocio que ha acabado mal?

¿Habrá sido Camille?

Me sorprendo cuando esta última pregunta se abre paso en mis pensamientos. Por mucho que no quiera considerar esta posibilidad, sería un idiota si al menos no la contemplara.

Me obligo a concentrarme en el trabajo, aunque resulte abrumador pensar en ello.

Empiezan a formarse más listas en mi mente.

Una lista de los casos de Ben, junto con la cuestión de si es mejor incorporarlos a mi propia carga de trabajo ya sobresaturada o pasárselos a otro bufete.

Una lista de los negocios y bienes de Ben, así como la cuestión de qué hacer con ellos si resulta que sigo figurando en su testamento como albacea de su patrimonio.

Muevo el ratón para activar mi ordenador. Lo primero que hago es entrar en la carpeta que creamos por si se producía una emergencia y abro el documento escaneado de la última versión del testamento de Ben, en el que descubro con cierta sorpresa que sigo apareciendo como albacea.

Una vez que he repasado sus últimas voluntades, cierro el documento.

Miro la carpeta que está en la esquina de mi escritorio y decido que un trago más no habrá de matarme.

Con otro vaso de bourbon en la mano, me acerco esa carpeta.

Jugueteo con el borde de cartón, tratando de decidir si realmente deseo volver a abrirla mientras me encuentro en este estado mental.

Antes de que pueda pensármelo más, la abro.

No me resulta más fácil mirar esto ahora que cuando Ben me lo dio la semana pasada.

Es una sola hoja con su membrete que declara que está iniciando oficialmente el proceso para disolver nuestra sociedad. Este documento me deja bien jodido, porque, como él era el miembro fundador, yo sería expulsado de la sociedad y no podría llevarme ningún cliente.

Bueno, me dejaba bien jodido.

Como Ben ha muerto antes de que el proceso de disolución fuera más allá, es como si esta nota nunca hubiera existido. Y ahora el bufete es mío conforme al acuerdo que establecimos al crear la sociedad.

Así que hay otra emoción que ha estado bullendo por debajo de todo ese dolor.

Alivio.