8. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
E l sol ya se ha puesto cuando abandono por fin la casa de los Bayliss. Estoy cansado. Hambriento. Confuso. Y apenado por mi amigo y socio.
El hermano de Camille, Silas Everett, y su esposa, Margaret, se han presentado poco después de que ella fuera a buscar los recibos de su bolso y se los entregara a Sullivan.
Este le ha dejado que sacara de su coche las bolsas con el equipaje del fin de semana, pero no le ha permitido entrar en la casa.
No sé si ella lo habría hecho aunque se lo hubieran autorizado.
Hasta que la policía no haya terminado de registrar la casa, se quedará con sus padres en Corbeau, una pequeña ciudad a solo veinte minutos de Saint Francisville, la población de la que acababa de volver.
Silas la ha llevado en su camioneta, casi arrollando a la mitad de los paparazzi cuando ha salido de allí a toda velocidad.
Margaret lo ha seguido con el coche de Camille para que lo tenga a mano.
Sullivan querrá interrogarla formalmente muy pronto.
El único motivo por el que no ha insistido en hacerlo hoy ha sido que tanto Silas como yo hemos dicho que no se hallaba en el estado mental adecuado para responder a más preguntas.
A él no le ha gustado la demora, pero quiere que ella esté dispuesta, y yo le he asegurado que Camille no le sería de ayuda si la obligaba a continuar.
Sullivan se ha marchado hace horas, sin duda para buscar pistas, aunque a mí no me ha dado ningún detalle.
La policía se reservará su opinión hasta que esté preparada para hacerla pública.
Yo me he quedado hasta que el forense se ha llevado el cuerpo de Ben.
No me parecía correcto irme mientras él estuviera allí, sobre la alfombra manchada de sangre.
Todavía hay un coche patrulla en la rotonda situada junto a la casa y otro más en la calle.
Han apagado las luces y las sirenas hace horas, pero su presencia tiene el objetivo de ahuyentar a los mirones que siguen merodeando a lo largo de la calle.
Salgo marcha atrás y saludo con la mano al agente apostado en la entrada para mantener a raya a los periodistas, que se han presentado aquí casi tan aprisa como la policía.
A causa de la notoriedad de Ben en esta ciudad, los medios no van a abandonar esta historia pronto. Lo mejor que podemos esperar es que este caso no permanezca sin resolver mucho tiempo y que la policía sea capaz de atrapar al asesino.
No puedo ni imaginarme lo que Camille debe estar pasando ahora. Ella y Ben llevaban mucho tiempo juntos, desde que eran adolescentes. Ben me dijo unos meses atrás que, ahora que la reforma de la casa había concluido, ya estaba preparado para intentar tener hijos. Y ahora… está muerto.
Sullivan no tachará de inmediato mi nombre ni el de Camille de su lista de sospechosos.
Así funciona la cosa, y ni siquiera puedo enfadarme por ello.
Siempre se investiga primero al cónyuge.
La experiencia muestra que las posibilidades de que este sea el asesino son las más elevadas.
No veo cómo podría ser así en el caso de Camille, sin embargo.
Esa desolación, ese miedo, ese dolor eran auténticos.
Pero debo reconocer también que estoy mirando la situación con los ojos de un amigo, no de un abogado o un detective. Si ha sido ella, es una actriz increíble. Su interpretación merece un Oscar.
Yo veo a Camille como la mujer que ha estado intentando montarme una cita a ciegas tras otra.
Como la mujer que siempre que le llevaba el almuerzo a Ben también me lo llevaba a mí.
Como la mujer que se asegura de incluirme en cada festividad, a sabiendas de lo duras que son para mí esas ocasiones, dado que mis padres fallecieron, uno tras otro, hace pocos años.
Camille se ha convertido en una amiga.
Espero que Sullivan haga bien su trabajo y que tache de su lista a todos los que no han cometido este crimen, incluidos Camille y yo, para que pueda concentrarse en quien lo haya cometido.
Pero estoy preparado para actuar si intenta colgarnos el asesinato a cualquiera de los dos, suponiendo que no surjan otras pistas.
Me consta que él va a estar sometido a una gran presión para cerrar el caso cuanto antes.
Aunque debería volver a casa, ducharme, servirme una copa y dar por concluido este día de mierda, me dirijo a la oficina. La reunión de mañana a las ocho con el personal será terrible y necesito prepararla.
Era importante comunicar a nuestros empleados lo que le ha ocurrido a Ben antes de que se enterasen por las noticias.
Mientras esperaba a que llegara el forense, me he tomado un minuto para escribir el email más difícil que tendré que enviar en mi vida.
Sully me ha dicho que no harán públicos los detalles por ahora y que se limitarán a decir que Ben ha sido hallado muerto, no asesinado, así que les he dicho a los empleados lo que he podido.
Por suerte, hay muy poco tráfico a esta hora de un domingo y llego a la oficina bien de tiempo. Aparco en mi plaza reservada y me quedo mirando el rótulo luminoso que hay en el lateral de nuestro edificio: BUFETE BAYLISS AND LANDRY. Es como un puñetazo en el estómago.
Ben y yo nos conocimos en nuestro primer año en la Universidad Estatal de Luisiana.
Nos parecíamos en un montón de sentidos: dos blancos de clase baja y de un pueblo pequeño que habían entrado en la universidad con una beca, la suya académica y la mía deportiva.
Él sabía desde el primer día que quería ser abogado.
Qué demonios, quizá lo sabía desde mucho antes.
No era mi caso. Yo tenía los ojos puestos en la liga profesional de fútbol americano y soñaba con un contrato suculento y con llegar algún día al Salón de la Fama.
Saco la ropa sucia de la bolsa del gimnasio, que lleno con los expedientes que he cogido del despacho en casa de Ben para llevarlos adentro.
Abro la puerta trasera de la oficina, desconecto la alarma y vuelvo a activarla una vez que he cerrado con llave.
Tengo la imagen de Ben lo bastante fresca como para tomar precauciones que antes no tomaba.
Quien lo haya matado todavía anda suelto.
¿Será el asesino alguien que ha estado en esta oficina? ¿Alguien que Ben conocía? ¿O ha sido un robo al azar que ha acabado torciéndose?
Ahora no tiene sentido meterse en honduras. Es una pérdida de tiempo barajar posibilidades hasta que no haya analizado cada aspecto de la vida de Ben y no tenga los datos que la policía quiera comunicarme, una vez que lo hayan registrado todo.
Mi oficina está en una esquina del fondo y la de Ben, en la otra.
Toda la parte central del edificio se halla dividida en sectores para los asistentes y auxiliares jurídicos, además de contener una sala de conferencias y un pequeño cuarto de descanso.
A Ben le encantaba venir a trabajar después del horario normal.
Le gustaba tener toda la oficina para él solo. Este silencio.
Yo lo detesto. A veces es necesario, pero yo trabajo mejor cuando está todo lleno de gente y el nivel de ruido es algo que sientes casi en la piel.
En vez de ir a mi oficina, me dirijo a la suya, renqueando más de lo que me gustaría. Después de todo el día deambulando por el jardín de Ben, me duele la rodilla.
En su momento, pensé que la lesión que sufrí en un partido entre los equipos de nuestra universidad y la de Alabama, durante mi último año, era lo peor que me había ocurrido en mi vida.
Yo estaba pasando por mi mejor momento como corredor titular de la Universidad de Luisiana hasta que un placaje brutal me destrozó casi todos los ligamentos de la rodilla derecha.
Hice rehabilitación y consulté con especialistas de todo el país, pero al final todo quedó reducido a un hecho muy simple: si volvía a jugar y me lesionaba otra vez esa rodilla, había muchas posibilidades de que no pudiera volver a caminar.
Así pues, abandoné el deporte que amaba mientras aún podía.
Un futuro en la liga profesional había sido mi sueño desde niño, pero verme forzado a replantearme mi vida fue una bendición oculta.
¿Cabía la posibilidad de que me ficharan después de mi temporada en el equipo de la universidad?
Sí, pero tampoco había ninguna garantía de ello.
Una vez que todo eso quedó descartado, tuve que idearme otro futuro.
Enciendo la luz y entro en la oficina de Ben, pero me quedo en el umbral.
Parece como si él hubiera terminado su jornada y lo hubiera dejado todo para proseguir donde se había quedado.
Detrás del escritorio, hay fotografías enmarcadas de él y Camille, como en un resumen de los momentos más destacados de su vida juntos.
Imágenes de la universidad, de su boda, de su luna de miel, del viaje de esquí que hicieron el pasado invierno.
La pared situada junto al escritorio exhibe todos sus logros académicos y profesionales.
Sus diplomas de la universidad y la facultad de Derecho.
El certificado de admisión en el Colegio de Abogados.
Los premios y reconocimientos de una serie de organizaciones benéficas.
Ben empezó la práctica privada inmediatamente después de graduarse.
Al principio de su carrera, defendió a un político del estado, el representante Wells, que había sido acusado de matar a su amante en un arrebato alcohólico.
Nadie quería aceptar el caso después de que el fiscal del distrito anunciara que se haría cargo en persona de la acusación.
Para este debería haber sido pan comido obtener una condena, pero Ben lo hizo trizas.
Y aquella absolución cambió radicalmente la trayectoria de su carrera.
A los veintisiete años, se convirtió en uno de los abogados más solicitados de esta región.
Hay montones de carpetas alineadas a la izquierda de su escritorio y muchas más apiladas en el suelo. El peso de lo que ha ocurrido y de cómo lo cambia todo me resulta abrumador.