Anatomía de una coartada 7. Aubrey. Antes de la coartada #2
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7. Aubrey. Antes de la coartada #2

—He oído hablar de él, pero no le conozco. Es el tipo que necesitas si te enfrentas a una condena grave. Dicen que puede librarte casi de cualquier acusación. —Me mira un momento y luego pregunta—: ¿Por qué?

Señalo con la cabeza la puerta por la que ha desaparecido Camille.

—Esa era su esposa. Me ha acusado de acostarme con su marido.

Deacon alza las cejas de golpe.

Yo levanto una mano y añado:

—Antes de que me lo preguntes, no. No lo he visto en mi vida.

—¿Y por qué piensa eso?

—Encontró una servilleta del bar donde estaban mi nombre, mi número y la dirección de nuestra casa.

Dice que él ha estado allí, según el historial del navegador de su coche.

Yo le he dicho que le llamara ahora mismo para poder confrontarme con él directamente y ella ha entrado en pánico.

Se ha echado atrás diciendo que debe haberlo malinterpretado.

Que él debía tener mis datos por alguno de sus casos.

Yo le he preguntado si se refería al caso de Paul Granger y ella se ha estremecido.

Deacon abre mucho los ojos.

—¿Tú crees que él está haciéndose cargo del caso de Granger?

Me encojo de hombros.

—Ni idea. Pero si así fuera, ¿por qué tendría que investigarme a mí?

Deacon se acerca más a la barra. Se sienta en el taburete que Camille acaba de dejar y da unos toques en el móvil.

—Voy a poner un mensaje en el chat del grupo para preguntar si alguien conoce a ese abogado. O si lo ha visto merodear por allí.

El móvil me vibra en el bolsillo trasero al entrar su mensaje. A estas horas, es muy posible que nadie responda hasta mañana.

Todavía no puedo librarme de los escalofríos.

—Salgamos de aquí.

Deacon ha estado muchas veces en el bar a la hora de cierre, así que me ayuda a recogerlo y cerrarlo todo en un tiempo récord. Por suerte, ha dejado de llover cuando entramos con el coche en el sendero de nuestra casa.

Al disponerme a abrir la puerta, veo que él no se baja.

—¿No vienes?

Deacon menea la cabeza.

—He de terminar un par de cosas esta noche antes de retirarme.

—Debería enfadarme contigo por haber dejado el trabajo para traerme a casa, pero me alegro mucho de que lo hayas hecho porque hacía un tiempo realmente horrible. Muy amable de tu parte.

Él baja la cabeza. Le cuesta mucho aceptar cualquier cumplido.

—Cierra con llave cuando entres. Hablaremos mañana de la visita de esa señora Bayliss.

Me bajo del coche y cruzo el patio con cuidado, procurando sortear los charcos.

—Llegas más tarde de lo normal.

Me giro en redondo, llevándome las manos al pecho, y veo a Serenity, otra de nuestras compañeras, sentada en la oscuridad en una vieja tumbona de hierro forjado. Está usando como mesita un cubo de basura naranja puesto del revés para sostener su cóctel y un cenicero.

—Me has dado un susto de muerte —digo.

Ella enciende un porro, y el resplandor de la llama le ilumina el rostro unos segundos, el tiempo suficiente para ver que no es el primero que se fuma esta noche. Tiene el pelo desgreñado y la mirada perdida.

—¿Cuánto llevas sentada aquí fuera? —pregunto mientras me acerco.

Ella alza la mano, ofreciéndome una calada, pero yo la rechazo con un gesto. No sería la primera vez que fumo con ella, pero lo ocurrido esta noche me hace pensar que es importante que me mantenga despejada.

—Desde que ha dejado de llover. Estaba volviéndome loca encerrada en casa. Shane y Eddie han estado trabajando en el garaje hasta muy tarde.

Me siento en el extremo de la tumbona. No tengo ninguna prisa por llegar a mi habitación porque todavía estoy alterada por la visita de Camille. Me voy a quedar unos minutos aquí, sentada en la oscuridad, con el intenso hedor del porro flotando a mi alrededor.

—Estás disgustada. ¿Por qué? —pregunta Serenity, mirándome con un ojo guiñado, como si solo así pudiera enfocar la vista.

Me giro hasta quedar frente a ella.

—¿Cómo sabes que estoy disgustada?

—Tu aura tiene un aspecto apagado y triste.

Pongo los ojos en blanco.

—Ya sabes que no creo en esas cosas.

—¿Tiene algo que ver con el mensaje de Deacon sobre ese abogado?

Flexiono las piernas, abrazándome las rodillas.

—Más o menos. Sí. —Seguro que acabaré contándole toda la historia en algún momento, pero ahora mismo no me apetece volver a hablar de ello.

Serenity tuerce los labios.

—Yo traté de contratarlo no hace mucho. Llamé a su oficina y dejé un mensaje. Quería ver si podía ocuparse de mi caso. Pero nadie me devolvió la llamada. —Echa la cabeza atrás y contempla el cielo nocturno.

—¿Qué caso? —Ella tuvo algunos problemas legales hace un tiempo, pero yo no sabía que hubiera ahora ninguna acusación contra ella.

—Hurto en una tienda.

—Ah. —No pregunto más, aunque en realidad me muero de ganas de saber qué robó.

—Aunque conozco a esa arrogante esposa suya. Es un mal bicho —añade Serenity.

No puedo contener una exclamación de sorpresa.

—¿Qué? ¿Cómo es… que conoces… a su esposa?

—Vino a mi clase de yoga el lunes por la noche. —Aguardo a que continúe. Pero, al parecer, no piensa decir nada más.

¿Acaso se refería a esto Camille cuando ha dicho que había «indagado» un poco?

—¿En qué sentido fue arrogante?

Serenity me mira, da otra larga calada y luego exhala el humo poco a poco. Durante unos segundos queda oculta tras la nube de humo blanco.

—Muchas mujeres vienen una vez a mi clase y no vuelven. Suelen ser las mujeres con esterillas caras, botellas de agua sofisticadas y ropa de yoga de lujo. Mis clases no son lo que andan buscando.

—¿Qué quieres decir?

—Ellas quieren hacer yoga corporal, pero no yoga mental.

—Cierra los ojos y echa otra vez la cabeza hacia atrás, con el porro olvidado en la mano.

Todavía sigue encendido y la brasa se va acercando cada vez más a sus dedos, así que se lo quito antes de que se acabe quemando.

Lo apago con cuidado, procurando salvar el trocito que queda.

Serenity da clases en un sitio llamado Goddess Divine, no lejos del bar.

Es una casa antigua reconvertida en una tienda que vende de todo, desde cristales e incienso hasta cuentas de chakras; y no solo ofrece clases de goya, sino también sesiones de quiromancia y masaje.

Por el modo en que iba vestida Camille esta noche, dudo que vaya a frecuentar aquello. Goddess Divine no es su ambiente.

A ver si me explico: Serenity debe de ser una profesora increíble, pero es poco convencional.

Es un espíritu libre, le tiene sin cuidado lo que piensen los demás, y lo deja muy claro.

No me sorprendería que su clase incluya tocar tambores y escribir tus objetivos en papeles para luego quemarlos.

A juzgar por la impresión que he sacado de Camille Bayliss, me parece que las clases de Serenity son demasiado hippies para alguien como ella, que debe ir con ropa de yoga Lululemon de pies a cabeza.

Cuando ya creo que Serenity se ha quedado frita y que tendré que esperar para escuchar el resto de su historia, me dice:

—Pero volvió ayer, a pesar de que yo sabía que le reventaba estar allí. Se le notaba en esa cara tan arrogante.

Tengo un montón de preguntas en la punta de la lengua, pero me doy cuenta de que tendrán que esperar cuando a Serenity se le escapa entre los labios un suave ronquido.

La miro durante unos minutos, mientras trato de encajar esta nueva información con lo que ya sabía.

Ben Bayliss tenía mis datos personales en una servilleta del bar y su esposa está haciendo indagaciones pese a que la aterroriza que él lo descubra.

Ella me ha dicho que su marido ha estado aquí. En nuestra casa.

Incluso suponiendo que todo esto esté relacionado de algún modo con Paul, Ben Bayliss no tendría por qué haber venido aquí.