7. Aubrey. Antes de la coartada
Aubrey
ANTES DE LA COARTADA
N o soporto trabajar en noches como esta.
Doug’s está lo bastante cerca del campus como para que tengamos algunos chicos de la universidad, pero también somos populares entre los jóvenes profesionales que buscan un sitio donde tomar una copa barata y jugar un poco al billar tras una larga jornada en la oficina.
El local suele estar lo bastante concurrido como para que mi turno se me pase volando, pero no esta noche.
La lluvia repiquetea en el tejado metálico y los truenos son tan fuertes que sacuden las ventanas.
Hoy esto viene a ser como una ciudad fantasma, pero Doug no me dejará cerrar más temprano porque hay tres personas que han desafiado los elementos para salir.
Así pues, relleno alguna que otra copa y limpio la barra ya impoluta, mirando cómo se mueve el reloj a cámara lenta.
Cuando ya estoy a punto de anunciar la última ronda, se abre la puerta y una ráfaga de viento empuja a una mujer al interior del bar.
Ella lucha para mantenerse la capucha puesta mientras el resto de su impermeable, azotado por el viento, se le enreda alrededor de las piernas, haciendo que se tambalee.
Después de cerrar la puerta, se vuelve hacia el local.
Todos la estamos mirando mientras ella permanece ahí parada, con el agua chorreando del impermeable y formando un charco a sus pies.
Al darse cuenta de que se ha convertido en el centro de atención, agacha la cabeza y encoge los hombros, como tratando de ocultarse.
Los tres tipos de la barra la siguen con la mirada mientras ella recorre el bar y escoge el taburete más alejado de ellos.
Yo le pongo una servilleta delante en cuanto toma asiento.
—¿Qué le pongo?
Ella se pasa las manos por la cara y unas gotas de agua salpican la superficie de la barra.
—Un negroni.
Arqueo una ceja, pero ella no capta mi expresión de sorpresa y se concentra en secar las gotas con las mangas de su chaqueta. Si no quiere llamar la atención, lo está haciendo fatal.
Le preparo la bebida y se la pongo delante.
—Seis cincuenta. Es la última ronda.
La mujer busca en su bolso y me pasa un billete de diez.
—Quédese el cambio.
Hago una inclinación, agradeciéndole la propina, y luego cojo la fregona para limpiar el reguero de agua que ha dejado a su paso.
Ella da sorbos a su bebida, todavía sin quitarse la capucha.
Tiene un aspecto ridículo. Sujeta el vaso con ambas manos y es difícil no reparar en la joya gigantesca de su mano izquierda.
Los demás clientes se van yendo, uno a uno, hasta que solo quedamos nosotras dos.
Miro el reloj y luego su vaso. Todavía lo tiene medio lleno.
Me deslizo hacia ella, limpiando la barra.
—Cerramos en diez minutos.
Ella asiente, pero no hace ademán de marcharse o de terminar su bebida.
Enciendo la luz principal y apago la música, confiando en que capte la indirecta.
Los ojos de la mujer están enrojecidos y tienen un aspecto cansado. Sea lo que sea lo que le ocurra, le está pasando factura. Le tiembla el labio inferior y, al ver que se le llenan los ojos de lágrimas, le paso un puñado de servilletas.
—¿Se encuentra bien?
Ella suelta una risa exasperada.
—No, no estoy bien. —Luego inspira hondo, como para recomponerse. Al fin, alza la cabeza y me mira—. Tenía todo un discurso preparado, y la verdad es que no hay forma de preguntarle esto sin que suene realmente embarazoso, pero… ¿usted tiene una aventura con mi marido?
Yo me quedo paralizada frente a ella.
—¿Quién demonios es su marido?
Ella finalmente se echa atrás la capucha y el largo pelo castaño se le derrama sobre los hombros.
—Benjamin Bayliss.
Un momento. Me suena ese nombre.
Pero no porque esté acostándome con él.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—Su marido es ese abogado de altos vuelos, ¿no?
Ella hace un gesto con la cabeza que me indica que he acertado.
—Nunca he visto a su esposo y no tengo ni idea de por qué piensa que me acuesto con él.
Me siento mal por ella. Es evidente que esto la ha afectado mucho, pero es absurdo que haya venido a acusarme a mí.
Ella se muerde los labios mientras me observa, como si tratara de decidir si creerme o no.
Pasa un minuto muy largo. Luego dice:
—Si lo que le inquieta es contármelo, yo no voy a culparla a usted. Toda la culpa es de él. Simplemente… quiero saberlo. Necesito saberlo.
Lo curioso es que la creo. Ella ha venido aquí pensando que me estoy tirando a su marido, pero no muestra ninguna rabia hacia mí. Solo tristeza y una curiosidad sincera.
—Le juro que no lo conozco.
Ella menea la cabeza lentamente.
—No lo entiendo. Él la conoce. Sabe su nombre. Estuvo aquí el pasado fin de semana.
Arrugo la frente.
—¿O sea que él se presenta en este bar y usted piensa automáticamente que está follándose a alguien de aquí?
—Hago un gesto abarcando el local—. Ya sé que ahora no lo parece, pero cuando no hace un tiempo de mierda, esto está abarrotado.
—Hago una pausa y añado—: Puede que la esté engañando.
Puede que incluso haya conocido a otra mujer aquí, pero usted no tiene ningún motivo para dar por supuesto que soy yo.
Ella alza una ceja.
—Si él hubiera venido aquí simplemente, estaríamos de acuerdo.
Pero he encontrado esto. —Saca su móvil, da unos golpecitos en la pantalla y lo vuelve hacia mí.
Yo me acerco para mirar mejor. Es una foto de una servilleta nuestra en la que está escrito mi nombre, mi número y mi dirección—.
Ahí es donde vive, ¿no? He… indagado un poco.
Usted vive ahí con otras personas. Y según el historial del GPS de mi marido, él también ha estado allí.
Abro la boca, pasmada, mientras mi mente gira a toda velocidad, tratando de entender qué está pasando.
—No hay ningún motivo para que él haya estado en mi casa.
Nos miramos fijamente y yo detecto los primeros signos de duda que asoman en su rostro. Ella estaba convencida hasta ahora de que sus suposiciones eran ciertas.
—¿Usted cómo se llama? —Mi pregunta la pilla por sorpresa.
—Camille.
—Camille. Llámele. Hable con él y ponga el altavoz. Vamos a preguntarle por qué razón tiene mi nombre, mi número y mi dirección, y por qué ha estado en mi casa, cuando la verdad es que yo no lo he visto en mi vida.
Ella me mira atónita.
—¿Cómo?
Ahora estoy cabreada. ¿Cómo se atreve esta mujer a venir aquí a lanzarme esta clase de acusaciones?
—Ya me ha oído. No perdamos el tiempo. Vamos a llegar hasta el fondo de este asunto.
Ella se levanta bruscamente, casi derribando el taburete.
—No voy a llamarlo. No puedo. Él no puede saber que estoy aquí.
Yo meneo la cabeza.
—Ah, no. Usted ha venido aquí a encontrar respuestas, ¿verdad? Pues vamos a buscarlas.
Su rostro palidece, y yo me siento un poco mal porque es evidente que la aterroriza la idea de que su marido sepa que está aquí. Pero no me siento lo bastante mal como para dejarlo correr.
—Mire, no pretendo crearle problemas, pero tampoco voy a tolerar que se me acuse de algo que no he hecho. Está claro que su marido se trae algo entre manos, algo que me involucra a mí de algún modo, así que vamos a preguntárselo a él.
Camille sujeta el bolso sobre el pecho.
—He cometido un error viniendo aquí. Obviamente, lo malinterpreté.
—¡Pues yo no entiendo por qué él tiene mi nombre y mis datos personales! ¡Ni por qué ha estado en mi casa!
Camille se pasa la mano por el pelo.
—Debía de ser una información de su trabajo y yo interpreté que era algo personal. La creo cuando dice que no le conoce. Esto debe estar relacionado con uno de sus casos. Siento mucho haberla molestado.
Yo enderezo la espalda ante esa mención de los casos de su marido.
—¿Usted cree que es por uno de sus casos?
—Se lo pregunto porque solamente hay un caso con el que está relacionado mi nombre, y es uno antiguo—.
¿Todo esto tiene algo que ver con Paul Granger?
—Paul fue condenado hace diez años, pero en sus últimas cartas me ha contado que está tratando de presentar una apelación.
—¿Quién ha dicho? —pregunta, casi susurrando.
—Paul. Granger.
Si antes me ha parecido que palidecía, ahora está del todo blanca.
Ladeo la cabeza mientras la observo.
—Deduzco que mi nombre no le sonaba, pero es evidente que sí le suena el de Paul. —Ella no dice nada, pero abre mucho los ojos, así que la presiono un poco más—. Quizá debería hacer una búsqueda rápida y averiguar cómo estamos conectados.
Las dos nos sobresaltamos cuando vuelve a abrirse la puerta. Deacon entra en el bar y nos mira alternativamente a Camille y a mí. Le resulta evidente que nos ha sorprendido en mitad de una tensa situación.
Cierra la puerta y se acerca a la barra. Deacon es uno de los compañeros con los que comparto casa y puede resultar muy intimidante, sobre todo si no le conoces.
Camille lo mira y da un paso atrás.
Es verdad que es un tipo enorme, aunque de un modo natural.
Tiene esos músculos por su trabajo, no porque haga pesas.
Su pelo oscuro y su tez morena se los debe a su madre, que vino de Cuba cuando era pequeña.
Él trabaja para su primo, Chris Ricci. Yo sé que Chris tiene varios bares, que es corredor de apuestas y que hay muchas cosas que ignoro sobre él y sobre sus negocios.
Ni siquiera sé muy bien hasta dónde llegan los deberes profesionales de Deacon, pero, por algunos comentarios que ha hecho, estoy segura de que cobrar deudas debe ser una parte muy importante.
Él suele pasarse a la hora de cerrar para llevarme a casa y que no tenga que volver a pie, sobre todo en noches como esta, cuando hace un tiempo tan malo.
—¿Estás bien, Aubrey?
Yo me apresuro a asentir.
—Estoy bien.
—Lamento haberla molestado. —Camille se dirige a toda prisa hacia la puerta, dando un gran rodeo para evitar a Deacon, y desaparece en la noche.
—¿De qué iba eso? —me pregunta él.
—No lo tengo muy claro. —Me apoyo en la barra, todavía un poco aturdida—. ¿Tú conoces a un abogado llamado Benjamin Bayliss?
Deacon encoge un hombro.