6. Camille. Antes de la coartada
Camille
ANTES DE LA COARTADA
M i teléfono vibra con la entrada de un mensaje de texto de Hank.
¡Atención! Dejando a Ben en cinco
Está borracho
Y ha reservado una cacería en Argentina
Es tarde. Casi medianoche. Debo haberme quedado dormida mientras esperaba que volviera a casa del banquete de Ducks Unlimited. Después de darle un «me gusta» al mensaje de Hank, aparto la colcha y bajo al primer piso por si necesita ayuda para meter a Ben en casa.
En parte estoy cabreada por tener que lidiar con esto en mitad de la noche, pero sobre todo estoy impactada porque este comportamiento no es en absoluto propio de Ben. Él no es un gran bebedor. No es que no beba, pero limita la cantidad de alcohol de un modo estricto.
Con los años, sin embargo, me he dado cuenta de que esa moderación está relacionada más bien con el afán de controlar. A él le gusta el control, y emborracharse es una manera de perderlo. Cuando bebe, habla más libremente; baja la guardia y eso lo vuelve vulnerable.
Me siento más intrigada por saber por qué ha aflojado su férreo control que fastidiada por tener que ayudarlo en este estado.
Cuando llego a la cocina, unos faros destellan en la ventana.
Hank está entrando en el sendero. Abro la puerta lateral y veo cómo Ben trata con dificultad de bajarse de la camioneta.
Es un vehículo enorme, muy diferente del estilizado todoterreno que Ben prefiere.
Pero encaja con Hank. Lo del banquete de Ducks Unlimited fue idea suya.
Es una cena anual en la que los aficionados a la caza de patos recaudan dinero para apoyar la conservación de los humedales.
También celebran una subasta en la que se puede pujar por un montón de cosas, incluyendo, supongo, expediciones de caza a Argentina.
No es que Ben sea un gran aficionado a la caza, pero me consta que ha participado en alguna expedición para trabajarse las relaciones sociales o profesionales.
No le entusiasmaba nada asistir, pero algo debe haber cambiado su estado de ánimo una vez allí, porque ahora es todo sonrisas.
—¡Cammie! ¿Te apetece ir a Argentina a cazar patos?
Uf. Ya le he dejado muy claro que detesto ese apodo.
—No especialmente. —Miro a Hank, que le ha cogido a Ben el maletín del asiento trasero y con el otro brazo lo guía hacia la puerta, y le suelto—: Debería decirte que te lo lleves a tu casa.
Hank suelta una risotada de esas que te dan ganas de reírte también.
—Por nada del mundo, Cammie . Ha bebido el suficiente whisky como para echarlo todo en cualquier momento.
Yo le doy un codazo en el costado cuando pasa junto a mí para arrastrar a Ben a través del umbral y él vuelve a reírse.
Ben tiene los ojos vidriosos y las mejillas enrojecidas.
Es muy raro verlo así y parece totalmente desconectado.
En cuanto llega a mi lado, se desploma sobre mí.
Me rodea con los brazos y entierra la cara en mi cuello. Sí, Ben, borracho, es muy diferente.
Hank se aparta, sosteniendo el maletín.
—Voy a dejar esto en la encimera.
Cuando consigo maniobrar para sentar a Ben en una silla de la mesa de la cocina, Hank ya está saliendo y cerrando la puerta.
—Quédate aquí. Voy a traerte agua y un ibuprofeno. ¿Has comido algo?
Doy un paso para alejarme, pero Ben tira de mí y acabo cayendo en su regazo. Sus manos se deslizan bajo mi blusa y su boca se mueve por mi cuello, dándome besos babosos mientras me toquetea.
—No te vayas —dice.
Raras veces se muestra cariñoso. En cualquier otro momento, esta actitud sería agradable, pero no ahora precisamente, cuando temo que me vaya a vomitar encima.
—¿Qué te ha pasado?
—Demasiado estrés. —Desliza las manos hasta la cinturilla de mis pantalones de pijama—. La he cagado y ahora todo se ha jodido.
Me quedo rígida en sus brazos, aunque él está demasiado ido para notarlo.
—¿Qué has hecho?
—La he cagado.
Le paso una mano por el pelo, tratando de conservar la calma. Vislumbro una chispa de esperanza al oír su confesión, puesto que ya me había dado por vencida en la posibilidad de encontrar algo en su contra.
—Sea lo que sea, podemos arreglarlo. Pero tienes que contármelo para que pueda ayudarte.
Él me atrae más hacia sí y apoya la cabeza en mi hombro.
—Lo voy a arreglar. Tengo un plan. Después iremos a Argentina y a la vuelta nos pondremos a hacer bebés.
Me levanto de golpe de su regazo y él está a punto de caerse al suelo, aunque al final recupera el equilibrio. De lo último que vamos a hablar ahora es de hacer bebés.
—Te voy a preparar un sándwich. Esperemos que el pan absorba una parte del alcohol.
Él no repara tampoco en la sequedad de mi tono. Se recuesta sobre el respaldo de la silla y extiende las piernas. Tiene la cabeza ladeada y los ojos cerrados. Poco le falta para desmayarse. Es muy probable que mañana no recuerde nada de esto.
Voy al armario, cojo un vaso y lo lleno de agua; luego saco del cajón el frasco de ibuprofeno. Mientras estoy cogiendo dos pastillas, echo un vistazo al maletín que Hank ha dejado sobre la encimera.
Y lo primero que advierto es que el pequeño pestillo de latón está hacia arriba. No lo ha cerrado.
Ese maletín nunca está abierto.
Vuelvo los ojos hacia Ben y miro de nuevo el maletín. Si alguna vez tengo la oportunidad de ver lo que oculta ahí dentro, será esta noche.
Para no desaprovechar la ocasión, empiezo a moverme con deliberación.
Olvidándome del sándwich, le doy el agua y las pastillas y luego le ayudo a subir las escaleras.
Avanzamos de un modo tan lento como penoso, porque Ben no acierta con los escalones y sigue tratando de meterme mano por debajo de los pantalones.
Por fin llegamos al dormitorio. En cuanto apoya la cabeza en la almohada, empieza a roncar.
Y yo vuelvo a bajar corriendo las escaleras.
Me quedo mirando el maletín unos segundos antes de abrirlo.
Hay un montón de carpetas y papeles; los voy sacando, uno por uno, y los examino con atención, dejándolos luego sobre la encimera.
Así, cuando haya terminado, volveré a meterlo todo en el mismo orden y Ben no podrá saber que he estado fisgoneando.
Lo único que se oye en toda la casa es el zumbido del aire acondicionado y el murmullo de estos papeles, lo cual hace que el proceso resulte aún más estresante.
A cada tres hojas que saco, echo un vistazo atrás para comprobar que Ben no está a mi espalda.
Él ha reconocido que la ha cagado. Ahora solo debo descubrir qué clase de cagada es.
Cuando ya empiezo a creer que nada de esto va a darme una clave, encuentro algo por fin.
Es la servilleta de un bar.
Hay un logo en letras negras en la esquina inferior que dice: DOUG’S TAVERN.
Pero son las palabras escritas en la servilleta las que me dan que pensar.
El nombre de una mujer, Aubrey Price, seguido de un número de teléfono y una dirección escrita con una letra que no es la de Ben. Cojo mi móvil y busco la ubicación del bar y de esa dirección. Están bastante cerca la una de la otra, ambas en una parte de la ciudad que no frecuento.
A continuación, introduzco el nombre de la mujer en los buscadores de mis redes sociales.
La encuentro fácilmente y confirmo que es la persona correcta al ver la última foto que ha colgado, donde aparece ella sirviendo copas tras la barra de un bar, con una botella de bourbon en cada mano.
Debajo figura el nombre del local, Doug’s Tavern.
Aubrey parece tener unos veinticinco años. Pelo oscuro hasta el hombro, quizá negro, pero es difícil distinguirlo bajo la tenue luz de la imagen. Se la ve delgada y menuda detrás de la barra, y su cara está iluminada por una gran sonrisa. Una chica seguramente divertida para salir una noche.
La rabia bulle en mi interior mientras saco una foto de la servilleta; luego vuelvo a dejarlo todo en el maletín tal como estaba.
Antes mi obsesión parecía infundada. Ahora me siento reivindicada.