5. Camille. La coartada #2
Me remuevo en el asiento del coche; mis recuerdos se dispersan porque me veo obligada a concentrarme en la carretera ahora que ha aumentado el tráfico.
La salida hacia la interestatal que me llevará de vuelta a Baton Rouge se acerca rápidamente.
Han pasado veinte minutos y ya solo me quedan otros quince para llegar a casa.
Miro la hora. Todo sigue según el plan previsto.
A estas alturas, Aubrey debería estar en el festival del parque que hay junto al hotel Saint Francisville.
Pierdo un poco de tiempo bregando con el tráfico siempre complicado de Baton Rouge.
Han aparecido varias notificaciones en mi iPad, que está en el asiento del copiloto, pero una mirada rápida me dice que todas pueden esperar.
Aunque he tenido que dejarle mi móvil a Aubrey, puesto que ese es el dispositivo que Ben rastrea, no confío lo suficiente en ella para dejar que lo utilice o que maneje mis comunicaciones. De eso me ocuparé yo misma con el iPad.
Finalmente, estoy entrando en el aparcamiento de un pequeño mercado de Perkins Rowe que queda cerca de nuestra calle.
Aunque no es una idea perfecta, decidí que dejaría aquí el coche e iría trotando a casa.
Nuestra calle da a una de las avenidas más concurridas del centro de Baton Rouge.
Algunas casas de nuestro barrio se pueden ver fácilmente desde la calle, mientras que otras, como la mía, están muy retiradas hacia dentro y el denso follaje de las encinas del sur impide verlas con claridad.
Pero todas quedan separadas unas de otras y nos permiten disfrutar de privacidad.
Hay más tráfico en nuestra calle del que debería haber, teniendo en cuenta las pocas personas que vivimos aquí, pero es porque viene a ser una especie de atajo entre dos zonas muy ajetreadas que la gente utiliza cada vez más en los últimos años.
Ben ha presentado incluso una petición al ayuntamiento para que bloqueen un extremo y la conviertan en una calle sin salida, pero hará falta algo más que el apoyo de los residentes para conseguirlo.
Aunque con este flujo constante de coches nadie prestaría atención si este viejo Honda pasara por delante, no ocurriría lo mismo si aparcara en la calle frente a la casa de un vecino.
Me pongo una gorra de la Universidad de Luisiana y unas gafas de sol enormes antes de bajarme del coche y luego me pongo en marcha hacia mi casa.
A pesar de que he aparcado en un sitio permitido y de que me dirijo a una casa en la que tengo todo el derecho a entrar, me da la sensación de que estoy infringiendo la ley.
Paso al trote las primeras casas con un ritmo regular y un ojo atento para comprobar si hay alguien en la calle que pudiera reconocerme. Después de mudarnos aquí, socializamos algunas veces con los vecinos, pero tanto Ben como yo lo encontrábamos más agotador que divertido.
La primera pregunta que me hacían todas las mujeres era: «¿Cuándo vais a formar una familia?
». De verdad, era la única pregunta que me hacían.
Se tomaban mis vagas respuestas como una invitación para transmitirme sus ideas al respecto.
Y si no me hablaban de la procreación directamente, el resto de su conversación era sobre niños, colegios, actividades extraescolares y deportivas… Todo sobre niños, niños y más niños.
Ben no lo tenía tan mal como yo, pero se quejaba de que la mayoría de las preguntas que le hacían estaban relacionadas con los casos de alto nivel en los que estaba trabajando en ese momento.
Al parecer, ellos conocían por lo menos a uno de sus clientes de un modo indirecto y querían enterarse de todos los detalles jugosos que pudiera darles.
Los dos empezamos a quitarnos de encima con educación las siguientes invitaciones. Es una de las pocas cosas en las que coincidimos en los últimos tiempos.
Al acercarme al sendero de acceso, echo una última mirada alrededor y acelero el ritmo. No tengo necesidad de que alguien actúe como un buen samaritano y avise a la policía de que hay un intruso.
En cuanto sé que ya no estoy a la vista, dejo de correr y observo nuestra casa como si la viera por primera vez.
Es una construcción espléndida de piedra sin pulir, con tejado inclinado de pizarra y canalones de cobre, reformada con mucho trabajo para devolverle su antigua gloria.
Una casa que cualquiera desearía tener. Una casa que podría salir en las páginas de la revista Southern Living .
Pero ese es el problema.
Ben quería que fuese un gran escaparate, de manera que cada mueble, cada cuadro de la pared y cada libro de las estanterías fue escogido por un interiorista.
Aunque yo estuve implicada en el proceso, él tomaba la decisión final.
El resultado es bonito, pero no hay nada en esta casa que refleje mi personalidad; ni tampoco la de Ben, en realidad.
Podría ser de cualquiera.
Durante mis reflexiones, comprendí que yo no soy diferente de los diplomas y títulos colgados de las paredes y alineados en los estantes del despacho de Ben. Soy una esposa trofeo en todo el sentido de la expresión.
Sé lo que quiero conseguir hoy. Quiero encontrar una salida.
Y aunque ahora soy más consciente que nunca de lo que deseo, eso no quiere decir que no me aterrorice volver a caer en el papel que he interpretado toda mi vida.
Mi padre y mi marido han tenido años para modelarme y convertirme en la mujer que soy actualmente, una que hace lo que le dicen, que no se opone a sus deseos.
Hoy espero encontrar algo que equilibre la balanza.
Una prueba de su mala conducta que hablará con más elocuencia de lo que yo podría hacerlo jamás.
Aubrey cree que estamos juntas en esto y que yo le contaré lo que descubra.
Y quizá lo haga. Las mentiras y ocultaciones de Ben nos han hecho daño a las dos.
Pero… tal vez no lo haga. Las únicas personas que tienen que saber qué ha hecho Ben para que pueda activarse la cláusula del contrato prematrimonial son mis padres y los abogados del divorcio.
Espero ser lo bastante fuerte para dejarle, pero no estoy segura de serlo para capear el inevitable escándalo que se propagará por toda la ciudad si lo que ha hecho sale a la luz.
¿Eso es justo para Aubrey?
No, no lo es. Y me siento mal por ello.
Pero, como suele decir Ben, «lo justo es para los cuentos de hadas».