5. Camille. La coartada
Camille
LA COARTADA
A hora empieza la cuenta atrás. Parecía imposible que pudiera encontrar un modo de moverme sin que los ojos entrometidos de mi marido siguieran mi rastro digital, pero al final he conseguido convertirme en un fantasma.
Sin un teléfono que muestre mi ubicación ni un reloj inteligente que registre la aceleración de mi ritmo cardiaco y los pasos que he dado.
Incluso este coche que conduzco lo escogí porque no cuenta con un sofisticado sistema de navegación que rastree y refleje cada kilómetro que he recorrido.
Compré este destartalado Honda Accord en efectivo hace unos días, cosa que me pareció en ese momento una medida exagerada, aunque pienso venderlo en cuanto hayamos terminado.
Aubrey no tiene coche, y yo no podía alquilar uno sin que el móvil de Ben recibiera el aviso de ese gasto de la tarjeta de crédito, así que no había demasiadas alternativas.
En todo caso, exagerado o no, era exactamente lo que necesitaba para volver a Baton Rouge sin ser detectada.
Ben no siempre estuvo tan obsesionado con rastrear mis pasos.
Ha sido un proceso gradual. Al principio parecía algo bastante inocente, porque yo también podía ver dónde estaba él en cualquier momento.
Solo que a mí no se me ocurría comprobarlo con tanta frecuencia como a él.
Y en realidad no creo que pretenda pillarme haciendo algo malo, o que le importe mucho lo que gasto en el supermercado.
A Ben le encanta controlar, y la tecnología contribuye a alimentar ese monstruo.
Cada movimiento que hago se puede detectar utilizando una aplicación.
Hace solo veinticuatro horas estaba en casa con Ben.
Le hice compañía mientras él preparaba su bolsa de viaje para este fin de semana en Nueva Orleans.
Ben se había tomado la tarde libre en el trabajo y desplegaba al máximo su encanto y su actitud juguetona, como si eso pudiera hacerme olvidar que me estaba mintiendo sobre sus planes.
Charlamos de naderías mientras él se movía entre el armario, el baño y el extremo de la cama, donde se hallaba la bolsa de viaje. Yo estaba sentada en el diván del rincón de nuestro dormitorio y él me hizo un breve resumen de cómo iba a pasar el fin de semana.
A lo largo de los años, hemos pasado juntos muchos momentos parecidos —Ben haciendo la maleta y yo mirándolo—, y yo siempre había creído que él iba a estar donde decía que estaría.
Pero no esta vez.
La carretera de salida de Saint Francisville es una autovía recta de dos carriles por sentido, con alguna que otra casa o caravana aislada y alguna planta industrial relacionada con la industria local del petróleo y el gas.
Es un trayecto aburrido, y mi mente revisa los hechos de los últimos meses que me han llevado a tomar la drástica decisión de dejar que una mujer a la que apenas conozco ocupe mi lugar.
Yo intuía que algo iba mal en mi relación con Ben.
Echando la vista atrás, creo que esa sensación había estado presente desde hacía mucho.
Era como un nudo en la boca del estómago.
Lo bastante ligero como para no hacer caso en un principio.
Hasta que empezó a crecer y crecer. Con los años, ese nudo se convirtió en un peso que me oprimía, que ralentizaba mis movimientos.
Aunque Ben no hacía nada en concreto que me impulsara a dudar de él, ya no podía ignorar aquella sensación por más tiempo.
Pero una cosa es decidir hacer algo al respecto y otra muy distinta hacerlo de verdad.
No me enorgullece reconocerlo, pero abandonar un matrimonio es más fácil de decir que de hacer cuando va a implicar un cambio drástico en tu estilo de vida.
Todo el dinero que tengo a mi disposición está en común con Ben, y gracias a la cláusula de «mala conducta» de nuestro acuerdo prematrimonial que mi padre se empeñó en incluir, el acceso a ese dinero requiere pruebas de infidelidad, maltrato, juego o cualquier delito criminal.
Papá me aseguró que esa cláusula me protegería, pero solo ha servido para reforzar las cadenas que me atan a mi marido.
Ben no se convirtió en uno de los mejores abogados defensores de Baton Rouge por casualidad, de manera que yo sabía que sería muy difícil encontrar algo que demostrara lo que mi instinto trataba de decirme.
Así pues, me puse a buscar algo que cayera dentro de una de esas categorías.
Debía limitarme al despacho que él tiene en casa, y sabía de antemano que las posibilidades de encontrar la proverbial pistola humeante eran muy escasas.
No la encontré. Pero una vez que empecé a hurgar entre sus cosas, ya no pude parar.
Ben tenía su obsesión, y ahora yo tenía la mía.
Registré los cajones de su lado del baño.
La guantera y la consola central de su coche.
Los bolsillos de sus pantalones cuando los dejaba en el cesto.
Su cartera. Él siempre dice que lo primero que mira un policía o un fiscal es el teléfono del sospechoso, y, aunque sabía que ahí no habría nada, también lo revisé.
Y no encontré nada. Absolutamente nada por mucho que me esforcé.
Al fin, tuve que reconocer ante mí misma que ya no me daba miedo encontrar una prueba de que Ben estaba haciendo algo malo. Me daba miedo no encontrarla.
Y tal vez aquella sensación que tenía en el estómago estaba más relacionada conmigo que con él. No se trataba de Ben ni de lo que él estuviera haciendo. Se trataba de que yo quería salir de nuestro matrimonio y no tenía el valor necesario para dejarlo.
Hubo una época en la que yo amaba a Ben. Locamente.
Fue un tipo de amor joven y caótico. Un amor de los que cada roce es excitante. Cada emoción, absorbente. Cada experiencia, una novedad.
Ben y yo procedemos de la misma ciudad, una localidad pequeña, y empezamos salir en el último año de secundaria.
Al principio, mis padres no lo veían con buenos ojos.
Pero de algún modo Ben consiguió ganárselos.
Y entonces, en vez de tratar de separarnos, ellos empezaron a fomentar nuestra relación.
El fuego que seguramente se habría extinguido por sí solo fue atizado por todos los que nos rodeaban.
Él me propuso matrimonio la noche de su graduación en la facultad de Derecho, para la inmensa felicidad de mis padres y de los suyos.
Yo me vi arrastrada por el entusiasmo del momento e ignoré las reservas que pudiera albergar.
Habíamos pasado de un gran momento a otro: graduaciones de secundaria, luego de la universidad y, finalmente, en el caso de Ben, de la facultad de Derecho.
Luego vino la boda espectacular que tardamos un año en planear.
Pero, cuando las cosas se calmaron, quedó claro que Ben estaba al principio de una nueva y excitante carrera, mientras que se esperaba que yo fuera como mi madre, una esposa sumisa que trabajaba como voluntaria en causas encomiables y que formaba parte de la junta de fundaciones caritativas.
Y en algún punto del camino, aquellas llamas iniciales se habían convertido en cenizas mortecinas que ningún chorro de gasolina iba a reavivar.
Cuando comprendí que había cometido un error, me pareció imposible hacer nada para arreglarlo.
No tenía ni idea de cómo empezar siquiera a romper las normas que había seguido toda mi vida.
Mi padre me dio una educación privilegiada y luego le pasó el relevo a Ben.
Yo había sido condicionada desde temprana edad para creer que si alguien te proporcionaba una buena vida, tenía todo el derecho de tomar cada decisión sobre cómo la vivías.
Mis padres no estarían dispuestos a ayudarme a dejar a mi marido a menos que tuviera un motivo muy muy bueno.
Para ellos, el matrimonio era hasta la muerte.
Disfrutabas de los buenos momentos y soportabas los malos, pero nunca abandonabas.
Recuerdo la única vez que intenté hablar con mamá de cómo me sentía. Yo estaba pasando unos días en su casa mientras papá y Ben se habían ido a una expedición de caza. Estábamos las dos en la mesa del desayuno cuando le dije que no quería seguir con Ben.
Su respuesta no dejó el menor margen de discusión.
—¿De qué demonios estás hablando? Claro que vas a seguir con Ben. No vas a humillarnos a tu padre y a mí convirtiéndote en una divorciada.
A juzgar por su reacción, cualquiera habría dicho que acababa de decirle que iba a ponerme a bailar en la barra de un club de striptease de Bourbon Street. En ese momento comprendí que no tenía ninguna posibilidad de que mis padres me apoyaran económicamente si dejaba a Ben.
Así que me quedé, y él hizo planes para ambos, un calendario de nuestro futuro jalonado de objetivos. A mí no me preguntó ni una sola vez si yo los compartía.
Abrir su propio bufete. Hecho .
Alcanzar su objetivo anual de ingresos. Hecho .
Construir o comprar la casa perfecta. Hecho .
Formar una familia.
No es una coincidencia que, en cuanto él mencionó ese siguiente paso, aquella sensación en mis entrañas empezó a aumentar.
Una vez que la reforma de la casa concluyó y que las piezas perfectas de mobiliario adornaron cada una de las habitaciones meticulosamente diseñadas, comprendí que él iba a desear ansiosamente tachar con una cruz el siguiente objetivo.
Si ahora me sentía atrapada, eso no sería nada en comparación con lo que sentiría cuando tuviéramos hijos.
Mi búsqueda entre las cosas de Ben se vio alimentada por el deseo de encontrar algo, cualquier cosa, que me obligara a actuar.
Algo que pudiera esgrimir ante él, ante mis padres, diciendo: «¿Veis esto?
¿Esto que él ha hecho? Este es el motivo por el que tengo que dejarlo».
Algo que activara la cláusula de nuestro contrato prematrimonial.
Así que continué la búsqueda.
Y entonces, una noche, tuve suerte.