Anatomía de una coartada 4. Hank. Después de la coartada
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4. Hank. Después de la coartada

Hank

DESPUÉS DE LA COARTADA

S ullivan vuelve a los escalones de la entrada, donde seguimos esperando, mientras los agentes establecen un perímetro para impedir el acceso a la escena.

—Voy a pedirles que aguarden aquí.

Yo asiento y añado:

—Ben tenía la costumbre de trabajar desde casa, así que necesitaré llevarme los expedientes de cualquier cliente que pueda haber ahí dentro. —No le digo que me consta que están ahí.

—De acuerdo. Deme unos minutos para comprobarlo.

Mientras él entra en la casa, Camille y yo volvemos a sentarnos en los escalones. Ninguno de los dos dice nada. Apenas nos movemos. El peso de lo ocurrido aquí parece haberse instalado en cada parte de mi cuerpo.

Tras unos diez minutos, Sullivan se asoma por la puerta.

—Hank, firme conforme está entrando en la escena y yo le acompañaré adentro. Voy a pedirle que no entre en el despacho. Puede presenciar cómo recogemos los expedientes del escritorio y yo se los entregaré.

Cuando me aparto de Camille, ella se asusta.

—No tardaré —le prometo, dándole un apretón en el hombro—, pero debo ocuparme de esto. Quédate aquí. Vuelvo enseguida.

Ella se sienta de nuevo, aunque obviamente no le gusta que la deje sola.

El agente de la puerta anota mis datos, incluida la hora de mi entrada, y luego me pasa unos protectores de papel para que me los ponga sobre los zapatos, al igual que todos los que han entrado en la casa, con el fin de no contaminar la escena.

Solo debo dar unos pasos para llegar al umbral del despacho de Ben.

Ver su cuerpo por segunda vez no me resulta más fácil.

Sullivan, evitando el cadáver, rodea el escritorio por el otro lado. Hay una carpeta abierta encima, y él examina las páginas que están a la vista, pero yo no puedo hacer nada al respecto. Está trabajando en mi presencia, cuando podría ponerme las cosas más difíciles.

—No todo lo que hay aquí son expedientes de clientes —dice, cerrando la carpeta y empezando a amontonarlo todo en sus brazos.

Veo un sobre de FedEx y otros papeles que deja de lado.

Luego coge el montón de expedientes que hay en el maletín de Ben.

Tomo nota mental de que la carpeta que estaba abierta, en la que probablemente se hallaba trabajando Ben antes de morir, ha quedado justo en la base.

Sullivan me entrega el montón y me acompaña afuera. Confío en que no se haya dejado nada.

—Voy a tener que hacerles unas preguntas a los dos —me dice cuando ya hemos salido.

Camille se levanta de golpe al verme.

Con la mano libre, hago un gesto hacia el jardín lateral.

—Por ahí hay una zona para sentarse donde podemos hablar. Mi cliente necesita estar sentada.

Él arquea la ceja izquierda.

—Su cliente, ¿eh? ¿No tiene una relación un poquito demasiado estrecha con todo esto?

Camille no se mueve ni dice nada. Solo parpadea.

—Por ahora —digo—, yo soy su abogado.

—Les sigo —dice Sullivan.

Caminamos por el jardín y cruzamos la puerta de la valla de hierro.

En un primoroso rincón del jardín lateral hay un pequeño sofá de exterior y un par de sillas. Es una de esas zonas que solo a un diseñador se le ocurriría crear. No me imagino a nadie decidiendo sentarse aquí, pudiendo hacerlo junto a la piscina. Pero hoy nos resulta útil para nuestro propósito.

Le indico a Camille el sofá y tomo asiento a su lado, dejando el montón de expedientes en la mesita. Sullivan coge la silla más cercana, saca una libretita y un bolígrafo y se vuelve hacia ella.

—Señora Bayliss, tengo que hacerle algunas preguntas. ¿Puede contarme, por favor, lo que ha sucedido hasta que ha encontrado el cuerpo de su marido en el despacho?

Ella toma una bocanada de aire honda y entrecortada.

—Yo acababa de regresar después de pasar el fin de semana fuera.

Su coche… Su coche está aquí. He sabido que él estaba en casa por su coche.

Y luego… lo he visto. En el suelo. Y la sangre.

He gritado. Creo que he gritado. —Traga saliva con dificultad—.

Y luego he pensado que quizá estaba bien…

Ya sabe, a veces puedes sangrar mucho, pero no es tan grave.

Así que he pensado que quizá era eso lo que le había pasado a Ben.

Pero cuando me he acercado más y le he visto la cara, he sabido… , he sabido… que no era eso…

Camille ha pasado de no hablar casi a vomitar las palabras a borbotones, y yo me pregunto qué estará pensando Sullivan. ¿Cree que ella ha matado a su marido?

La policía siempre investiga primero a la esposa. Pase lo que pase. Y luego investigan a las otras personas que más tienen que ganar con la muerte de la víctima. Después de Camille, el siguiente en esa lista soy yo.

Como socio de Ben, yo sería quien más ganaría si el bufete Bayliss and Landry se convirtiera simplemente en el bufete Landry.

No me hace falta darle a la policía el menor indicio para que sospechen que uno de nosotros dos podría ser el autor de este crimen, razón por la cual me alegro de que Sullivan se haya hecho cargo de este aviso.

Es un tipo duro y tiene fama de no apresurarse a sacar conclusiones simples.

Eso es lo que necesito ahora mismo, una mente abierta.

—Vamos paso a paso, señora Bayliss. ¿Puede decirme dónde ha estado este fin de semana? Ha dicho antes que lo había pasado fuera de la ciudad.

Ella se seca las lágrimas.

—He estado en Saint Francisville.

Saint Francisville es una pequeña y pintoresca población, a media hora de Baton Rouge, donde acuden los turistas en masa todos los fines de semana. Siempre hay algún festival de gastronomía, arte o música, y es además una parada regular de los cruceros que navegan por el Mississippi.

Camille se remueve con nerviosismo. Se recoge el pelo detrás de la oreja. Se frota la mancha de rímel que le ha quedado en el dorso de la mano después de restregarse la cara.

Sullivan observa todo lo que hago. Tomando notas mentales, además de las escritas.

—¿Fue usted sola?

Ella asiente.

—Sí. Ben me reservó una habitación en un hotel de allí.

Tengo una cuenta en Instagram en la que cuelgo fotos de comida y restaurantes antiguos…

Viajo por los alrededores para buscar contenidos.

Ben sabe que me gusta explorar las pequeñas poblaciones de la zona y me organiza esas salidas cuando él se marcha de viaje o está muy ocupado.

—¿Este fin de semana estaba ocupado o de viaje?

—De viaje.

—¿A dónde fue? ¿Y sabe cuándo volvió?

Me apresuro a responder.

—Ben y yo nos fuimos a Nueva Orleans el viernes a media tarde para asistir a un seminario el sábado por la mañana, puesto que ambos necesitábamos unas cuantas horas más de formación legal continua antes de terminar el año.

Teníamos planeado pasar allí la noche para ir a ver hoy un partido de los Saints, pero Ben dijo que debía regresar, así que nos fuimos ayer al concluir el seminario.

—¿Para qué tenía que regresar?

Me encojo de hombros.

—Dijo que por trabajo. No le pregunté los detalles.

—¿A qué hora llegaron a Baton Rouge?

—Un poco después de la una de la tarde.

—¿A dónde fueron al llegar? ¿A su oficina?

—No, vinimos aquí —digo—. Yo había dejado aquí mi coche, porque fuimos con el de Ben.

—¿Usted entró en la casa cuando llegaron? —pregunta Sullivan.

Niego con la cabeza.

—No. Hablamos un momento en el sendero y me fui.

Sullivan mira a Camille.

—¿Su marido la avisó de que iba a volver antes de lo previsto?

Ella menea la cabeza.

—No.

Eso me sorprende, pero no lo demuestro. ¿Por qué no iba a avisarla Ben?

Sullivan toma unas notas.

—¿Puede explicarme lo que hizo mientras estaba en Saint Francisville?

—¿Lo que hice?

Yo me inclino hacia ella y digo:

—Hazle un resumen de cómo pasaste el tiempo. Dónde comiste, en qué tiendas estuviste… Solo necesita hacerse una idea de tu fin de semana.

—Sí, por supuesto. El viernes por la noche cené en el Restaurant 1796.

El sábado di una vuelta…, había un festival.

Hice algunas compras. —Señala vagamente hacia la casa—.

Las bolsas… Todas mis cosas… están todavía en mi coche.

—Se le escapa un sollozo y tiene que carraspear antes de proseguir—: Tenían montado un campo de calabazas.

Paré en la tienda de piensos y semillas para comprar algunas plantas de otoño. Crisantemos.

—¿Algo más? —pregunta Sullivan.

Ella reflexiona un momento y añade:

—Cené en el Waterfront Grill y luego me tomé una copa en… —Hace una pausa mientras vuelve a secarse las lágrimas—. En el bar Chantilly’s. Aún no me apetecía retirarme y no quedaba lejos del hotel.

Sullivan asiente.

—¿Es posible que haya conservado algo que demuestre que estuvo allí?

—Sí, claro. Tengo todos los recibos en mi bolso, en el coche. —Camille vacila un momento y luego se pone de pie—. Voy…, voy a traérselos.

Mientras ella va a buscar el bolso, Sully me dirige una curiosa mirada. ¿También a él le parece muy oportuno que Camille tenga a mano un montón de recibos? Es casi como si se hubiera pasado el día de ayer preparando la coartada que iba a necesitar hoy.