3. Hank. Después de la coartada
Hank
DESPUÉS DE LA COARTADA
M is neumáticos chirrían al doblar la curva.
Estoy conduciendo más deprisa de lo que debería en una calle residencial y en un domingo por la mañana, puesto que es probable que haya críos montando en bici, pero estoy aterrorizado.
Hace uno de esos días perfectos, con el cielo azul totalmente despejado, en los que buscas cualquier excusa para salir.
La gente está fuera lavando el coche y arrancando malas hierbas de los parterres, y hay un puesto de limonada en la calle, pese a que estamos en pleno mes de octubre.
Pero esto solo es la calma antes de la tormenta. Toda esta gente ignora por completo que su tranquilidad está a punto de irse al garete.
Igual que la mía cuando he recibido esa llamada histérica hace siete minutos.
Reduzco la velocidad justo lo suficiente para no tomar la curva sobre dos ruedas y entro en el sendero de acceso.
Mi camioneta se detiene con un chirrido y veo que ella está esperándome donde yo le he dicho que lo hiciera. Parece que tendremos unos minutos para hablar a solas, aunque no será ni mucho menos el tiempo suficiente.
Camille está sentada en los escalones de piedra que llevan a las enormes puertas de madera de su casa, abrazándose con fuerza las rodillas. Se ha apartado el pelo de la cara, recogiéndoselo detrás, y le da de lleno el sol de media mañana, con lo que resulta fácil ver lo pálida que está.
Me acerco rápidamente y me acuclillo a su lado.
—Hank… —Se le quiebra la voz al decir mi nombre.
Tiene regueros de rímel en ambas mejillas y le gotea la nariz. Ladea la cabeza y se seca las lágrimas con la manga de la blusa, aunque otras vienen enseguida a ocupar su lugar.
—¿Hay alguien más aquí? —Señalo el Mustang rojo de 1970 que está en la zona de aparcamiento extra junto al garaje. Resulta difícil no fijarse en él y, además, aquí está completamente fuera de lugar.
Ella se vuelve a mirarlo y se pone algo más rígida.
—No…, ese coche ya estaba ahí. No hay nadie más.
Su respuesta suscita más preguntas, pero las dejo de lado por ahora.
—Espera mientras echo un vistazo dentro.
Ella me sujeta del brazo y me mira abriendo mucho los ojos.
—No…, no entres…
Le cojo la mano, dándole un apretón rápido.
—Enseguida vuelvo.
Presiono la manija hacia abajo con el codo y luego empujo la pesada puerta con el hombro.
El olor es lo primero que percibo. Se me forma un nudo en la garganta mientras me subo la camiseta para taparme la nariz.
El panorama que me espera dentro hace que casi se me doblen las rodillas.
Es tan espantoso como ella me lo ha descrito.
Doy un paso, luego dos, pero me detengo antes de entrar en el despacho que comunica directamente con el vestíbulo.
Ben está tendido en el suelo, y el tono gris violáceo de su piel me dice que lleva muerto bastante tiempo.
No resulta fácil mirar lo que le sucede a un cuerpo en ese estado.
Aunque está claro que ya no se puede hacer nada por Ben, me acerco un poco más.
La sangre parece haber salido de un orificio de su pecho antes de empapar la alfombra que tiene debajo, pero sin tocarlo es imposible saber si ha sido una bala, un cuchillo u otra cosa lo que ha causado esa herida.
Me asalta una oleada de dolor, pero la reprimo con esfuerzo y la dejo para más tarde. Ahora, mientras Camille está fuera hecha polvo y la policía viene para aquí a toda velocidad, no puedo ocuparme de eso.
Me cuesta apartar la mirada del cuerpo de Ben, pero tengo que aprovechar el tiempo al máximo antes de que llegue la policía, porque entonces ya no me dejarán entrar. Recorro el despacho con la vista, asimilándolo todo, y trato de ver con objetividad lo que tengo ante mis ojos.
El escritorio es una gran pieza decorada que constituye el centro de la habitación, y él está tendido justo al lado.
Intento imaginar los pasos que lo han llevado hasta ahí.
Imaginármelo vivo en este espacio. La silla del escritorio está apartada hacia atrás, o sea que podría haber estado sentado y haberse levantado para rodear el escritorio por la derecha, dejando la silla vuelta en esa dirección. Pero no logró llegar más lejos.
Hay otras dos sillas más pequeñas para los invitados frente al escritorio, y la más cercana a Ben está caída de lado.
¿Había alguien ahí sentado y la ha volcado al apresurarse a enfrentarse con él?
Aparte de eso, el resto del despacho parece intacto.
No hay nada que parezca haber sido registrado o que esté fuera de lugar, aunque sí veo varias carpetas de sus clientes sobre el escritorio.
Ben puede haber desaparecido, pero los clientes siguen protegidos por el secreto profesional.
Ni siquiera una escena de asesinato constituye una excepción que permita a la policía examinar esa información, así que tomo una nota mental para ocuparme de eso cuando lleguen aquí.
Detrás del escritorio, pegado a la pared, hay un aparador donde está el portátil de Ben abierto, aunque con la pantalla apagada.
Las estanterías de la pared del fondo parecen en orden, y las puertas del armario del mueble bar están abiertas.
El decantador de cristal que sé por experiencia que contiene el mejor bourbon que he probado en mi vida está un poco adelantado, fuera de su lugar habitual.
Me vuelvo hacia el escritorio para buscar el vaso que Ben debe haber utilizado para servirse un trago, pero no lo veo.
Al avanzar un paso y desplazarme hacia la izquierda, descubro que está en el suelo, detrás del escritorio, caído de lado, pero todavía intacto.
Echo una última mirada a su cuerpo y salgo del despacho.
¿Qué coño ha pasado aquí?
Ya habrá tiempo más tarde para llorarle; ahora lo que tengo que hacer es ocuparme de Camille.
Vuelvo afuera y me siento en el escalón junto a ella.
—Cuéntame exactamente lo que ha ocurrido cuando has llegado a casa. —Ella tiene los ojos vidriosos, como si no me viera en realidad. Como si no me oyera.
Le cuesta tomar aire.
—He entrado por la puerta del garaje como hago siempre.
He llamado a Ben. He ido a buscarlo… y entonces…
lo he visto. En…, en el suelo. —Se vuelve y mira la casa—.
He llamado al 911. Ellos querían que me mantuviera al teléfono, pero yo estaba muy asustada.
Sabía lo unidos que estabais vosotros. Ben…
, Ben siempre me decía que podía llamarte en una emergencia.
Así que te he llamado. Luego he salido aquí. Como tú me has dicho.
Las sirenas que suenan a lo lejos me dicen que apenas nos queda tiempo.
—Ben tenía razón al decirte eso. Escucha.
La policía va a hacerte un montón de preguntas para poder encontrar al que ha hecho esto.
Responde con sinceridad. Pero no hagas suposiciones.
No des nada por supuesto. No aceptes nada de lo que te digan si no crees que es correcto.
Si no puedes responder o no crees que debas responder a una pregunta, mírame a mí.
Yo tomaré las riendas. No te preocupes por lo que eso pueda parecer.
Es mejor prevenir que curar. —Nos estamos mirando a los ojos.
Yo le estoy diciendo un montón de cosas y espero que asimile la mayor parte—. ¿De acuerdo?
Ella asiente.
—Necesito oírte decir «de acuerdo».
Camille vuelve a asentir y deja escapar débilmente un «de acuerdo».
—¿Tú acababas de volver a la ciudad ahora, cuando me has llamado?
Le tiembla el labio inferior y una parte del pelo se le suelta de la pinza que lo mantenía sujeto, pero ella no hace caso.
—Sí. Acabo de volver. Ahora mismo.
Le aprieto el brazo.
—Lo estás haciendo muy bien. Resolveremos todo esto. Pero ahora lo que debemos hacer es superar las próximas horas, ¿de acuerdo? ¿Has tocado algo del despacho? ¿Has visto alguna cosa fuera de lugar en la casa?
—No…, no lo creo… Solo he dejado mis cosas en la cocina…, he ido a buscar a Ben y entonces he visto… —No puede terminar la frase.
—Bien. Lo estás haciendo muy bien. —No parece lejos de cerrarse por completo.
Cuando el primer coche de policía llega al sendero, Camille se pega a mí, sollozando.
Hay muchas cosas que ignoro sobre lo ocurrido, pero mi primera prioridad es ella. Es lo que Ben querría. Ya me ocuparé del resto más tarde.
Dos agentes se bajan del vehículo y corren hacia nosotros, con las manos en las pistolas.
Da la impresión de que hay una docena más de sirenas aproximándose rápidamente.
Me imagino que todos los vecinos están asomándose para observar mejor lo que pasa, aunque no les resultará fácil ver gran cosa porque en este barrio las casas están muy apartadas de la calle.
Uno de los dos agentes se queda a unos pasos; el otro se detiene justo frente a los escalones.
Sin dejar de rodear a Camille con el brazo, la ayudo a incorporarse y ambos nos ponemos de pie.
Me cuido de mantener mi mano libre a la vista y pegada al cuerpo.
A juzgar por sus miradas alarmadas, estos dos agentes no llevan mucho en el cuerpo, así que es mejor que piensen que no soy una amenaza antes de que, con el nerviosismo, se les vayan los dedos.
De los otros coches que han llegado se bajan más agentes, aunque se mantienen a distancia.
—Estamos aquí por un aviso al 911 de que ha habido un allanamiento y un posible homicidio —dice el primer agente.
Si no estuviera sujetándola con fuerza, Camille se habría desplomado al oír la palabra «homicidio».
Giro el cuerpo de manera que quedo más cerca del agente y, al mismo tiempo, la sitúo a ella más atrás.
Estamos un escalón por encima, así que el policía se halla muy por debajo de mí.
Soy alto y no me importa utilizar mi estatura para imponer cierto dominio cuando hace falta, como ahora mismo.
—Soy Hank Landry —digo, y veo en el rostro de ambos agentes que reconocen mi nombre—. Mi cliente acababa de volver a casa, tras salir de la ciudad, y ha encontrado a la víctima. —Lo de decir mi «cliente», en lugar de referirme a Camille por su nombre, es deliberado.
Hay un montón de agentes a una docena de pasos de estos dos, aguardando órdenes. Una ambulancia entra a toda velocidad en el jardín, sin preocuparse del césped y de los parterres, dado que el sendero está lleno de coches patrulla. No se me escapa el nivel de reacción que ha provocado esta llamada.
—¿Hay alguien más en el interior de la casa? —pregunta el agente.
—No, que nosotros sepamos. Pero ninguno de los dos la ha registrado.
En unos minutos, todos los policías están recorriéndola por dentro; todos, salvo una niñera uniformada que ha recibido instrucciones para que cuide de nosotros.
Mientras esperamos, no dejo de pensar en cómo le reventaría a Ben que toda esta gente estuviera en su casa.
Él se apresuró a adquirir esta propiedad cuando no llevaba ni un día en venta.
No le importó que fuera vieja y anticuada, porque una parcela de este tamaño en el corazón de Baton Rouge compensaba con creces esos inconvenientes.
Ben y Camille se pasaron más de un año remodelándola con un equipo de diseñadores.
Él asistió a todas las reuniones, y cada decisión, por insignificante que fuera, tuvo que contar con su aprobación.
Se obsesionaba con cada pequeño detalle y se aseguraba de conseguir siempre lo mejor de lo mejor, como solo lo haría un chico pobre que se ha hecho rico.
Hablaba de esta casa como otros hombres hablan de la restauración de un coche antiguo o del camuflaje de su refugio para la temporada de caza de patos.
Si al describir la estética que buscaba no le oí decir cien veces «estilo rústico francés», no se lo oí ninguna.
Ahora el jardín meticulosamente cuidado está siendo pisoteado tal como sin duda deben estar pisoteando las carísimas alfombras del interior.
La multitud va creciendo. Los vecinos entrometidos han bajado por la calle y están apostados en corrillos de dos o tres frente a la casa, en el borde mismo del jardín.
Estoy seguro de que la policía los interrogará a todos, pero me sorprendería que saquen algún dato útil.
Las docenas de encinas del sur y las plantas crecidas del jardín habrán hecho casi imposible que los vecinos puedan proporcionar alguna pista significativa, ya que resulta difícil distinguir algo de una casa a otra entre este follaje tan denso.
Observo una a una a todas las personas, tratando de identificar a los detectives, los que van de paisano, que sin duda acabarán presentándose. La primera conversación será la más importante, y no quiero desperdiciarla con un novato lleno de granos. Finalmente, veo a un conocido que camina hacia mí.
El detective Sullivan llega a los escalones y yo levanto una mano para estrechar la suya.
—Sully, me alegro de verle, aunque desearía con toda mi alma que hubiera sido en otras circunstancias.
—Estaba a punto de terminar mi turno cuando he recibido este aviso. No he recordado de quién era esta casa hasta que he llegado y los he visto a los dos. —Se dirige a mí, pero sus ojos lo están registrando todo, en especial el modo que tiene Camille de aferrarse a mí.
Desde la puerta principal nos llegan gritos de «todo despejado». Varios agentes salen de la casa. Uno de ellos se lleva a Sullivan aparte para informarle; los otros les dicen a los sanitarios que su presencia ya no es necesaria. No se puede hacer nada por Ben.
Sullivan se aparta y suelta un silbido. Todos los uniformados se detienen y le prestan atención.
—Acordonadlo todo.
Ellos se ponen en marcha de inmediato. Uno de los agentes saca una cinta policial amarilla y empieza a desenrollarla.
El hogar de los Bayliss ya es oficialmente la escena de un crimen.