Anatomía de una coartada 2. Aubrey. La coartada
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2. Aubrey. La coartada

Aubrey

LA COARTADA

A estas horas, el trayecto de vuelta a la gasolinera, la misma en la que he parado hace doce horas al entrar en la ciudad, es muy rápido.

La niebla brumosa que se ha levantado distorsiona el resplandor de los neones de la marquesina que cubre los surtidores, confiriéndole a la noche un aire misterioso.

El tiempo que he pasado en el bar Chantilly’s ha sido una agradable distracción, pero ahora ha regresado la inquietud que he sentido durante la mayor parte del día.

Cojo la bolsa de plástico del asiento del copiloto, meto el móvil dentro y me bajo del coche.

La gasolinera está más concurrida de lo que suponía, dada la hora y el tamaño de esta ciudad. La niebla me provoca un efecto engañoso, como si la gente entrara y saliera de la existencia al adentrarse en la oscuridad.

Los intensos fluorescentes resultan todo un shock al entrar en la tienda y me obligan a guiñar los ojos mientras me dirijo al pequeño baño público.

Debo haber llegado antes que ella.

Tras dejar la bolsa de plástico sobre la tapa del váter, tiro de la palanca del dispensador de toallitas de papel que hay junto al lavamanos hasta sacar cinco o seis. Con cuidado, formo en el suelo un pequeño cuadrado lo bastante grande para colocarme encima y no pisar descalza las baldosas sucias.

Me hace falta todo un ejercicio de malabarismo para cambiarme el vestido y los zapatos de tacón por una camiseta estampada, unos pantalones de chándal y unas chancletas, pero acabo consiguiéndolo sin moverme de mi isla de papel.

Me paso la mano por la larga melena de color castaño claro antes de quitarme la peluca y el gorro, con lo que mi propio pelo casi negro vuelve a su sitio, justo por encima de los hombros.

Guardo el vestido, los zapatos y la peluca en la bolsa.

En cuanto lo tengo todo recogido, suena un suave golpe en la puerta.

La abro lentamente y me asomo.

Aquí está. Camille Bayliss.

El baño es angosto, pero nos las arreglamos para caber las dos dentro.

Y ahora la pregunta que me moría de ganas de hacer durante todo el día.

—¿Cómo ha ido?

—No como esperábamos.

La miro ladeando la cabeza.

—Si no ha salido como esperábamos, ¿cómo ha ido?

Ella frunce los labios mientras piensa cómo responder.

—No he tenido éxito. —Antes de que pueda seguir interrogándola, me pregunta—: ¿Y tú? ¿Algún problema?

—Todo bien por mi lado. —Hago una pausa y añado—: ¿No has descubierto nada?

Ella menea la cabeza, pero sin dar una excusa o una explicación.

Hay muchas cosas que ninguna de las dos dice, y ambas lo sabemos.

Me balanceo sobre mis pies. Este espacio es demasiado reducido para mantener esta conversación.

—Y ahora ¿qué?

Camille inspira hondo.

—Volveremos a intentarlo. Solo hemos de calcular cuándo.

Está mintiendo. Se lo veo en la cara. Algo ha cambiado hoy para ella, y me gustaría saber qué ha sido.

—Toma —le digo, tendiéndole la bolsa de plástico y el bolso. No tengo ningunas ganas de quedarme el vestido y los zapatos de tacón, aunque estoy segura de que ella no los desea recuperar. Coge ambas cosas y luego extiende la mano derecha, pero yo no entiendo qué más quiere de mí.

—Los anillos.

En cuanto lo dice, noto su peso en mis dedos.

—Ah, sí, casi se me olvidaba. —Es sorprendente lo fáciles que son de quitar, teniendo en cuenta cómo de atrapada me sentía con ellos. Dejo primero el anillo de compromiso, y luego el de boda, en su mano abierta. Ella los mira durante unos tensos segundos antes de ponérselos en el dedo anular.

—¿El móvil y las llaves? —pregunta.

—Las llaves están en el bolso; el móvil, en la bolsa de plástico. —Ya estoy lista para salir de aquí. Pero tengo que hacerle creer que seguimos en el mismo equipo, aunque nada más lejos de la realidad.

—¿Has terminado en un bar llamado Chantilly’s y no en el que yo escogí? —dice Camille como si fuera una pregunta, aunque no lo es.

Me viene la imagen de la cara sonriente de aquel hombre misterioso, pero me apresuro a apartarla de mi mente.

—Sí, no he pensado que tuviera importancia dónde me tomaba una copa. —Me obligo a cerrar la boca antes de que se me ocurra disculparme por ese cambio de planes.

Ella me observa un instante y luego asiente.

—Claro, no hay problema. He observado otro par de desvíos del programa previsto. ¿Estás segura de que todo ha ido como planeamos?

Ahora me toca a mí mentir.

—Sí. Simplemente me he desorientado un poco. He pensado que no importaba mientras estuviera en Saint Francisville.

Camille mantiene la bolsa pegada a su pecho. Está tan lista para salir de aquí como yo.

—La llave del otro coche está puesta. Vete a casa. Me pondré en contacto contigo dentro de unos días para que diseñemos un nuevo plan.

Ella se escabulle del baño y yo espero un minuto más o menos antes de hacer otro tanto.

Camille y el Range Rover ya han desaparecido cuando llego al aparcamiento, pero el viejo Honda Accord con el que he venido desde Baton Rouge me está esperando ahí.

Nuestro plan era crear un rastro digital claro y definido que empezaba a mediodía y terminaba justo antes de medianoche. Cada movimiento estaba previsto de antemano.

Pero ese recorrido trazado con tanto cuidado no reflejaría mis pasos. Reflejaría los pasos de Camille Bayliss, la esposa de Benjamin Bayliss.

Camille necesitaba poder moverse sin ser rastreada ni monitorizada por su marido.

Ben ha mantenido oculto un sucio secreto durante años, un secreto que nos afecta a las dos, y sería imposible obtener una prueba de ello mientras él siguiera cada uno de sus movimientos en tiempo real, como tiene tendencia a hacer.

Así, lo que él observaría sería cada uno de mis movimientos.

Ben vería la ubicación exacta del móvil de Camille, así como la del Range Rover, gracias al útil sistema Journeys.

Y como Camille es Camille, habría múltiples compras que generarían notificaciones del banco, correspondientes al montón de recibos de la tarjeta de crédito que hay en su bolso de Chanel.

Y eso, en gran parte, es lo que ha sucedido.

No estoy segura de lo que implicará el nuevo plan, pero de ningún modo voy a cambiarme por ella una segunda vez. Hubo un momento en el que yo la necesitaba más que ella a mí, pero ahora ya no.

Hoy he utilizado mi tiempo siendo «ella» para asegurarme de eso.

El trayecto en coche a casa no es largo, pero me da la sensación de que tardo el doble de lo que debería.

Dejo el Accord en un aparcamiento que no queda lejos del centro, el mismo donde lo he recogido esta mañana.

Me entran dudas sobre si dejar las llaves bajo la esterilla.

Que el coche sea más viejo que yo misma no significa que no puedan robarlo, pero acabo siguiendo las instrucciones de Camille.

Eso tampoco es ya problema mío.

Ninguno de los objetos que había en el Range Rover era mío, así como no hay nada mío en el Honda.

Hay un corto recorrido a pie por la avenida principal hasta mi barrio.

Después de llevar ropa de diseño, conducir un coche de lujo y utilizar una tarjeta de crédito que probablemente no tiene límite, la realidad de mi propia vida me golpea con un poco más de fuerza al doblar por mi calle.

Es un lugar bastante decente donde vivir, pero desde luego no tiene nada que ver con las codiciadas urbanizaciones privadas de las afueras.

Me da la sensación de que cada paso que doy requiere más energía de la que tengo. Las últimas doce horas me han agotado por completo. Los malabarismos para hacer lo que se suponía que debía hacer como Camille, mientras ocultaba lo que no debía hacer, han resultado mentalmente extenuantes.

Pero saber que ella no ha tenido éxito hace que todos mis esfuerzos hayan valido la pena. Quizá el día de hoy ha sido un fracaso para ella, pero no lo será para mí.

Cuanto más me acerco a casa, más lentos se vuelven mis pasos. Las últimas dos semanas han sido un torbellino emocional, y ahora estoy notando el impacto.

A estas alturas, es probable que Camille ya esté otra vez en su hotel, profundamente dormida, mientras yo subo renqueando por el sendero de acceso.

El resplandor de la luna llena arroja una densa sombra sobre nuestra casa, cubriendo el patio delantero con un manto de oscuridad.

Hay el suficiente silencio como para que casi pueda oír los crujidos y gemidos de una estructura demasiado vieja para sostener el peso de tantos residentes.

En su momento había albergado a una sola familia, pero después fue dividida para crear cuatro unidades separadas.

Es solo cuestión de tiempo que las costuras acaben reventando.

Esto es básicamente una casa de huéspedes de la que nadie se marcha. En teoría, tal como está concebida, debería atraer a inquilinos que solo necesitan un sitio durante un breve periodo de tiempo: personas atascadas por un tiempo entre su pasado y su futuro.

«He dejado a mi esposa, pero no nos hemos divorciado todavía».

«Me han despedido de mi trabajo y no he encontrado otro todavía».

Lo peligroso es ese «todavía», la esperanza de que vivir en un sitio como este es algo temporal y de que un cambio de vida positivo está a la vuelta de la esquina.

Un cambio de vida positivo que harás todo lo posible por alcanzar, como yo he hecho hoy.

Me trasladé a esta casa hace años porque era lo único que podía permitirme, y no he ahorrado el dinero suficiente para mudarme… todavía. Es casi seguro que todos los que viven aquí podrían decir algo similar.

Esto no es un hogar para siempre, pero de algún modo se ha convertido en eso.

Mi unidad tiene su propia entrada exterior en la parte trasera, pero al ver encendida la luz de la cocina me dirijo hacia esa puerta.

Giro el pomo y la abro.

Veo un montón de caras mirándome desde la gastada mesa de madera de la cocina. Todo el mundo está aquí.

—¿Ha habido suerte? —pregunto.

Deacon menea la cabeza y dice:

—No, él sigue allí.

—Vale, pasamos al plan B.