Anatomía de una coartada 1. Aubrey. La coartada
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Anatomía de una coartada

Anatomía de una coartada

Por Ashley Elston

© inepub.com

1. Aubrey. La coartada

Aubrey

LA COARTADA

M e basta hacer un gesto con la cabeza para que el camarero coja la botella de ginebra.

La clientela ha ido aumentando en los cuarenta y cinco minutos que llevo en este taburete de la barra, y me alegro de que el local estuviera relativamente vacío cuando he llegado.

Estos suelos de madera antigua consiguen darle un auténtico rollo de mala muerte al bar, pero me han jugado una mala pasada en cuanto he entrado.

Casi me llevo por delante a un camarero con su bandeja de bebidas, así como a un par de parroquianos cuyo único error ha sido estar demasiado cerca cuando mi tacón de ocho centímetros se ha enganchado entre dos tablas del suelo.

Hay algunas cosas que echaré de menos del tiempo que he pasado aquí, pero desde luego no serán estos zapatos.

El segundo negroni de la noche aparece frente a mí.

—¿Quiere pedir algo de comer?

Mirando la placa de identificación del camarero, digo:

—No, gracias, Ray. Solo voy a beber.

Él va a la nevera y saca dos cervezas Ultra para la chica que se ha embutido entre mi taburete y el de al lado, mientras que yo me armo de valor para darle el primer sorbo a mi bebida. Consigo tragarme unas gotas sin estremecerme. Vamos mejorando.

—¿Seguro que lo he preparado bien?

Ray me mira muy atento, olvidando las dos cervezas que tiene en la mano. Quizá no estoy tan imperturbable como creía.

Cuando he pedido el primer cóctel, a él le ha sorprendido mi elección. Toda esta clientela parece más bien inclinada a las bebidas clásicas y los chupitos cuando quiere algo fuerte.

—Sí, está perfecto. —Y es cierto, está preparado como es debido. No es culpa suya que yo deteste la ginebra. Alzo el vaso y doy un buen trago, rezando para no tener que tambalearme hasta el baño para devolverlo todo.

Él parece satisfecho y vuelve a concentrarse en la chica, con la que intercambia las botellas por unos billetes arrugados.

Doy unos golpecitos en la pantalla de mi teléfono móvil y veo que solo han pasado siete minutos desde la última vez que lo he mirado.

Tengo que seguir aquí al menos otra hora.

Ojalá pudiera agitar simplemente mi bebida tal como marearía en el plato una comida que no me apeteciera; así no heriría los sentimientos de Ray.

La pareja de mi derecha deja unos dólares en la barra y se marcha, pero el taburete que tengo al lado solo permanece vacío un par de segundos.

—Una Miller Lite —dice el hombre que lo ha ocupado cuando Ray le pregunta qué desea.

Él echa un buen trago en cuanto tiene la cerveza delante.

—Vaya día de mierda —musita para sí mismo; luego se pasa la mano por la cara.

Conozco esa sensación, ya lo creo. Podría decir exactamente lo mismo sobre el día que yo he pasado.

Sé lo que ha sido más duro del mío, pero me muerdo la lengua para no preguntarle cómo ha sido en su caso.

Me recuerdo a mí misma que no he venido aquí para charlar de naderías con desconocidos, por mucho que esté deseando con ansiedad que esta noche se acabe.

El hombre se vuelve hacia mí, como atraído por las preguntas que se agolpan detrás de mis labios firmemente cerrados.

Me recorre con la mirada y yo retiro la mano de la barra y me la escondo en el regazo antes de que pueda ver el diamante de considerable tamaño y el anillo de platino que llevo en el anular izquierdo.

En vez de analizar el motivo de ese impulso, me giro en el taburete, dándole la espalda a la barra, y contemplo el panorama que tengo delante. El humo, sumado a la tenue luz del local, lo vuelve todo un poco brumoso.

Al cabo de solo unos segundos, él imita mi movimiento. Nos separan unos sesenta centímetros por lo menos, pero estar sentada así a su lado resulta extrañamente íntimo.

En mi desesperada necesidad de una distracción para pasar este último rato, me inclino hacia él y pregunto:

—¿Has oído alguna vez a ese grupo?

Unos focos iluminan el trío de instrumentos que hay en el diminuto escenario del rincón.

Los miembros del grupo han terminado de montarlo todo justo cuando yo he llegado, pero luego se han ido al extremo de la barra y se han pasado el rato con unas chicas que están de despedida de soltera.

Tal como va la cosa, no parece que lo de la música en vivo vaya a empezar pronto.

—No, nunca —dice él. Tiene una voz profunda e intensa.

Señalando con la cabeza las tres mesas de billar del otro extremo, añade—: La mayoría viene aquí a jugar al billar y a beber, no a escuchar música.

—Hay hileras de monedas apiladas a lo largo de los bordes laterales de cada una de las mesas para reclamar los turnos siguientes.

Parece que debes llegar aquí bastante pronto si quieres tener alguna posibilidad de jugar.

El hombre acaba comentando—: El dueño, Gary, tiene un gusto musical pésimo, o sea que yo que tú no me haría ninguna ilusión de que sean buenos.

Le lanzo unas miraditas furtivas mientras él observa la partida de la mesa más cercana.

Da la impresión de que somos más o menos de la misma edad, así que deduzco que le falta poco para cumplir los treinta.

Es atractivo, pero aun así parece asequible, lo cual es la mejor combinación.

Su cara extremadamente bronceada y sus manos curtidas me dicen que no trabaja en una oficina, pero su camisa planchada indica que le gusta tener buen aspecto cuando no está trabajando.

No lleva alianza, pero sí un bonito reloj. En conjunto, tiene una pinta estupenda.

Él mira mi vaso. Aún está casi lleno, pero es evidente que el cóctel se ha aguado, ahora que se ha derretido todo el hielo, y la abundante condensación del cristal ha empapado la servilleta que hay debajo.

—¿Quieres tomar otra cosa? —Se gira un poco hacia mí y yo hago lo mismo hasta que estamos casi frente a frente.

—No puedo pedir nada más —digo, encogiéndome de hombros.

Él ladea la cabeza mientras analiza mis palabras.

—Pero yo sí puedo pedirte otra bebida. —No es una pregunta.

Bajo la mirada a la botella de cerveza que tiene entre las manos.

Él se vuelve hacia la barra al tiempo que levanta la botella y extiende dos dedos.

Yo no puedo mirar a Ray cuando me pone una cerveza delante.

Una vez que se ha alejado hacia otro cliente, dejo el cóctel y cojo la botella.

Pero antes de que pueda echar un trago, el hombre choca el cuello de la suya con la mía.

—Espero que esto te guste más.

Nunca me he alegrado tanto de poder enjuagarme el paladar. Echo un buen trago y me seco los labios con la servilleta de papel.

—Gracias.

Él me sostiene la mirada mientras yo me repito para mis adentros una y otra vez: «¡No estás aquí para esto!». No debería estar hablando con este desconocido. Ni permitir que me invite.

—Me dan ganas de decir «Tú no eres de por aquí», porque yo conozco a todo el mundo en esta ciudad, pero me doy cuenta de que es la peor frase del mundo para iniciar una conversación.

Se me escapa una risotada antes de poder contenerme.

—Sí, no digas eso —contesto, aunque ya lo ha hecho.

Aquí es donde yo debería mencionar a Ben.

Pero estoy cansada de hablar de Ben. De Ben y de sus casos de altos vuelos.

Ya estoy harta de explicar hasta qué punto puede aburrirse una esposa cuando su marido se pasa más tiempo en la oficina que en casa.

Y en cuanto mencione a Ben, la mirada de este hombre buscará mi mano izquierda todavía escondida.

Sus ojos recorrerán mis pendientes de diamantes y el bolso Chanel colgado del respaldo de mi taburete; luego mis ojos ahumados y mis labios pintados de rojo, que conjuntan a la perfección con mi vestido.

Ya puedo imaginarme cómo cambiará de actitud cuando me haya evaluado con ese rápido repaso: menuda mocosa malcriada debo parecer.

Así que no menciono a Ben ni a sus absorbentes clientes, y tampoco sus grandes procesos judiciales.

El desconocido no me dice su nombre ni yo le digo el mío. Quizá haya una mujer a la que tendría que mencionar, pero también prefiere no hacerlo. Quizá los dos estamos disfrutando unos minutos en los que podríamos ser cualquier otra persona, y no la que se supone que somos.

—No me creo tu farol de que conoces a todo el mundo aquí.

Sus ojos se iluminan.

—Ponme a prueba.

Me giro de nuevo hacia la multitud y él hace lo mismo.

Recorro el bar con la vista hasta detenerme en un hombre de mediana edad con unos tejanos descoloridos y un chaleco de cuero negro de motorista cubierto de insignias.

Sin camisa debajo, solo con el chaleco. No es un mal look, pero en mi opinión los brazos deberían ser irresistibles para que resultara eficaz y, por desgracia, los suyos no lo son.

Acercándome un poco más, intento señalarle mi objetivo sin que se note demasiado.

—¿Cómo se llama ese tipo? Y dime algo interesante sobre él.

El espacio entre nosotros se reduce aún más. Él se echa a reír al ver a quién me refiero.

—Ah, empezamos con uno fácil. Ese es Kenny Hudson.

Regenta la pastelería de Commerce Street.

Aunque tú pensarías que en el aparcamiento hay una Harley con su nombre, en realidad ha venido con un Corolla beige.

Ese chaleco lo compró por eBay. Un par de tipos se cachondearon de él la primera vez que se presentó de esta guisa, y él se desquitó suprimiendo la tarta de manzana del menú de la pastelería durante una semana. Nadie le ha dicho nada desde entonces.

No puedo contener las carcajadas que me han entrado a mitad de su descripción.

—No te creo —digo al fin.

Él encoge un hombro.

—Es una tarta de manzana buenísima. —Su rostro permanece impasible, pero la comisura de sus labios se tuerce en una adorable sonrisita—. ¿Quizá es eso lo que te ha traído a la ciudad? ¿La tarta de manzana mundialmente famosa de Kenny?

Me da la sensación de que ahora tengo una sonrisa permanente en la cara. Este tipo tiene un encanto increíble.

—Vale, sigamos. —Examino de nuevo a la multitud—. ¿Qué me dices de la mujer apoyada en la gramola? —Está con la espalda pegada a la máquina, mirando su móvil sin parar, y parece ajena a todo lo que la rodea.

—Ah, esa es sin duda una triste historia —dice él—. Es Frieda von Samsung.

A mí casi se me atraganta la cerveza.

—¿Has dicho Frieda von Samsung?

—Sí, la heredera desaparecida del imperio Samsung. Pero es una chica sencilla en el fondo, así que se fugó y ha estado escondida aquí desde entonces para poder vivir en paz con su iPhone. —Se inclina un poco más hacia mí—. ¿Has venido para buscar a Frieda von Samsung y poder cobrar la recompensa?

Yo ya ni siquiera intento contener la risa.

—Me has pillado. He estado siguiendo su rastro desde que se largó de casa.

Los siguientes treinta minutos pasan volando mientras analizamos a una persona tras otra, cada vez con descripciones más absurdas y con hipótesis más descabelladas de su parte sobre el motivo de mi presencia aquí.

Los músicos han empezado a tocar por fin y, a la segunda canción, la pista de baile ya se ha llenado a medias, pese a que este grupo es el peor que he escuchado en mi vida.

—Tenía muchas esperanzas puestas en estos tipos, pero parece ser que el gusto de Gary no ha mejorado —dice él, señalando el escenario.

—Ah, me sabe muy mal que digas eso. —Lo miro frunciendo un poco el ceño—. Yo soy su representante. Cheese Freedom tiene mucho potencial. Estoy decidida a convertirlos en los nuevos One Direction.

Durante una fracción de segundo parece que lo he pillado desprevenido; luego sus labios dibujan una sonrisa y yo debo reconocer que no solo es encantador, sino irresistiblemente atractivo.

—Solo por eso vas a tener que bailar conmigo mientras Cheese Freedom destroza esa canción de Tom Petty.

Antes de que pueda considerar siquiera la idea de aceptar su propuesta, la pantalla de mi móvil se ilumina con la alarma que he programado hace un rato y que me recuerda que mi día no ha terminado aún. Lo cojo de la barra y la apago; luego le hago a Ray la seña universal para pedir la cuenta.

—¿Ya te vas? —pregunta él, volviéndose también hacia la barra.

—Sí, lo siento. —Ha sido divertido matar el tiempo coqueteando con este hombre, pero debo irme.

Ray me trae la cuenta y yo le doy mi tarjeta de crédito sin mirar el total. Cuando vuelve, añado una generosa propina en el recibo y firmo.

Al bajarme del taburete, rezo para no torcerme el tobillo y poder salir de este bar con cierta dignidad intacta. Cuando ya me dispongo a marcharme, el hombre me pregunta:

—¿Puedo acompañarte afuera?

Yo ya estoy negando con la cabeza antes de que él termine de formular la pregunta. Le lanzo una mirada rápida y digo:

—Me hacían falta unas risas más de lo que te imaginas, así que gracias.

Me voy hacia la puerta con pasos lentos y firmes. En cuanto estoy fuera, me quito los zapatos de tacón y corro al coche.

Una vez dentro, arranco y miro el reloj del salpicadero mientras permanezco con el motor al ralentí en el aparcamiento.

De repente, una pareja se apoya tambaleante en la puerta del copiloto de mi coche, sobresaltándome lo suficiente para que suelte un grito.

El tipo aprieta a la chica contra la ventanilla y le está levantando la parte posterior de la blusa con ambas manos.

No es posible que esto esté pasando justo ahora.

Golpeo el cristal ruidosamente y les doy un buen susto, tal como ellos me lo han dado a mí.

Ambos se inclinan para mirar el interior del coche y luego agitan la mano con aire beodo y se van a buscar otro rincón donde proseguir su sesión de magreo.

Parar aquí a tomar una copa no ha sido en realidad una gran idea. Meto una marcha. Pero eso ya no seguirá siendo problema mío mucho tiempo.